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Donde habite el
olvido, En los vastos jardines sin aurora; Donde yo sólo
sea Memoria de una piedra sepultada entre ortigas Sobre la cual el
viento escapa a sus insomnios.
Donde mi nombre
deje Al cuerpo que designa en brazos de los siglos, Donde el deseo
no exista.
En esa gran región
donde el amor, ángel terrible, No esconda como acero En mi pecho
su ala, Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.
Allí donde termine
este afán que exige un dueño a imagen suya, Sometiendo a otra vida su
vida, Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.
Donde penas y
dichas no sean más que nombres, Cielo y tierra nativos en torno de un
recuerdo; Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo, Disuelto
en niebla, ausencia, Ausencia leve como carne de niño.
Allá,
allá lejos; Donde habite el olvido.
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Adolescente fui en días idénticos a
nubes, cosa grácil, visible por penumbra y reflejo, y extraño
es, si ese recuerdo busco, que tanto, tanto duela sobre el cuerpo
de hoy.
Perder placer es triste como la dulce lámpara
sobre el lento nocturno; aquél fui, aquél fui, aquél he
sido; era la ignorancia mi sombra.
Ni gozo ni pena; fui niño prisionero entre
muros cambiantes; historias como cuerpos, cristales como
cielos, sueño luego, un sueño más alto que la vida.
Cuando
la muerte quiera una verdad quitar de entre mis manos, las
hallará vacías, como en la adolescencia ardientes de deseo,
tendidas hacia el aire.
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Los
fantasmas del deseo
Yo no te conocía, tierra; con los
ojos inertes, la mano aleteante, lloré todo ciego bajo tu verde
sonrisa, aunque, alentar juvenil, sintiera a veces un tumulto
sediento de postrarse, como huracán henchido aquí en el
pecho; ignorándote, tierra mía, ignorando tu alentar, huracán o
tumulto, idénticos en esta melancólica burbuja que yo soy a quien
tu voz de acero inspirara un menudo vivir.
Bien sé ahora que tú eres quien me
dicta esta forma y este ansia; sé al fin que el mar esbelto, la
enamorada luz, los niños sonrientes, no son sino tú misma; que los
vivos, los muertos, el placer y la pena, la soledad, la
amistad, la miseria, el poderoso estúpido, el hombre enamorado, el
canalla, son tan dignos de mí como de ellos yo lo soy; mis brazos,
tierra, son ya más anchos, ágiles, para llevar tu afán que nada
satisface.
El amor no tiene esta o aquella
forma, no puede detenerse en criatura alguna; todas son por igual
viles y soñadoras. Placer que nunca muere beso que nunca
muere, sólo en ti misma encuentro, tierra mía. Nimbos de juventud,
cabellos rubios o sombríos, rizosos o lánguidos como una
primavera, sobre cuerpos cobrizos, sobre radiantes cuerpos que
tanto he amado inútilmente, no es en vosotros donde la vida está,
sino en la tierra, en la tierra que aguarda, aguarda siempre con
sus labios tendidos, con sus brazos abiertos.
Dejadme, dejadme abarcar, ver unos
instantes este mundo divino que ahora es mío, mío como lo soy yo
mismo, como lo fueron otros cuerpos que estrecharon mis
brazos, como la arena, que al besarla los labios finge otros
labios, dúctiles al deseo, hasta que el viento lleva sus mentirosos
átomos.
Como la arena, tierra, como la arena
misma, la caricia es mentira, el amor es mentira, la amistad es
mentira. Tú sola quedas con el deseo, con este deseo que aparenta
ser mío y ni siquiera es mío, sino el deseo de todos, malvados,
inocentes, enamorados o canallas.
Tierra,
tierra y deseo. Una forma perdida.
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