FRANCISCO
UMBRAL | LOS PLACERES Y LOS DÍAS
Luis
Cernuda
La Comunidad de
Madrid rendirá homenaje en su día al poeta Luis Cernuda, en el
centenario de su nacimiento, como renovado ademán de Alberto
Ruiz-Gallardón, que es mucho más que un melómano político o un
político melómano.
Con esta recuperación sucesiva de los grandes valores de lo
que, durante la guerra civil, fue la izquierda, los gobiernos
que «fueron» derecha están haciendo el esfuerzo por reunificar
o clarificar la cultura española, por rehacer las humanidades
del siglo XX, que las humanidades no son necesariamente la
almoneda del tiempo. Algo así se propone también la ministra
de Educación, Pilar del Castillo, rehaciendo la Historia de
España, que no es como la contaba Franco ni como la cuenta
Arzalluz. No sabe uno muy bien lo que se proponen estos
chicos, pero, en principio, se proponen no parecerse en nada a
sus abuelos. Aznar con Azaña y Gallardón con Cernuda y
Aleixandre, los «conservadores» (en el sentido de que quieren
y saben conservar), están haciéndonos a todos un favor, que es
llegar a la molturación de las dos Españas para que con el
tiempo sean una.
Los viejos marxistas (ya no hay rojos ni comunistas, pero
sobreviven algunos magníficos lectores de Marx) nos dirían que
se principia por el pan, por la justicia, por el hombre sin
atributos culturales. Este renovado liberalismo español o neo
está siendo muy liberal con la cultura y el dinero, sólo que
el dinero se da buena maña para volver siempre a los mismos,
mientras que un poeta leído en la adolescencia y la enseñanza
indigente queda en nosotros para toda la vida.
Luis
Cernuda. Yo mismo, adolescente, me alimentaba de Luis Cernuda, de
Aleixandre, de José Hierro, y no por eso era menos
pobre, pero sí más soberbio, y hasta me creía más sabio. Hay
ya dos o tres generaciones que tienen o han tenido a Cernuda
por maestro máximo del 27. Pero no conviene establecer
categorías de ese orden en la literatura, convirtiendo a una
generación en la Vuelta a España. No se comprende un poeta con
un número en la espalda. Luis, Luis Cernuda, de quien tanto me
hablaban Gregorio Prieto y Gerardo Diego, ha sido uno de los
hombres más singulares, solitarios y desgraciados de su
generación y del siglo. «Gran poeta y mala persona», me decía
Gerardo. «Yo, en Londres, le planchaba las camisas a Luis», me
decía Gregorio. Luis, dandy didáctico, Bécquer errático de
izquierdas, primer Guillén segundo (cosa que siempre le
atormentó), sin otra luz que la carne ni otra violencia que
España, pero su España andaluza y universal, no la de los
españistas que lo echaron de aquí y le hubieran fusilado en
pareja con Federico. Méritos no le faltaban.
Esa sangre es la que quieren enjugar estos neoliberales, de
Aznar a Gallardón, de Rodríguez Lafuente a Luis Alberto de
Cuenca, porque todos vivieron en sus casas «bien» la eterna
partición española, y si en algo son sinceros es en un
hartazgo de España una, grande y libre. La prefieren múltiple,
grande y libérrima, pero no libertaria, como Zapatero, otro
joven liberal que no encuentra su camino. Ni su poeta.