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¿Recuerdas tú, recuerdas aun la escena A que día
tras día asististe paciente En la niñez, remota como sueño de
alba? El silencio pesado, las cortinas caídas, El círculo de luz
sobre el mantel, solemne Como paño de altar, y alrededor
sentado Aquel concilio familiar, que tantos ya cantaron, Bien que
tú, de entraña dura, aún no lo has hecho.
Era a la cabecera el
padre adusto, La madre caprichosa estaba en frente, Con la hermana
mayor imposible y desdichada, y la menor más dulce, quizá no más
dichosa, El hogar contigo mismo componiendo, La casa familiar, el
nido de los hombres, Inconsistente y rígido, tal vidrio Que todos
quiebran, pero nadie dobla.
Presidían mudos, graves, la
penumbra, Ojos que no miraban los ojos de los otros, Mientras sus
manos pálidas alzaban como hostia Un pedazo de pan, un fruto, una
copa con agua, y aunque entonces vivían en ellos presentiste, Tras
la carne vestida, el doliente fantasma Que al rezo de los otros nunca
calma La amargura de haber vivido inútilmente.
Suya no fue la
culpa si te hicieron En un rato de olvido indiferente, Repitiendo
tan sólo un gesto trasmitido Por otros y copiado sin una urgencia
propia, Cuya intención y alcance no pensaban. Tampoco fue tu culpa
si no les comprepdiste: Al menos has tenido la fuerza de ser
franco Para con ellos y contigo mismo.
Se propusieron, como
los hombres todos, lo durable, Lo que les aprovecha, aunque en torno
miren Que nada dura en ellos ni aprovecha, Que nada es suyo, ni
ese trago de agua Refrescando sus fauces en verano, Ni la llama
que templa sus manos en invierno, Ni el cuerpo que penetran con
deseo Dos soledades en una carne sola.
Ellos te dieron todo:
cuando animal inerme Te atendieron con leche y con
abrigo; Después, cuando creció tu cuerpo a par del alma, Con dios
y con moral te proveyeron, Recibiendo deleite tras de azuzarte a
veces Para tu fuerza tierna doblegar a sus leyes. Te dieron todo,
sí: vida que no pedías, y con ella la muerte de dura
compañera.
Pero algo más había, agazapado Dentro de ti, como
alimaña en cueva oscura, Que no te dieron ellos, yeso eres: Fuerza
de soledad, en ti pensarte vivo, Ganando tu verdad con tus
errores. Así, tan libremente, el agua brota y corre, Sin
servidumbre de mover batanes, Irreductible al mar, que es su
destino.
Aquel amor de ellos te apresaba Como prenda medida
para otros, y aquella generosidad, que comprar pretendía Tu
asentimiento a cuanto No era según el alma tuya. A odiar entonces
aprendiste el amor que no sabe Arder anónimo sin recompensa
alguna.
El tiempo que pasó, desvaneciéndolos Como burbuja
sobre la haz del agua, Rompió la pobre tiranía que levantaron, y
libre al fin quedaste, a solas con tu vida, Entre tantos de aquellos
que, sin hogar ni gente, Dueños en vida son del ancho
olvido.
Luego con embeleso probando cuanto era Costumbre suya
prohibir en otros y a cuyo trasgresor la excomunión seguía, Te
acordaste de ellos, sonriendo apenado. Cómo se engaña el hombre y
cuán en vano Da reglas que prohiben y condenan. ¿Es toda acción
humana, como estimas ahora, Fruto de imitación y de
inconsciencia?
Por esta extraña llama hoy trémula en tus
manos, Que aun deseándolo, temes ha de apagarse un día, Hasta ti
trasmitida con la herencia humana De experiencias inútiles y empresas
inestables Obrando el bien y el mal sin proponérselo, No
prevalezcan las puertas del infierno Sobre vosotros ni vuestras obras
de la carne, Oh padre taciturno que no le conociste, Oh madre
melancólica que no le comprendiste.
Que a esas sombras remotas no
perturbe En los limbos finales de la nada Tu memoria como un
remordimiento. Este cónclave fantasmal que los evoca, Ofreciendo
tu sangre tal bebida propicia Para hacer a los idos visibles un
momento, Perdón y paz os traiga a ti y a ellos.
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