15. ¡No toques a mi jovencito!

Mi persona y mis amores te los confío a ti, Aurelio. 

Te pido un discreto favor: si en tu corazón 

has anhelado guardar un deseo casto y puro, 

presérvame púdicamente a este muchacho, 

no digo de la gente (nada temo 

a los que pasan por el foro 

de acá para allá ocupados  en su  asuntos ) 

de ti tengo miedo y de tu miembro, 

peligro para los muchachos, 

tanto honrados como disolutos. 

A ese tu menéalo por donde quieras, como quieras, 

cuanto quieras, cuando esté preparado: 

a este solo lo exceptúo, discretamente, según creo. 

Porque, si un mal pensamiento o una insensata locura 

te empujan canalla, a tan gran desatino 

como para acosar mi cabeza con tus trampas, 

entonces, ¡ay de ti, desdichado y de mala estrella,

  que con las piernas separadas, por la puerta abierta, 

te acosarán rábanos y mujoles!  

 

16. En defensa de su honradez.

 

Os daré por el culo y me la vais a chupar,

 Aurelio comevergas y Furio julandrón, 

que, por mis versos, como son ligeros, 

me habéis considerado un  desvergonzado. 

Es, de hecho, procedente 

que el poeta honorable sea personalmente casto; 

no es necesario que lo sean sus versos, 

que, en definitiva, tienen sal y gracia 

si  son ligeros y desvergonzados 

y pueden provocar las cosquillas, 

no digo a los  muchachos, sino a esos peludos

que no pueden mover sus duros lomos  

¿Vosotros, porque habéis leído muchos miles de besos, 

me consideráis poco  hombre? 

Os daré por el culo y me la vais a chupar.

 

21. Deja a mi jovencito.

 

Aurelio, padre de las hambres, 

no sólo de éstas sino de cuantas han sido, 

son y serán en los años venideros, 

quieres dar por el culo a mi  amado. 

Y no a escondidas: pues estás a su lado, 

bromeáis juntos y, pegándote a su costado, 

lo intentas todo. 

En vano: porque a ti, que me tiendes emboscadas,

 te haré yo primero que me la chupes.

Y, si lo hicieras estando harto, me callaría; 

pero ahora me lamento por eso mismo, 

porque mi joven de ti  va a aprender 

a pasar hambre y sed. 

Por eso, déjalo 

mientras te sea posible hacerlo decentemente, 

no sea que pongas fin a ello 

pero después de chupármela

 

24. Consejo a Juvencio.

 

Tú que eres la flor de los Juvencios,

no sólo de los de ahora sino de cuantos  

han sido y serán luego en los años venideros, 

preferiría yo que hubieras dado las  riquezas de Midas

 a ese que no tiene ni esclavo ni arca

a que te dejaras querer  por él.

 "¿Por qué? ¿No es un hombre guapo?", dirás. 

Lo es: pero  no tiene  ni esclavo ni arca. 

Esto tú déjalo aparte y dale toda la poca 

importancia que quieras: 

es  igual, ése no tiene ni esclavo ni arca

 

33. Una pareja depravada.

 

Tú, el mayor ratero de los baños públicos, 

Vibenio padre, y el bujarrón de tu hijo 

(pues, si el padre tiene la mano derecha más corrompida, 

el hijo el culo más insaciable), 

¿por  qué no marcháis al exilio 

a alguna maldita costa, supuesto que los robos del padre 

son  notorios para el pueblo y tú, su hijo, 

no puedes vender ni por un as tus peludas  nalgas?

 

48. Besos a Juvencio.

 

Esos ojos tuyos de miel, Juvencio,

  ¡quién me diera besarlos sin parar! 

Sin  parar los besaría trescientas mil veces, 

y me parecería que nunca quedaría satisfecho, 

ni aunque la cosecha  de nuestros besos 

fuera más rica que una de espigas africanas.

 

56. Sorprendidos en el acto.

 

¡Qué situación, Catón, tan cómica y divertida,
digna de tus oídos y carcajadas!
Ríete, Catón, con la fuerza con que quieres a Catulo:
La situación es realmente cómica y divertida.
Hace poco sorprendí a un jovencito que lo intentaba
con una joven: entonces, a él yo,  

con el perdón de Dione,
lo golpeé con la mía tiesa.

 

57. ¡Buena pareja!

 

¡Qué bien se llevan esos depravados bujarrones: 

los comevergas de  Mamurra y  César. 

Y no es extraño: iguales manchas  los dos,

 uno en Roma,  otro en Formias, 

grabadas se mantienen y no se borrarán; 

viciosos por igual, como  gemelos los dos, 

en un solo lecho instruidos ambos, el uno tan  adúltero  como el otro, 

socios incluso rivales por las jovencitas. 

¡Que bien se llevan estos depravados bujarrones!

 

 

81. No me lo explico.

 

¿No pudo haber entre tanta gente, Juvencio,
otro hombre guapo, de quien empezaras a enamorarte,
sino ese huésped tuyo, 

procedente de la moribunda Pesaro,
más pálido que una estatua amarillenta,
que ahora ocupa tu corazón 

y a quien te atreves a preferir
a mí sin saber el crimen que cometes?

 

99. Robo de un beso.



Juvencio, te robé un furtivo beso
-a ti, que eres de miel- 

aún más dulce
que la ambrosía dulce. 

Pero no lo hice impunemente: 

recuerdo haber quedado mas de una hora
crucificado en alta cruz, y haber
tratado con gran llanto de borrar
un poquito tu áspera crueldad.
En cuanto te besé, tus parvos labios,
mojados por gotas incontables,
te limpiaste con todos tus deditos, 

no fuera a contagiarte mi boca, como si fuera
la sucia saliva de una puta infestada. 

Además, me has entregado, desgraciado de mí, 

al cruel Amor para que de ambrosía aquel beso 

se convirtiera en más amargo que el amargo eléboro.
Así que, si éste es el castigo que das 

a mi desgraciado amor
ya nunca más robaré tus besos.

 

112. A Nasón.

 

Muy hombre eres, Nasón, 

pero no es contigo muy hombre 

el que se te  agacha: 

Nasón, eres también un gran mamón.

 

 

 

 
ISLA  TERNURA PLAYA NO ERES EL ÚNICO