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La función del poeta en la obra de Luis Cernuda
entronca perfectamente con la tradición romántica, según la cual el
artista aparece como un ser solitario dotado de un don sobrenatural
que le permite ver y expresar lo que otros no pueden. En esta línea,
Cernuda se nos presenta como un integrante de una tradición que
arranca con los románticos, sobre todo con los alemanes como
Hölderlin, Novalis o Heine y que en España representa la figura de
otro sevillano, Gustavo Adolfo Bécquer.
El poeta es, por tanto, un “elegido”, bien sea por
Dios o por el Demonio. Es un ser maldito, marginado por la sociedad,
hecho del que deriva su soledad total.
En
el caso de Cernuda, esa condición de maldito, de diferente, viene
reforzada por su forma distinta de entender el amor. Su homosexualidad
choca frontalmente con los usos y las normas propias de la sociedad
burguesa a la que pertenece y en la que vive. Como consecuencia del
sentimiento de la diferencia, la actitud del poeta sevillano frente al
mundo se definirá por la rebeldía y por el sentimiento de frustración
provocado por el choque constante entre la realidad que vive y el
deseo de vivir, de amar, de forma diferente.
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