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El autor de
En la
Patagonia y Los trazos de la canción no fue ni el impecable
aventurero que creían sus amigos ni el mitómano mentiroso que describían
sus enemigos...
Nicholas Shakespeare, autor de
novelas como La visión de Elena Silves o Pasos de baile ,
tuvo pánico cuando se le reveló la enormidad del compromiso de
escribir la biografía de Bruce Chatwin, a la que terminaría por
dedicar ocho años de su vida: "Pensé que habría una ciencia, un
método para hacer biografías. Así que me puse a leer unas cuantas y
casi todas estaban mal escritas o eran excesivamente reverentes. Pero
las mejores Nicholas Boyle y su Goethe, Gitta Sereny y su tomo
sobre Albert Speer se parecían a las grandes novelas: sus autores
intentaban contar una historia con fidelidad, con técnicas narrativas
parecidas. Los británicos tenemos la suerte de operar en una tradición
en la que no se considera anormal que un novelista entre en el campo de
las biografías, y viceversa. P. Ackroyd, A. N. Wilson, Victoria
Glendinning, Margaret Forster, Sebastian Faulks, Jonathan Coe, D. J.
Taylor han trabajado en ambos mundos".
Finalmente, optó por
utilizar una de las mejores cualidades de Chatwin: "Lo que Susannah
Clapp, su editora, llamaba su 'proyecto de objetividad', iluminarle con
la misma luz clara y fría que él utilizaba. Quería ser tan objetivo
como fuera posible con alguien que consideraba un amigo, aparte de un
escritor admirable. No tenía miedo de revelar todo lo que pudiera
descubrir, no quería denegar a Chatwin su humanidad. Lo que me atrajo
de él fue precisamente su talento para comunicar a los que le trataron
o simplemente le leyeron que el mundo es un lugar que debe ser explorado
con todas las consecuencias. Sabía que no disminuía su altura heroica
si surgían zonas oscuras. Me puse a caminar y me topé, como en la
historia de cualquiera, con áreas problemáticas que exploré con la
antorcha del biógrafo. No es cuestión de morbo, es el deseo de
explicar las complejidades de un ser, lo que hace que sea único. Debes
mostrar a tus lectores que allí hay alguien que experimentó la vida
igual que ellos, que fue peregrino en el mismo recorrido. No me planteé
si era decente o indecente, sencillamente lo tenía que hacer. Y con
amor, con el mismo impulso que puso en marcha mis novelas".
Gracias a su diario,
Nicholas Shakespeare tiene recuerdos nítidos de su primer encuentro con
Chatwin: "Fue el 12 de enero de 1982. Entré en su apartamento
londinense y vi una bicicleta apoyada en la pared y a Flaubert en el
suelo. Me pareció un refugiado polaco: pantalones anchos, pelo entre
rubio y gris, esquelético, de rasgos tan afilados como sus palabras. Me
había imaginado alguien silencioso y resultó que hablaba como un pájaro,
lleno de entusiasmo desde el primer minuto. Yo estaba haciendo un
documental sobre monarcas exiliados y quería el teléfono del francés
que aseguraba ser el rey de Patagonia. No sólo me lo proporcionó,
también me ofreció los contactos del rey de Creta, el aspirante al
trono de los aztecas y un guitarrista de Boston que aseguraba ser Dios.
A cambio, quería saber cosas de Argentina. Resulta que, cuando él viajó
a la Patagonia, yo era un aspirante a gaucho en una estancia, ocho horas
en una silla de montar; yo llevaba un poncho rojo y negro y me contaron
que los colores derivaban de un caudillo de la independencia, Miguel de
Güemes, cuyo apellido venía de los Wemyss, un clan escocés. A Chatwin
se le saltaron los ojos de las órbitas y empezó a desarrollar una teoría
sobre la bandera roja: que Garibaldi se había apoderado de una partida
de ponchos en Montevideo que llevó a la campaña de Italia, donde se
convirtieron en las famosas 'camisas rojas' de sus soldados. Salí de
allí convencido de que el rojo del socialismo y el comunismo era una
herencia del tartán de los Wemyss. Cuento esta anécdota para enfatizar
su capacidad para extraer historias interesantes de la gente que conocía,
su habilidad intelectual para hacer las conexiones más extravagantes,
su facilidad para transmitir entusiasmo a los que le rodeaban en un
momento dado".
Nicholas Shakespeare no
era un acólito desinteresado: "Imaginé que escribir la vida de
Bruce sería una forma de completar mi aprendizaje. Que me llevaría a
lugares que de otra forma no hubiera visitado, a gente que no hubiera
llegado a conocer, a culturas y disciplinas sobre las que no sabía
nada. Si eres un novelista joven, estás ansioso de historias. Y la de
Chatwin, precisamente un magistral narrador de historias que no
revelaban mucho de sí mismo, me parecía un reto serio".
Shakespeare se considera muy afortunado: "Llegué a tiempo de
rescatar correspondencia y papeles que iban a desaparecer y tuve todas
las facilidades por parte de su familia. No quiero que se me vea como
alguien que se sacrificó por Bruce: en ese tiempo, también escribí
dos novelas y realicé dos documentales. Entrevisté a 500 personas, la
mayor parte de ellas fascinantes. Dos veces di la vuelta al mundo
siguiendo sus pasos. En Australia, acampé con Arkady, el personaje de Los
trazos de la canción. En la tierra roja de Ouidah presencié una
ceremonia vudú para unos gemelos. Recorrí la Patagonia con su
viuda".
Shakespeare comprendió
pronto que el verdadero Chatwin era invisible: "Cuando empecé a
tratarle, no imaginaba que era bisexual. En realidad, Bruce me pareció
asexual, una criatura que canalizaba todas sus energías en la
escritura. Poco después de su muerte, su colega Redmond O'Hanlon
difundió el rumor que sus cuadernos negros, que Bruce había estipulado
que el público no podía leer hasta el año 2010, eran un catálogo de
salvajes conquistas sexuales. Recuerdo que sentía que se me desbocaba
el corazón cuando pude abrirlos: estaban escritos en una letra
diminuta, que se empequeñecía si el asunto descrito era personal.
Enseguida encontré una nota que decía exactamente: 'Odio el modo
confesional'. Y era cierto: entre infinidad de descripciones, recetas,
listas de libros y teléfonos, sólo hallé dos referencias al sexo.
Desde luego, para entonces yo sabía que su pista pasaba por muchas
camas. Una medida de la devoción que despertó fue la insistencia de
sus amigos en aceptar y difundir que su enfermedad era atribuible a un
hongo que le había transmitido en China un huevo milenario, cuando era
más lógico relacionarlo con su promiscuidad en las saunas de Nueva
York y Sydney. Bruce tenía el don de crear una intimidad instantánea y
esas personas están convencidas de que su Bruce es el auténtico.
Aparte de manifestar celos, se creen en posesión de la verdad y asumen
la obligación de lapidarte si te desvías del modo en que, según
ellos, debe tratarse su homosexualidad, su matrimonio, su ocultación de
que sufría el sida. ¿Mi opinión respecto a esa mentira? Una persona
que sabe que va a morir tiene el derecho a decidir cómo van a ser sus
últimos días. Además, pensaba en sus padres. Dijeron que preferirían
no tener que leer mi libro. Y así ocurrió: fallecieron antes de su
publicación".
En Bruce Chatwin,
el gran descubrimiento es Elizabeth Chanler, su muy sufrida esposa.
"Sí, creo que ella es tan notable como Bruce y estoy convencido de
que no hubiera llegado a convertirse en lo que fue de no contar con su
respaldo inquebrantable. A veces, pienso que Elizabeth fue el único
amigo auténtico que tuvo. Mi libro también fue posible gracias a su
coraje. Viajé a su casa con mi manuscrito para rogarla que lo leyera;
lo hizo en tres días y me presentó seis errores, todos nombres mal
escritos. Ciertamente, entiendo que me diga que uno desea saber más
sobre sus pensamientos íntimos, sobre lo que sentía cuando era
ignorada o humillada por Bruce. Pero Elizabeth vive y se merece su
privacidad, su misterio. En realidad, no hay misterio: amaba a su marido
y era un amor tan grande que ni siquiera él pudo escaparse, aunque se
fuera al fin del mundo. La tragedia es que finalmente él empezaba a
corresponder ese sentimiento: murió cuando trabajaba en un relato de
amor sobre ella, un libro que aparentaría ser una historia de su
familia; estaba convencido de que tendría tanta fuerza como las grandes
novelas rusas. Por eso digo que Bruce no fue un favorito de los dioses.
Después de dedicarse a explorar los confines más remotos del planeta,
estaba internándose en lo que, para él, resultó ser la región más
lejana de todas: su propio corazón
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