1940  -  1989

 

 

 

"Bruce Chatwin no fue un favorito de los dioses"

Diego A. Manrique

 

El autor de En la Patagonia y Los trazos de la canción no fue ni el impecable aventurero que creían sus amigos ni el mitómano mentiroso que describían sus enemigos...

Nicholas Shakespeare, autor de novelas como La visión de Elena Silves o Pasos de baile , tuvo pánico cuando se le reveló la enormidad del compromiso de escribir la biografía de Bruce Chatwin, a la que terminaría por dedicar ocho años de su vida: "Pensé que habría una ciencia, un método para hacer biografías. Así que me puse a leer unas cuantas y casi todas estaban mal escritas o eran excesivamente reverentes. Pero las mejores Nicholas Boyle y su Goethe, Gitta Sereny y su tomo sobre Albert Speer se parecían a las grandes novelas: sus autores intentaban contar una historia con fidelidad, con técnicas narrativas parecidas. Los británicos tenemos la suerte de operar en una tradición en la que no se considera anormal que un novelista entre en el campo de las biografías, y viceversa. P. Ackroyd, A. N. Wilson, Victoria Glendinning, Margaret Forster, Sebastian Faulks, Jonathan Coe, D. J. Taylor han trabajado en ambos mundos".

Finalmente, optó por utilizar una de las mejores cualidades de Chatwin: "Lo que Susannah Clapp, su editora, llamaba su 'proyecto de objetividad', iluminarle con la misma luz clara y fría que él utilizaba. Quería ser tan objetivo como fuera posible con alguien que consideraba un amigo, aparte de un escritor admirable. No tenía miedo de revelar todo lo que pudiera descubrir, no quería denegar a Chatwin su humanidad. Lo que me atrajo de él fue precisamente su talento para comunicar a los que le trataron o simplemente le leyeron que el mundo es un lugar que debe ser explorado con todas las consecuencias. Sabía que no disminuía su altura heroica si surgían zonas oscuras. Me puse a caminar y me topé, como en la historia de cualquiera, con áreas problemáticas que exploré con la antorcha del biógrafo. No es cuestión de morbo, es el deseo de explicar las complejidades de un ser, lo que hace que sea único. Debes mostrar a tus lectores que allí hay alguien que experimentó la vida igual que ellos, que fue peregrino en el mismo recorrido. No me planteé si era decente o indecente, sencillamente lo tenía que hacer. Y con amor, con el mismo impulso que puso en marcha mis novelas".

Gracias a su diario, Nicholas Shakespeare tiene recuerdos nítidos de su primer encuentro con Chatwin: "Fue el 12 de enero de 1982. Entré en su apartamento londinense y vi una bicicleta apoyada en la pared y a Flaubert en el suelo. Me pareció un refugiado polaco: pantalones anchos, pelo entre rubio y gris, esquelético, de rasgos tan afilados como sus palabras. Me había imaginado alguien silencioso y resultó que hablaba como un pájaro, lleno de entusiasmo desde el primer minuto. Yo estaba haciendo un documental sobre monarcas exiliados y quería el teléfono del francés que aseguraba ser el rey de Patagonia. No sólo me lo proporcionó, también me ofreció los contactos del rey de Creta, el aspirante al trono de los aztecas y un guitarrista de Boston que aseguraba ser Dios. A cambio, quería saber cosas de Argentina. Resulta que, cuando él viajó a la Patagonia, yo era un aspirante a gaucho en una estancia, ocho horas en una silla de montar; yo llevaba un poncho rojo y negro y me contaron que los colores derivaban de un caudillo de la independencia, Miguel de Güemes, cuyo apellido venía de los Wemyss, un clan escocés. A Chatwin se le saltaron los ojos de las órbitas y empezó a desarrollar una teoría sobre la bandera roja: que Garibaldi se había apoderado de una partida de ponchos en Montevideo que llevó a la campaña de Italia, donde se convirtieron en las famosas 'camisas rojas' de sus soldados. Salí de allí convencido de que el rojo del socialismo y el comunismo era una herencia del tartán de los Wemyss. Cuento esta anécdota para enfatizar su capacidad para extraer historias interesantes de la gente que conocía, su habilidad intelectual para hacer las conexiones más extravagantes, su facilidad para transmitir entusiasmo a los que le rodeaban en un momento dado".

Nicholas Shakespeare no era un acólito desinteresado: "Imaginé que escribir la vida de Bruce sería una forma de completar mi aprendizaje. Que me llevaría a lugares que de otra forma no hubiera visitado, a gente que no hubiera llegado a conocer, a culturas y disciplinas sobre las que no sabía nada. Si eres un novelista joven, estás ansioso de historias. Y la de Chatwin, precisamente un magistral narrador de historias que no revelaban mucho de sí mismo, me parecía un reto serio". Shakespeare se considera muy afortunado: "Llegué a tiempo de rescatar correspondencia y papeles que iban a desaparecer y tuve todas las facilidades por parte de su familia. No quiero que se me vea como alguien que se sacrificó por Bruce: en ese tiempo, también escribí dos novelas y realicé dos documentales. Entrevisté a 500 personas, la mayor parte de ellas fascinantes. Dos veces di la vuelta al mundo siguiendo sus pasos. En Australia, acampé con Arkady, el personaje de Los trazos de la canción. En la tierra roja de Ouidah presencié una ceremonia vudú para unos gemelos. Recorrí la Patagonia con su viuda".

Shakespeare comprendió pronto que el verdadero Chatwin era invisible: "Cuando empecé a tratarle, no imaginaba que era bisexual. En realidad, Bruce me pareció asexual, una criatura que canalizaba todas sus energías en la escritura. Poco después de su muerte, su colega Redmond O'Hanlon difundió el rumor que sus cuadernos negros, que Bruce había estipulado que el público no podía leer hasta el año 2010, eran un catálogo de salvajes conquistas sexuales. Recuerdo que sentía que se me desbocaba el corazón cuando pude abrirlos: estaban escritos en una letra diminuta, que se empequeñecía si el asunto descrito era personal. Enseguida encontré una nota que decía exactamente: 'Odio el modo confesional'. Y era cierto: entre infinidad de descripciones, recetas, listas de libros y teléfonos, sólo hallé dos referencias al sexo. Desde luego, para entonces yo sabía que su pista pasaba por muchas camas. Una medida de la devoción que despertó fue la insistencia de sus amigos en aceptar y difundir que su enfermedad era atribuible a un hongo que le había transmitido en China un huevo milenario, cuando era más lógico relacionarlo con su promiscuidad en las saunas de Nueva York y Sydney. Bruce tenía el don de crear una intimidad instantánea y esas personas están convencidas de que su Bruce es el auténtico. Aparte de manifestar celos, se creen en posesión de la verdad y asumen la obligación de lapidarte si te desvías del modo en que, según ellos, debe tratarse su homosexualidad, su matrimonio, su ocultación de que sufría el sida. ¿Mi opinión respecto a esa mentira? Una persona que sabe que va a morir tiene el derecho a decidir cómo van a ser sus últimos días. Además, pensaba en sus padres. Dijeron que preferirían no tener que leer mi libro. Y así ocurrió: fallecieron antes de su publicación".

En Bruce Chatwin, el gran descubrimiento es Elizabeth Chanler, su muy sufrida esposa. "Sí, creo que ella es tan notable como Bruce y estoy convencido de que no hubiera llegado a convertirse en lo que fue de no contar con su respaldo inquebrantable. A veces, pienso que Elizabeth fue el único amigo auténtico que tuvo. Mi libro también fue posible gracias a su coraje. Viajé a su casa con mi manuscrito para rogarla que lo leyera; lo hizo en tres días y me presentó seis errores, todos nombres mal escritos. Ciertamente, entiendo que me diga que uno desea saber más sobre sus pensamientos íntimos, sobre lo que sentía cuando era ignorada o humillada por Bruce. Pero Elizabeth vive y se merece su privacidad, su misterio. En realidad, no hay misterio: amaba a su marido y era un amor tan grande que ni siquiera él pudo escaparse, aunque se fuera al fin del mundo. La tragedia es que finalmente él empezaba a corresponder ese sentimiento: murió cuando trabajaba en un relato de amor sobre ella, un libro que aparentaría ser una historia de su familia; estaba convencido de que tendría tanta fuerza como las grandes novelas rusas. Por eso digo que Bruce no fue un favorito de los dioses. Después de dedicarse a explorar los confines más remotos del planeta, estaba internándose en lo que, para él, resultó ser la región más lejana de todas: su propio corazón

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ISLA  TERNURA PLAYA NO ERES EL ÚNICO