EL LÁTIGO DE TRUMAN CAPOTE 

Por Gustavo Reyes

 

"Si te importo, no hagas nada. Déjame ir", le imploró a Joanne, hastiado de vivir a los cincuenta y nueve años. Eran las primeras horas de la mañana de un sábado luminoso y, aunque sabía que probablemente estaba muriendo, empleó las siguientes hablando de su madre, su vida, sus libros y amigos. Con voz cada vez más trémula fue remontando el río de sus días hasta el niño extraviado en solitarios cuartos de hotel; llegó incluso hasta China, "donde no hay correos ni teléfonos", luego, simplemente se apagó, a las 12:21 del mediodía.

Una vez dijo que el éxito precoz había terminado por ser el origen de su tragedia. Es bastante factible, pero igualmente fue el principio de la fulgurante trayectoria literaria que lo inscribió en el puzzle del siglo xx. Al lado de su genio intelectual siempre estuvieron el fasto cosmopolita y el glamour, la frivolidad y el encanto insustancial de los opulentos. El suyo fue un mundo de aeropuertos, seda, yates, diamantes, arte, viajes, cisnes del jet set, hienas y celebridades del mundo artístico y literario. Fue un coctel de Rimbaud, Oscar Wilde y Scott Fitzgerald.

Hasta su estrepitosa decadencia es dolorosa de una manera singular, porque en ella el universo refulgente de la belleza y la fama, de los refinamientos e ilimitadas posibilidades, se va trocando en vómito, desprecio, drogadicción, ingratitud, hospitales, insidia, alcoholismo, obesidad, paranoia y soledad.

Tú y Flaubert

Truman Streckfus Persons fue hijo de un padre tan irresponsable como iluso y mezquino, y de una preciosidad frívola y nerviosa de diecisiete rubios años. Ambos le dieron una infancia errante en cuartos de hotel y casas de parientes. Él, Arch Persons, prácticamente los abandona desde el principio; y ella, Lilie Mae Faulk, a partir de entonces se mueve al ritmo de su inestable economía y de sus amores inválidos. El único amor de otra índole fue definitivo: se llamó Joe Capote y era la antítesis de Arch. A Lilie Mae le dio amor y holgura, y a Truman su apellido y más afecto y comprensión del que nunca su fluctuante madre le daría. Joe siempre se mostró orgulloso de él, lo envió a colegios privados, le brindó un hogar estable, mientras Lilie Mae nunca logró superar la aversión por sus ademanes afeminados y su voz aflautada, ni siquiera cuando él era un escritor consagrado, una resplandeciente estrella del escenario social al que ella era hipersensible.

A los doce años, Truman, que aún no tenía el apellido Capote sino su original Persons, se comportaba de tal forma que el director de la escuela fue a casa de sus parientes para comunicarles que aquel niño era "subnormal". En represalia por la ofensa, las tías le hicieron someterse a un examen de cociente intelectual en una universidad del este americano. Los resultados fueron vergonzosos para los maestros y abrumadores para los parientes: era un niño de inteligencia superior.

Después de aquel diagnóstico, el precoz escritor se plantaba ante los espejos y se decía: "Pues sí, jovencito, tú y Flaubert... o Maupassant, o Mans-field, o Proust, o Chejov, o Wolfe", dependiendo de quién fuese el fetiche literario de ese momento. Era genial, como proclamaría en Música para camaleones, el último libro que escribió cuarenta años más tarde. Allí, en ese autorretrato insolente llamado "Vueltas nocturnas. O cómo practican la sexualidad los gemelos siameses", Capote es un explícito y curtido ególatra que se castiga: "Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio", proclama.

 

Un enfant terriblemente seductor

Apenas cumplidos los 21 años publica Otras voces, otros ámbitos, y la crítica de su país y la internacional en lengua inglesa le consagran casi de inmediato. Alaban la originalidad temática, el misterioso clima de la novela, su exquisitez poética, el vigor y la cautivante belleza descriptiva de ámbitos y personajes. Áquel es su primer éxito en ventas, una constante que años más tarde le permitió afirmar: "Yo nunca escribo -en verdad soy físicamente incapaz de escribir- nada que piense que no me pagarán".

Incluso antes de publicar su primera novela, sostenido únicamente por sus cuentos, desempeña papeles protagónicos en el escenario norteamericano; por lo menos eso se deduce del artículo escrito por el respetable crítico inglés Cyril Connolly para la revista británica Horizon a propósito de la literatura americana de postguerra: "La caza de jóvenes autores que, además del prestigio, puedan hacer saltar la banca es febril e incesante. Los autores del año pasado se están quedando a un lado y los de este año (el novelista Jean Stafford, su poeta consorte Robert Lowell o el oscuro pura sangre Truman Capote) son invariablemente citados. Puede que apenas se les haya leído, pero sus nombres, como nuevos productos del mercado, van de boca en boca entre quienes están en el negocio. 'Compren Capote...', y al instante las palabras resuenan en las alturas". Pero su precocidad no es sólo artística; ya antes de ese auspicioso debut, Truman, que todavía conserva un aspecto cuasi infantil, era el amante de Newton Arvin, importante crítico y profesor universitario que casi le triplica en edad y que tiempo después llegará a obtener un premio Pulitzer por su biografía de Herman Melville.

A partir de Otras voces, otros ámbitos se convierte en el enfant terrible de las letras norteamericanas y en la atracción de millonarios y aristócratas. Conocerlo e invitarlo es de rigor, las fiestas y cenas con Truman se ponen de moda y él, que se siente arrebatado por el deslumbrante mundo de los Palley, Astor, Vander-bilt, O'Neill, Guinnes, incapaz de rechazar ninguna, las ve multiplicarse. Aquellos ojos vivaces y azules, la sugestiva belleza de efebo, el ingenio insolente de sus frases chispeantes, lapidarias, luminosas, más la intensidad y el magnetismo de una personalidad singular, le permiten subir de prisa en aquel exclusivo núcleo social. "Los ricos buscan objetos que les diviertan: así se escribe la historia", opinaba al respecto Oliver Smith, un personaje de la época.

El escritor británico Christopher Isherwood, radicado entonces en California, traza un revelador boceto de su encuentro inicial con Truman: "Y pensé: Bah, sólo un joven escritor, cuando aquella extraordinaria y menudita figura irrumpió en la estancia, tendiéndome la mano y levantándola casi como si quisiera indicar que había que besársela. Mi primera reacción fue 'Dios, parece que no bromea'. Pero luego advertí que aunque hacía teatro, era una actuación que revelaba algo muy deliberado y auténtico. Sucedió una cosa que a uno le gustaría que ocurriera más a menudo en la vida: me prendé de él inmediatamente".

JPG: Truman Capote and John Dunphy, circa 1950
Truman Capote (joven) y John Dumphy en una fotografia de aproximadamente 1950

Gratamente sorprendido, Isherwood se lo presenta a Bill Caskey, su amante, que queda también atrapado de inmediato. "Ambos estábamos encantados con Truman. Tenía la cabeza absolutamente fría pero al mismo tiempo era como un cálido y acogedor osito de peluche".

Con el tiempo, aquel forastero nacido en el sureño e ignorado Monroeville llegará a ser el más codiciado anfitrión de la gente jet set. En el apogeo de su gloria literaria y social, tras la publicación de A sangre fría en 1966, dedicó meses a planear su "Baile en blanco y negro". Un evento legendario en los anales de la alta sociedad, que congregó a lo más selecto de tres continentes en los espléndidos salones del hotel Waldorf Astoria de Nueva York. Fue un encuentro memorable de la vanidad y la elegancia con el sibaritismo y la riqueza.

Movimiento perpetuo

En 1958 da al público Desayuno en Tiffany's, que imprime nuevo impulso a su carrera como novelista. En el interregno, Truman había escrito artículos periodísticos, ensayos, comedias y cuentos, algunos de ellos magistrales. Y si bien Desayuno en Tiffany's no lo transforma en un autor rico, sí le permite continuar sus viajes, a los que dedica casi la mitad de cada año. Va de Londres a Estambul y de allí a Venecia, a una ruina druida, o se embarca en un dorado crucero por el Mediterráneo en compañía de Jackie Kennedy, de quien es amigo desde cuando el marido era senador. También lo es de Oona O'Neill cuando ella aún no conocía a Charles Chaplin, de Lee Radziwill antes de que se convirtiera en princesa y de la Gloria Vanderbilt de siempre. Pero su radio de acción abarca asimismo personalidades como Yukio Mishima, Jean Cocteau, Carson McCullers, Tennessee Williams, la baronesa Karen Blixen y Albert Camus, quien tuvo a su cargo la edición francesa de su primera novela para Gallimard, y a quien Capote afirmaba haber seducido en una tarde parisina.

Pero, desde luego, los libros no se escriben solos, y Truman se somete a lo largo de su carrera a rigurosas temporadas de trabajo en distintos puntos del globo, pues nunca será capaz de permanecer mucho tiempo en un mismo lugar. Como si aquella errancia obligada de su infancia lo hubiera condenado a una diáspora perpetua, va de una ciudad a otra, de un aeropuerto a otro, de un hotel a otro. Sus maletas se llenan y vacían continuamente. Se establece el tiempo justo para experimentar "en casi todos los campos de la literatura, tratando de dominar un repertorio de fórmulas y de alcanzar un virtuosismo técnico tan fuerte y flexible como la red de un pescador". Ama la sofisticación, la haute cuisine, la rutilante atmósfera de la moda, la alcurnia de sus amigos íntimos, y ellos le aman y complacen hasta en sus mínimos caprichos.

Capote Superstar

En medio de aquella espléndida carrera que parece no tener fisuras circulan densas corrientes de vodka, whisky, coca, valium, codeína, dilantina. Y también la desolación y el desangre emocional que sus amantes le ocasionan, ya que uno tras otro van en busca de dinero y relaciones.

A sangre fría le hizo millonario y le dio la consagración universal. Su particular enfoque y forma fueron propuestos, por él y por muchos otros, como un nuevo género literario periodístico: la literatura de no ficción. Si bien es cierto que Truman Capote no fue el creador del género, también lo es que él lo ascendió a una categoría superior, le dio un realce y valor que nunca antes tuvo. Su celebridad alcanzó la de los artistas del cine y la música rock, y a sus cuentas bancarias no pararon de afluir los dólares durante mucho tiempo. Su rostro apareció en las portadas de Newsweek, en el Book Review del New York Times -que le hizo la más larga entrevista de su historia-, en el Saturday Review y en Book Week. Life le dedicó dieciocho páginas y la televisión y la radio programas enteros. Entre los estudios cinematográficos e importantes directores se formó una rapiña por los derechos del libro. "Jamás se ha vertido semejante alud de palabras e imágenes sobre libro alguno", opinó un sorprendido reportero.

Quizá fue su libro más arduo y sufrido; escribirlo le tomó seis años largos, al punto de que llegó a pensar que la veta de su talento se había agotado en el esfuerzo. Lo que en principio no fue más que una noticia perdida en la crónica roja se convirtió, por obra y gracia de una prosa exquisita, en una de las grandes obras del género. Desde luego, no fue sólo cuestión de estilo, el libro transmite una fuerza que crece junto con la tensión, la historia no da respiro y la música de las frases puede ser terrorífica o hechizante, según la intención de Capote. A sangre fría es una obra "implacablemente verídica" que dio comienzo si no a un nuevo género, sí a un raudal de seguidores, algunos del calibre de Gore Vidal y Norman Mailer. Y sin duda propulsó una nueva concepción en cuanto a los alcances y recursos del periodismo y la narrativa modernas.

La insoportable decadencia

Proust fue uno de sus grandes amores literarios, y Capote siempre consideró que él sería el gran cronista de la high society estadounidense. Su equivalente a En busca del tiempo perdido se llamaría Plegarias atendidas, y así lo anunció y sostuvo durante años. Aquella constituiría su obra magna, un libro perfecto en el que la prosa, estilo y manejo de múltiples técnicas se conjugarían para recrear el gran fresco de una sociedad opulenta, fascinadora y moderna. No obstante, aquel libro nunca se haría realidad y, muy por el contrario, la publicación en Esquire de "La Cote Basque", uno de los capítulos de esa gran novela, marcará el comienzo de una irremisible caída, terriblemente dolorosa y degradante. En ese relato, teniendo como escenario la mesa de un restaurante de Manhattan, Capote despliega su propia feria de las vanidades, en la que sus plutocráticas amistades son los protagonistas, con todas sus taras y mezquindades. Tal atrevimiento jamás le fue perdonado, y él tampoco tuvo el carácter suficiente para superar el desprecio de sus adorados cisnes. Era el comienzo de la devastadora soledad; el ingreso a una crisis artística y personal de la que sólo volverá a emerger para componer una obra llamada Música para camaleones, tras la cual se hundirá para siempre en el alcohol y las drogas, exactamente como lo había hecho dos décadas antes su adorada Marilyn Monroe.

En Música para camaleones, Capote despliega todo lo que "sabía acerca de la escritura: todo lo que había aprendido de guiones cinematográficos, comedias, reportaje, poesía, relato breve, novela corta, novela". Ese despliegue espléndido es tanto más desconcertante cuanto quien lo hace es un hombre doblegado, perdido en los médanos de las pastillas y los vapores perpetuos del vodka. Cómo alguien que hablaba incoherencias ante auditorios, tropezaba y caía, alguien que pasaba cada vez más tiempo en hospitales y sanatorios, pudo escribir palabra a palabra 284 páginas modélicas es un verdadero misterio. Parecía como si su autodestrucción excluyera la potente luz de un ingenio singularmente dotado. Allí hay relatos, novela breve, retratos y conversaciones magistrales.

Al finalizar el soberbio prólogo de Música para camaleones, Capote escribió: "Entre tanto, aquí estoy en mi oscura demencia, absolutamente solo con mi baraja de naipes y, desde luego, con el látigo que Dios me dio". El sábado 26 de agosto de 1984 la oscura demencia y el tiránico látigo desaparecieron para siempre, dejándonos su legado de exquisito arte.

 

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ISLA  TERNURA PLAYA NO ERES EL ÚNICO