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I
Es ciertamente
tautológico decir que los epígrafes que preceden esta nota quieren
comentar algo sobre la literatura de John Cheever. Pero parece
necesario empezar por señalar que el diálogo implícito entre las
palabras de James y Emerson compromete uno de los dilemas morales
que la literatura de John Cheever padece más agudamente. Porque
Cheever es obsesivamente retrospectivo, porque es del mismo modo un
apólogo y un detractor de su background cultural, y porque tiene una
herencia moral complicada. En su literatura desemboca, y en forma
tan didáctica que hasta parece artificio, una de las más vigorosas
tradiciones literarias y filosóficas de los Estados Unidos: la
herencia moral de Nueva Inglaterra, el puritanismo desquiciado de
Jonathan Edwards y Cotton Mather, el trascendentalismo místico de
Emerson y Thoreau más tarde, y el austero discernimiento moral de
Hawthorne. Puede ser imprudente comenzar a hablar de John Cheever
con tanta grandilocuencia histórica, pero su literatura se regodea
en eso, se autoproclama como moderno destilado, como desembocadura
lógica de la ancestralidad moral de Massachusetts, tierra de
escritores si las hay.
La geometría del amor (Emecé,
1998) llegó a Montevideo principiando octubre. La sugestiva
fotografía de portada encuentra a John Cheever íntegramente vestido
de jean, el pelo cano hacia atrás, probablemente engominado. La
discreta soberanía emocional de un hombre de unos sesenta años,
apuntada en un cigarrillo en la mano, la relajada posición del
cuerpo en el sillón, las piernas altaneramente cruzadas, los pies
liberados de zapatos. John Cheever era un hombre que disfrutaba
enormemente de las descripciones; describir es un trabajo -solía
decir-, hay hombres que tienen que encargarse de observar el mundo.
Consecuentemente también se cubría él mismo, y aún en la intimidad
-eso dicen sus hijos que fueron también sus biografistas- protegía
la elegancia del trabajo de los otros virtuales descriptores. El
mundo necesita elegancia y el mundo está repleto de gente dispuesta
a describirlo.
La geometría del amor es tan sólo una
excelente recopilación de sus cuentos, y una perfecta oportunidad
para visitar el universo de John Cheever. La selección y las notas
de la edición corresponden al escritor argentino Rodrigo Fresán,
quien declara desde su lúcido prólogo, no sin cierto drasticismo,
que John Cheever es su escritor favorito de todos los tiempos. Esta
puntualización íntima, destinada a comentar más sobre Rodrigo Fresán
que sobre el propio Cheever, es menos vanidosa que estratégica.
Fresán parece querer alertar al lector hispanoamericano: Cheever fue
contemporáneo, también en importancia, del venerado William
Faulkner, y como Faulkner y su 'Yoknapatawpha', aunque en forma muy
distinta, creó una mística literaria regionalista. Leer a Cheever,
"el Chéjov de los suburbios" es un ejercicio de peregrinación: sus
personajes son peregrinos neoyorquinos habitando los elegantes
suburbios sobre el río Hudson; sus antecesores son peregrinos
ingleses, colonos puritanos radicados en América'; los hombres y las
mujeres que habitan la literatura de Cheever no cesan de viajar,
porque parecía un paraíso, pero el paraíso varía de
posición.
II
Si bien es
cierto que Cheever se paró sobre el linaje de Nueva Inglaterra y
habilitó un profundo y sostenido diálogo con la tradición calvinista
de esa literatura; y si bien ya nadie discute un profundo diálogo
intertextual con Hawthorne, también es cierto que en un principio
Cheever fue indiscriminadamente asumido como un integrante casi
paradigmático de la escuela de escritores del The New Yorker,
junto a John O'Hara, J. P. Marquand, Saul Bellow, J.D. Salinger, y
John Updike. Se sabe que sólo John O'Hara tiene más historias
publicadas en sus páginas. En la mitología popular de las
publicaciones norteamericanas The New Yorker sigue ocupando un
espacio de privilegio: en sus páginas publicó por primera vez
Vladimir Nabokov en Estados Unidos, y en sus páginas críticos de la
talla de E. B. White, James Thurber o Edmund Wilson, para sólo
nombrar a algunos, fueron santificados como la irreprochable
autoridad crítica de Nueva York. Mientras tanto, los escritores de
ficción que publicaron por primera vez en The New Yorker, han
sido frecuentemente acusados de solapados apologistas de la propia
clase media que intentaban satirizar, un grupo financiera y
culturalmente insuflado por una 'América' derrotada que nadie estaba
dispuesto a reconocer. Cheever, O' Hara, Updike y Salinger
particularmente, fueron en sus comienzos malentendidos como una
especie de obsesos eternamante atrapados en el círculo de una suerte
de combinación Park Avenue-Madison Avenue-Wall Street como
escenarios urbanos, y Westchester y el condado de Bucks, en lo que
respecta a los enclaves domésticos suburbanos. Han sido acusados de
confirmar y legitimar la obsecuencia de la clase media
norteamericana; de concebir el corpus de la literatura del lamento,
un corpus literario fuertemente sociológico e idiosincrático.
Reprochados de un profundo resentimiento social, los escritores del New Yorker fueron asumidos como los aguafiestas, la mala
conciencia social de Norteamérica.
Estados Unidos tiene una
vasta y arraigada tradición literaria de territorialidades míticas:
los grandes escritores norteamericanos han sido también cartógrafos
de territorios que sólo lograron volverse nítidos una vez que su
trabajo fue acumulándose con el tiempo. Para sólo dar dos nombres:
Faulkner puede ser visto como otro escritor regional de los 30's;
pero fue con los 60's que 'Yoknapatawpha' se vuelve un mito viviente
que anima la historia del Sur profundo desde la Guerra Civil hasta
la era Roosevelt; por su parte, Steinbeck se ocupa del hombre-tipo
de la Depresión en una westernizada América justo antes de la
segunda guerra. Los escenarios, la territorialidad de ambos
escritores es significada por el tiempo, se vuelven espacios míticos
por un proceso acumulativo, de perspectiva temporal. Cheever en
cambio, inaugura su literatura con escenarios-mitos y su obsecuencia
para con ellos a lo largo del tiempo, instala una divergencia con el
espíritu cartográfico de carácter más difuso de un Faulkner o un
Steinbeck.
Aunque John Cheever escribió cinco novelas (ver
'Bibliografía Cheever') fueron sus ciento sesenta y un cuentos -la
mayoría de ellos publicados en The New Yorker- los que lo
conceptualizaron como uno de los más respetados short-story writers
de la literatura norteamericana del siglo XX. R. G Colllins (1), uno
de los más respetados críticos de Cheever, responsable de la
compilación de Critical Essays on John Cheever, volumen que recoge
una serie de lúcidos ensayos y críticas periodísticas sobre su
literatura, ha ordenado la obra cartográfica del autor, dibujando la
territorialidad-Cheever sobre el mapa de Estados Unidos, y
analizando episódicamente cada uno de sus traslados. La literatura
de Cheever explora y rescata la afluencia migratoria de la clase
media acomodada del medio urbano hacia los suburbios durante las
décadas del 40 y del 50. Esas ciudades-dormitorios a lo largo de la
costa este del río Hudson con sus saludables y pequeñas
ciudades-jardines en el sur de Connecticut, límite con el estado de
Nueva York.
La mayoría de sus historias tienen lugar en los
bastiones que el afluente clase-media-alta-hastiada de la ciudad
sentó en los condados de Westchester y Fairfield. En ese itinerario,
la obra de Cheever es clasificada por Samuel Coale de la siguiente
manera: la primera y temprana obra de Cheever, una colección de
cuentos cortos, se ocupan de los apartamentos en el East Side de New
York. Su ciclo Wapshot -dos novelas: Crónica de los Wapshot
(1957) y El escándalo Wapshot (1964)- se mueven a la anciana
Nueva Inglaterra y un anacrónico pueblo puritano llamado St.
Botolphs; el resto de su literatura -sus novelas Bullet Park (1969),
Parecía un paraíso (1982), Falconer (1977) y la mayor parte de su
cuentística- se concentra en lo que la crítica considera, en la
tradición de Washington Irving, la "mitología del río Hudson": allí
entran a jugar Shady Hill, Bullet Park, Proxmire Manor, suburbios
que el lector de Cheever cree conocer como a su propia habitación, y
al que ha destinado la gran mayoría de su obra.
Pero la
territorialidad-Cheever no fue inmediatamente comprendida. Cuando
escribió sobre St. Botolphs, una mítica Nueva Inglaterra de
absurdidad y gentilidad, fue detractado como un arrogante elitista;
cuando concibió la sociedad suburbana neoyorquina y asumió el papel
del Gran Cronista, fue acusado de pesimismo moral, de espionaje
sociológico, de polizón aguafiestas en el cóctel de la vida moderna
suburbana. John Cheever es un subliminal apólogo del anarquismo,
dijeron, sus tramposas comunidades imaginarias no hacen más que
aniquilar todo vestigio del concepto comunitario utópico que
cualquier nación que se precie debe cobijar como un recién nacido.
Es que de hecho, por más de un cuarto de siglo, Cheever ha trazado,
en forma de llaga, la metamorfosis de la cultura noroeste de Estados
Unidos, con una percepción de rayos-láser.
Cheever hizo un
tablero-espejo y movió las piezas hacia atrás, hacia delante y a los
costados en un proceso de duelo por la 'América'estable perdida:
llevó a sus hombres a los viejos pero moribundos orígenes en Nueva
Inglaterra, y vio que allí no había salvación. Encajonó a sus
personajes en la decadencia aristocrática de los edificios de New
York, y vio que nada podía ser salvado allí. Entonces acompañó el
éxodo, y sus personajes también corrieron a protegerse en los
ilusorios paraísos burgueses de los suburbios: vió que allí no había
salvación. Son sólo "metáforas del confinamiento humano", dijo
Cheever. Había sed de ceremonia colectiva, pero paradojalmente eso
no hacía más que confirmar hasta el paroxismo la soledad individual.
El problema no era moverse, el problema era cambiar.
III
Dejemos a un
lado sus dos novelas sobre St. Botolphs, Nueva Inglaterra, dejemos
afuera a Falconer, que inaugura una dimensión prácticamente autónoma
en la literatura de Cheever, una novela esencialmente redentora, del
propio Cheever claro, pero de todas sus criaturas ficcionales
también. Hablemos de historias suburbanas, de qué sucede en ellas.
En una breve nota al cuento 'El enorme receptor de radio', integrado
en La geometría del amor, Rodrigo Fresán acuña una expresión que
bien puede servir de partida para atrapar lo que constituye algo así
como el leit-motiv argumental de prácticamente todas las historias
suburbanas de Cheever. Dice Fresán que este cuento "presenta un
magistral tratamiento de uno de sus paisajes favoritos: la
misteriosa vocación comunal del Mal".
La misteriosa vocación
comunal del Mal es por cierto el paisaje anecdótico de los cuentos
suburbanos de Cheever. El realismo más crudo, el detalle
obscenamente cinematográfico de la clara prosa cheeveriana se ensaña
primero en una radiografía de detalles costumbristas: la cámara-Cheever nos pasea por el vecindario y perfila cada una de las
casas y cada uno de los matrimonios de la ciudad-jardín. Éste que
corta pacientemente sus rosales, aquel que toma el tren de las 8-15,
el matrimonio que ofrece el cóctel del domingo, quien hace de su
perro un tótem que oficia de salva-silencios entre los vecinos, las
mujeres que hacen beneficiencia, los feligreses más ritualistas, el
que tiene un hijo conflictivo, etcétera. Una vez que el espectáculo
está montado, la cámara de Cheever se atrinchera en una de esas
hermosas casas y sólo filma. Filma minutos y minutos muertos, pero
espera. Se agazapa entre conversaciones matrimoniales en el baño,
filma el único y cándido aperitivo de la tarde -martini o gin- y
filma cómo el único y cándido martini de la tarde se transforma en
dos, en tres, en cuatro, en cinco no tan cándidos martinis.
Cheever construye su trinchera moral en la casa de un buen
vecino; y camuflado como un hongo en la pared, se dedica a
investigar en las comillas de la "normalidad". Qué son esas
comillas, de qué dependen, en qué consisten. El encanto se quiebra
en algún momento, y Cheever sorprende a las comillas de la
normalidad hechas añicos en el piso. Un prudente ciudadano, un
prolijo pagador de sus impuestos, un gran amante de su esposa, un
buen padre de familia, un excelente jardinero, es tentado a cometer
un exceso moral de cualquier tipo: robar a un vecino, seducir a la
mujer de su mejor amigo, matar al hijo de la mujer más respetada del
suburbio. Y Cheever se encarga muy bien de no depositarle back-grounds freudianos maltrechos a sus criaturas confundidas.
Cheever y su cámara esperan pacientemente en la casa hasta que una
abrupta revelación de una frustración genunina despierta.
Las historias de Cheever exploran la frágil trama moral de
cualquier vida, sin proteccionismos psicológicos de ningún tipo: a
pesar de sus sinceras creencias episcopales Cheever sabe más que
nadie que la trama de la vida está hecha de hebras que de un momento
a otro activarán la incompatibilidad esencial; Cheever sabe que la
vida virtuosa convive todo el tiempo con la confusión sórdida. Y la
incompatibilidad esencial de las fibras de todo hombre tienen que
ver con el Pecado Original, subtexto religioso que explica toda la
obra de Cheever. "Cheever era un hombre religioso. Y es esa creencia
y ese sentimiento lo que a menudo hace que sus textos nos parezcan
diferentes y más especiales que los de otros escritores de su
tiempo", dijo Noran Mailer. Cheever lo explicó de este modo en una
entrevista: "El atractivo que tiene para mí el sentido del pecado
original es que se trata, creo, de una experiencia universal. Y la
experiencia religiosa es, definitivamente, una de mis más legítimas
preocupaciones, y me parece que debería serlo para cualquier adulto
que alguna vez haya experimentado el amor (...) La literatura es el
único registro continuo y coherente de nuestra lucha para ser
ilustres, un momento de aspiración, un vasto peregrinar. Una luz
radiante, supongo, se origina en el fuego. Supongo también que ese
es uno de los primeros recuerdos que puede tener cualquier hombre.
En mi iglesia, la misa termina, claro, no con una plegaria, no con
un Amén. La misa termina con un acólito extinguiendo la llama de las
velas... Luz, fuego; siempre han estado relacionados con la
posibilidad de la grandeza del ser humano (...) Por lo que no me
parece demasiado complicado ponerme de rodillas una vez por semana
para agradecerle a Dios por la constante maravilla y la gloria de
esta vida".
Quién más que Cheever -alcohólico durante mucho
tiempo, gran esposo y padre que más tarde descubriría y terminaría
asumiendo su bisexualidad- podría alegorizar tan cabalmente el
esencial conflicto moral de toda criatura humana. Pero así como
Cheever no es satírico -en primer lugar porque Cheever es
esencialmente lírico, y en segundo término porque tiene una
comprensión demasiado compasiva de la comedia humana como para
satirizarla- tampoco es un moralista, aún cuando su trabajo, como lo
muestra Falconer excepcionalmente, esté fuertemente embebido de
sensibilidad puritana. Pocas de sus historias -amén de ese subtexto
religioso que anima cualquiera de sus ficciones, y las citas y
alusiones bíblicas intercaladas- comprometen un diseño evidentemente
religioso.
La simpatía de Cheever por las carencias y las
caídas de sus personajes se explica en tanto siempre termina
redimiendo a sus hombres. La redención personal, la posibilidad de
reinvención de un hombre, el legítimo derecho a reciclarse, es la
contrapartida que el autor ofrece a la saña y el impudor con que
relata las momentáneas caídas humanas. Como Raymond Carver, su
discípulo natural, Cheever tiene un ojo especial para detectar lo
bizarro y lo excéntrico en el aparente paisaje del control
doméstico. Cheever predica, Cheever saca a la luz, pero nunca a
costa de la profunda compasión que siente por esos hombres entre los
que se incluye. Una inquebrantable decencia, una controlada
dignidad, brilla permanentemente en su escritura.
IV
"La mayoría de
los hombres vive en silenciosa desesperación. Lo que se llama
resignación es resignación confirmada. De la ciudad desesperada
pasáis al campo desesperado, y tenéis que consolaros con la valentía
de los visones y las ratas almizcleras. Una desesperación
estereotipada pero inconciente se oculta hasta debajo de los
llamados juegos y diversiones de la humanidad". Estas palabras,
escritas por Henry D. Thoreau, son tan inverosímilmente ajustadas
para pensar la literatura de Cheever, que hasta parece posible
considerarlas como un epígrafe absoluto de su obra. Cheever no vivió
en el siglo XIX, pero es un trascendentalista más, un poeta
filosófico en esencia. En Home before dark (2), una memoria
biográfica de John Cheever, Susan, su hija, respasa la conflictiva y
perdurable relación de su padre con sus ancestros de Nueva
Inglaterra. Cuenta que su padre siempre les había dicho que el
primer miembro de la familia en emigrar de Inglaterra había sido
Ezekiel Cheever, que arribó al puerto de Boston en el "Arbella" en
1630. Ezekiel: John siempre adoró ese nombre. Llamó así a uno de sus
perros, trató de persuadir a su hijo Ben de llamar a su nieto de esa
forma, e incluso el protagonista de Falconer fue bautizado como
Ezekiel Farragut. La manía "ancestralista" de Cheever, su obsesiva
reflexión sobre el pasado, y sobre los fétidos, replicantes restos
que va dejando el tiempo a su paso, tienen su correlato en la
herencia y el convencimiento particularmente puritano de una
evolución natural hacia el apocalipsis.
La propia ficción de
Cheever acompaña esa evolución. Él es el Gran Predicador: sus textos
están repletos de advertencias sobre el castigo catastrófico que
hemos de pagar por nuestro insensato concepto de progreso. Y los
símbolos del progreso enfermo en Cheever están casi siempre
asociados a los medios de transporte: autos, trenes, ascensores,
aviones que acotan y desordenan el tiempo confundiendo nuestra
natural percepción metafísica. Muchos de los personajes de Cheever
padecen fobias a los medios de transporte, y Cheever no parece
encontrar explicaciones más sensatas para la profunda alienación
psicológica de la modernidad que en estos juguetes infernales que el
Mal ha instalado en nuestros jardines.
El tópico de la
máquina-villano, el autómata infernal, es, a esta altura, anciano.
Sin embargo, la crítica ha encontrado elementos para fundamentar que
Cheever ha contribuído originalmente a sellar la tradición
norteamericana de la máquina-diablo. Un lugar común de la literatura
del XIX -en ese entonces la culpa recayó sobre la locomotora- que
reemergería durante este siglo en escritores como Faulkner,
Steinbeck y Hemingway. Cheever depositó en su obra una densa
metáfora sobre el Fin: sembró máquinas absurdas en los jardines
contemporáneos, y ejemplificó el advenimiento del apocalipsis en un
marco absolutamente apropiado a la tarea: el inconciente optimismo
bucólico del suburbio y su necesidad, por dependencia metropolitana,
con la Ciudad-Diablo.
V
¿No hay algo
absolutamente económico y al mismo tiempo perfecto en este
comienzo?: "Me llamó Johnny Hake. Tengo treinta y seis años, y
descalzo mido un metro sesenta, desnudo peso setenta kilogramos, y
por así decirlo ahora estoy desnudo y hablando a la oscuridad. Fui
concebido en el Hotel Saint Regis, nací en el Hospital
Presbisteriano, me crié en Sutton Place, fui bautizado y confirmado
en San Bartolomeo, estuve con los Knickerbocker Greys, jugué fútbol
y béisbol en Central Park, aprendí a actuar en el marco de los
toldos de las casas de departamentos del East Side, y conocí a mi
esposa (Christina Lewis) en uno de esos grandes cotillones de
Waldorf. Estuve cuatro años en la Marina, ahora tengo cuatro hijos,
y vivo en una banlieue llamada Shaddy Hill. Tenemos una bonita casa
con jardín y un lugar afuera para asar carne, y las noches de
verano, cuando me siento allí con los niños y miro la pechera del
vestido de Christina que se inclina hacia delante para asar carne, o
que simplemente contempla las luces del cielo, me emociono tanto
como puede ser el caso con actividades más temerarias y peligrosas,
y creo que a eso se refieren cuando hablan del sufrimiento y la
dulzura de la vida." ('El ladrón de Shady Hill', incluído en La
geometría del amor).
¿Y no hay algo absolutamente lírico,
tan sencillamente epifánico, en esta prosa final?: " Oh, ¿qué puede
hacerse con un hombre así? ¿Qué puede hacer uno? ¿Cómo disuadir a su
ojo de modo que en una multitud no distinga la mejilla con acné, la
mano deforme; cómo enseñarle a reaccionar ante la grandeza
inestimable de la raza, y la dura belleza superficial de la vida;
cómo llevar su mano para que palpe las verdades obstinadas ante las
que el miedo y el error son impotentes? Esa mañana el mar apareció
iridiscente y oscuro. Mi hermana y mi esposa -Helen y Diana-
nadaban, y vi sus cabezas, negro y oro en el agua oscura. Las vi
salir y vi que estaban desnudas, desvergonzadas, bellas y plenas de
gracia, y contemplé a las mujeres saliendo del mar". ('Adios,
hermano mío', incluído en La geometría del amor). Además de
mostrar la calidad de la prosa de Cheever, los dos párrafos ofrecen
la posibilidad de conocer dos de sus personajes-tipo. El hombre que
encuentra la dulzura y el secreto de la vida en una súbita,
epifánica contemplación de una escena doméstica; y el hombre que en
la multitud sólo distingue la fealdad. Los personajes de Cheever
tienden a categorizarse de esta forma: simplemente padecen la luz,
simplemente padecen la oscuridad. El duelo de la dualidad, el
maniqueísmo religioso está en todos los hombres de Cheever: hay un
constante bordeo con los patrones tradicionales de la culpa y el
diablo puritanos. Y eso sólo consigue volver aún más lírica su
prosa, porque acaso no hay aparatos metafóricos más poéticos que los
proporcionados por la religión.
La prosa de Cheever es sin
duda realista, clara, por completo carente de opacidad. Simplemente
corre, demanda ser leída de un tirón. Pero a diferencia de lo que
sucede con Saul Bellow o John Updike, el párrafo de Cheever suele
desembocar en un shock de placer normalmente asociado a la poesía.
En un artículo recogido en el anteriormente citado Critical Essays
on John Cheever, Samuel Coale señala: "La prosa de Cheever tiene la
cadencia de la poesía moderna. Su estilo trae reminiscencias de la
poesía tardía de Yeats, y del último W. H. Auden". Basta leer sus
innumerables descripciones sobre el cielo o la lluvia, para darse
cuenta que la escritura de Cheever es sencillamente epifánica. La
neutralidad y la transparencia corriente de su prosa hace que un
inesperado shock metafórico sea bienvenido como un haiku luminoso.
Desde una alquimia sobrecargada de mitos, alusiones bíblicas, y
terrorismo religioso, Cheever tan sólo obra para que reconsideremos
el origen y la naturaleza de la ternura.
(1) Collins, R. G. Critical Essays on John
Cheever. G.K Hall & Co. Boston, 1982. (2) Cheever, Susan.
Home before dark. A Memoir of John Cheever by His Daughter. Houghton
Mifflin Company, Boston, 1983.
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