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Federico García Lorca
Homenaje a Luis
Cernuda.
No vengo yo en este momento a esta mesa como amigo de Luis
Cernuda, ni
amigo vuestro, ni a ofrecer este banquete para cumplir un rito gastado ya
en tantas farsas con discursitos decorados, con envidias cubiertas de
veneno y lágrimas de cocodrilo. No vengo tampoco dispuesto a que mi voz la
lleve el aire para recibir en cambio, como tantas veces, una bandeja de
aplausos coronada por un "muy interesante" de merengue. Yo vengo para
saludar con reverencia y entusiasmo a mi "capillita" de poeta, quizá la
mejor capilla poética de Europa, y lanzar un vítor de fe en honor del gran
poeta del misterio, delicadísimo poeta Luis Cernuda, para quien hay que
hacer otra vez, desde el siglo XVII, la palabra divino, y a quien hay que
entregar otra vez agua, juncos y penumbra para su increíble cisne
renovado.
No me equivoco. Lo que voy a decir es verdad y está en la conciencia de
toda persona sensible. La aparición del libro La realidad y el deseo es
una efemérides importantísima en la gloria y el paisaje de la literatura
española. No me equivoco, porque para decir esto aquí yo he luchado a
brazo partido con el libro, leyendo sin gana al acostarme, al levantarme;
leyendo con dolor de cabeza, sacando ese poquito de odio que sentimos
todos contra autores de obras perfectas; pero ha sido inútil. La realidad
y el deseo me ha vencido con su perfección sin mácula, con su amorosa
agonía encadenada, con su ira y sus piedras de sombra. Libro delicado y
terrible al mismo tiempo, como un clave pálido que manara hilo de sangre
por el temblor de cada cuerda. No habrá escritor en España, de la clase
que sea, si es realmente escritor, manejador de palabras, que no quede
admirado del encanto y refinamiento con que Luis Cernuda une los vocablos
para crear su mundo poético propio; nadie que no se sorprenda de su
efusiva lírica gemela de Bécquer y de su capacidad de mito, de
transformación de elementos que surgen en el bellísimo poema El joven
marino con la misma fuerza que en nuestros mejores poetas clásicos. Entre
todas las voces de la actual poesía, llama y muerte en Aleixandre, ala
inmensa en Alberti, lirio tierno en Moreno Villa, torrente andino en Pablo
Neruda, voz doméstica entrañable en Salinas, agua oscura de gruta en
Guillén, ternura y llanto en Altolaguirre, por citar poetas distintos, la
voz de Luis Cernuda erguida suena original, sin alambradas ni fosos para
defender su turbadora sinceridad y belleza.
La pluma que dibujó los primorosos mapas de los árabes, la que inventó
clavellinas y negras mariposas en las cintas de los niños muertos, la
pluma que ha escrito con sangre una carta de amor sobre la que después se
ha escupido, la que ha copiado con temblor un torso de Apolo en la agonía
de los institutos, pluma de pena y frenesí de rocío. es la que ha
sostenido entre sus dedos Luis Cemuda mientras oía la voz que dictaba su
Realidad y el deseo. Desde que el poeta canta en 1924:
Va la brisa reciente
por el espacio esbelta
y en las bojas, cantando,
abre una primavera.
empieza un duelo con sus tristezas, con su tristeza de sevillano
profundo, duelo elegantísimo, con espadín de oro y careta de narcisos;
pero con miedo y sin esperanza, porque el poeta cree en la muerte total.
Este duelo sin esperanza de paraíso, que hace que el poeta quiera fijar
eternamente los hombros desnudos de un navegante o una momentánea
cabellera, anima todas sus páginas, hasta que al fin cae victoriosamente
rendido.
Fortalecido estoy contra tu pecho
y augusta piedra fría,
bajo tus ojos crepusculares,
¡oh madre inmortal!
en el grave himno de la "Tristeza", uno de los últimos de La realidad y
el deseo.
No es hora de que yo estudie el libro de Luis
Cernuda, pero sí es la
hora de que lo cante. De que cante su espera inútil, su impiedad, y su
llanto, y su desvío, expresados en norma, en frialdad, en línea de luz, en
arpa. No me equivoco. No nos equivocamos. Saludemos con fe a Luis Cernuda.
Saludemos a La realidad y el deseo como uno de los mejores libros de la
poesía actual de España.
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