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Poemas en
homenaje a Julián del Casal

ODA A JULIÁN DEL
CASAL
Déjenlo, verdeante, que
se vuelva; permitidle que salga de la
fiesta a la terraza donde están
dormidos. A los dormidos los cuidará
quejoso, fijándose cómo se agrupa la mañana
helada. La errante chispa de su verde
errante, trazará círculos frente a los
dormidos de la terraza, la seda de su
solapa escurre el agua repasada del tritón y otro tritón sobre su espalda en
polvo. Dejadlo que se vuelva, mitad
ciruelo y mitad piña laqueada por la
frente. Déjenlo que acompañe sin
hablar, permitidle, blandamente, que se
vuelva hacia el frutero donde están los
osos con el plato de nieve, o el
reno de la escribanía, con su manilla de
ámbar por la espalda. Su tos
alegre espolvorea la máscara de combatientes
japoneses. Dentro de un dragón de hilos de
oro, camina ligero con los pedidos de la
lluvia, hasta la Concha de oro del Teatro
Tacón, donde rígida la corista
colocará sus flores en el pico del
cisne, como la mulata de los tres gritos en el
vodevil y los neoclásicos senos martillados por la
pedantería de Clesinger. Todo
pasó cuando ya fue pasado, pero también
pasó la aurora con su punto de nieve.
Si lo tocan, chirrían sus arenas; si lo
mueven, el arco iris rompe sus cenizas. Inmóvil en la
brisa, sujetado por el brillo de las arañas
verdes. Es un vaho que se dobla en las
ventanas. Trae la carta funeral del
ópalo. Trae el pañuelo de opopónax y
agua quejumbrosa a la vista sin sentarse apenas, con
muchos quédese, quédese, que se
acercan para llorar en su sonido como los sillones de
mimbre de las ruinas del ingenio, en cuyas ruinas se
quedó para siempre el ancla de su infantil chaqueta
marinera.
Pregunta y no espera la respuesta, lo tiran
de la manga con trifolias de ceniza. Están frías las
amadas florecillas. Frías están sus manos que no
acaban, aprieta las manos con sus manos
frías. Sus manos no están frías, frío es el
sudor que le detiene en su visita a la
corista. Le entrega las flores y el
maniquí se rompe en las baldosas rotas del
acantilado. Sus manos frías avivan las arañas
ebrias, que van a deglutir el maniquí
playero. Cuidado, sus manos pueden
avivar la araña fría y el maniquí de las
coristas. Cuidado, él sigue oyendo cómo
evapora la propia tierra
maternal, compás para el espacio
coralino. Su tos alegre sigue ordenando el
ritmo de nuestra crecida vegetal, al
extenderse dormido.
Las formas en que utilizaste tus
disfraces, hubieran logrado influenciar a Baudelaire. El espejo que unió a la condesa de
Fernandina con Napoleón Tercero, no te
arrancó las mismas flores que le llevaste a la
corista, pues allí viste el aleph negro en lo alto
del surtidor. Cronista de la boda de Luna de
Copas con la Sota de Bastos, tuviste que
brindar con champagne gelé por los sudores
fríos de tu medianoche de
agonizante. Los dormidos en la
terraza, que tú tan sólo los tocabas
quejumbrosamente, escupían sobre el tazón que tú le
llevabas a los cisnes.
No respetaban que tú le habías encristalado la
terraza y llevado el menguante de la liebre al
espejo. Tus disfraces, como el almirante
samurai, que tapó la escuadra enemiga con un
abanico, o el monje que no sabe qué espera en El
Escorial, hubieran producido otro escalofrío en
Baudelaire. Son sombríos rasguños, exagramas chinos
en tu sangre, se igualaban con la influencia que tu
vida hubiera dejado en Baudelaire, como lograste alucinar al
Sileno con ojos de sapo y diamante
frontal. Los fantasmas resinosos, los
gatos que dormían en el bolsillo de tu chaleco
estrellado, se embriagaban con tus ojos
verdes. Desde entonces, el mayor gato, el peligroso
genuflexo, no ha vuelto a ser
acariciado. Cuando el gato termine la
madeja, le gustará jugar con tu
cerquillo, como las estrías de la
tortuga nos dan la hoja precisa de nuestro
fin. Tu calidad cariciosa, que
colocaba un sofá de mimbre en una estampa
japonesa, el sofá volante, como los paños de
fondo de los relatos
hagiográficos, que vino para ayudarte a
morir. El mail coach con
trompetas acudido para despertar a los dormidos de la
terraza, rompía tu escaso sueño en la
madrugada, pues entre la medianoche y el
despertar hacías tus injertos de azalea con araña
fría, que engendraban los sollozos de la Venus
Anadyonema y el brazalete robado por el pico del
alción.
Sea maldito, el que se equivoque y te
quiera ofender, riéndose de tus
disfraces o de lo que escribiste en La
Caricatura, con tan buena suerte que nadie ha
podido encontrar lo que escribiste para
burlarte y poder comprar la máscara
japonesa. Cómo se deben haber reído los
ángeles, cuando saludabas
estupefacto a la marquesa Polavieja, que
avanzaba hacia ti para palmearte frente al
espejo. Qué horror, debes haber soltado un
lagarto sobre la trifolia de una taza de
té. Haces después de muerto las mismas
iniciales, ahora en el mojado escudo de cobre de la
noche, que comprobaban al tacto la
trigueñita de los doce años y el padre enloquecido
colgado de un árbol. Sigues trazando
círculos en torno a los que se pasean por la
terraza, la chispa errante de tu errante
verde. Todos sabemos ya que no era
tuyo el falso terciopelo de la magia
verde, los pasos contados sobre
alfombras, la daga que divide las
barajas, para unirlas de nuevo con tizne de
cisnes. No era tampoco tuya la
separación, que la tribu de malvados te
atribuye, entre espejo y el lago. Eres
el huevo de cristal, donde el amarillo está
reemplazado por el verde errante de tus ojos
verdes. Invencionaste un color
solemne, guardamos ese verde entre dos
hojas. El verde de la muerte.
Ninguna estrofa de
Baudelaire, puede igualar
el sonido de tu tos alegre. Podemos
retocar, pero en definitiva lo que
queda, es la forma en que hemos sido
retocados. ¿Por quién? Respondan la
chispa errante de tus ojos verdes y el sonido de tu
tos alegre. Los frascos de perfume que
entreabriste, ahora te hacen salir de ellos como un
homúnculo, ente de imagen creado por la
evaporación, corteza del árbol donde
Adonai huyó del jabalí para
alcanzar la resurrección de las
estaciones. El frío de tus manos, es
nuestra franja de la muerte, tiene la misma hilacha
de la manga verde oro del disfraz para
morir, es el frío de todas nuestras
manos. A pesar del frío de nuestra inicial
timidez y del sorprendido en nuestro miedo
final, llevaste nuestra luciérnaga verde al valle de
Proserpina.
La misión que te fue encomendada, descender
a las profundidades con nuestra chispa verde, la
quisiste cumplir de inmediato y por eso
escribiste: ansias de aniquilarme sólo
siento. Pues todo poeta se apresura sin
saberlo para cumplir las órdenes indescifrables de
Adonai. Ahora ya sabemos el esplendor de esa
sentencia tuya, quisiste llevar el verde de tus ojos
verdes a la terna de los dormidos
invisibles. Por eso aquí y allí, con los excavadores
de la identidad, entre los reseñadores y los
sombrosos, abres el quitasol de un inmenso
Eros. Nuestro escandaloso cariño te
persigue y por eso sonríes entre los
muertos.
La muerte de
Baudelaire,
balbuceando incesantemente: Sagrado nombre, Sagrado
nombre, tiene la misma calidad de tu
muerte, pues habiendo vivido como un delfín muerto de
sueños, alcanzaste a morir muerto de
risa. Tu muerte podía haber influenciado a
Baudelaire. Aquel que entre nosotros
dijo: ansias de aniquilarme sólo
siento, fue tapado por la risa como una
lava. En esas ruinas, cubierto por la
muerte, ahora reaparece el cigarrillo que entre tus
dedos se quemaba, la chispa con la que
descendiste al lento oscuro de la terraza
helada. Permitid que se vuelva, ya nos
mira, qué compañía la chispa errante de su errante
verde, mitad ciruelo y mitad piña laqueada por la
frente.
José
Lezama Lima
NATURALMENTE EN
1930
Como un pájaro
ciego que vuela en la luminosidad de la
imagen mecido por la noche del
poeta, una cualquiera entre tantas
insondables vi a Casal arañar un
cuerpo liso, bruñido. Arañándolo con tal
vehemencia que sus uñas se rompían, y
a mi pregunta ansiosa respondió que adentro estaba el
poema.
Virgilio
Piñera
EL AMIGO DEL CONDE
KOSTIA
Sale a dibujar los
candelabros con aires de
soledad. Ansia buscar el pájaro, los
corales; era idéntico al ejercicio de su
sombra, creó una nave embrujada por sus
polvos y no buscó los demonios que
huían. Era la ceremonia a los arlequines
azules: propuso nieve para proteger la
catedral. El purificó los mármoles, las hojas de
algún invierno, soñó mercaderes
cansados. Amamantó la luna de París con porcelana
china, convocó las imágenes, creyó en
el reverso de la permanencia y dejó su fantasma por
la calle Cuba corriendo tras los
ojos de un Mallarmé trasnochado.
Joaquín Cabeza de
León
ERA DURO EL
INVIERNO
Fantasma de Julián del
Casal no te parece que boy es demasiado
tarde. Mientras se acostaban Juntos en
Bélgica en su cuarto y eran novios
tormentosos Verlaine el joven y Rimbaud el
niño tú escribiste sudoroso cegato tú
escribiste sacrificio es obtener ventaja sobre
Dios.
Cifrada está la
lengua desde entonces. La Habana era La
Habana no Cantón ilusivo. Los primeros tumbos del
amanecer siguen llegando al
cuerpo. Como antes traspasan las paredes de
tiza y el cuerpo está nadando sin
molestar a nadie sin tocar a
nadie.
Sostuviste una
conversación a media lengua -- siempre a la mitad
-- los desvaídos rostros que miraban a
dónde con recelo los labios que
volaban y quizás no sepa nunca quién me
ama.
Ciertas visiones te
asustaron a la puerta del cuarto en
Mercaderes donde estuve por cierto a punto de
vivir y festejar los novecientos
siglos de tu muerte súbita o la muerte
que tengo adormecida en la calle de
Zanja frente a dos o tres chinos con
los ojos perdidos y la cabeza ida.
No te parece que
hoy es demasiado tarde.
Cuando se
preparaban las citas en el Prado y los
hombres se miraban como los relámpagos
dormías remoto disfrazado dejándote
adular bajo el cielo de Cuba.
Ahora estás
entre la luz y en Guane o Artemisa como un
vaho como un cero a la izquierda en la
vida de los vivos y los
muertos. Fantasma de Julián del
Casal no me dejes este frío a mí.
Sigfredo Ariel
JULIÁN DEL CASAL
Canto églego
Grave compañero, nocturno
mastín funeraria que atisbas el Tránsito al brillo de
tu lampadario. y doblas tus dobles con lento
ademán: dime si le viste, y dime a qué obscura
ribera fue el dulce poeta precito en su marcha
postrera, Cerbero que espías a los que se
van.
Aquel heresiarca fue todo de pétalo y
cántico; bardo decadente, llevó un dulce nombre
romántico; cantó en loa del bien sonatinas del
mal; loco de tristeza, gimió su pesar
taciturno, flamínea en su frente la lívida luz de
Saturno, rapsoda del propio relato fatal.
Niño alucinado, previó que se iría
temprano, e indolentamente, tendió hacia la sombra su
mano, cual vaso vacío al
escanciador. Murió para el gozo, que artero un
callado verdugo le puso en el vaso, tal como a los
magos de Hugo, perenne brebaje de angustia y
rencor.
Le halló la alborada tallando en zafiro el
espacio, lanzando sus hojas marchitas al viento
despacio, puliendo en facetas su
desilusión; fogoso y doliente, con fuego y dolores
del trópico, torvo e intranquilo, debajo de su credo
utópico, y con sed de vicios en el corazón.
Mas vino la tarde. Nevaba, y un lírico
anhelo llevóle a otra senda, bajo otro mirífico
cielo, sobre una gran cumbre de
Serenidad. Vio egregias visiones: a Saulo en el santo
camino, y al bardo del Lacio, gozando su infausto
destino, con indefinible voluptuosidad.
Y al fin fue la noche. Satán murmuró su
trisagio y dijo el ritual. Baudelaire en monótono
adagio cantó las antífonas turbias del
mal; Volupta fue diosa; Tristeza fue goce y
demencia; fue cuerda quebrada de orgasmo y de luto
Juvencia; Saturno vertía su lumbre letal.
Abrióse una tumba. Cayó como cae una
estrella en el infinito, sin más oblación ni otra
huella que lívida estela de efímera
luz. Divino blasfemo para el que fue odiosa
Natura, no pudo en el vago Moriah donde halló
sepultura crecer una flor ni elevarse una
cruz.
Grave compañero, nocturno mastín
funerario, que atisbas el Tránsíto al brillo de tu
lampadario, y doblas tus dobles con lento
ademán: dime si le viste, y dime a qué oscura
ribera fue el dulce poeta precito en su marcha
postrera, Cerbero que espías a los que se
van.
José Manuel Poveda
¿Ya murió...? Pues mejor! No siento
duelo... ¿Qué halló en la
vida el soñador divino? El
abismo insondable de este suelo Y el
cansancio que rinde al
peregrino.
Del eterno dolor la copa amarga, La
burla del destino á sus clamores; La
triste convicción de hallar muy larga
Una existencia sin placer ni
amores,
El estruendo del mundo y su combate;
Todo lo noble con lo vil unido; La
mentida ovación que dan al vate, Y hasta
el mismo pesar de haber
nacido.
Con un alma formada por ensueños, divina
como un astro y candorosa, No pudo nunca
realizar sus sueños En este mundo de egoísmo
y prosa.
Y ya no sufre...! Para siempre mora Bajo
los pliegues del eterno manto! ¿Por qué
la ingrata sociedad le llora? Atrás el
luto, el sentimiento, el
llanto! Si el
sepulcro es su paz y su resguardo, ¿Qué
quieres con tu lloro, qué imaginas?
¿Acaso piensas revivir al bardo Para
volverle á coronar de
espinas? No lo
despiertes, por piedad, y olvida, Como
siempre... ! Tú sabes,... ¡¡En la
fiesta!! Al que miraste indiferente en
vida Y hoy de la tumba en el cojín se
acuesta.
DOS AMIGOS Sgo. de las Vegas, Octubre. 25,
1893.
EN EL ENTIERRO DE
CASAL
Atenta
muchedumbre conmovida ve pasar en
silencio reverente, el
sombrío ataúd del que doliente
encontró pocas flores en la vida.
Llora una juventud desvanecida,
el triste eclipse de una luz naciente;
solo allí el envidioso, internamente
a la Muerte le da la bienvenida.
Enemigo de Dios y de su hechura
lo mismo es Satanás; con loco anhelo
llegar quiso hasta El, y en su amargura
de gozo cruel su corazón palpita,
cada vez que una nube enturbia el cielo,
cada vez que una rosa se marchita.
Oct. 1893
Mercedes Matamoros
A CASAL
(Elegía)
Yo te debo cantar. Aunque
agobiado, Mi nombre al tuyo alguna vez unido Movió
las iras ó corrió aplaudido, Y hoy me parece que me quedo
aislado Al ver que para siempre tú has partido.
Mustio y fúnebre está cuanto te ama: Al sol
le falta luz, fuego á la llama, Sollozan los abetos y los
tilos, Dobléganse angustiados los pistilos Y no
trina la alondra, sino clama.
¡Cuánto pesar y luto y desconsuelo! ¡Casal,
en nuestras almas cómo ahondas! Sólo hallamos gemidos en
las frondas, Cargada nube en el plomizo
cielo, Rumor doliente en las obscuras ondas.
Al calor de tu Nieve que, cual astro, Deja
en el mundo luminoso rastro, Perdurarán lo pálido y lo
yerto: Petronio, en su bañera de
alabastro, Y Moisés, en su túmulo desierto.
La hermosa virgen del país del loto Y la
deidad fantástica de Kióto Rezan por su querido
visionario.... Ya no hay piedras que brillen, que se ha
roto Quien las pula, su artista solitario.
De sus lechos de nácar, resucita En tus
cantos la pléyade que asombra: Saulo te aclama, Salomé te
nombra, Las Oceánidas lloran, Moreau grita Y
suspira La Reina de la Sombra.
Tu genio soñador, de goces falto, Al fin no
tuvo que volar muy alto En ese viaje triste y sin
segundo; Pequeño ha sido y rápido su salto, Porque
muy poco respiró en el mundo.
Sufriste sin luchar, y de la guerra No
hirió tu ser el vendaval deshecho; Que á los que el cielo
de su luz destierra, No le vienen los males de la
tierra, La adversidad la llevan en su pecho.
No te manchó la sangre del combate, Ni te
asaltó la ingratitud artera, Ni abrió tu entraña la pasión
que abate, Siempre encontraste un corazón que
late, Idólatra feliz de la Quimera!
Si Venus te hizo presa, yo lo ignoro; Yo sé
que la Amistad te dio su mano, La Admiración, su lauro y su
tesoro, Y que partió contigo como hermano, El Rey
del Plectro, sus estrofas de oro.
Al llegar el derrumbe de tu suerte, Ni aun
los Hados dejaron de quererte, Y caíste sin queja ni
agonía.... ¡Si supiera envidiar, te
envidiaría, Porque te quiso amar hasta la Muerte!
22, Octubre. 93. Manuel S.
Pichardo
Quién lo
dijera! Como una furia cayó la muerte sobre tu
seno, porque... ¡quien sabe si es una injuria el
ser poeta, joven y bueno!
De
ti no tuvo lástima
alguna, cual no la tienen los aquilones del blanco
esquife que en la laguna conduce alegre dos
corazones.
¿Cuál
fue tu crimen? ¿Qué
mal hiciste? ¡Ah! Si te hirieron con saña y
dolo, es porque siempre te vieron triste, es
porque siempre te vieron solo!
Abrazado al fantasma de tus
quimeras descendiste á ala fosa, callada y
fría, porque el cielo ha querido que te
murieras para aumentar angustias como la mía.
Tu recuerdo irá siempre junto
conmigo aunque mis ilusiones se desesperen: la
ternura del alma se fue contigo.... ¡siempre se llevan algo
los que se mueren!
En tus inimitables estrofas
bellas, los apóstrofes llenos de pesimismo me han
parecido siempre que son estrellas asomadas al borde de un
negro abismo.
Como adorables flores guardo tus
versos y en ellos hallar supe secreto aroma; son
el ala de un ángel porque son tersos: quéjase oculto en
ellos una paloma.
Se hospedaba en tu numen la
fantasía como se hospeda el iris en las
cascadas: tu verso era un asilo que no se
abría más que para las almas infortunadas!
No me
fue dable ver tus
despojos, mas, desde lejos y con la
mente, arrodillado cerré tus ojos y arrodillado
besé tu frente.
¿Cuál
fue tu crimen? ¿Qué
mal hiciste? ¡Ah! Si te hirieron con saña y
dolo, es porque siempre te vieron triste, es
porque siempre te vieron solo!
1893 Bonifacio Byrne
MUERTE Y
TRANSFIGURACIÓN
XX
Un día tuve los ojos verdes e
inventé el suspiro. Yo-el-de-los-ojos-verdes tocaba a las puertas y
suspiraba. Así pretendí enseñarle al hombre de qué modo se cantaba la tristeza. Me fui al
campo, lo hice arder. Odié al sol, impedía que mi cuerpo fuera una
porcelana perfecta. Odié al sol, hacía sudar. Odié la lluvia del
trópico y al cielo de azul insultante, sin alciones. Odié la
tierra-hoguera en que me tocó nacer y desterré de mis libros la
palabra reverberar. Por supuesto, no alcancé la dicha de poder
transformar a la isla en el Edén. Además, me hubiera hastiado del
Edén. Yo inventé el suspiro y el hastío. Encerrado en un cuarto de
la calle Animas (el cuarto que los amigos, enfermos de tanta salud,
llamaban lóbrego), vestido de japonés (por capricho y porque entre
otras cosas decidí inventar también la soberbia), me hice príncipe.
Súbditos muertos, fantasmas como pajes. Sólo reiné en mi vasto y
exiguo reino. Quise unirme a la muerte, ser su primer amor. Fue mi
secreto. Sé que muchos perdieron el sueño tratando de iluminar el
misterio que me rodeaba. Ahora lo proclamo: fui el primer hombre que
quiso morir. Nunca bastará la vida, es pobre, ridícula. Sabores
tenues, sonidos monótonos, desvaídos colores. Los placeres que ella
ofrece serán siempre mezquinos. ¿Qué vida puede ser aquella que
exige ser estricta para ser? Quise unirme con la muerte como quise
unirme a la belleza. La busqué hasta en el rincón más miserable de
la ciudad. Me transformé en el
primer-exquisito-alma-en-pena-de-la-isla. Toqué manos que se
tendían, besé ojos y labios, abracé cuerpos que maculaban el mío, y
los dejé fríos, inmóviles. Encontré abominable el beso, que es la
prueba del fracaso, y a la lujuria, esa madre de la decepción. Iba
dejando la belleza-muerte a mi paso. Yo, el primer hombre-epidemia,
daba la alegría junto con la muerte. En un instante de revelación
comprendí que muerte y belleza terminaban siendo lo mismo. Al verlas
venir juntas una noche, finalmente mías, las recibí con carcajadas
de dicha. Me cabe la gloria de haber legado a mis insatisfechos
descendientes el suspiro, el hastío, la tristeza, la soberbia y la
risa.
MANUAL DE
TENTACIONES
38
Vive en un cuarto de una
pobreza que da alegría: apenas una cama, una mesa que amenaza
con derrumbarse, tres sillas viejas y la mesita de noche donde
se alinean diez o doce libros, Casal el primero (Casal, o sea, el
solitario exquisito, el eternamente joven amante de las chinerías,
el Des Eissentes nuestro, Casal). En la cocina, algunos vasos y una
jarra con agua cuyo frescor depende de la benevolencia de los
vecinos. Un baño también, con los herrajes mohosos y el espejo roto.
El cuarto está al final de una casa de melancólica madera, y luego
de él, un patio sin plantas. Vive solo. La soledad lo mortifica, lo
abruma, lo confunde, que significa decir, lo seduce y fascina.
Es alto y tiene el pelo revuelto, los ojos grandísimos y
oscuros, la nariz orgullosa, los labios entre finos y abundantes
(labios admirables, de linaje impreciso). Es hermoso como un dios
con edad, un dios de veinticinco años, un dios cuya fe se basara en
el gozo del cuerpo. El olor del cuerpo esbelto es el incienso que se
ofrece a sí mismo. No admite más ofrendas, no las
necesita. Vive como si no supiera vivir. De día se esconde y
sólo de noche parece despertar. Cuando lo visito, permanece
algún tiempo oculto, tarda en aparecer. Aunque está ahí, no se
sabe que ha hecho acto de presencia hasta después, hasta que mire de
un modo especial o haga un gesto. Entonces no estamos en el cuarto
pobre. Mi amigo lo convierte todo en viaje. Por mares
lóbregos o luminosos, largos desiertos, valles, atravesando los
Pirineos, al pie del Fuji Yama, entre islas (Sicilia, Capri, Sumatra), en Le
Mans, Schonbrunn, San Isidro. No hablamos,
hemos aprendido que el silencio es la mejor comunicación. A lo
sumo, el resplandor de su cercanía anuncia una ciudad; su sonrisa,
que nos hallamos entre Escila y Caribdis. Las manos aferradas al
timón, disfrutamos el peligro de la lejanía. Vamos por buen
camino, es cuanto exclama en ocasiones. La noche y el mar
forman un círculo cuyo centro está en sus ojos. Compañero de
viaje, nadie como tú conoce el rumbo. El sueño no te hace
trampas, no te lanza al agua. De regreso, me dejas en el
silencio de la casa, pero tú sigues viaje. Veo cómo te alejas, la
distancia te empequeñece y te digo adiós con la esperanza de que al
siguiente día anuncies el regreso y abras las ventanas del
cuarto, y sonriente des los buenos días como si nada hubiera
pasado.
Abilio
Estévez
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