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urante el último tercio de nuestro declinante siglo XX estamos
asistiendo a una profunda revisión en el estudio de la personalidad humana, de
la vida histórica y concreta del genial creador de Don
Quijote.
Hemos pasado, apenas sin
transición, desde la biografía romántica, idealizada, “heroica” según Ramón de
Garciasol, o “ejemplar y heroica”, en la adjetivación de Astrana Marín,1
a las atrevidas insinuaciones de Rosa Rossi sobre las ocultaciones de la
diversidad social del escritor (“converso”) y de sus presuntas relaciones
homosexuales; o a los perfiles de jugador, pendenciero y hasta dipsómano que le
atribuye Cristóbal Zaragoza.2
En
vez de proseguir el estudio inagotable de su obra, los últimos biógrafos de
Cervantes parecen empeñados en desmontar al autor del elevado pedestal de su
estatua. Como se dice muy graciosamente en un reciente libro de Emilio Sola,
Cervantes y la Berbería, mientras que los biógrafos de Cervantes, del siglo XIX y
primera mitad del XX, se esforzaban en buscarle novias a Cervantes (en
Nápoles, Lisboa o Madrid), ahora parece que los nuevos investigadores se empeñan
en buscarle novios, y no solamente en Argel.3
Las elucubraciones acerca de una posible diversidad sexual cervantina se inician
por Zmantar y la extensa obra de Combet, Cervantès ou les incertitudes du
désir.4
Claro
está que no todos los biógrafos coinciden en esta línea discrepante. Jean
Canavaggio, de larga y brillante ejecutoria en los fastos del cervantismo, en su
reciente y admirable biografía de Cervantes, admite juiciosamente el
volumen de misterio que todavía encubre la personalidad del escritor.5
También la revisión por Garciasol de su biografía cervantina en Claves de
España, incorpora las rectificaciones de Castro y Rodríguez Moñino, que algo
empañan la ejemplaridad de Cervantes, pero sin alterarla sustancialmente.
Otro tanto puede advertirse en el libro de Julián Marías, Cervantes clave
española, aunque se expande en consideraciones más generales y abstractas.6
En
todo caso, la consideración de Cervantes como clave que nos puede
conducir al laberinto de la cultura española (con su Don Quijote de
clavero mayor), supone más una interpretación subjetiva que la aclaración
objetiva de la auténtica personalidad del
autor.
Del mito al hombre era el
alentador y promisorio subtítulo que dio Juan Antonio Cabezas a su
Cervantes, estimable biografía publicada en 1967.7
Aparte de ciertas cualidades positivas de la obra, lo cierto es que el
hombre Cervantes sigue en ella aureolado entre los nimbos del
mito, más bien que contemplado en la realidad histórica. Propiamente es
una versión reducida, legible y amena, de la monumental, “ejemplar y heroica” vida de Cervantes trazada por Astrana
Marín.
En el prólogo orientador
declaraba Cabezas: “Lo que he intentado es una moderna biografía literaria de
Cervantes, basada en la documentación, obra que no existe en la copiosísima
Bibliografía cervantina.” Tan absoluta carencia, empero, no es admisible;
ahí están las de Navarro Ledesma, Miguel Santos Oliver, Ramón de Garciasol,
Sebastián Juan Arbó, Jean Babelon y Miguel Herreros García, entre otras; todas
de este siglo y anteriores a la de Cabezas; todas con base documental y
exposición más o menos novelesca.
Hacía
hincapié en que la suya no sería “obra erudita de difícil lectura e
interpretación, ni de sola amena lectura, a semejanza de las que, por prescindir
de los documentos, han mezclado peligrosamente y sin discriminación lo verdadero
con fábulas folletinescas.” He aquí un programa bien loable de cara al gran
público.
Terminaba reconociendo su deuda a Luis
Astrana Marín, que había anulado para siempre (atrevidísima aserción) las
leyendas que “más por falta de documentación que por mala fe, se habían mezclado
a la apasionante, novelesca, no novelera, biografía del Príncipe de los
Ingenios Españoles.”8
En toda esta retórica, los calificativos de apasionante y
novelesca realzan el entusiasmo hagiográfico, superable en el biógrafo
científico y objetivo.
Mas no olvidemos que
Astrana Marín condenó supercherías de la tradición cervantista, pero imaginó por
su parte algunas actuaciones y comportamientos de Cervantes que carecen de
comprobación en los documentos por él descubiertos, o comentados con nueva
interpretación.
Como ejemplo inicial
descollante, señalaremos la formación escolar de Cervantes en el Colegio
sevillano de los jesuitas; o la condena en Madrid, por las heridas causadas a un
tal Sigura en 1569, según el enigmático documento encontrado por Jerónimo Morán
en el pasado siglo; a lo que cabría añadir la inmediata fuga a Italia de
Cervantes el mismo año, siguiendo la ruta por tierra que llevan los peregrinos
del Persiles, la novela póstuma.
Basten
estas referencias generales como punto de partida en la moderna reconstrucción
de la biografía cervantina, no tan exhausta de valores notables como suponía
Cabezas en 1967.
Por mi parte, he procurado
establecer los necesarios puntos de apoyo y crítica bibliográfica para la
información elemental e indispensable de futuros investigadores en este sector del
cervantismo.
Primero, mediante mi colaboración
en la Suma Cervantina editada por Avalle-Arce y Riley.9
Más
tarde, en la revista Anthropos tracé un bosquejo histórico-bibliográfico
razonado de los progresos de la biografía cervantina, desde la de Mayans en el
siglo XVIII hasta la de Canavaggio, para mí la más aceptable entre las muchas
aparecidas durante el siglo XX.10
Finalmente,
en junio de 1994 envié el texto definitivo de mi intervención en un Seminario
celebrado en el Centro de Estudios Cervantinos de Alcalá de Henares durante el
anterior mes de mayo. Invitado por el profesor Pablo Jauralde Pou, leí una
comunicación sobre las Nuevas orientaciones en el planteamiento de la
biografía de Cervantes, como continuación y puesta al día de mi citada
aportación a la Suma Cervantina, veinte años antes. Todavía no se ha
publicado el anunciado Cervantes de Alcalá, donde confío que aparezca mi
trabajo.
Con estas humildes credenciales, me
propongo ahora concentrar, en un período culminante y cimero, la revisión
general de la biografía cervantina que estamos presenciando, no sin cierta
perplejidad algunas veces. Quiero invitaros a reflexionar conmigo acerca del
cautiverio cervantino en Argel, a la luz de las nuevas biografías, o de estudios
especiales dedicados al período más documentado y, quizá por eso, más
controvertido actualmente en la peripecia vital de Cervantes.
Que no nos ofusque
esa flamante luz, tal vez encendida al calor de ideas y teorías de reciente
implantación, más que el sereno meditar ante unos testimonios personales de la
época, o a la consideración atenta del ambiente histórico, bien estudiado en las
últimas décadas.
Después de analizar la huella
de Astrana Marín, el legado de Américo Castro o la rápida difusión del “erotismo
masoquista” de Combet, llegaba yo a la conclusión de que para renovar y
trastocar la biografía cervantina se han tenido más en cuenta las declaraciones
y rasgos autobiográficos repartidos a lo largo de la creación literaria del
mismo Cervantes que los documentos objetivos y externos, e incluso la circunstancia histórica que los rodea.
Con lo cual regresábamos a los
mismos fundamentos en que se apoyaba la primera biografía de Cervantes por
Mayans en 1737. Con la gran diferencia de que la relectura actual de sus libros
se hace según la pauta, doctrina y métodos del psicoanálisis y de otras teorías
modernas. No sin prejuicios ni anteojeras, como lo debió hacer Mayans.
Esta afirmación es válida
principalmente en todo lo que se refiere al cautiverio cervantino en Argel,
quizá el periodo mejor documentado y atendido por los estudiosos de la vida de
Cervantes. Si acudimos a la extraordinaria y recientísima Bibliografía del
Quijote de nuestro admirado colega Jaime Fernández, S.J., profesor de la
Universidad Sophia de Tokyo, encontramos cerca de trescientas entradas en torno
a la historia del Capitán Cautivo (DQ, I, 39-41), donde quedó reflejada
con gran verosimilitud aquella terrible experiencia.11
Y tengamos en cuenta, ante todo, la documentación oficial que consta en la
Información, solicitada por Cervantes, de “lo que ha hecho estando
captivo en Argel,” conocida desde 1894, cuando Ceán Bermúdez se encargó de
buscarla en el Archivo de Indias de Sevilla, por encargo de Fernández de
Navarrete, que ya dio cuenta de ella en su Vida de Cervantes (Madrid,
1819). Toda la Información y otros valiosos documentos que la
complementan pueden leerse hoy cómodamente el la Col. Cervantina dirigida por
José Esteban y Gonzalo Santonja.12
El
primer documento recogido es el Memorial de Cervantes en solicitud de un
cargo vacante de Indias (que le fue denegado) en mayo de 1590. No sé si se habrá
advertido la significativa coincidencia cronológica del comienzo del documento
con una afirmación de la historia del Cautivo en el Quijote (I,
39).
La instancia comienza así: “Miguel de
Cervantes Saavedra dice que ha servido a V.M. muchos años en las jornadas de mar
y tierra que se han ofrecido de veintidós años a esta parte,
particularmente en la Batalla Naval . . .” Y en el Quijote
(I, 39) oímos declarar al Capitán al principio de su historia: “éste hará
22 años que salí de casa de mis padres . . .”
Ahora bien,
como nos habla, a continuación, que presenció la muerte de los condes Egmont y Horn, ejecutados en Bruselas el
año 1568, es posible convenir con Francisco Ayala que la historia del Cautivo
debió escribirse dieciséis años antes de la publicación del primer
Quijote; además, en la vida y sucesos del Cautivo se nombra a Felipe II
como viviente al hablar de don Juan de Austria, como “hermano natural de nuestro
buen rey don Felipe.”13
A
mí me atrae singularmente la curiosa repetición de esos 22 años, en la que
parecen no haber reparado los biógrafos. Durante esos años discurre, con plena
armonía en la novela, el tiempo histórico y el poético; lo cual implica la
autenticidad vital de un relato, en parte autobiográfico e integrador de lo que
pudiéramos considerar la fase heroica en la propia vida del escritor;
tiene su epicentro en el desdichado quinquenio de su cautiverio argelino
(1575-1580).
Nos acerca a un momento crucial de la historia de España y del
Mediterráneo. Por todo lo cual, Emilio González López consideraba a Cervantes
como maestro de la novela histórica y precursor muy temprano de los Episodios
Nacionales de Pérez Galdós.14
En
torno a la esclavitud argelina se han tejido últimamente una serie de audaces
conjeturas, que me propongo analizar con la objetividad indispensable.
“Morir como buen soldado, en servicio de Dios y del Rey”
Sabido es que Cervantes luchó como soldado de
Marina (que diríamos hoy) en la batalla naval de Lepanto (1571), donde resultó
herido y perdió el uso de la mano izquierda, con lo que acreditó el título de
Manco de Lepanto, reconocido y ensalzado por quienes le rodeaban. Aunque muchos
años más tarde, el anónimo autor del Quijote apócrifo (1614) se burlara
inicuamente de esta mutilación y escribiera con descaro en el prólogo de aquella
imitación: Cervantes . . . “como soldado tan viejo en años cuanto mozo
en bríos, tiene más lengua que manos.”
La
respuesta de Cervantes, en el prólogo de la 2a Parte del
Quijote (1615) fue rotunda y definitiva. Replica que su manquedad no
nació en trifulca de taberna, “sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes ni esperan ver los venideros.” Fue la
última y más exaltada de sus rememoraciones literarias de la gesta de Lepanto.
De acuerdo con ello, no había por qué
exagerar la actuación de Cervantes, tan clara y previsible en aquella ocasión.
Pero así lo han venido haciendo sus hagiógrafos, al interpretar a su modo el
testimonio de los doce amigos de cautiverio en la Información de Argel,
ante el monje liberador, a petición del mismo Cervantes (1580); y la pedida por
su padre en Madrid (1590), en la que deponen cuatro testigos ante Jiménez Ortiz,
alcalde de casa y corte. En ambas ocasiones, las preguntas formuladas llevan el
sello expresivo de haber sido dictadas o escritas por el propio Cervantes;
siempre en defensa de su buen nombre y con la esperanza de obtener futuras
mercedes.
En la pregunta IV del segundo
cuestionario, se pide declaración acerca del comportamiento del soldado Miguel
de Cervantes, enfermo de fiebre el día de la batalla de Lepanto. Se sugiere que,
a pesar de las recomendaciones de algunos amigos para que se refugiase bajo
cubierta, “pues no estaba sano para pelear,” les contestó que “mejor era morir
como buen soldado, en servicio de Dios y del Rey.” Y peleó valientemente en el
peligroso lugar del esquife.
Aquí los
comentaristas románticos presentan a un Cervantes macilento, con febriles ojos
llameantes, arengando a sus compañeros y dispuesto a sacrificar su vida por Dios
y por el Rey.
Pero es evidente que la
declaración repite una fórmula invocadora y ritual, idónea para transcribir la
hoja de servicios de un soldado que aspira a mejorar de posición, más
bien que ante un espejo del suceso real. La misma fórmula se repite otras veces
en la primera Información, aunque aplicada a distintas situaciones: a
Onofre Ejarque, mercader valenciano, le convencen de que diese dinero para
comprar una fragata armada, en la que pudieran escapar algunos cautivos,
“persuadiéndole que ninguna otra cosa podía hacer más honrosa, ni al servicio
de Dios y S.M. más acepta, lo cual ansí se hizo; y el dicho renegado compró
la dicha fragata de doce bancos y la puso a punto, gobernándose en todo por el
consejo y orden del dicho Miguel de Cervantes,”
etc.
A continuación se pregunta “si saben o han
oído decir que el dicho Miguel de Cervantes, deseando servir a Dios y a su
majestad y hacer bien a cristianos” dio parte en secreto de su intento de
fuga a no menos de sesenta cautivos, “toda gente la más florida de
Argel.”
Las fórmulas oficiales se reiteran;
pero no por eso se puede soslayar una valerosa actuación de nuestro escritor en
tales ocasiones.
Jean Canavaggio en su mentada biografía de
Cervantes sale al paso de las exageraciones de los hagiógrafos, pero da la razón
al escritor cuando afirma en el Quijote que la batalla de Lepanto
desengañó al mundo cristiano del error en que estaba creyendo que los turcos
eran invencibles por el mar (I, 39). Refrenda esta conclusión la tesis
contemporánea del problema, según deduce F. Braudel en El Mediterráneo y el
mundo mediterráneo en tiempos de Felipe II (Madrid,
1977).
Con posterioridad, Rosa Rossi, en su
profunda revisión del perfil biográfico cervantino, vuelve a poner en duda la
calidad de nuestro escritor como héroe; es decir, “un ser humano pronto a
sacrificar su vida por Dios y por el Rey.”15
De
todas formas, no se puede esquivar su presencia en Lepanto, origen de su
mutilación, ni la complacencia en la repetida manifestación literaria de
aquellos hechos, aparte de su obligada mención en las peticiones oficiales de
merced.
Diferencias en el “casticismo” religioso y en el comportamiento varonil
Fue Américo Castro, principalmente en
Cervantes y los casticismos españoles (1966), quien argumentó la teoría
de segregar a Cervantes de los cristianos viejos, dominadores en la sociedad
conflictiva del Siglo de Oro. No se puede negar que las repetidas bromas a
propósito de la arbitraria división entre cristianos viejos y nuevos llena las
páginas de la obra cervantina. La compenetración y hermandad de Don Quijote,
presumiblemente cristiano nuevo, con Sancho Panza, que presume de serlo viejo,
podría ser una lección disimulada del gran libro. Bastaría recordar la
afirmación del escudero, “que yo cristiano viejo soy, y para ser conde esto me
basta” (I, 21); y la respuesta irónica de Don Quijote (“y aun te sobra”), para
comprender la intención y aguda crítica del
autor.
Claro está que Cervantes machacaba en
hierro frío. Su entremés primero del Retablo de las Maravillas se burlaba
de unas autoridades aldeanas, engañadas por Chanfalla y la Chirinos mediante la
representación de unas fantasmagorías escénicas que solamente podían ver los que
no fuesen hijos ilegítimos ni confesos. Es decir, los que tuvieran pureza
o “limpieza de sangre.” Arrastrados por la “negra honrilla,” todos compiten por
ver lo inexistente e incluso añaden detalles.
Por supuesto, el entremés no fue admitido por
los autores o empresarios, y no pudo representarse ante el público. Pero
el popular entremesista Quiñones de Benavente, convencido de la gracia cómica
del tema, pudo adaptarlo a las exigencias del tiempo, sin más cambio importante
que el de suprimir la condición de cristiano nuevo a los incapaces de ver el
retablo; bastaba con dejarles la condición tradicional del cuento folklórico,
limitada a pedir la filiación legítima de los videntes. Compárese este caso con
el desfile militar de los hidalgos (supuestos cristianos nuevos) y los
labradores (ranciosos cristianos viejos) en la comedia de Peribáñez y
el comendador de Ocaña, de Lope de Vega, donde las burlas recaen sobre la
casta judía de los primeros.
Según los
documentos cervantinos, publicados a principios de siglo por Rodríguez Marín,
los Torreblanca de Córdoba, ascendientes paternos de nuestro escritor, pudieron
haber sido confesos en atención a las profesiones de comerciantes de
paños o administradores públicos. Pero la explicación de su obra a partir del
supuesto de su diferencia de casta, como sostiene Américo Castro, se ha
ido abriendo camino, a pesar de no pocos contradictores, alguno de la elevada
talla intelectual de Eugenio Asensio. Dado el tema principal que ahora me ocupa,
no puedo extenderme más en esta dirección.
Lo
que resulta desalentador es la continuidad perdurable del prejuicio antijudaico
en un amplio sector de nuestros escritores o estudiosos. Pemán, en su Poema
de la Bestia y el Angel (1938) atribuye caprichosamente al capitalismo
judaico internacional la mayor responsabilidad en desencadenar la guerra
fratricida de los españoles en 1936 (¿Licencia poética, en extremo licenciosa y
tendenciosa o sectaria? ¿Prejuicio ancestral
antisemita?).
Un ejemplo muy significativo,
dado el medio intelectual en que se manifestó, es el que nos cuenta Rafael
Cansinos-Asséns en el tercer volumen de sus memorias, de muy reciente
publicación. Nos enteramos con cierta sorpresa que por los años veinte de la
presente centuria le fue retenido por unos meses el Premio Chirel de Crítica
Literaria, concedido por la R.A.E., al sospechar que era judío . . .
Por tanto, la caducada —moral y legalmente— “limpieza de sangre” ha seguido, más
o menos encubierta, hasta bien entrado el siglo XX.
Menos mal que, ahora,
bastante morigerada, ya que el ofrecimiento por el premiado de presentar su
partida de bautismo católico fue suficiente para que le otorgaran el premio, que
entonces alcanzaba la cuantía de dos mil pesetas. Claro está que en los siglos
XVI y XVII todos los cristianos nuevos estaban bautizados, lo que no pudo librarles de enojosos o fatales
procesos.16
Pero
si el admitir que Cervantes tuviera ascendientes confesos ha convencido a
bastantes cervantistas (Franco Meregalli, Alonso Zamora Vicente, Rodríguez
Puértolas . . .), no puede decirse lo mismo respecto a la otra
gran diferencia apuntada por Rosa Rossi en su repetido ensayo Escuchar
a Cervantes.
Es rotunda y taxativa desde el
mismo preámbulo. La figura de Cervantes “ha estado sometida hasta no hace
mucho tiempo a los efectos deformantes de dos procesos de encubrimiento. Uno ha
sido el relativo a la homosexualidad, un comportamiento definido en tiempo de
Cervantes como ‘pecado nefando’; un largo proceso de encubrimiento de una
realidad humana que ha continuado actuando de forma exclusiva en la cultura
occidental y cristiana hasta hoy. Y el otro ha sido el relacionado con el origen
hebreo . . .”17
La
nueva gran diferencia de un presunto homosexualismo, originada en parte
por el complejo estudio de Combet, al que antes nos referíamos, ha topado con el
rechazo general, aunque también ha despertado dudas y recelos (Eisenberg,
Goytisolo, Valente). La misma Rossi, en la segunda edición de su librito,
prefiere calificar a Cervantes de “perfecto andrógino” para subrayar lo complejo
de su sexualidad, y no insistir en la condición de
invertido.
En otro sentido, su lectura del
comportamiento heroico de Cervantes en Lepanto se aproxima a la valoración
actual que hemos expuesto. Pero en la interpretación del pasaje del
Quijote sobre el buen trato recibido por Cervantes del cruel Hasan el
Veneciano, creemos que ha ido más allá de lo
admisible.
Releamos ahora el texto sin
anteojeras deformantes:
“Solo libró bien con él un soldado español llamado tal de
Saavedra, el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de
aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar libertad, jamás le dio
palo, ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra; y por la menor cosa de
muchas que hizo temíamos todos que había de ser empalado, y así lo temió él
más de una vez; y si no fuera porque el tiempo no da lugar, yo dijera ahora
algo de lo que este soldado hizo, que fuera parte para entreteneros y admiraros harto
mejor que con el cuento de mi historia” (DQ, I, 40).
Para mí, la razón es clara y única: la codicia.
Si el rey de Argel hace apalear hasta la muerte, como solía hacerse con el
rebelde que intenta escapar, pierde el cuantioso rescate, esperado de quien
llevaba consigo cartas de don Juan de Austria y el duque de Sesa, acreditando al
parecer la alta calidad del prisionero. Había que conservar al precioso rehén,
con la esperanza de un caudaloso provecho. Los sacrificados en casos tales —como
el pobre jardinero cómplice— eran pobres desgraciados sin posible rescate, a no
ser por limosnas piadosas de poca entidad.
El
profesor valenciano Mateu Llopis estudió el área monetaria de los Felipes II y
III, el valor monetario del escudo de los Austrias.18
En su estudio numismático se aprecian los esfuerzos de la madre de Cervantes
para rescatar a su hijo, con intervención de mercaderes y autoridades de
Valencia. Pone de relieve la sangría monetaria española que suponían los
rescates de Argel. Los 500 escudos de oro pagados para liberar a Cervantes (en
la Topografía de Argel se dobla erróneamente esta cantidad) eran una
respetable suma en aquellos tiempos.
Creo que
la más poderosa réplica a las insinuaciones de Rossi se encuentra en el
concienzudo estudio histórico de Emilio Sola y José F. de la Peña, Cervantes
y la Berbería, publicado este mismo año.19
La más seria de sus objeciones es la falta de documentación de Rossi acerca de
las circunstancias locales y cronológicas del cautiverio cervantino. Menciona
libros filosóficos y psicológicos de positivo mérito, pero muy pocos de
historia. Precisamente ahora que conocemos el mundo mediterráneo y la vida
cotidiana en el tiempo de los Austrias mucho mejor que a principios de este
siglo, gracias a los estudios de Benassar, Braudel, Camamis, Domínguez Ortiz,
Elliott, Kamen, Maravall,
Vilar . . .
Para Emilio Sola,
que Hasan el Veneciano tuviese sus efebos o garzones escogidos para un harem
masculino, era más un símbolo de poder que una relación personal en aquella
sociedad fronteriza de corsarios, donde se mezclaban turcos, cristianos cautivos, renegados de
diversas procedencias, moriscos españoles y bereberes; de gran libertad sexual y
con una lengua franca de uso común. De costumbres irregulares, no comprendidas
por la Europa enemiga; la cual, a su vez, también tenía sus esclavos
berberiscos, capturados en las luchas mediterráneas y no mejor tratados que los
cristianos en Berbería.
Como veremos más adelante, incluso se documenta la
ejecución de un fraile en Argel, como represalia por la muerte en Valencia de un
morisco condenado por la Inquisición.
Pero el
argumento decisivo para mí es la presentación cómico-burlesca del homosexualismo
en las obras cervantinas. Sirva de ejemplo la comedia de La Gran Sultana,
muy aplaudida por el público español en su estreno de los primeros años noventa;
el cristiano disfrazado de mujer en el serrallo del gran Sultán es una figura
cómica de travestido, que no difiere gran cosa de semejantes situaciones en las
revistas musicales modernas. En el mismo Quijote, Gaspar Gregorio,
enamorado de la morisca Ana Félix, tiene que disfrazarse de mujer en Argel,
“porque entre aquellos bárbaros turcos en más se tiene y estima un mochacho o
mancebo hermoso que una mujer por bellísima que sea” (DQ , II,
63).
En esta línea, me atrae singularmente la
burlona mención del pecado nefando en un lugar, olvidado por completo a
este respecto. Me refiero al gracioso diálogo de la novela Rinconete y
Cortadillo, en un picaresco ambiente sevillano. Un mozo de la “cofradía” de
Monipodio confiesa a Rincón, con el mayor comedimiento, que es ladrón “para
servir a Dios y a las buenas gentes”; ofuscado ante la réplica de su
interlocutor, añade más adelante: “¿no es peor ser hereje o renegado, o matar a
su padre y madre, o ser solomico? —¡Sodomita querrá decir vuestra merced—
respondió Rincón. —Eso digo— dijo el mozo.”20
Me
parece ver aquí una doble intención: junto a la broma de transformar jocosamente
al homosexual en solomico, la sátira oculta que supone reunir el pecado
nefando con la herejía, como los más terribles delitos del hombre. Por
supuesto, los dos llevaban aparejada legalmente la más grave de las sanciones:
la muerte en la hoguera.
En el libro de Sola se
añade, acertadamente, que Cervantes nunca sometió a la burla ni al humor
corrosivo ningún concepto o actitud humana de gravedad esencial, como la
libertad, la pobreza o la muerte. “A pesar del humor cervantino, el tono de
seriedad aparece siempre que trata de pobreza, poder o libertad; no en las cuestiones
de sexo, en donde con frecuencia, si no casi siempre, el tono es
erótico-festivo, en la honda de los medios populares, como recordara Bajtín.
Muy
al contrario de lo que sucede con la literatura ‘papaz’ contra-reformista, en la
que el sexo tiene siempre tonos terribles de pecado y condenación.”21
En lo cual había yo coincidido hace tiempo, a propósito del Quijote y en
ratificación ampliada de una fina observación del profesor Neuschäfer: La
bondad nunca entró en conflicto con la locura quijotesca.22
Cervantes
y la Berbería también podría inducirnos a pensar que la clemencia de Hasan
hacia su estropeado prisionero tuviera oculta una razón de ser en los tratos
secretos que por aquellos días procuraba mantener Felipe II con los turcos para
conseguir treguas en las interminables guerras corsarias del Mediterráneo. Se
ofrecían grandes cantidades en sobornos de jefecillos renegados; se les invitaba
a la apostasía con el señuelo de tierras y honores en países
cristianos.
Finalmente, analiza este mismo
libro, con la mayor detención, las declaraciones, obtenidas a instancias de
Cervantes, de sus doce compañeros de cautiverio. Se trata de la mencionada
Información, verificada “en la ciudad de Argel, que es tierra de moros en
la Berbería,” a diez días del mes de octubre de 1580, “ante el ilustre y muy
reverendo señor fray Juan Gil, redentor de España, de la Corona de
Castilla.”
Cervantes salía al paso de las
maliciosas y encubiertas insidias (“cosas viciosas y feas”), vertidas contra él
por el doctor Juan Blanco de Paz. De todas las declaraciones, sobresale la más
importante y positiva de Antonio Sosa, muy amigo de Cervantes durante los tres
años y ocho meses de convivencia en el cautiverio
argelino.
Hoy se le atribuye al mismo religioso
Dr. Sosa la autoría de la Topografía e historia general de Argel
(Valladolid, 1612), publicada por Diego de Haedo, abad del monasterio de
Frómista, que nunca estuvo en Argel. Es la única obra histórica de aquel tiempo
que cuenta con más detalle y encomio la denodada actuación de Cervantes en el
cautiverio.
Pero nuestro apreciado colega
Daniel Eisenberg cree que es el mismo Cervantes el autor de la
Topografía; lo fundamenta aduciendo numerosos paralelos de pensamiento, e incluso de expresión, que presenta esta
obra, con pasajes e ideas de libros cervantinos.23
No
obstante, los sazonados esfuerzos de Eisenberg por ampliar el censo de libros
cervantinos, me parecen más próximos a su objetivo en cuanto al Diálogo de
Selanio y Cilena, que podría ser un fragmento de Las Semanas del
Jardín (a pesar de las objeciones de Carlos Romero) o quizá de la proyectada
segunda parte de La Galatea.24
Pero
en el caso de la Topografía, la propuesta parece menos admisible. En
efecto, el Diálogo de los mártires de Argel, parte muy sustancial de la
Topografía, se ha publicado aislada, al cuidado de Emilio Sola y José Mª
Parreño hace pocos años. Consideran al benedictino Antonio de Sosa como autor
del Diálogo y de toda la Topografía con buenas razones. Presenta
un conjunto de treinta relatos breves sobre sentencias de muerte ejecutadas en
Berbería, desde la época de Jeredín Barbarroja (1529) hasta el final de la de
Hasán el Veneciano (1580), el mismo año y mes de octubre de la liberación de
Cervantes.
Al final de la jornada 1ª de la
comedia de Los tratos de Argel se hace eco nuestro autor del martirio del
fraile valenciano Miguel de Aranda, en represalia por la muerte de un morisco de
Oliva, condenado por la Inquisición (tema del relato 23 del Diálogo, a que
aludíamos anteriormente).
A pesar de esta
coincidencia y de otros muchos paralelos encontrados por Eisenberg, el tono
general del Diálogo, netamente contrarreformista y con el acento
apologético del martirologio clásico paleocristiano, difiere notablemente del
estilo cervantino, tan cercano al abierto humanismo renacentista.
Huella del cautiverio en el pensamiento y en la obra de Cervantes
Para cerrar nuestra exposición, debemos trazar
un rápido panorama de los últimos escarceos renovadores en la apreciación del
cautiverio y en busca de sus posibles influencias en la psicología de Cervantes
y en la inspiración de su obra literaria
.El primer estudio serio de carácter
histórico, mediante la utilización de fuentes primarias y fidedignas, incluso de
origen musulmán, fue el del arabista y profesor de literatura española Jaime
Oliver Asín, sobrino del eminente arabista Asín Palacios, en La hija de Agi
Morato en la obra de Cervantes, publicado por la R.A.E. en 1948 como
contribución meritoria al IV Centenario del nacimiento de nuestro primer
autor.25
Allí se documentan con gran precisión los presupuestos rigurosamente históricos
de la Vida del Capitán Cautivo y de la comedia de Los baños de
Argel, de tema coincidente, junto a otras precisiones sobre la de La Gran
Sultana Doña Catalina. Distingue con toda claridad los hechos verídicos de
su versión poética y fabulosa. Hasta la aparición en este año de Cervantes y
la Berbería, basado en un conocimiento más amplio de los historiadores
contemporáneos acerca del ambiente mediterráneo en el siglo XVI, nada hay más
fiable que el mencionado estudio de Oliver
Asín.
En el orden literario, el más destacable
hacia la mitad de este siglo es el de Alonso Zamora Vicente, El cautiverio en
la obra cervantina,26
si bien dedica alguna extensión al comentario de la Epístola a Mateo
Vázquez, que hoy se rechaza como falsificación urdida en el siglo XIX. Con
todo, sigue válida e inatacable su afirmación de que el cautiverio fue el hecho
primordial que separa la vida de Cervantes en dos mitades diferentes, que impone
la transformación de sus ideales y creencias e influye en la creación
poética.
El intento más reciente de cambiar la
perspectiva de la investigación sobre el cautiverio fue promovido por el
Instituto Internacional del Teatro del Mediterráneo, fundado en 1990 y dirigido
por José Monleón. Gracias a su iniciativa, se celebraron unas jornadas
cervantinas en Madrid y Alcalá de Henares, durante los días 13, 14 y 15 de
diciembre de 1993. Se proponían precisar “la influencia del cautiverio en el
pensamiento y la obra de Miguel de
Cervantes”.
De entrada, se cuestionaba la
interpretación oficial de la historia de la época y se “apuntaba la sospecha de
que Cervantes debe a la cultura musulmana una parte de su tolerante
sabiduría.”
Intervinieron en las mesas redondas
actores, escritores y profesores españoles y norteafricanos, que leyeron sus
ponencias con toda libertad, sin atender estrictamente a la incitación de
la convocatoria, ya que en ella se mezclaban ostensibles evidencias con gratuitas sugestiones:
Cervantes es “modelo de trayectoria vital manipulable”; “vamos a estudiar uno de
esos puntos oscuros en la biografía del autor del Quijote; porque, ¿qué
sucedería si en vez del cautiverio terrible y castigador de Cervantes en tierras
argelinas, que nos contaron en el catón, hubiera sido otro, más habitual y
placentero, en el que el poeta hubiera podido alcanzar su más alto nivel de
creación?”
Aunque así no fuera, este Seminario pretende indagar en hechos tan
sugestivos como éste o, lo que es lo mismo, estudiar qué tipo de efectos produce
el mestizaje generado por todo cautiverio, destierro o exilio, en las
gentes del arte y de la Literatura.27
Por
amable invitación de José Monleón, tuve el honor de intervenir en la segunda de
las “mesas redondas,” que enfocaba la clave de todas las reuniones: “la huella
del cautiverio en la literatura
cervantina.”
Nos presentó muy cortésmente César
Oliva y actuamos, en ordenada sucesión, López Estrada, catedrático de la
Complutense, seguido por mí, Ahmed Abi-Ayad, profesor de la Universidad de Orán,
que ahora nos acompaña en Argamasilla, y Celsa Carmen García Valdés, del Consejo
de Educación de la Embajada española en Rabat
(Marruecos).
Mi comunicación llevaba por título
Libertad, humano tesoro, en homenaje a Rubén Darío, autor de la
Letanía de Nuestro Señor Don Quijote, aunque en imitación ahora de su
sonoro eneasílabo “Juventud, divino
tesoro.” Volví a publicarlo en el último tomo
de Anales Cervantinos, XXXII (1994), previa la debida autorización, para
que pudiera llegar a la esfera más recoleta del
cervantismo.
Mi ensayo difería un tanto del
propósito inicial de aquellas jornadas, reunidas para estudiar, como hemos
adelantado, los efectos del mestizaje generado por el cautiverio en los
hombres de letras. Ante todo, expuse mi criterio de que la asimilación de la
cultura musulmana por Cervantes no procede de los cinco años de esclavitud en
Argel, puesto que ya estaba impregnado de ella a través de la propia cultura
materna y española, completamente híbrida y mestiza, o aljamiada y
mudéjar si se prefieren las denominaciones de tradición medieval. Que no
en balde duró la Reconquista ocho siglos y convivimos luego con los moriscos
hasta bien entrado el XVII.
Así lo demuestran
los copiosos arabismos del castellano (aceite, albañil, ojalá), que han
ido disminuyendo, aunque algunos persistan en refranes (abacería, albéitar, alfayate); una copiosa toponimia y la
estudiada maurofilia de la literatura clásica
española.
Podríamos cifrar esta simpatía en el
hecho de atribuir Cervantes el Quijote a un morisco; es decir, un historiador
arábigo y manchego. De la significación de Cide Hamete Benengeli,
y su posible relación con la comprensiva actitud religiosa de su historia, ha
compuesto Juergen Hahn, profesor en California, un librito de innegable interés,
aunque no se pueden suscribir algunas de sus afirmaciones.28
Con
todo, es evidente que los cinco años de Argel han inspirado a Cervantes en su
creación literaria. Lances, percances y motivos de sus comedias de cautivos y de
varias novelas ejemplares se han nutrido de aquella triste experiencia. Pero si
hubiera que determinar concretamente la motivación suprema inspirada por el
cautiverio, yo me inclinaría por la exaltación de la libertad a lo largo
de toda su obra y su condenación a todo género de esclavitud y servidumbre. La
libertad como corolario indispensable de la dignidad humana y la tolerancia
religiosa e ideológica son conceptos básicos del humanismo renacentista
plenamente sentidos y divulgados por
Cervantes.
La comunicación de López Estrada
enfocó la comicidad patente en las obras cervantinas inspiradas por el mundo
árabe (aspecto coincidente en parte con las consideraciones que dejamos
expuestas en el apartado anterior). Abi-Ayad disertó muy originalmente sobre
“una linda y preciosa pareja (Argelia y Cervantes), muy amorosa, a pesar de
todas las dificultades y penas sufridas y compartidas en aquella ciudad
mediterránea.” Por último, Celsa García Valdés puso de relieve muy certeramente
el distanciamiento por el que “la nacionalidad y la religión practicada,
en sí, no son determinantes de la bondad o villanía de un personaje,” puesto que
“para Cervantes el ser cristiano no significa nada.” Afirmación excesivamente
absoluta, aunque la continuación resalte por su exactitud: “hay cristianos
buenos y cristianos malos, infieles buenos e infieles
malos.”
El resumen del moderador Oliva deja la
cuestión en una vaguedad ecléctica y pacificadora: “Los cuatro puntos de vista
presentados en esta Mesa Redonda, de extraordinario valor todos, distantes en
algunas conclusiones, coincidentes en otras, hablaron a las claras de la
contemporaneidad del tema y de su riqueza. Riqueza manifestada al hacer posible
la pluralidad de enfoques reseñada.”
Cuando
terminaba de componer estas notas, me envía el admirado amigo y colega Daniel
Eisenberg, piloto orientador de este Coloquio en Argamasilla, un arriesgado ensayo, aun dentro de su inquietante y
bien razonada exposición, bajo la inesperada pregunta de ¿Por qué volvió
Cervantes de Argel? Viene a ser como el insólito colofón o reverso de cuanto
he venido tratando esta tarde.29
Aquí
se plantea la posibilidad teórica de que Cervantes pudiera haber renegado, como
tantos cristianos lo hicieron, y quedarse en Argel, en pos del hedonismo de una
vida más cómoda y placentera. Entre los renegados de buena posición contaba con
varios amigos y cabe en lo posible que alguien le sugiriera tan atrevida y grave
decisión. No lo hizo y Eisenberg enumera con evidente cautela y penetración los
motivos que le pudieron haber decidido.
Entre ellos no cuenta tanto el religioso
como la nativa vocación literaria e intelectual, la gran afición del hombre que
leía incluso “los papeles rotos de las calles” (DQ, I, 9) y la
comunicación o conversación discreta y apacible con personas de buen
entendimiento y formación. Por supuesto, los hechos mandan y si alguna vez la
tuvo, Cervantes no cayó en la tentación del reniego y la ruptura total con la
patria, familia y religión. Consta en varios lugares el cariño que se
profesaban, sobre todo, madre e hijo, y las dos hermanas Andrea y Magdalena, que
tantos años vivieron con el escritor, incluso después de su
matrimonio.
Entre la gran polvareda, perdimos a
don Beltrán . . . Me parece que en las especulaciones últimas en
busca de una personalidad evanescente, se ha ido demasiado lejos. ¿No cabría
volver a las explicaciones más sencillas ante unos hechos indemostrables
documentalmente, de momento?
Eisenberg y
Canavaggio han llegado a una conclusión análoga. La de que se nos escapa siempre
la intimidad del escritor. Siguen los vacíos y lagunas en nuestro conocimiento
de su vida en Argel (como en tantas otras ocasiones de una vida nada fácil).
Insiste Eisenberg en su último trabajo en torno a la estancia en Argel, que lo
expuesto documental o literariamente corresponde únicamente a lo que permitió
que llegara a nuestro conocimiento. Y sugiere que “hubo algo, o aun algos” que
no quiso contarnos.
¿Por qué? Confiamos que el
estudio riguroso y ponderado de las fuentes manifiestas o el descubrimiento de
algún documento ignoto puedan iluminar con mayor claridad la figura humana del
príncipe de las letras españolas.
1 Vid. mis
comentarios a 18 biografías de Cervantes, presentadas por orden cronológico en
Suma cervantina, edición de J. B. Avalle-Arce y E. C. Riley (London:
Tamesis Books Ltd., 1973), 411-13. 2 Cfr. Rosa Rossi, Ascoltare Cervantes (Roma:
Editori Riuniti, 1987) y Cristóbal Zaragoza, Cervantes. Vida y semblanza
(Madrid: Mondadori España, 1991). 3 Vid.
Emilio Sola y José F. de la Peña, Cervantes y la Berbería (México-Madrid:
Fondo de Cultura Económica, 1995). 4 Vid. Louis Combet, Cervantès ou les incertitudes
du désir. Un approche psychostructurale de l'oeuvre de Cervantès (Lyon:
Presses Universitaires, 1980). 5 Vid. Jean Canavaggio, Cervantes, en busca del
perfil perdido, traducción de Mauro Armiño. (Madrid: Espasa-Calpe, 1992). Es
la segunda edición en español, “corregida y
aumentada”. 6 Cfr.
Ramón de Garciasol, Claves de España: Cervantes y el ‘Quijote’ (Madrid:
Espasa-Calpe, 1969) (Col. Austral, n° 1481); y Julián Marías, Cervantes,
clave española (Madrid: Alianza Ed.,
1990). 7 Vid. Juan
Antonio Cabezas, Cervantes (Madrid: Biblioteca Nueva, 1967). J. A.
Cabezas, periodista, narrador, autor de más de cincuenta libros de amena y varia
lectura, falleció en Madrid, el viernes, 10 de diciembre de 1993, a la avanzada
edad de 94 años. Descanse en paz tan laborioso ilustrador de las letras
españolas. 8 Vid. obra
citada en la nota anterior, p.15.
9 Me
encargaron y acepté gustoso la redacción del primer capítulo de la Suma,
que versaba sobre el Estado actual de los estudios cervantinos (pp. 3-24
y 411-13). Fue muy consultado e incluso elogiado; recuerdo con especial gratitud
la opinión impresa de la profesora norteamericana Ruth El Saffar, fallecida hace
pocos meses. 10
Vid. Alberto Sánchez, “La biografía de Cervantes: bosquejo
histórico-biográfico”, Anthropos, revista de documentación científica de
la cultura, 98/99 (Barcelona, julio-agosto 1989), pp.30-40.
11 Vid.
Jaime Fernández, S.J., Bibliografía del Quijote (Alcalá de Henares:
Centro de Estudios Cervantinos, 1995), pp. 386-400. En el contexto que ahora nos
ocupa, destacaremos los trabajos del distinguido cervantista americano L. A.
Murillo, que considera como Ur-Quijote la historia del Capitán
Cautivo. 12 Vid.
Miguel de Cervantes, Información . . . de lo que ha servido
a S.M. y de lo que ha hecho estando captivo en Argel . . .
(Documentos). Transcripción de Pedro Torres Lanzas (Madrid: José Esteban, ed.,
1981). 13 Vid.
Francisco Ayala, “La invención del Quijote”, en Los Ensayos. Teoría y
Crítica Literaria (Madrid: Aguilar, 1972) p. 654. Este ensayo se publicó por
primera vez en la revista Realidad II (Buenos Aires, 1947). Murillo viene
a reforzar este supuesto cronológico. 14 Vid. Emilio González López, “Cervantes, maestro de
la novela histórica contemporánea: la Historia del Cautivo”, Homenaje a
Casalduero, pp. 179-187. 15 Vid.
Rosa Rossi, en la traducción española de Escuchar a Cervantes. Un ensayo
biográfico (Valladolid: Ámbito Edics., 1988) p.16. 16 Vid.
Rafael Cansinos-Asséns, La novela de un literato (Hombres, Ideas, Efemérides,
Anécdotas . . .) Tomo 3 (1923-1936). Ed.
preparada por Rafael M. Cansinos (Madrid: Alianza Editorial, 1995). Bajo la
rúbrica “Alboroto en la Academia”, se recoge esta anécdota en las páginas
84-87. 17 Vid.
Rosa Rossi, Escuchar a Cervantes, ensayo citado, en las páginas 2 y 15.
Mi acotación procede de la página 15 de la edición castellana. 18 Vid.
Felipe Mateu y Llopis, “Las monedas de don Quijote y Sancho”, en Homenaje a
Cervantes. Lo dirige y edita Francisco Sánchez Castañer (Valencia:
Mediterráneo, 1950), tomo II, pp. 320-44. 19 Es el libro al que aludíamos en la nota 3. Debe
leerse con la mayor atención: Cervantes y la Berbería (Cervantes,
mundo turco-berberisco y servicios secretos en la época de Felipe II), por
Emilio Sola y José F. de la Peña (México-Madrid: Fondo de Cultura Económica,
1995). 20 Vid.
Novelas Ejemplares, ed. de Juan Bautista Avalle-Arce (Madrid: Castalia,
1982), tomo I, pp. 235-36. 21 Vid.
Cervantes y la Berbería, p. 264. 22 Cfr. Hans-Jîrg Neuschäfer, “Der Sinn der Parodie im
Don Quijote”, Studia Romanica, 5 (Hetf: Heidelberg, 1963); y Alberto
Sánchez, “Arquitectura y dignidad moral de la Segunda Parte del Quijote”,
en Anales Cervantinos, XVIII (1979-1980): pp. 2-23. 23 Vid.
Daniel Eisenberg, “Cervantes,
autor de la Topografía e historia general de Argel, publicada por Diego
de Haedo”, trabajo presentado en el VI Coloquio de la Asociación
Internacional de Cervantistas, en Alcalá de Henares, el 11-XI-1993. Actualmente
en prensa para Cervantes, Bull. de CSA, XVI, 1 (1996):
pp. 235-236. 24
Vid. Las Semanas del Jardin de Miguel de Cervantes. Estudio, edición y
facsímil del manuscrito (Salamanca: Ediciones de la Diputación, 1988). Cfr. la
recensión de Carlos Romero Muñoz en Il Confronto Letterario, VII. (Pavia,
1990), p. 219.
25 Vid.
Jaime Oliver Asín, La hija de Agi Morato en la obra de Cervantes (Madrid:
Imprenta Aguirre, 1948). Fue publicado por primera vez en el Boletín de la
R.A.E. del mismo año. 26 Vid. el trabajo de A. Zamora Vicente en el
Homenaje a Cervantes, citado en la nota 18, tomo II, pp.
384-401.
27 Vid.
La huella del cautiverio en el pensamiento y en la obra de Cervantes
(Madrid: Fundación Cultural Banesto, 1994).
28 Vid.
Juergen Hahn, Miracles, Duels and Cide Hamete's Moorish Dissent (Potomac,
Maryland: Scripta Humanistica, 1992).
29 Vid.
Daniel Eisenberg, “¿Por qué volvió Cervantes de Argel?”, hoy en prensa para los
Essays in Golden Age Literature, Presented to Geoffrey Stagg on his Eightieth
Birthday. Es el texto revisado de un trabajo presentado al I Congreso
Internacional de la Asociación de Cervantistas (Almagro, 1991).
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