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John Cheever
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| 1912 - 1982 |
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John Cheever nació el 27 de mayo de 1912 en Quincy, Massachussets, en una vieja casa victoriana en la Winthrop Avenue. Su padre, Frederick
Cheever, era un distinguido empresario zapatero, que luego del crack
del 29, quedo arruinado y abandonó a su familia. Su madre, Mary
Liley, era una inglesa culta que tras la huída de su esposo, abrió
un negocio de obsequios, “una profusión antinatural de antigüedades”
según la óptica de su hijo John, que siempre detestó la estética
retro de la aristocracia en decadencia. Pero
los paradigmas del tópico se encuentra en los cuentos ‘The Brothers’
(1937) y el legendario ‘Goodbye, My Brother’ (1951). El amor
fraterno -Caín y Abel- como relación peligrosa es uno de los grandes
temas de John Cheever. La relación con Fred ha dado lugar a todo
tipo de suspicacias biográficas: según el biógrafo Scott Donaldson y
su propio hijo Benjamin, es probable que Fred haya sido el primer
amante homosexual del escritor, durante un viaje que los hermanos
realizaron a Alemania en 1931. La expulsión, fundamentada
como iniciática por
el propio Cheever, lo llevó a escribir y publicar su primer cuento,
‘Expelled’. Fue editado en The New Republic el primero de
octubre de 1930. La historia fue enviada bajo el seudónimo
de “Jon” y fue inmediatamente aceptada por el editor Malcolm
Cowley,
quien desde ese momento sería uno de los mejores consejeros
editoriales y amigos íntimos de Cheever.
Cheever publicó algunos de sus primeros cuentos en Houl and
Horn, Collier’s, Story Magazine, Harper’s
Bazaar, y The Yale Review, hasta que, alentado por sus
amigos E. E. Cummings y John Dos Passos, comenzó a moverse en uno de
los mas importantes círculos literarios de la ciudad: Edmund Wilson,
Hart Crane, Katharine White, Kenneth Burke. Un poco más tarde,
Cowley, su primer editor, lo
introdujo en el círculo de Mrs. Elizabeth Ames, directora de Yaddo,
una colonia de escritores en Saratoga Springs. Yaddo era una mansión
gótica en donde convivía una fauna artística inclasificable. Entre
los más correctos o canónicos destacan Katherine Anne Porter, la
novelista Josephine Herbst o James T. Farrell. Durante toda su vida
Cheever donó fondos a la Yaddo Corporation, y para la época en que
murió era su director y vicepresidente. Mientras tanto se sucedían los premios:
en 1951 ganó la beca Guggenheim. Su cuento ‘The Five-forty-eight’
ganó el Benjamin Franklin magazine award en 1955, y ‘El marido
rural’’ ganó el O. Henry Award en 1956. Ese mismo año fue nombrado
integrante de la American Academy of Arts and Letters, uniendose a
Saul Bellow, Robert Lowell y Thornton Wilder.
De todos modos Cuentos y relatos (ganador
del Pulitzer y el American Book) no es una edición definitiva de la
cuentística de Cheever. En 1988 se anunció la publicación de The
Uncollected Stories of John Cheever (1930-1981), donde
aparecerían sesenta y ocho narraciones, entre las que se contaría su
pirmer cuento ‘Expelled’ y su primera e inconseguible colección de
cuentos, The Way Some People Live: A Book of Short Stories (1943).
Textos de Cheever Cuando la autodestrucción entra en el corazón,
al principio parece apenas un grano de arena. Es como una jaqueca,
una indigestión leve, un dedo infectado; pero pierdes el de las 8:20
y llegas tarde para solicitar un aumento del crédito. El viejo amigo
con quien vas a comer de repente agota tu paciencia y para mostrarte
amable te tomas tres copas, pero el día ya ha perdido forma, sentido
y significado. Para recuperar cierta intencionalidad y belleza bebes
demasiado en las reuniones, te propasas con la mujer de otro y
acabas por cometer una tontería obscena y a la mañana siguiente
desearías estar muerto. Pero cuando tratas de repasar el camino que
te ha conducido a este abismo, sólo encuentras el grano de
arena. He vuelto con sentimientos encontrados. Bajo
este techo he conocido mucha felicidad y mucha desdicha. La casa es
encantadora, el olmo espléndido, hay agua donde termina el jardín, y
sin embargo quisiera ir a otra parte; quisiera irme de aquí. Tal vez
se deba a mi esencial falta de responsabilidad; a no estar dispuesto
a acarrear la carga legítima del padre de familia, o jefe de la
casa. No importa cómo lo mire, me parece mezquino, de un
provincianismo obstuso. Es en parte el provincianismo en el ambiente
lo que hace que quiera mandarlo todo a hacer puñetas. Anhelo una
comunidad más rica, como todo el mundo. He despertado al amanecer.
He paseado por el jardín vestido con el traje de cumpleaños.
Disfruté del cielo pálido y del olmo monumental, pero sin dejar de
pensar; es mejor en las montañas, en cualquier otra parte. He pasado
demasiado tiempo aquí. Esta mañana a misa. Creo que voy a confirmarme.
Mi idea, esta mañana, es que hay amor en nuestra concepción; que no
nos amasó una pareja en celo en un hotel de segunda. Puedo
reprocharme el ser neurótico y disimular mis deficiencias
litúrgicas, pero eso no me llevará a ninguna parte. Sentado en las piedras frente a la casa,
mientras bebo whisky escocés y leo a Esquilo, pienso en nuestras
aptitudes. Cómo recompensamos nuestros apetitos, conservamos la piel
limpia y tibia y satisfacemos anhelos y lujurias. No aspiro a nada
mejor que estos árboles oscuros y esta luz dorada. Leo griego y
pienso que el publicista que vive en frente tal vez haga lo mismo;
que cuando la guerra nos da un respiro, hasta la mente del agente
publicitario se inclina por las cosas buenas. Mary está arriba y
dentro de poco iré a imponer mi voluntad. Ésa es la punzante emoción
de nuestra mortalidad, el vínculo entre las piedras mojadas por la
lluvia y el vello que crece en nuestros cuerpos. Pero mientras nos
besamos y susurramos, el niño se sube a un taburete y engulle no sé
qué arseniato sódico azucarado para matar hormigas. No hay una
verdadera conexión entre el amor y el veneno, pero parecen puntos en
el mismo mapa. Lo que llamamos pena o dolor suele ser nuestra incapacidad para entablar una relación viable con el mundo; con este paraíso casi perdido. A veces comprendemos las razones, a veces no. A veces, al despertar, descubrimos que la lente de aumento que magnifica la excelencia del mundo y sus habitantes está rota. Eso es lo que sucedió el sábado. Planté unos bulbos y antes de almorzar me tomé un par de ginebras. Pero nervioso. Luego a jugar fútbol, lo que me parece un paso en la dirección indicada; un medio de relacionarnos con el cielo azul, los árboles, el color del río y unos con otros. Una cena aburrida con amigos y vecinos. A misa temprano. Un día ininterrumpido y espléndido. Los S. A tomar una copa. Les di a leer ‘The Country Husband’. Puedo intuir por dónde flaquearían durante una crisis social, por lo que el relato puede causarles rechazo. Pese a todo, los quiero mucho. Más tarde llevé a la perra a pasear por un jardín desolado. Sobre las piedras, bajo la arboleda, vi un cardenal muerto. Unos crisantemos enanos entre las piedras y el pájaro color sangre. El mármol poroso de los adornos sigue empapado con el agua de la lluvia de la semana pasada. Eché una mirada en el invernadero. Las higueras están cargadas de fruta, pero algunas hojas están marchitas. Como el pájaro muerto de colores brillantes -un pájaro que siempre asocio con el amor y la alegría-, me pareció un vago portento -que tontería-, pero parte de la fría claridad, la belleza de la tarde. Sólo que todo, las luces encendidas en la casa grande, el oro cincelado de los árboles, parece afirmar nuestra buena salud. Es hermoso, pienso, pero tal vez mi buen ánimo dependa del jardín de un rico. En el mundo -en sus calles y rostros- hay una fealdad inevitable; ¿el texto sería el mismo si contemplara una casa desdichada? Creo que sí.
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