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En definitiva, que
choca que un tipo tan exquisito como Chatwin desbarate las artimañas de
otro caballero tan exquisito como Jünger, del mismo modo que sorprende que
el aventurero Chatwin desmonte la pasión aventurera del autor de La
isla del tesoro. Que lo haga, además, con la lucidez del que
ha recorrido a conciencia las obras de ambos y con la hondura del que ha
buceado en las múltiples contradicciones de sus vidas. Un
instante después de todo esto, se cae en la cuenta que lo que ocurre en
realidad, es que Bruce Chatwin fue permanentemente un señor que dejaba
pistas falsas. Cambió de pelaje cada rato, modificó sus
estrategias, se reinventó en cada uno de sus libros y borró, así,
cualquier prejuicio que sobre sus cosas pudieran hacerse sus próximos y
sus más lejanos, sus amigos y sus lectores. Anatomía de la
inquietud, constituye un excelente mirador para apreciar cuán
escurridizo pudo ser Bruce Chatwin, en sus gustos, en su estilo, en sus
reflexiones. Hay piezas que constituyen todo un alarde de erudición,
con minuciosas referencias a lecturas propias de un especialista.
Hay otras, en cambio, donde todo está al servicio de la desnudez y la
sobriedad, y donde la escritura busca afanosamente la transparencia para
conseguir que, al cabo, sólo brille el efecto deseado. En algunos de
sus artículos, Chatwin parece un entusiasta al que cualquiera podría
seducir con un plato de lentejas. En otros, el que escribe impone
con sus conocimientos la distancia. Algo tienen en común, sin
embargo, unos y otros, ya se trate de sus textos autobiográficos, de sus
relatos viajeros, de sus puntillosos comentarios a libros ajenos, de
sus reflexiones sobre arte o sobre nomadismo. Y ese algo no es otra
cosa que la sabia combinación de elementos que proceden del insondable
poso de lecturas y conocimientos de un intelectual exquisito y aplicado, y
de la pujante vitalidad de un aventurero capaz de poner la casa patas
arriba ante el reto de un nuevo viaje./J.A.R. Babelia
1.03.97.
UNA TORRE EN LA
TOSCANA
BRUCE CHATWIN
Quienes de nosotros
presumen de escribir libros caen al parecer en dos categorías: los
estables y los itinerantes. Hay escritores que sólo funcionan a domicilio con la silla adecuada, los estantes de
diccionarios u enciclopedias, y ahora tal vez, con el ordenador. Y luego
están estos otros, como yo, que quedan paralizados por el
domicilio. Para quienes el domicilio es sinónimo del proverbial
bloqueo del escritor, u que ingenuamente creen que todo estaría bien con
que sólo se hallaran en alguna parte. Incluso entre los muy grandes se
encuentra la misma dicotomía: Flaubert y Tolstói, que trabajaban en sus
bibliotecas; Zola, con una armadura junto a su escritorio; Poe, en su
cabaña; Proust,
en la habitación tapizada de corcho. Por otra parte, entre los itinerantes
está Melville, a quien afincarse como un caballero en Massachusetts lo
echó a perder, o Hemingway, Gogol o Dostoievski cuyas vidas,
por elección o por necesidad, fueron un permanente e impetuoso ir de un
hotel a otro, de una habitación de alquiler a otra, y el último en una
prisión en Siberia. Por lo que me atañe (y por lo que me valga),
he intentado escribir en lugares tan variados como una choza de barro africana (con una
toalla mojada en la cabeza), un monasterio del Monte Athos, una colonia de
escritores, una casucha en el páramo y hasta una tienda. Pero no
bien llega la tormenta de arena , o comienza la estación lluviosa o un
martillo pilón destruye toda esperanza de concentrarme, me maldigo y
pregunto ¿qué estoy haciendo aquí, por qué no estoy en mi
torre?.
ISIDORO MERINO
Un niño, un trozo de piel de
brontosaurio, una tierra remota. Con
estos elementos se inicia En la Patagonia, el libro con el que
Bruce Chatwin debutó a los 37 años y con el que alcanzaría la fama como
escritor. Con él, y con los que le siguieron, contribuyó a crear un nuevo
estilo en la literatura de viajes, una forma de escribir que sería imitada
hasta la saciedad. Su vida fue intensa y fugaz. Cuando murió en 1989,
con apenas 48 años, dejaba tras de sí una estela compuesta de seis libros,
un puñado de artículos y una leyenda que él mismo contribuyó a
fomentar. Viajero, fabulador, sibarita, excéntrico, caminante
incansable, refinado, desgarbado e histriónico, Chatwin fascinaba tanto
por su conversación -que encontraría una prolongación natural en su prosa-
como por su aspecto. Poseía una enorme capacidadde seducción que ejercía
sin pudor tanto en mujeres como en hombres. El marchante John Kasmin dijo
de él que era "hermoso hasta lo imposible". Fue comparado con Lawrence y
también con Rimbaud. En
1966, con sólo 25 años, el jovencísimo experto en arte impresionista y
antigüedades es uno de los directores estrella de Sotheby's. Durante
esa época, Chatwin se manifiesta como un esteta con un gusto que se
inclina tanto por lo austero como por lo suntuoso. Se siente como
pez en el agua en el ambiente de lujo y boato de la jet set
británica, pero ama la austeridad y la vida espartana. Le atrae la
belleza sencilla de los objetos utilitarios en las culturas primitivas: un
pareo hawaiano que parece un matisse, una bandeja turca utilizada
para acarrear pescado, los dibujos en corteza de los aborígenes
australianos... Ese gusto por las formas simples se manifiesta en la
colección de fotografías publicada después de su muerte, junto con los
extractos de sus cuadernos de viaje: las fachadas de chapa ondulada de una
tienda en Nouakchott, en Mauritania; las manos blancas impresas en la
pared de una cueva prehistórica; la chimenea de una casa que se yergue
solitaria en un desolado paraje de la Patagonia. Posteriores episodios
contribuyen a alimentar la leyenda. En su libro Los trazos de la
canción cuenta cómo un mañana se despertó casi ciego. "Ha estado
mirando cuadros demasiado cerca. ¿Por qué no los cambia por horizontes más
amplios?", le dice el especialista que le examina. Chatwin sigue el
consejo al pie de la letra. En la cima de su carrera abandona la galería y
se marcha al Sudán. Allí entre víboras y guerreros con escudos de piel de
elefante, aprende a leer las huellas de la arena. Se muestra fascinado por
los nómadas, "esas vidas invisibles a la pala del arqueólogo, que pasan
por la historia sin dejar tras ellas ningún estrato quemado". Corren
los primeros años setenta. Bruce abandona los estudios de arqueología que
había comenzado en Edimburgo y empieza a colaborar con el suplemento
semanal del Sunday Times. Son los tiempos gloriosos de la
revista, cuando David Bailey, que inspiró el protagonista de la película
Blow-up, fotografía
el glamour de la sociedad londinense mientras su colega Don McCullin cubre
Vietnam y la guerra de Biafra. Durante varios años publica, con gran
éxito, ensayos, relatos, semblanzas y crónicas de viaje. En sus textos
periodísticos (en los que a menudo coquetea con la ficción) traza con gran
vivacidad los perfiles de los personajes que entrevista; sus descripciones
tienen la frescura y transparencia de una acuarela. En 1974, cuando se
encuentra de nuevo en la cúspide, se despide del periódico. Dicen que
envió un telegrama al director, Magnus Linklater, con un lacónico: "Me
marcho a Patagonia". Así da comienzo su breve y fructífera etapa de
novelista. Lo demás ya pertenece a la leyenda.
Antonioni y Chatwin
En
"Más allá de las nubes", la excelente película que Michelangelo Antonioni realizó con
ayuda de Wim Wenders, el tema central es el elusivo arte de contar
historias. Un director viaja por distintas ciudades en busca de un asunto
para su nueva película. Antonioni ofrece los borradores, los intentos
fallidos, los restos que normalmente quedan fuera de la versión definitiva
y sin embargo conforman su trama esencial. Sin esas historias descartadas,
el cine sería imposible. Para muchos, se trata de la más personal cinta
del autor de La noche. Sin embargo, en esta bitácora íntima hay una
cita proveniente de otro buscador de historias que no está registrado en
los créditos. En un café de París, una mujer se acerca a la mesa de un
hombre para contarle una historia. Antonioni sitúa la anécdota en un
México imposible donde hay pirámides incas. En realidad, la
historia proviene de África y fue recogida por el escritor inglés Bruce
Chatwin. Ofrecemos el pasaje de Chatwin: "Un explorador blanco de
África, ansioso por abreviar su travesía, pagó a sus porteadores para
avanzar a marchas forzadas. Pero ellos, casi a punto de llegar a su
destino, descargaron sus bultos y se negaron a moverse. Ninguna cantidad
extra de dinero los convencería de hacer otra cosa. Dijeron que debían
esperar a que los alcanzaran sus almas."
Más allá de las nubes,
también Bruce Chatwin espera que su alma llegue a los créditos de la
película.
Marilinga
-¡La Nube! ¡Cómo no, Señor!
La Nube de su majestad. ¡La Nube de Anthony ensartado en el Edén! ¡Pobre
sir Anthony! ¡Ambicionaba tanto su Nube! Para poder decirle al rusito en
Ginebra: "¡Mira viejo, nosotros también tenemos la Nube!". Olvidando, por
supuesto, que existen variables climáticas... ¡Incluso en Australia!
¡Olvidando que el viento podría ponerse a soplar en la dirección
equivocada! Así que telefonea a Bob Menzies y le dice: "¡Bob quiero mi
Nube ahora! ¡Hoy mismo!". "Pero el viento...", responde sir Bob. "¡No me
hables del viento! ¡He dicho ahora!", le espeta sir Anthony. De modo que
detonan el artefacto... ¡cómo me gusta esta palabra artefacto!... y la
Nube, en lugar de internarse en el mar para contaminar los peces, ¿se
internó en tierra para contaminarnos a nosotros! ¡Y aquí la perdieron!
¡Perdieron a la hija de puta sobre Queensland! ¡Todo para que sir Anthony
pudiera tener una agradable conversación sobre la Nube con el camarada
Nikita! "Sí, camarada, es verdad. Nosotros también tenemos la Nube. ¡Claro
que esto no significa que mis hombres acantonados allá no la hayan perdido
de vista por un tiempo! En el trayecto pulverizó a unos cuantos
aborígenes..." Los trazos de la
canción
La travesía literaria
Decía
Bruce Chatwin que "viajamos literariamente" y mi buen amigo Manu Leguineche
afirma que "todo viaje comienza en una librería". Es verdad. No hay buen viaje
sin un libro que nos haya despertado una ensoñación. Y no hay, para algunos, un
gran viaje si no tiene por objetivo un libro. ¿Viajamos para escribir? Quién
sabe si lo que sucede es que, por el contrario, escribimos para poder viajar. Ir
solo y con maleta ligera, ojo avizor, billete de ida y no de vuelta, rumbo no
demasiado estricto, oído abierto ante el extraño, nada de compras y hacerle caso
al miedo. Son las normas. Es mejor llevarse toda la ropa usada, ir dejándola en
las pensiones porque a alguien siempre le puede venir bien, y comprar en
mercadillos la que te haga falta, para abandonarla luego. Vale aquello que decía
John Huston en sus memorias: "A mi edad no compro nada que no se pueda beber. El
único equipaje imprescindible son los cuadernos de notas y los bolígrafos. No
saber cuándo regresarás produce una sensación de tiempo detenido, por mucho que
andes, y eso encaja con la literatura, que es una manera de retener el tiempo.
Está bien ir a las iglesias y a los bares, donde las almas solitarias buscan
cobijo y calor humano y las gentes están dispuestas a enrollarse con el primero
que encuentran. Sin voces en tus oídos, no hay libro de viajes que merezca la
pena. Un cambio de rumbo, en función del capricho o la casualidad, tirando a un
lado el plan de ruta que llevabas trazado, puede abrir un mundo delante de tus
pies. Y pies en polvorosa en las situaciones no controladas. Hacerse el héroe no
lleva a ninguna parte ni produce admiración al prudente lector. El viaje
literario es el más rentable porque lo haces tres veces: al planearlo, al pisar
el camino y al escribirlo.
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