|
"Si te
importo, no hagas nada. Déjame ir", le imploró a Joanne,
hastiado de vivir a los cincuenta y nueve años. Eran las primeras
horas de la mañana de un sábado luminoso y, aunque sabía que
probablemente estaba muriendo, empleó las siguientes hablando de
su madre, su vida, sus libros y amigos. Con voz cada vez más trémula
fue remontando el río de sus días hasta el niño extraviado en
solitarios cuartos de hotel; llegó incluso hasta China,
"donde no hay correos ni teléfonos", luego, simplemente
se apagó, a las 12:21 del mediodía.
Una vez dijo que el
éxito precoz había terminado por ser el origen de su tragedia.
Es bastante factible, pero igualmente fue el principio de la
fulgurante trayectoria literaria que lo inscribió en el puzzle
del siglo xx. Al lado de su genio intelectual siempre estuvieron
el fasto cosmopolita y el glamour, la frivolidad y el encanto
insustancial de los opulentos. El suyo fue un mundo de
aeropuertos, seda, yates, diamantes, arte, viajes, cisnes del jet
set, hienas y celebridades del mundo artístico y literario. Fue
un coctel de Rimbaud, Oscar Wilde y Scott Fitzgerald.
Hasta su
estrepitosa decadencia es dolorosa de una manera singular, porque
en ella el universo refulgente de la belleza y la fama, de los
refinamientos e ilimitadas posibilidades, se va trocando en vómito,
desprecio, drogadicción, ingratitud, hospitales, insidia,
alcoholismo, obesidad, paranoia y soledad.
Tú y Flaubert
Truman Streckfus
Persons fue hijo de un padre tan irresponsable como iluso y
mezquino, y de una preciosidad frívola y nerviosa de diecisiete
rubios años. Ambos le dieron una infancia errante en cuartos de
hotel y casas de parientes. Él, Arch Persons, prácticamente los
abandona desde el principio; y ella, Lilie Mae Faulk, a partir de
entonces se mueve al ritmo de su inestable economía y de sus
amores inválidos. El único amor de otra índole fue definitivo:
se llamó Joe Capote y era la antítesis de Arch. A Lilie Mae le
dio amor y holgura, y a Truman su apellido y más afecto y
comprensión del que nunca su fluctuante madre le daría. Joe
siempre se mostró orgulloso de él, lo envió a colegios
privados, le brindó un hogar estable, mientras Lilie Mae nunca
logró superar la aversión por sus ademanes afeminados y su voz
aflautada, ni siquiera cuando él era un escritor consagrado, una
resplandeciente estrella del escenario social al que ella era
hipersensible.
A los doce años,
Truman, que aún no tenía el apellido Capote sino su original
Persons, se comportaba de tal forma que el director de la escuela
fue a casa de sus parientes para comunicarles que aquel niño era
"subnormal". En represalia por la ofensa, las tías le
hicieron someterse a un examen de cociente intelectual en una
universidad del este americano. Los resultados fueron vergonzosos
para los maestros y abrumadores para los parientes: era un niño
de inteligencia superior.
Después de aquel
diagnóstico, el precoz escritor se plantaba ante los espejos y se
decía: "Pues sí, jovencito, tú y Flaubert... o Maupassant,
o Mans-field, o Proust, o Chejov, o Wolfe", dependiendo de
quién fuese el fetiche literario de ese momento. Era genial, como
proclamaría en Música para camaleones, el último libro que
escribió cuarenta años más tarde. Allí, en ese autorretrato
insolente llamado "Vueltas nocturnas. O cómo practican la
sexualidad los gemelos siameses", Capote es un explícito y
curtido ególatra que se castiga: "Soy alcohólico. Soy
drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio", proclama.
Un enfant
terriblemente seductor
Apenas
cumplidos los 21 años publica Otras voces, otros ámbitos,
y la crítica de su país y la internacional en lengua inglesa le
consagran casi de inmediato. Alaban la originalidad temática, el
misterioso clima de la novela, su exquisitez poética, el vigor y
la cautivante belleza descriptiva de ámbitos y personajes. Áquel
es su primer éxito en ventas, una constante que años más tarde
le permitió afirmar: "Yo nunca escribo -en verdad soy físicamente
incapaz de escribir- nada que piense que no me pagarán".
Incluso antes de
publicar su primera novela, sostenido únicamente por sus cuentos,
desempeña papeles protagónicos en el escenario norteamericano;
por lo menos eso se deduce del artículo escrito por el respetable
crítico inglés Cyril Connolly para la revista británica Horizon
a propósito de la literatura americana de postguerra: "La
caza de jóvenes autores que, además del prestigio, puedan hacer
saltar la banca es febril e incesante. Los autores del año pasado
se están quedando a un lado y los de este año (el novelista Jean
Stafford, su poeta consorte Robert Lowell o el oscuro pura sangre
Truman Capote) son invariablemente citados. Puede que apenas se
les haya leído, pero sus nombres, como nuevos productos del
mercado, van de boca en boca entre quienes están en el negocio.
'Compren Capote...', y al instante las palabras resuenan en las
alturas". Pero su precocidad no es sólo artística; ya antes
de ese auspicioso debut, Truman, que todavía conserva un aspecto
cuasi infantil, era el amante de Newton Arvin, importante crítico
y profesor universitario que casi le triplica en edad y que tiempo
después llegará a obtener un premio Pulitzer por su biografía
de Herman Melville.
A partir de Otras
voces, otros ámbitos se convierte en el enfant terrible de
las letras norteamericanas y en la atracción de millonarios y
aristócratas. Conocerlo e invitarlo es de rigor, las fiestas y
cenas con Truman se ponen de moda y él, que se siente arrebatado
por el deslumbrante mundo de los Palley, Astor, Vander-bilt,
O'Neill, Guinnes, incapaz de rechazar ninguna, las ve
multiplicarse. Aquellos ojos vivaces y azules, la sugestiva
belleza de efebo, el ingenio insolente de sus frases chispeantes,
lapidarias, luminosas, más la intensidad y el magnetismo de una
personalidad singular, le permiten subir de prisa en aquel
exclusivo núcleo social. "Los ricos buscan objetos que les
diviertan: así se escribe la historia", opinaba al respecto
Oliver Smith, un personaje de la época.
El escritor británico
Christopher Isherwood, radicado entonces en California, traza un
revelador boceto de su encuentro inicial con Truman: "Y pensé:
Bah, sólo un joven escritor, cuando aquella extraordinaria y
menudita figura irrumpió en la estancia, tendiéndome la mano y
levantándola casi como si quisiera indicar que había que besársela.
Mi primera reacción fue 'Dios, parece que no bromea'. Pero luego
advertí que aunque hacía teatro, era una actuación que revelaba
algo muy deliberado y auténtico. Sucedió una cosa que a uno le
gustaría que ocurriera más a menudo en la vida: me prendé de él
inmediatamente".
 |
| Truman
Capote (joven) y John Dumphy en una fotografia de
aproximadamente 1950 |
Gratamente
sorprendido, Isherwood se lo presenta a Bill Caskey, su amante,
que queda también atrapado de inmediato. "Ambos estábamos
encantados con Truman. Tenía la cabeza absolutamente fría pero
al mismo tiempo era como un cálido y acogedor osito de
peluche".
Con el tiempo,
aquel forastero nacido en el sureño e ignorado Monroeville llegará
a ser el más codiciado anfitrión de la gente jet set. En el
apogeo de su gloria literaria y social, tras la publicación de A
sangre fría en 1966, dedicó meses a planear su "Baile
en blanco y negro". Un evento legendario en los anales de la
alta sociedad, que congregó a lo más selecto de tres continentes
en los espléndidos salones del hotel Waldorf Astoria de Nueva
York. Fue un encuentro memorable de la vanidad y la elegancia con
el sibaritismo y la riqueza.
Movimiento
perpetuo
En 1958 da al público
Desayuno en Tiffany's, que imprime nuevo impulso a su
carrera como novelista. En el interregno, Truman había escrito
artículos periodísticos, ensayos, comedias y cuentos, algunos de
ellos magistrales. Y si bien Desayuno en Tiffany's no lo
transforma en un autor rico, sí le permite continuar sus viajes,
a los que dedica casi la mitad de cada año. Va de Londres a
Estambul y de allí a Venecia, a una ruina druida, o se embarca en
un dorado crucero por el Mediterráneo en compañía de Jackie
Kennedy, de quien es amigo desde cuando el marido era senador.
También lo es de Oona O'Neill cuando ella aún no conocía a
Charles Chaplin, de Lee Radziwill antes de que se convirtiera en
princesa y de la Gloria Vanderbilt de siempre. Pero su radio de
acción abarca asimismo personalidades como Yukio Mishima, Jean
Cocteau, Carson McCullers, Tennessee Williams, la baronesa Karen
Blixen y Albert Camus, quien tuvo a su cargo la edición francesa
de su primera novela para Gallimard, y a quien Capote afirmaba
haber seducido en una tarde parisina.
Pero, desde luego,
los libros no se escriben solos, y Truman se somete a lo largo de
su carrera a rigurosas temporadas de trabajo en distintos puntos
del globo, pues nunca será capaz de permanecer mucho tiempo en un
mismo lugar. Como si aquella errancia obligada de su infancia lo
hubiera condenado a una diáspora perpetua, va de una ciudad a
otra, de un aeropuerto a otro, de un hotel a otro. Sus maletas se
llenan y vacían continuamente. Se establece el tiempo justo para
experimentar "en casi todos los campos de la literatura,
tratando de dominar un repertorio de fórmulas y de alcanzar un
virtuosismo técnico tan fuerte y flexible como la red de un
pescador". Ama la sofisticación, la haute cuisine, la
rutilante atmósfera de la moda, la alcurnia de sus amigos íntimos,
y ellos le aman y complacen hasta en sus mínimos caprichos.
Capote Superstar
En medio de aquella
espléndida carrera que parece no tener fisuras circulan densas
corrientes de vodka, whisky, coca, valium, codeína, dilantina. Y
también la desolación y el desangre emocional que sus amantes le
ocasionan, ya que uno tras otro van en busca de dinero y
relaciones.
A sangre
fría le hizo millonario y le dio la consagración universal.
Su particular enfoque y forma fueron propuestos, por él y por
muchos otros, como un nuevo género literario periodístico: la
literatura de no ficción. Si bien es cierto que Truman Capote no
fue el creador del género, también lo es que él lo ascendió a
una categoría superior, le dio un realce y valor que nunca antes
tuvo. Su celebridad alcanzó la de los artistas del cine y la música
rock, y a sus cuentas bancarias no pararon de afluir los dólares
durante mucho tiempo. Su rostro apareció en las portadas de Newsweek,
en el Book Review del New York Times -que le hizo la
más larga entrevista de su historia-, en el Saturday Review
y en Book Week. Life le dedicó dieciocho páginas y
la televisión y la radio programas enteros. Entre los estudios
cinematográficos e importantes directores se formó una rapiña
por los derechos del libro. "Jamás se ha vertido semejante
alud de palabras e imágenes sobre libro alguno", opinó un
sorprendido reportero.
Quizá fue su libro
más arduo y sufrido; escribirlo le tomó seis años largos, al
punto de que llegó a pensar que la veta de su talento se había
agotado en el esfuerzo. Lo que en principio no fue más que una
noticia perdida en la crónica roja se convirtió, por obra y
gracia de una prosa exquisita, en una de las grandes obras del género.
Desde luego, no fue sólo cuestión de estilo, el libro transmite
una fuerza que crece junto con la tensión, la historia no da
respiro y la música de las frases puede ser terrorífica o
hechizante, según la intención de Capote. A sangre fría
es una obra "implacablemente verídica" que dio comienzo
si no a un nuevo género, sí a un raudal de seguidores, algunos
del calibre de Gore Vidal y Norman Mailer. Y sin duda propulsó
una nueva concepción en cuanto a los alcances y recursos del
periodismo y la narrativa modernas.
La insoportable
decadencia
Proust fue uno de
sus grandes amores literarios, y Capote siempre consideró que él
sería el gran cronista de la high society estadounidense. Su
equivalente a En busca del tiempo perdido se llamaría
Plegarias atendidas, y así lo anunció y sostuvo durante años.
Aquella constituiría su obra magna, un libro perfecto en el que
la prosa, estilo y manejo de múltiples técnicas se conjugarían
para recrear el gran fresco de una sociedad opulenta, fascinadora
y moderna. No obstante, aquel libro nunca se haría realidad y,
muy por el contrario, la publicación en Esquire de "La Cote
Basque", uno de los capítulos de esa gran novela, marcará
el comienzo de una irremisible caída, terriblemente dolorosa y
degradante. En ese relato, teniendo como escenario la mesa de un
restaurante de Manhattan, Capote despliega su propia feria de las
vanidades, en la que sus plutocráticas amistades son los
protagonistas, con todas sus taras y mezquindades. Tal
atrevimiento jamás le fue perdonado, y él tampoco tuvo el carácter
suficiente para superar el desprecio de sus adorados cisnes. Era
el comienzo de la devastadora soledad; el ingreso a una crisis artística
y personal de la que sólo volverá a emerger para componer una
obra llamada Música para camaleones, tras la cual se
hundirá para siempre en el alcohol y las drogas, exactamente como
lo había hecho dos décadas antes su adorada Marilyn Monroe.
En Música para
camaleones, Capote despliega todo lo que "sabía acerca
de la escritura: todo lo que había aprendido de guiones
cinematográficos, comedias, reportaje, poesía, relato breve,
novela corta, novela". Ese despliegue espléndido es tanto más
desconcertante cuanto quien lo hace es un hombre doblegado,
perdido en los médanos de las pastillas y los vapores perpetuos
del vodka. Cómo alguien que hablaba incoherencias ante
auditorios, tropezaba y caía, alguien que pasaba cada vez más
tiempo en hospitales y sanatorios, pudo escribir palabra a palabra
284 páginas modélicas es un verdadero misterio. Parecía como si
su autodestrucción excluyera la potente luz de un ingenio
singularmente dotado. Allí hay relatos, novela breve, retratos y
conversaciones magistrales.
Al finalizar el
soberbio prólogo de Música para camaleones, Capote
escribió: "Entre tanto, aquí estoy en mi oscura demencia,
absolutamente solo con mi baraja de naipes y, desde luego, con el
látigo que Dios me dio". El sábado 26 de agosto de 1984 la
oscura demencia y el tiránico látigo desaparecieron para
siempre, dejándonos su legado de exquisito arte.
|