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EL ESTALLIDO SURREALISTA EN UN
RÍO, UN AMOR DE LUIS CERNUDA
MARTA MAGDALENA FERREYRA Universidad
Nacional de Mar del Plata Argentina
La concepción del mundo que subyace al
surrealismo entra en deliberado conflicto con los canones tradicionales.
Los modos de percibir, conocer y re-producir la «realidad» escapan a toda
codificación lógica. Octavio Paz caracteriza a la práctica surrealista como
el “ejercicio concreto de la libertad, esto es, de poner en acción la
libre disposición del hombre en un cuerpo a cuerpo con lo real. Desde el
principio, la concepción surrealista no distingue entre el conocimiento
poético de la realidad y su transformación: conocer es un acto que transforma
aquello que se conoce. La actividad poética vuelve a ser una operación mágica”
La introducción de operaciones discursivas novedosas
produce la distorsión de los órdenes espacio-temporales, la apertura del texto
a la multiplicidad de significaciones, la supremacía de la connotación, la
construcción de referentes sobre la base de la interacción y/o simultaneidad
semántica... (teniendo como ejes fundacionales el mundo onírico y la
manifestación del inconsciente). Todos estos aspectos erigen universos de
sentido cuyo signo es la exaltación de la libertad como procedimiento de
creación poética. Esto se transforma en un fundamento de carácter
ideológico, principio para la construcción de la emancipación de todo
precepto heredado, de la demolición de la cosmovisión burguesa y de sus mitos2.
El caso del surrealismo español presenta rasgos
identificatorios que lo diferencian de las otras prácticas surrealistas
europeas. Aspecto fundamental es la vinculación con la tradición de la poesía
pura3; planteando de este modo, una complejización en el terreno
discursivo: la tradición de la metáfora y la intención de ruptura de los
canones tradicionales. Estamos, pues, ante textos en donde se produce una
interacción entre lo tradicional y lo vanguardista4. La no
formación de un «movimiento» en España es otro dato de importancia que
distancia a los poetas de la Península de una militancia vanguardista al modo
francés.
Un
río, un amor
de Luis Cernuda se
encuentra entre los textos claves5 que articulan un posible discurso
surrealista en la década de los veinte. Construye una escritura poética cuya
base es la fractura de la escritura mimética. Se trataría, pues, de un texto
cuya composición estética exhibe su condición de artificio, acentuando la
postura de contra-gramática sobre la cual cuestionan los modos de concebir la
práctica poética. Tal cuestionamiento está relacionado con la puesta en
crisis de los órdenes espacio-temporales y lógico-descriptivos; manifestando,
de este modo, un cuestionamiento al lenguaje como principio ordenador del
entendimiento. Tales crisis tienen como eje de configuración textual la ruptura
o desvío de la norma lingüística. Por lo tanto, mediante ciertas estrategias
discursivas se produce la irrupción de nuevas relaciones léxicas —fundantes
de la imagen surrealista—6, de elementos heterogéneos y
contrastivos, dotando a la materia verbal de inusuales posibilidades de
significación. Posibilidades que multiplican la opacidad lingüística,
desarticulando la unidireccionalidad discursiva y generando procesos dinámicos
que hacen estallar la linealidad del significado. Un río, un amor
construye una «escena» poética mediante recursos que tradicionalmente son
adscritos a las poéticas de desvío o vanguardistas, en lo que concierne a la
exaltación de la función poética del lenguaje en detrimento de la
referencial. Específicamente la relación de los poetas españoles con el
surrealismo está determinada por la apropiación de muchas de sus estrategias
de composición textual, sin adherir de modo ortodoxo a los postulados franceses
de la escritura automática7.
Existen, sí, como ya hemos señalado, aspectos
constructivos que poseen estrecho vínculo con los procedimientos surrealistas,
además de considerar la presencia de tópicos en común: los ámbitos oníricos,
lo arbitrario, la exaltación de la fealdad, las crisis del yo —entre los
más sobresalientes—. Bodini señala la existencia de un «eje generacional»
sobre el que gravitarían los poetas surrealistas españoles; además de
considerar la búsqueda de «otros lenguajes» y el sentido de los límites de la poesía
como caracterización de esta práctica escritural8
La construcción del mundo enunciado en Un río,
un amor deriva en una diversificación léxica cuyo eje central parece
constituirse de una serie de piezas fundantes que se extienden a lo
largo de todo el poemario. Podemos hablar de una condensación semántica que
opera en los cimientos del discurso poético. Así, lexemas como frío, niebla, sombra,
fantasma, dolor —entre otros— configuran una isotopía connotativa9.
De este modo, en la obra se vertebra un eje de significación fundamental que se
articula mediante un haz de sentidos particulares que fluyen a través del
texto.
El primer poema de Un río, un amor presenta los
elementos cardinales que habrán de configurar los rasgos semánticos del texto.
La presencia de semas que se dispersan y, simultáneamente, se interconectan
originando la potencialidad significativa, confluyen en el semema de muerte.
Tales semas actúan en el plano de la connotación y en la interacción con el
universo discursivo crean redes de asociaciones que funcionan isotópicamente.
Sustantivos y adjetivos participan de la creación de significaciones afines,
acrecentando la explotación del sentido y estableciendo relaciones semánticas
que cohesionan el texto: “Un hombre gris avanza por la calle de niebla”, “Entre
la sombra se encuentra una pálida fuerza;/ Es el remordimiento, que de noche,
dudando,/ En secreto aproxima su sombra descuidada” (“Remordimiento en traje
de noche”, 47)10. En este poema el sujeto está ausente (la segunda
persona sólo se hace presente en dos oportunidades), la tercera persona ocupa
la «escena poética» y se centra en la construcción de un mundo en el que se
instala a un «personaje» cuya identidad sólo es representada por medio del
adjetivo “gris”11. Lo oscuro, lo vacío, lo
desértico se ciñen en torno al “hombre gris”, a la concepción
de ciudad (sociedad o civilización) construida en el poema (“la calle de
niebla”, “Desiertos tan amargos bajo un cielo implacable”). Hombre y situación
parecen signados por lo oscuro —noción vinculada a la soledad, la
inestablidad, la muerte—: significaciones que se cruzan en una misma línea12
Los semas correspondientes a lo oscuro
toman distintas derivaciones, uno de los más recurrentes es el perteneciente a
«sombras». Así, la idea que se constituye en eje en un poema es continuada y
desarrollada en otros poemas. En el caso de “Sombras blancas”, “Cuerpo en
pena”, “Destierro” (entre otros). La significación adquiere diferentes
valores de acuerdo con cada poema, pero continúa ligada a una zona de sentido
básica que sustenta la edificación del mundo construido desde el discurso. La
desaparición del sujeto en los tres poemas citados plantea la supremacía de
una no-persona; el mundo del objeto ocupa el espacio textual (en donde el sujeto
opera desde una anonimia, desplazando su capacidad cognoscitiva-perceptual hacia
la impersonalidad) y engendra órbitas de sentido que se cruzan, se solidarizan
en la creación de un universo con leyes propias. Los objetos referidos
adquieren «vida», en tanto que el sujeto traslada su jerarquía
«existencial» a la órbita del mundo fictivo: “Sombras frágiles, blancas,
dormidas en la playa,/ Dormidas en su amor, en su flor de universo” (“Sombras
blancas”, 48). “Las sombras indecisas alargándose tiemblan,/ Mas el viento
no mueve sus alas irisadas” (“Cuerpo en pena”, 49), “Una luz lejos
piensa” (“Destierro”, 50). Las inusuales relaciones léxicas producen un
registro de la escritura poética que transgrede la unicidad conceptual. Se
construye, pues, una diversidad de campos de sentido que interactúan en una
textualidad abierta; pero, a su vez, determina la existencia de cadenas
cohesivas asentadas sobre la base de las relaciones léxico-semánticas13.
Las constelaciones de imágenes participan de modo fundamental en el proceso de
semiotización; crean núcleos de significación siempre en dinámica
asociación, nunca estrictos. Tales núcleos de significación mutan; es así
como la concepción de la muerte presenta diferentes posibilidades
semánticas dentro del cuerpo textual de cada poema. En “Cuerpo en pena” la
figura del «muerto» se representa animizada; aparece en tensión con la
actividad que se predica del «ahogado» (no obstante la idea de muerte mantiene
la supremacía); los verbos que definen sus actos son —convencionalmente—
asignados a elementos vitales, por lo tanto, generan una inusual unión entre
significados básicamente antagónicos (relación por contraposición denominada
oxímoron): “Lentamente el ahogado recorre sus dominios” (48), “Si el
ahogado sacude sus lívidos recuerdos,/ Halla un golpe de luz, la memoria del
aire”, “Su insomnio maquinal el ahogado pasea” (49). Muerte y vida
fusionan sus fronteras para producir un espacio de sentido propio. El valor
mudable de las significaciones aparece ligado a las conexiones sémicas que en
cada poema presentan rasgos específicos.
Las isotopías connotadas sustentan la coherencia y
cohesión del texto; articulan la diversidad de signos en función de una red
que recorre el poemario, esto genera efectos de sentido que emergen de la
condensación semántica14. La progresiva construcción de la
dimensión
muerte propone una serie de factores que intervienen en la fundación
del mundo: en primer lugar, la función semiótica de isotopías connotadas que
actúan como subsidiarias de una hegemónica; en segundo lugar, la
interdependencia entre mundo fictivo y sujeto (mundo signado por la
muerte-sujeto signado por la muerte), se definen mutuamente. Estas isotopías
connotadas (que llamaremos secundarias, pero no por eso de menor importancia) se
interconectan con la principal a partir de ramificaciones. Este es el caso de la
red perteneciente (siempre situándonos en el plano de la connotación) a los
semes correspondientes a «tristeza», «angustia», «llanto», los que se
habrán de asociar al eje isotópico de muerte.
De modo tal que la coexistencia de diversas redes y el cruce
de sus dominios conceptuales permite la emergencia de múltiples posibilidades,
subáreas de connotación que a su vez poseen la potencialidad de desdoblarse en
racimos de sentidos. De este modo, observamos cómo las ideas de abandono,
inestabilidad, tristeza... se asocian a lo frío, neblinoso, oscuro, etc.: “La
presencia del frío junto al miedo invisible/ Hiela a gotas oscuras la sangre
entre la niebla,/ Entre la niebla viva, hacia la niebla vaga” (“Decidme
anoche”, 52). Si bien vinculamos la noción de niebla al eje de sentido de la
muerte, ésta puede adquirir matices diferentes dados en la relación con
significados opuestos; en este caso, la «niebla» es caracterizada por medio
del adjetivo «viva», pero —igualmente— mantiene conexión con la red
isotópica de
muerte. La condensación semántica permite establecer núcleos
operativos en la configuración de las estrategias de composición. Así, se
extienden las isotopías connotadas interconectando semas; la noción de niebla
se vincula a la de nube, sombra, palidez, oscuridad: “A través de una noche
en pleno día/ Vagamente he conocido la muerte” (“Habitación de al lado”,
53), “Bajo cielos con sombra./ Como la sombra misma” (“No intentemos el
amor nunca”, 58). A su vez, existe una filiación de estos conceptos con el
eje de significación central:
muerte. Podemos determinar, entonces, una reciprocidad en las
significaciones, un continuo fluir que vincula los distintos semas para fundar
un juego de connotaciones. Se trata de un movimiento que relaciona los distintos
semas con el semema muerte y, simultáneamente, le confiere una
potencialidad connotativa que puede derivar en la mutación del sentido inicial:
la fusión vida-muerte, muerte-amor.
Por otra parte, la yuxtaposición de imágenes desestabiliza
la percepción lineal del concepto; el choque, cruce,
intersección de significaciones quiebra la focalización unilateral para
acceder a la «multiperspectividad»15. Así, la
yuxtaposición crea la simultaneidad de ideas, imágenes que entrecruzan sus
órbitas de sentido para fundar lo insólito, lo inesperado, un cosmos
donde se superpone el objeto y el observador: “Los cuerpos palidecen como
olas,/ La luz es un pretexto de la sombra,/ La risa va muriendo lentamente,/ Y
mi vida también se va con ella” (“Linterna roja”, 59). La quiebra de la
linealidad se asocia a la ruptura de la coherencia en tanto se considere la
desestabilización de las relaciones lógicas en el discurso. La yuxtaposición
desarticula el tramado racional del texto y postula la fractura de las
relaciones de tipo fundamentación-conclusión, medio-meta, etc. De este modo,
el poemario construye su propio estatuto de relaciones intratextuales; determina
una coherencia propia a través de las isotopías que vertebran el discurso y le
proporcionan una densidad sobre la base de una concentración conceptual
presente en las redes que recorren el texto. Se trata, pues, de un doble
movimiento: una diseminación y una concentración conceptual que tienen su
punto de tensión y enlace en la idea básica de
muerte.
Así, la isotopía connotativa sigue funcionando aun en
presencia de la yuxtaposición que quiebra la linealidad conceptual. Sujeto y
objeto participan de la misma situación signada por la muerte.
Situación que muta, transcurre. La presencia de imágenes aleatorias (que
determina la complejidad de la coexistencia de referentes múltiples) no permite
instaurar una única circunstancia, la pluralidad produce un racimo de
posibilidades determinado por la isotopía connotativa:
Ventana
huérfana con cabellos habituales, Gritos de viento, Atroz paisaje
entre cristal de roca, Prostituyendo los espejos vivos, Flores
clamando a gritos Su inocencia anterior a obesidades (“Como
la piel”, 67)
La utilización del recurso de la yuxtaposición propone un
cambio en la perspectiva lineal; de este modo, lo simultáneo determina
un modo de construcción de mundo, asociado a una percepción que registra lo
múltiple, lo dispar como formas de transgresión de la unicidad.
En otros casos, la yuxtaposición de imágenes produce la
acumulación de significaciones que habrán de vincularse con un eje en común:
El
HONOR de vivir con honor gloriosamente, El patriotismo hacia la patria
sin nombre, El sacrificio, el deber de labios amarillos, No valen un
hierro devorando Poco a poco algún cuerpo triste a causa de ellos mismos (“¿Son
todos felices?”, 66).
Los tres primeros versos remiten al verbo del cuarto
(precedido por la negación, cuya función analizaremos más adelante); así,
«honor», «patriotismo», «sacrificio», «deber» quedan supeditados al «no
valen». Esta descripción nos lleva a la explicitación del sentido del poema:
la visión de un mundo desde otra perspectiva, una diametralmente opuesta a la
tradición occidental que reivindica aquello que el poema denota. La segunda
estrofa retoma la línea de la primera, enfatizando, de este modo, el
cuestionamiento a una concepción de mundo que entra en crisis con la guerra:
“Abajo pues la virtud, el orden, la miseria;/ Abajo todo, todo, excepto la
derrota,/ Derrota hasta los dientes, hasta ese espacio helado [...]”. Tal
cuestionamiento plantea una relación con el cambio de perspectiva al que nos
referíamos anteriormente. La percepción del mundo supone un sujeto que, a
pesar de estar encubierto, organiza los componentes del texto en pos de ciertas
significaciones (ya sean implicitadas en el juego de las connotaciones, mediante
la alusión explícita o el cruce entre ambas).
Los cuatro versos citados anteriormente se conectan con la
noción de muerte expuesta en los dos siguientes: “De una cabeza abierta en
dos a través de soledades,/ Sabiendo nada más que vivir es estar a solas con
la muerte”. Vida y muerte desdibujan sus fronteras, los opuestos vuelven a
fusionarse, pero la magnitud de la muerte parece imponerse ante la vida, ocupando la supremacía en el campo de significaciones.
Las imágenes ponen en «escena» redes de relaciones que
exaltan su extrañeza, pero guardan conexión con el eje de significación
básico; esta relación nunca se presenta de modo estricto, sino que propone
nuevas vías de enlace: “Fue un pájaro quizá asesinado:/ Nadie sabe. Por
nadie/ O por alguien quizá triste en las piedras,/ En los muros del cielo” (“El
caso del pájaro asesinado”, 55). El «asesinato» está directamente
relacionado a la muerte, de ello derivan las asociaciones con «tristeza», las
connotaciones que aluden a «soledad», «ignorancia» (Nadie sabe. Por nadie),
«frío» (piedras, muros).
La idea de devastación toma diferentes cauces en
las posibilidades de connotación. Así, «olvido» cruza su zona de sentido con
el de muerte y plantea accesos a otras conexiones sémicas, como es el
caso de la relación de «gemido», «muro», «mármol» con «dolor»,
fundando un espacio de significaciones ligados a opresión, encierro,
tristeza...:
Un
gemido no es nada; son los mares Coronados de otoño Ante la puerta
seca, como cauce Olvidado de todos, Su dolor contra un muro. ............................................................. Son
los mares, los mares desbordados Que
atraviesan ciudades humeantes (“Mares
escarlata”, 60).
Las «olas» y el «mar» están vinculados a «grito» y a
«gemido», por ende transitan el área ligada a «dolor». Esta red de
relaciones abre una diversidad de abanicos, establece múltiples interconexiones
semánticas que dejan entrever un entramado de tensiones y asociaciones, los
sentidos en pugna y, simultáneamente, la condensación semántica que explota
el potencial significativo de la palabra.
La ruptura de los límites funda una
realidad peculiar, un espacio-situación en donde la perspectiva
transcurre en la dinámica de la negación: no-frontera, no-muros,
no-blancura, y otros. La tensión del «no» con el objeto aludido crea el
advenimiento de una nueva significación: al igual que al representar una
circunstancia mediante los rasgos de los que «carece»: “La noche por ser
triste carece de fronteras./ Su sombra, en rebelión como la espuma,/ Rompe los
muros débiles/ Avergonzados de blancura” (“Razón de lágrimas”, 60); “Una
angustia sin fondo (...)” (“No sé qué nombre darle en mis sueños”, 61).
La invención de la situación se lleva a cabo mediante la negación, la
carencia; modo de designación de las características de un objeto (o
circunstancia) que apela a la exaltación del rasgo negado: no- sueño, no-ver, no-saber, no-vida,
etc. De este modo, la construcción del mundo está signada por la ausencia, la
falta (generalmente marcadas por la presencia de sin); aspecto que
deviene en inseguridad, acercándose, pues, al eje de la muerte: “Quizás mis
lentos ojos no verán más el sur” (“Quisiera estar solo en el sur”, 47),
“Ahogados como un cuerpo sin luz, sin aire, muerto” (“Cuerpo en pena”,
48), “Falto de voz, de manos, apariencia sin vida” (“Decidme anoche”,
52), “Nunca sabremos, nunca” (“El caso del pájaro asesinado”, 55).
Uno de los modos de producción de sentido en Un
río, un amor obra desde la yuxtaposición de imágenes. Estas, por lo
general, carecen de verbos; por lo tanto, conforman una sumatoria de elipsis que
abren el espacio de la connotación:
Cuerpo
de piedra, cuerpo triste Entre lanas como muros de universo, Idéntico
a las razas cuando cumplen años, A los más inocentes edificios, A
las más pudorosas cataratas, Blancas como la noche, en tanto la montaña ....................................................................... (“Nocturno
entre las musarañas”, 67).
La superposición de imágenes pone en la «escena» textual
lo diverso, lo múltiple; pero todas ellas giran en torno a un eje en común que
vertebra el sentido del poema y que, simultáneamente, lo vincula con las
isotopías connotadas que recorren Un río, un amor: los semas de
oscuridad, tristeza, frío, inestabilidad... Todo ello entra en contacto con un
sujeto que se oculta tras las formas de la impersonalidad: “No saber donde ir,
donde volver,/ Buscando los vientos piadosos”. La potencialidad significativa
no recae ya en el «yo», sino que apunta a la magnificación tanto del mundo
fictivo como, en este caso, de los verboides antecedidos por la negación. Tanto
el infinitivo como el gerundio implicitan una relación con el sujeto; sin
embargo, la «escena» poética está ocupada por la serie de imágenes que se
interconectan y originan un campo de significaciones plurales que, a su vez, se
encuentra ligado a la isotopía principal. La construcción de muerte se
consolida, justamente, en las redes de connotación que otorgan espesor al
poemario. Tal operación tiene como estrategias fundantes la interconexión de
campos que instituyen una coherencia en la obra; así, la presencia implícita o
manifiesta del significado muerte se transforma en el cimiento para la
edificación del mundo fictivo.
La transgresión se convierte en la estrategia medular de la
composición poética vanguardista. El juego de los elementos discursivos está
fundado sobre la disgregación de la unidad, sobre la coexistencia de la
multiplicidad de objetos referidos que determinan cortes en las continuidades
—ya sean éstas temáticas, temporales, situacionales, lógicas, y otros—.
El recurso de la yuxtaposición genera el efecto de simultaneidad; de modo tal
que las diferentes significaciones cruzan sus zonas en la creación de un
ámbito polisémico, en la desarticulación de la linealidad conceptual,
activando múltiples espacios de sentido.
*
El presente artículo forma parte de un Proyecto de Investigación (denominado
“La configuración de una escritura surrealista en la obra vanguardista de
Cernuda y Alberti”) que llevo a cabo como integrante del grupo “Semiótica
del Discurso”, dirigido por la doctora Laura Scarano, Centro de Letras
Hispanoamericanas, Departamento de Letras, Facultad de Humanidades, Universidad
Nacional de Mar del Plata.
NOTAS
1. Octavio Paz, “El surrealismo”, El Surrealismo.
Madrid: Taurus, 1982, 36-46.
2. Anthony L. Geist, “El 27 y la vanguardia: una
aproximación ideológica”, en Cuadernos Hispanoamericanos 514-515.
Madrid, abril-mayo de 1993; enfoca la problemática del surrealismo en España,
pero para ello realiza un análisis de los aspectos ideológicos del movimiento
en general, observaciones que considero de valor para el presente trabajo: “El
lenguaje del surrealismo (...) es revolucionario de una forma que supera a la
lingüística, a la estilística y a la temática. La historia del surrealismo
ha sido una historia de subversión. La irrupción del inconsciente en medio del
discurso poético, al cuestionar su base cartesiana, subvierte ese mismo
discurso. Pero el lenguaje literario es simplemente la expresión en un
horizonte cultural de un discurso más amplio de poder. Al hacer de la
irracionalidad el centro del discurso, se subvierte el discurso hegemónico. El
surrealismo cuestiona radicalmente «el poder de las palabras sobre las cosas»,
cimiento de la ideología burguesa. Al hacerlo, cuestiona también a los que
manejan ese poder” (62).
3. Con respecto a esta cuestión Monegal realiza un
esclarecedor análisis al que ya nos hemos referido en la Introducción.
Enfatiza la necesidad de pensar la continuidad más que la diferencia
dentro de la trayectoria de la producción literaria española.
4. El no rechazo a la tradición poética precedente es un aspecto fundamental
para caracterizar el surrealismo español. Críticos como Juan Manuel Rozas,
Monegal, Antonio Blanch, “La generación del 27 y la estética cubista”, en
Historia y
crítica de la Literatura española. Época contemporánea, Edic. de Rico y
García de la Concha. Barcelona: Crítica, 1984; enfatizan los fuertes vínculos
entre poesía rural y surrealismo español; la presencia de correspondencia
entre la «nueva estética» y la renovación de formas tradicionales de
expresión.
5. Creemos fundamentales en la conformación de una
escritura surrealista española a Poeta en Nueva York de Federico
García Lorca; Espadas como labios de Vicente Aleixandre; y Sobre los
ángeles de Rafael Alberti. 6. Raymond Williams, “El
lenguaje y la vanguardia”, en La lingüística de la escritura: debates entre
lengua y literatura. Madrid: Visor, 1989; caracteriza la escritura
vanguardista a partir del rechazo a toda “carga semántica heredada”, de
modo tal que “la palabra poética dejaba de ser simplemente una unidad
gramatical para convertirse en algo presente en lo que se dio en llamar imágen fonética
transracional”. Ello determina la exclusión o la devaluación deliberadas
de todo significado referencial (41-55). 7. Anthony L.
Geist, “El neorromanticismo: surrealismo y compromiso”, en
La poética de la
Generación del 27 y las revistas literarias: de la vanguardia al compromiso.
Barcelona: Labor, 1980; señala la “presencia innegable” de técnicas
surrealistas en los textos de Cernuda, Lorca, Aleixandre y Alberti, a pesar del
rechazo del «automatismo». Para Geist esta “resistencia española al
automatismo y al carácter neorromántico del surrealismo, responde, en el
fondo, a una convicción, más que estética, vital: que el poeta, por medio de
su dominio absoluto sobre las técnicas poéticas, crea conscientemente la
poesía. El surrealismo se presentaba como un programa profundamente
antiartístico. Por una parte, reducía el papel del poeta al de ser un «medium»
de su propia inconsciencia” (178).
Estas serían algunas claves para comprender el rechazo español al
surrealismo francés: el cambio de estatus del artista —que reduce su rol a
traductor de inconsciente—, la postura en contra de la belleza —los poetas
españoles se identifican en relación a la creación de la belleza—.
8. Vittorio Bodini, “Características y técnicas del
surrealismo en España” en F. Rico, 269-274. 9. Con
respecto a esta cuestión Kerbrat-Orecchioni, La connotación. Buenos
Aires: Hachette, 1983; elabora una definición de isotopía connotada que se
desdobla en dos acepciones: una correspondiente al “caso de la metáfora
hilada”, referida a “la isotopía connotada (que corresponde al sentido
literal de las unidades que llevan sobre sí el peso de la transferencia
metafórica)”, la otra está “constituída por elementos que tienen el
estatuto de valores connotados, es decir, de valores sugeridos más que
afirmados, latentes y no patentes, soportados por índices y no por verdaderos
signos, y que en general (excepto el caso de la metáfora hilada) están
sumergidos en el discurso continuo de la denotación y diseminados de una manera
más o menos anárquica en la trama textual (201). Para el presente trabajo
creemos pertinente la explicación del concepto de isotopía connotativa,
pues la presencia de lexemas redundantes produce una red que puede ser examinada
a partir de dichos conceptos.
10. Para este trabajo se ha utilizado la siguiente
edición: Luis Cernuda, La realidad y el deseo. Madrid: Alianza Tres,
1991. 11. Luis Maristany, Luis Cernuda, La realidad y
el deseo. Barcelona: Laia, 1982; analiza la presencia del “hombre
desintegrado o escindido” como “un personaje bastante común en las obras de
los surrealistas. Figura también, como introductor de la serie, en Cernuda: el
hombre gris, el ahogado (poema primero y tercero)” (61).
12. Esta perspectiva con la que se enfoca la sociedad es representativa de la
actitud surrealista. Lorca en Poeta en Nueva York construye una imagen
de ciudad asediada por la destrucción. Por otra parte, Aleixandre en Espadas
como labios alude a lo grotesco de la gente de sociedad (poema “Salón”
y “El vals”). Cernuda hace lo propio, la escritura —que lleva el signo
surrealista— se constituye en una mirada crítica que descompone la
ciudad-civilización en las partes que la componen: oscuridad, frío, sombra,
niebla, soledad, inseguridad... siempre desde una cosmovisión que emplea las
«herramientas» surrealistas.
13. Sobre el tema de la cohesión Halliday y Hasan, Cohesión in English.
London: Longman, 1976, han desarrollado un
análisis pormenorizado sobre este asunto. Nos interesa observar la
construcción de la cohesión léxica que permite la formación de cadenas
cohesivas, para las cuales no existe un límite preciso y es capaz de incluir
palabras, construcciones, oraciones, y otros. El concepto de cohesión es un
concepto semántico; se refiere a las relaciones de significado que existen
dentro de un texto y que lo identifican como tal; tiene lugar cuando la
interpretación de algún elemento en el discurso depende de otro. En el caso
del discurso poético las derivaciones pueden transitar el terreno de lo
insólito, lo inesperado; por lo tanto, incurrimos en el plano de la
connotación. Es decir, que nos habremos de referir a una cohesión léxica de
tipo connotativa. 14. El concepto de isotopía está
relacionado con el problema intratextual de la coherencia en los discursos.
Aspecto estudiado por Greimas, quien ha señalado que el concepto de coherencia
aplicado al texto puede ser “relacionado con el más general de isotopía
entendida como la permanencia recurrente a lo largo del discurso de un mismo haz
de categorías justificativas de una organización paradigmática” (J. Lozano,
C. Peña Marín y G. Abril, Análisis del
discurso. Madrid: Cátedra, 1982). En el caso de Un río, un amor
nos referimos a un tipo de isotopía basada en la connotación. Kerbrat-Orecchioni (1983) sostiene que tales isotopías tienen un estatuto de
valores más sugeridos que afirmados, los signos pueden encontrarse diseminados
en la trama del texto de manera anárquica. 15. Lowe en
“De la linealidad a la multiperpectividad” (publicado en Historia de la percepción burguesa)
caracteriza a la imagen surrealista en relación a su posibilidad de trascender
todo reconocimiento, “pues todo reconocimiento es un re-conocimiento que nos
hace volver a lo ordinario. Intenta, en cambio, provocar un choque inesperado de
cognición; y tal choque es una chispa de energía que nos eleva por encima de
lo mundano. Por consiguiente, la imagen surrealista no puede tener conexión
temporal ni espacial. Es decir, no puede depender de ningún llamado de memoria,
ni de esperanza de anticipación, ni de familiaridad, ni de similitud de
espacio. En cambio, subraya lo onírico, lo absurdo, todo lo que no es racional
o esperado. Por tanto la imagen surrealista es momentánea, inestable. La fuerza
misma de la imagen surrealista es su efervescencia y su vulnerabilidad” (264).
Lowe destaca la condición de «multiperspectividad» del surrealismo, tanto en
la pintura como en la literatura. Aspecto fundamental que se relaciona con la
quiebra de la perspectiva lineal y la puesta en crisis de la unicidad
conceptual.
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