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Carlos Correas nació en 1931, en la ciudad de Buenos Aires.
Reconocido por su labor ensayística, también fue narrador y
traductor. Estudió en la Universidad de Buenos Aires, donde se
licenció en Filosofía y ejerció la docencia.
Como ensayista publicó Kafka y su padre (Leviatán,
1983), Arlt literato (Atuel, 1996), La operación
Masotta (Catálogos, 1991), Ensayos de tolerancia
(Colihue, 1999) y El deseo en Hegel y Sartre (Atuel,
2002).
En narrativa publicó Los reportajes de Félix
Chaneton (Celtia, 1984).
Tradujo a Franz Kafka y, con el seudónimo de Emilse
Ruggiero, a Dashiell Hammet.
A lo largo de su vida colaboró en las revistas
Contorno, Centro, La caja, y El
ojo mocho.
Falleció en 2000 en la Ciudad de Buenos Aires.
En su estudio dedicado a Arlt, escribió:
"Un suicidio aspira siempre a ser un testimonio, si bien un
triste testimonio; y el suicida no deja de abrigar la última
esperanza de que los hombres del futuro justifiquen ese su
suicidio". Leyendo esa cita a la luz del conjunto de su obra,
puede asegurarse que detrás de su decisión final no hay ningún
enigma. O de otro modo, cada uno de estos textos es la
anticipada celebración de ese último gesto suyo, buscado con
una insistencia y una pasión tan propia y tan cara a cada uno
de sus personajes. Relatos que de algún modo pueden y deben
leerse como el testimonio más fiel de su empeñosa búsqueda en
los contornos más oscuros de la existencia.
Tengo una mala noticia
"Tengo una mala noticia:
Carlos se suicidó esta madrugada. Se cortó las venas y
luego se arrojó por la ventana a un patio interior."
Así se enteró Jorge Lafforgue del suicidio de Carlos
Correas, una madrugada de diciembre de 2000. La portavoz
era Edith Elorsas, profesora de la UBA y amiga de ambos.
"Como para evitar cualquier duda", le respondió
Lafforge, sorprendido por el doble reaseguro con el que
Correas había garantizado su muerte. En su libro
Cartografía personal (Taurus, 2005) Lafforgue cuenta que
Correas lo había llamado unos días antes para pedirle
prestadas las obras de Plauto que quería consultar para
un trabajo que estaba escribiendo sobre Gramsci. Iba a
pasar a buscarlas pero postergó la cita –que ya nunca
tendría lugar– porque lo habían llamado de una editorial
para cobrar derechos de autor. Correas andaba justo de
dinero y hacía poco había perdido la visión de un ojo
por un desprendimiento de retina, lo cual lo había
sumido en una depresión de la que, sin embargo, parecía
recuperado.
Autor de varios libros, entre otros, Los reportajes
de Félix Cháneton (novela, 1984), La operación Masotta
(ensayo, 1991) y Arlt literario (crítica, 1995),
trabajaba como docente en la cátedra de filosofía del
CBC a cargo de Tomás Abraham, aunque siempre defendiendo
su condición de outsider dentro de la academia.
Homosexual confeso durante su juventud, sus experiencias
sexuales fueron volcadas en muchos de sus relatos ficcionales, cuyos personajes suelen recorrer los
barrios bajos en busca de aventuras.
“Pensábamos que la ciudad tenía una clave secreta y nuestra tarea era
develarla”, escribió Juan José Sebreli en su memoria de Carlos Correas. “La
buscábamos frenéticamente en el tumulto del bajo fondo, situados tanto en el
arrabal como en el centro, el desaparecido parque de diversiones de Retiro, los
alrededores de las estaciones ferroviarias, cafetines sospechosos, cines
prostibularios. Estas excursiones hacia el mundo lumpen estaban impregnadas,
como todo lo nuestro, de arte y literatura.”
Juan José Sebreli,
quien fuera su amigo, pareja y compañero de la revista
Contorno, también reflexionó sobre el suicidio de Correas en El
tiempo de una vida (Sudamericana, 2005): "me entristeció
pero no me asombró; era en cierto modo un fin previsible
(...) Ya a los 22 años había proclamado una"literatura
de suicidas para suicidas" (Las ciento y una, 1953) y en
Arlt escritor (1995) afirmaba que "un suicidio aspira
siempre a ser un testimonio, un martirio". ¿Por qué la
falta de asombro de Sebreli? ¿Acaso no todos los
escritores coquetean con la muerte? El suicidio (como el
amor, el sexo, la violencia) es un tema en la literatura
tanto para escritores con fuertes pulsiones tanáticas
como para aquellos aferrados como garrapatas a la
vida.
Carlos Correas: escándalo, polémica y
olvido
A casi una década de su terrible
muerte, ocurrida el 17 de diciembre de 2000, llegó para Carlos
Correas la hora del rescate del olvido. Sus libros, innencontrables
salvo en mesas de liquidación, se están empezando a reeditar. Y la
crítica más atenta comienza a prestar atención a un autor hasta hace
poco apenas evocado como un marginal de la cultura.
En vida pagó caro su condición de precursor.
Como escritor fue el primero que en Argentina –mucho antes que
Nelson Perlongher con su poesía y que otros en narrativa– se atrevió
a reflejar la subcultura homosexual. Lo hizo de manera explícita,
bizarra por momentos.
El ambiente que recreaba estaba muy lejos de
la actual reivindicación gay: sus escenarios eran las últimas filas
de cines dedicados a las películas "franja verde" (como entonces se
llamaba a las que mostraban escenas de sexo explícito), y ciertos
baños públicos propicios a los encuentros furtivos. En sus historias
reinaban los afeminados algo caricaturescos, había taxiboys
que deseaban parecerse a Marlon Brando, y no faltaban los buenos
muchachos de barrio que si bien "se cogían a los maricas" estaban
tranquilos porque –al oficiar siempre como activos– nadie los iba a
confundir...
En 1959, cuando Correas
tenía veintiocho años, la revista universitaria Centro
–dirigida por el crítico Jorge Lafforgue– da a conocer su primer
cuento. El texto había pasado el tamiz de un riguroso comité de
selección, que no lo consideró inconveniente. La publicación causó
un gran escándalo: intervino la justicia, la edición fue requisada,
Lafforgue y Correas fueron condenados en principio a seis meses de
prisión por "difusión de material obsceno" (después se cambió la
pena por igual período en libertad condicional). Tal fue su debut en
las lides literarias.
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Óscar
Masotta, Juan José Sebreli y Carlos Correas. |
Este
episodio que dejó
pendiente la amenaza de una segunda condena que lo llevaría sin
remedio a prisión, tal vez explique el posterior silencio de Correas
como narrador. No hay que olvidar que eran tiempos –en Argentina– de
sucesivos golpes militares y campañas morales inspiradas por la
Iglesia. Siguió escribiendo por supuesto, aunque por varios años
evitó publicar. Su energía se iba a volcar hacia otro centro de su
inquietud intelectual: el pensamiento, a través de la docencia y el
ensayo.
EXISTENCIALISTAS EN BUENOS AIRES
Eran tres inseparables.
Los rebeldes de aquella Facultad de Filosofía y Letras de comienzos
de los años cincuenta. Siempre se les veía juntos a Óscar Masotta,
Juan José Sebreli y Carlos Correas. En los salones universitarios,
en la tertulia del bar El Coto, en los paseos por los alrededores de
la Estación Retiro en busca de aventuras eróticas.
A través de ensayos
aparecidos en la revista Contorno, colaboraron en profundizar
la lectura de Sartre. En sus reflexiones combinaron el fervor por el
existencialismo con una dura crítica al núcleo dominante de la
cultura. Muchos analistas les auguraron un futuro intelectual
brillante.
En los casos de Masotta
y Sebreli hubo puntos de coincidencia. Ambos lograron notoriedad y
dejaron atrás el "malditismo". El camino de Carlos Correas fue
diferente: se mantuvo fiel a sus fervores juveniles y asumió
plenamente su condición de outsider.
EL
RETORNO DEL ESCRITOR
Luego de un largo
silencio literario, Correas publicará en 1984 un libro de más de
trescientas páginas: Los reportajes de Félix Chaneton. Reúne
en él tres narraciones: "Pequeñas memorias", "En la vida de un
pueblo" y "Último recurso". Lo autobiográfico es ingrediente
fundamental en esta obra que tiene influencias de Genet y de Arlt;
su personaje vive la bisexualidad de manera vergonzante y culposa en
el primer relato; en el segundo soporta con hastío la relación
matrimonial en una ciudad pequeña, y en el tercero se ve envuelto en
intrigas con personajes en extremo bizarros.
Los
reportajes..., que constituye un retrato implacable de su
generación y una recorrida iniciática por los laberintos turbios de
la gran ciudad, no tuvo mayor repercusión. Sólo un núcleo reducido,
formado por alumnos de Correas –que como profesor podía ser tan
riguroso como divertido–, lo tiene en cuenta. Pero esa fama casi
secreta sirvió para estimular el mito en torno a la obra y al
personaje.
Publica un volumen de
crítica: Arlt literato, agudísimo análisis de un narrador
fundamental en la narrativa porteña. También escribió sobre Kafka,
sometiéndolo a una lectura no convencional. Paralelamente a su labor
literaria iba a persistir en Correas el afán reflexivo y polémico,
que logró su mejor momento en Ensayos de tolerancia.
Su libro más insólito
fue Operación Masotta, que causó escándalo y rasgadura de
vestiduras en los círculos intelectuales. En este ensayo, planteado
como homenaje a Masotta, realiza un notable ejercicio de crítica de
las ideas "a la moda" en Buenos Aires desde los años setenta
–influenciadas por el psicoanálisis lacaniano–, y analiza la figura
pública de su ex amigo –notorio seguidor de Lacan– impiadosamente.
Encierra también un certero ajuste de cuentas con su generación, sus
pompas y sus obras.
SOLEDAD
Y FINAL
Un día se dejó de ver
por los lugares habituales. Y poco después impactó la noticia:
Carlos Correas se había arrojado desde el noveno piso del edificio
donde habitaba. De ese modo terrible culminaron los días de un
pensador corrosivo e intransigente, un escritor interesante que
había desarrollado una obra original a contrapelo de los vaivenes
intelectuales.
Uno de los grandes tema de la literatura
de Correas es la relación entre experiencia y puesta por escrito de esa
experiencia. La marca autobiográfica es fácilmente discernible en su obra, desde
el joven homosexual que vive el deseo como una clandestinidad social y
sentimental en La narración de la Historia, hasta el profesor de mediana edad
obligado a la rutina de casamiento y divorcio en Los reportajes.
Correas escribe
desde el desencanto y el fracaso: paradójicamente, cuando advierte que la
literatura ya ni siquiera tiene poder para escandalizar las conciencias
burguesas, es cuando produce sus mejores obras.
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