1940  -  1989

 

 

 

 

El escritor exquisito y el inquieto viajero.

por Javier Reverte

 

  En definitiva, que choca que un tipo tan exquisito como Chatwin desbarate las artimañas de otro caballero tan exquisito como Jünger, del mismo modo que sorprende que el aventurero Chatwin desmonte la pasión aventurera del autor de La isla del tesoro.   Que lo haga, además, con la lucidez del que ha recorrido a conciencia las obras de ambos y con la hondura del que ha Chatwin.gif (78210 bytes) buceado en las múltiples contradicciones de sus vidas.
  Un instante después de todo esto, se cae en la cuenta que lo que ocurre en realidad, es que Bruce Chatwin fue permanentemente un señor que dejaba pistas falsas.   Cambió de pelaje cada rato, modificó sus estrategias, se reinventó en cada uno de sus libros y borró, así, cualquier prejuicio que sobre sus cosas pudieran hacerse sus próximos y sus más lejanos, sus amigos y sus lectores.
  Anatomía de la inquietud,  constituye un excelente mirador para apreciar cuán escurridizo pudo ser Bruce Chatwin, en sus gustos, en su estilo, en sus reflexiones.  Hay piezas que constituyen todo un alarde de erudición, con minuciosas referencias a lecturas propias de un especialista.  Hay otras, en cambio, donde todo está al servicio de la desnudez y la sobriedad, y donde la escritura busca afanosamente la transparencia para conseguir que, al cabo, sólo brille el efecto deseado.  En algunos de sus artículos, Chatwin parece un entusiasta al que cualquiera podría seducir con un plato de lentejas.  En otros, el que escribe impone con sus conocimientos la distancia.
  Algo tienen en común, sin embargo, unos y otros, ya se trate de sus textos autobiográficos, de sus relatos viajeros, de sus puntillosos comentarios a libros ajenos, de  sus reflexiones sobre arte o sobre nomadismo.  Y ese algo no es otra cosa que la sabia combinación de elementos que proceden del insondable poso de lecturas y conocimientos de un intelectual exquisito y aplicado, y de la pujante vitalidad de un aventurero capaz de poner la casa patas arriba ante el reto de un nuevo viaje./J.A.R. Babelia 1.03.97.

UNA TORRE EN LA TOSCANA


                                                   BRUCE CHATWIN

  Quienes de nosotros presumen de escribir libros caen al parecer en dos categorías: los estables y los itinerantes.  Hay escritores que sólo funcionan a domicilio con la silla adecuada, los estantes de diccionarios u enciclopedias, y ahora tal vez, con el ordenador. Y luego están estos otros, como yo, que quedan paralizados por el domicilio. Para quienes el domicilio es sinónimo del proverbial bloqueo del escritor, u que ingenuamente creen que todo estaría bien con que sólo se hallaran en alguna parte. Incluso entre los muy grandes se encuentra la misma dicotomía: Flaubert y Tolstói, que trabajaban en sus bibliotecas; Zola, con una armadura junto a su escritorio; Poe, en su cabaña; Proust, en la habitación tapizada de corcho. Por otra parte, entre los itinerantes está Melville, a quien afincarse como un caballero en Massachusetts lo echó a perder, o Hemingway, Gogol o Dostoievski cuyas vidas, por elección o por necesidad, fueron un permanente e impetuoso ir de un hotel a otro, de una habitación de alquiler a otra, y el último en una prisión en Siberia.
  Por lo que me atañe (y por lo que me valga), he intentado escribir en lugares tan variados como una choza de barro africana (con una toalla mojada en la cabeza), un monasterio del Monte Athos, una colonia de escritores, una casucha en el páramo y hasta una tienda.  Pero no bien llega la tormenta de arena , o comienza la estación lluviosa o un martillo pilón destruye toda esperanza de concentrarme, me maldigo y pregunto ¿qué estoy haciendo aquí, por qué no estoy en mi torre?.

ISIDORO MERINO

Un niño, un trozo de piel de brontosaurio, una tierra remota. Con estos elementos se inicia En la Patagonia, el libro con el que Bruce Chatwin debutó a los 37 años y con el que alcanzaría la fama como escritor. Con él, y con los que le siguieron, contribuyó a crear un nuevo estilo en la literatura de viajes, una forma de escribir que sería imitada hasta la saciedad.
Su vida fue intensa y fugaz. Cuando murió en 1989, con apenas 48 años, dejaba tras de sí una estela compuesta de seis libros, un puñado de artículos y una leyenda que él mismo contribuyó a fomentar.
Viajero, fabulador, sibarita, excéntrico, caminante incansable, refinado, desgarbado e histriónico, Chatwin fascinaba tanto por su conversación -que encontraría una prolongación natural en su prosa- como por su aspecto. Poseía una enorme capacidadde seducción que ejercía sin pudor tanto en mujeres como en hombres. El marchante John Kasmin dijo de él que era "hermoso hasta lo imposible". Fue comparado con Lawrence y también con Rimbaud. 
En 1966, con sólo 25 años, el jovencísimo experto en arte impresionista y antigüedades es uno de los directores estrella de Sotheby's.  Durante esa época, Chatwin se manifiesta como un esteta con un gusto que se inclina tanto por lo austero como por lo suntuoso.  Se siente como pez en el agua en el ambiente de lujo y boato de la jet set británica, pero ama la austeridad y la vida espartana.  Le atrae la belleza sencilla de los objetos utilitarios en las culturas primitivas: un pareo hawaiano que parece un matisse, una bandeja turca utilizada para acarrear pescado, los dibujos en corteza de los aborígenes australianos... Ese gusto por las formas simples se manifiesta en la colección de fotografías publicada después de su muerte, junto con los extractos de sus cuadernos de viaje: las fachadas de chapa ondulada de una tienda en Nouakchott, en Mauritania; las manos blancas impresas en la pared de una cueva prehistórica; la chimenea de una casa que se yergue solitaria en un desolado paraje de la Patagonia.
Posteriores episodios contribuyen a alimentar la leyenda. En su libro Los trazos de la canción cuenta cómo un mañana se despertó casi ciego. "Ha estado mirando cuadros demasiado cerca. ¿Por qué no los cambia por horizontes más amplios?", le dice el especialista que le examina.  Chatwin sigue el consejo al pie de la letra. En la cima de su carrera abandona la galería y se marcha al Sudán. Allí entre víboras y guerreros con escudos de piel de elefante, aprende a leer las huellas de la arena. Se muestra fascinado por los nómadas, "esas vidas invisibles a la pala del arqueólogo, que pasan por la historia sin dejar tras ellas ningún estrato quemado".
Corren los primeros años setenta. Bruce abandona los estudios de arqueología que había comenzado en Edimburgo y empieza a colaborar con el suplemento semanal del Sunday Times. Son los tiempos gloriosos de la revista, cuando David Bailey, que inspiró el protagonista de la película Blow-up, fotografía el glamour de la sociedad londinense mientras su colega Don McCullin cubre Vietnam y la guerra de Biafra. Durante varios años publica, con gran éxito, ensayos, relatos, semblanzas y crónicas de viaje. En sus textos periodísticos (en los que a menudo coquetea con la ficción) traza con gran vivacidad los perfiles de los personajes que entrevista; sus descripciones tienen la frescura y transparencia de una acuarela. En 1974, cuando se encuentra de nuevo en la cúspide, se despide del periódico. Dicen que envió un telegrama al director, Magnus Linklater, con un lacónico: "Me marcho a Patagonia". Así da comienzo su breve y fructífera etapa de novelista. Lo demás ya pertenece a la leyenda.

 

Antonioni y Chatwin

En "Más allá de las nubes", la excelente película que Michelangelo Antonioni realizó con ayuda de Wim Wenders, el tema central es el elusivo arte de contar historias. Un director viaja por distintas ciudades en busca de un asunto para su nueva película. Antonioni ofrece los borradores, los intentos fallidos, los restos que normalmente quedan fuera de la versión definitiva y sin embargo conforman su trama esencial. Sin esas historias descartadas, el cine sería imposible. Para muchos, se trata de la más personal cinta del autor de La noche. Sin embargo, en esta bitácora íntima hay una cita proveniente de otro buscador de historias que no está registrado en los créditos. En un café de París, una mujer se acerca a la mesa de un hombre para contarle una historia. Antonioni sitúa la anécdota en un México imposible donde hay pirámides incas. En realidad, la historia proviene de África y fue recogida por el escritor inglés Bruce Chatwin. Ofrecemos el pasaje de Chatwin:  "Un explorador blanco de África, ansioso por abreviar su travesía, pagó a sus porteadores para avanzar a marchas forzadas. Pero ellos, casi a punto de llegar a su destino, descargaron sus bultos y se negaron a moverse. Ninguna cantidad extra de dinero los convencería de hacer otra cosa. Dijeron que debían esperar a que los alcanzaran sus almas."

Más allá de las nubes, también Bruce Chatwin espera que su alma llegue a los créditos de la película.

Marilinga

-¡La Nube! ¡Cómo no, Señor! La Nube de su majestad. ¡La Nube de Anthony ensartado en el Edén! ¡Pobre sir Anthony! ¡Ambicionaba tanto su Nube! Para poder decirle al rusito en Ginebra: "¡Mira viejo, nosotros también tenemos la Nube!". Olvidando, por supuesto, que existen variables climáticas... ¡Incluso en Australia! ¡Olvidando que el viento podría ponerse a soplar en la dirección equivocada! Así que telefonea a Bob Menzies y le dice: "¡Bob quiero mi Nube ahora! ¡Hoy mismo!". "Pero el viento...", responde sir Bob. "¡No me hables del viento! ¡He dicho ahora!", le espeta sir Anthony. De modo que detonan el artefacto... ¡cómo me gusta esta palabra artefacto!... y la Nube, en lugar de internarse en el mar para contaminar los peces, ¿se internó en tierra para contaminarnos a nosotros! ¡Y aquí la perdieron! ¡Perdieron a la hija de puta sobre Queensland! ¡Todo para que sir Anthony pudiera tener una agradable conversación sobre la Nube con el camarada Nikita! "Sí, camarada, es verdad. Nosotros también tenemos la Nube. ¡Claro que esto no significa que mis hombres acantonados allá no la hayan perdido de vista por un tiempo! En el trayecto pulverizó a unos cuantos aborígenes..."
Los trazos de la canción

La travesía literaria

Decía Bruce Chatwin que "viajamos literariamente" y mi buen amigo Manu Leguineche afirma que "todo viaje comienza en una librería". Es verdad. No hay buen viaje sin un libro que nos haya despertado una ensoñación. Y no hay, para algunos, un gran viaje si no tiene por objetivo un libro. ¿Viajamos para escribir? Quién sabe si lo que sucede es que, por el contrario, escribimos para poder viajar. Ir solo y con maleta ligera, ojo avizor, billete de ida y no de vuelta, rumbo no demasiado estricto, oído abierto ante el extraño, nada de compras y hacerle caso al miedo. Son las normas. Es mejor llevarse toda la ropa usada, ir dejándola en las pensiones porque a alguien siempre le puede venir bien, y comprar en mercadillos la que te haga falta, para abandonarla luego. Vale aquello que decía John Huston en sus memorias: "A mi edad no compro nada que no se pueda beber. El único equipaje imprescindible son los cuadernos de notas y los bolígrafos. No saber cuándo regresarás produce una sensación de tiempo detenido, por mucho que andes, y eso encaja con la literatura, que es una manera de retener el tiempo. Está bien ir a las iglesias y a los bares, donde las almas solitarias buscan cobijo y calor humano y las gentes están dispuestas a enrollarse con el primero que encuentran. Sin voces en tus oídos, no hay libro de viajes que merezca la pena. Un cambio de rumbo, en función del capricho o la casualidad, tirando a un lado el plan de ruta que llevabas trazado, puede abrir un mundo delante de tus pies. Y pies en polvorosa en las situaciones no controladas. Hacerse el héroe no lleva a ninguna parte ni produce admiración al prudente lector. El viaje literario es el más rentable porque lo haces tres veces: al planearlo, al pisar el camino y al escribirlo.

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ISLA  TERNURA PLAYA NO ERES EL ÚNICO