1863 - 1893

 

 

ALGUNOS POEMAS  

 


A LA BELLEZA

¡Oh, divina belleza! Visión casta
     de incógnito santuario,
ya muero de buscarte por el mundo
     sin haberte encontrado.
Nunca te han visto mis inquietos ojos,
     pero en el alma guardo
intuición poderosa de la esencia
     que anima tus encantos.
Ignoro en qué lenguaje tú me hablas,
     pero, en idioma vago,
percibo tus palabras misteriosas
     y te envío mis cantos.
Tal vez sobre la tierra no te encuentre,
     pero febril te aguardo,
como el enfermo, en la nocturna sombra,
     del sol el primer rayo.
Yo sé que eres más blanca que los cisnes,
     más pura que los astros,
fría como las vírgenes y amarga
     cual corrosivos ácidos.
Ven a calmar las ansias infinitas
     que, como mar airado,
impulsan el esquife de mi alma
     hacia país extraño.
Yo sólo ansío, al pie de tus altares,
     brindarte en holocausto
la sangre que circula por mis venas
     y mis ensueños castos.
En las horas dolientes de la vida
     tu protección demando,
como el niño que marcha entre zarzales
     tiende al viento los brazos.
Quizás como te sueña mi deseo
     estés en mí reinando,
mientras voy persiguiendo por el mundo
     las huellas de tu paso.
Yo te busqué en el fondo de las almas
     que el mal no ha mancillado
y surgen del estiércol de la vida
     cual lirios de un pantano.
En el seno tranquilo de la ciencia
     que, cual tumba de mármol,
guarda tras la bruñida superficie
     podredumbre y gusanos.
En brazos de la gran Naturaleza,
     de los que huí temblando
cual del regazo de la madre infame
     huye el hijo azorado.
En la infinita calma que se aspira
     en los templos cristianos
como el aroma sacro de incienso
     en ardiente incensario.
En las ruinas humeantes de los siglos,
     del dolor en los antros
y en el fulgor que irradian las proezas
     del heroísmo humano.
Ascendiendo del Arte a las regiones
     sólo encontré tus rasgos
de un pintor en los lienzos inmortales
     y en las rimas de un bardo.
Mas como nunca en mi áspero sendero
     cual te soñé te hallo,
moriré de buscarte por el mundo
     sin haberte encontrado.


Mis Amores / Soneto Pompadour

Amo el bronce, el cristal, las porcelanas,
Las vidrieras de múltiples colores,
Los tapices pintados de oro y flores.
Y las brillantes lunas venecianas.

Amo también la bellas castellanas,
La canción de los viejos trovadores,
Los árabes corceles voladores.
Las flébiles baladas alemanas

El rico piano de marfil sonoro,
El sonido del cuerno en la espesura,
Del pebetero la fragante esencia,

Y el lecho de marfil, sándalo y oro,
En que deja la virgen hermosura
La ensangrentada flor de su inocencia.



El Arte / Soneto

Cuando la vida, como fardo inmenso,
Pesa sobre el espíritu cansado
Y ante el último Dios flota quemado
El postrer grano de fragante incienso;

Cuando probamos, con afán intenso,
De todo amargo fruto envenenado,
Y el hastío, con rostro enmascarado,
Nos sale al paso en el camino extenso;

El alma grande, solitaria y pura
Que la mezquindad realidad desdeña,
Halla en el Arte dichas ignoradas,

Como el acción, en fría noche oscura,
Asilo busca en la musgosa peña
Que inunda el mar azul de olas plateadas.


En el mar / Soneto

Abierta al viento la turgente vela
Y las rojas banderas desplegadas,
Cruza el barco las ondas azuladas,
Dejando atrás fosforescente estela.

El Sol, como lumínica rodela,
Aparece entre nubes nacaradas,
Y el pez, entre las ondas sosegadas,
Como flecha de plata rauda vuela.

¿Volveré? ¡Quién lo sabe! Me acompaña
Por el largo sendero recorrido
La muda soledad del frío polo.

¿Qué importa vivir en tierra extraña
O en la patria infeliz en que he nacido,
Si en cualquier parte he de encontrarme solo?


A un crítico

Yo sé que nunca llegaré a la cima
Donde abraza el artista a la Quimera
Que dotó de hermosura duradera
En la tela, en el mármol o en la rima;

Yo sé que el soplo extraño que me anima
Es un soplo de fuerza pasajera,
Y que el Olvido, el día que yo muera,
Abrirá para mí su oscura sima.

Más sin que sienta de vivir antojos
Y sin que nada mi ambición despierte,
Tranquilo iré a dormir con los pequeños,

Si veo fulgurar ante mis ojos,
Hasta el instante mismo de la muerte,
Las visiones doradas de mis sueños


Nostalgias

I

Suspiro por las regiones
Donde vuelan los alciones
Sobre el mar
Y el soplo helado del viento
Parece en su movimiento
Sollozar;
Donde la nieve que baja
Del firmamento amortaja
El verdor
De los campos olorosos
Y de ríos caudalosos
El rumor;
Donde ostenta siempre el cielo,
A través del aéreo velo,
Color gris;
Es más hermosa la Luna
Y cada estrella más que una
Flor de lis.

II

Otras veces sólo ansío
Bogar en firme navío
A existir
En algún país remoto,
sin pensar en el ignoto
Porvenir.
Ver otro cielo, otro monte,
Otra playa, otro horizonte,
Otro mar,
Otros pueblos, otras gentes
de maneras diferentes
De pensar.
¡Ah! si yo un día pudiera,
Con qué júbilo partiera
para Argel
Donde tiene la hermosura
El color y la frescura
De un clavel.
Después fuera en caravana
Por la llanura africana
Bajo el Sol
Que, con sus vivos destellos,
Pone un tinte a los camellos
Tornasol.
Y cuando el día expirara,
Mi árabe tienda plantara
En mitad
De la llanura ardorosa
Inundada de radiosa
Claridad.
Cambiando de rumbo luego,
Dejara el país de fuego
Para ir
Hasta el imperio florido
En que el opio da el olvido
Del vivir.
Vegetara allí contento
De alto bambú corpulento
Junto al pie
O aspirando en rica estancia
La embriagadora fragancia
Que te da el té.
De la Luna al claro brillo
Iría al Río Amarillo
A esperar
La hora en que, botón roto,
Comienza la flor de loto
A brillar.
O mi vista deslumbrara
Tanta maravilla rara
Que el buril
De artista ignorado y pobre,
Graba en sándalo o en cobre
O en marfil.
Cuando tornara el hastío
En el espíritu mío
A reinar,
Cruzando el inmenso piélago
Fuera a taitano archipiélago
A encallar.
A aquel en que vieja historia
Asegura a mi memoria
Que se ve
El lago en que un hada peina
Los cabellos de la reina
Pomaré.
Así errabundo viviera
Sintiendo toda quimera
Rauda huir,
Y hasta olvidando la hora
Incierta y aterradora
De morir.

III

Mas no parto. Si partiera
Al instante yo quisiera
Regresar. Que yo pueda en mi camino
Reposar?


HORRIDUM SOMNIUM

        Al Sr. D. Raimundo Cabrera

¡Cuántas noches de insomnio pasadas
En la fría blancura del lecho,
Ya abrevado de angustia infinita,
Ya sumido en amargos recuerdos,
Perturbando la lóbrega calma
Difundida en mi espíritu enfermo,
Como errantes luciérnagas verdes
Del jardín en los lirios abiertos,
Ha venido a posarse en mi alma
Áureo enjambre de sacros ensueños!
Cual penetran los rayos de la luna,
por la escala sonora del viento,
En el hosco negror del sepulcro
Donde yace amarillo esqueleto,
Tal desciende la dicha celeste,
En las alas de fúlgidos sueños,
Hasta el fondo glacial de mi alma
Cripta negra en que duerme el deseo.

Así he visto llegar a mis ojos
En la fría tiniebla entreabiertos,
Desde lóbregos mares de sombra
Alumbrados por rojos destellos,
A las castas bellezas marmóreas
Que, ceñidos de joyas los cuerpos.

Y una flor elevada en las manos,
Colorea entre eriales roqueños
El divino Moreau; a las frías
Hermosuras de estériles senos
Qué, cual flores del mal, han caído
De la vida el oscuro sendero;
Emperlados de sangre los pechos
Y encendidos los ojos diabólicos
Por la fiebre de extraños deseos;
A María, la virgen hebrea,
Con sus tocas brillantes de duelo
Y su manto de estrellas de oro
(Y su nimbo de estrellas de oro)
Centelleando en sus largos cabellos;
A la mística Eloa, cruzadas
Ambas manos encima del pecho
Y tornados los húmedos ojos
Hacia el cálido horro del Infierno;
Y a Eleonora, la pálida novia,
Que, ahuyentando la sombra del cuervo,
Cicatriza mis rojas heridas
Con el frío mortal de sus besos.
Más un día -¡oh, Rembrandt!, no ha trazado
Tu pincel otro cuadro mas negro -
Agrupados en ronda dantesca
De la fiebre los rojos espectros,
Al rumo de canciones malditas
Arrojaron mi lánguido cuerpo
En el fondo del fétido foso
Donde airados croajaban los cuervos.
Como eleva la púdica virgen
Al dejar los umbrales del templo,
La mantilla de negros encajes
Que cubría su rostro risueño,
Así entonces el astro nocturno,
Los celajes opacos rompiendo,
Ostentaba su disco de plata
En el negro azulado de cielo.

Y, al fulgor que esparcía en el aire,
Yo sentí deshacerse mis miembros,
Entre chorros de sangre violácea,
sobre capas humeantes de cieno,
En viscoso licor amarillo
Que goteaban mis lívidos huesos.

Alrededor de mis fríos despojos,
En el aire, zumbaban insectos
Que, ensanchando los húmedos vientres
Por la sangre absorbida de mi cuerpo,
Ya ascendían por rápido impulso
Ya embriagados caían al suelo.
De mi cráneo, que un globo formaba
Descendían al rostro deforme,
Saboreando el licor purulento,
Largas sierpes de piel solferina
Que llegaban al borde del pecho
Donde un cuervo de pico acerado
(Donde un curvo de garras punzantes)
Implacable roíame el sexo.
(Implacable roía mis huesos.)
Junto al foso, espectrales mendigos
Sumergidos los pies en el cieno
Y rasgados las ropas mugrientas,
Contemplaban el largo tormento
Mientras grupos de impuras mujeres,
En unión de aterrados mancebos,
Retorcían los cuerpos lascivos
Exhalando alaridos siniestros(....)
Muchos días, llenando mi alma
De pavor y de frío y de miedo,
He mirado este fúnebre cuadro
Resurgir a mis ojos abiertos,
Y al pensar que no pude en la vida
Realizar mis felices anhelos,
Con los ojos preñados de lágrimas
Y el horror de la muerte en el pecho
Ante el Dios de mi infancia pregunto:
-Del enjambre incesante de ensueños
Que persiguen mi alma sombría
De la noche en frío silencio,
¿Será el ensueño pasado
el que logre palpar mi deseo
En la triste jornada terrestre?
¿Será el único ¡oh Dios! verdadero?


EL ARTE

Cuando la vida, como fardo inmenso,
Pesa sobre el espíritu cansado
Y ante el último Dios flota quemado
El postrer grano de fragante incienso;

Cuando probamos, con afán intenso,
De todo amargo fruto envenenado
Y el hastío, con rostro enmascarado,
Nos sale al paso en el camino extenso;

El alma grande, solitaria y pura
Que la mezquina realidad desdeña,
Halla en el Arte dichas ignoradas,

Como el alción, en fría noche obscura,
Asilo busca en la musgosa peña
Que inunda el mar azul de olas plateadas.


TRISTISSIMA NOX

Noche de soledad. Rumor confuso
hacer el viento surgir de la arboleda,
donde su red de transparente seda
grisácea araña entre las hojas puso.

Del horizonte hasta el confín difuso
la onda marina sollozando rueda
y, con su forma insólita, remeda
tritón cansado ante el cerebro iluso.

Mientras del sueño baja el firme amparo
todo yace dormido en la penumbra,
sólo mi pensamiento vela en calma,

como la llama de escondido faro
que con sus rayos fúlgidos alumbra
el vacío profundo de mi alma.


NEUROSIS

Noemí, la pálida pecadora
de los cabellos color de aurora
y las pupilas de verde mar,
entre cojines de raso lila,
con el espíritu de Dalila,
deshoja el cáliz de un azahar.

Arde a sus plantas la chimenea
donde la leña chisporrotea
lanzando en torno seco rumor
y alza tiene su tapa el piano
en que vagaba su blanca mano
cual mariposa de flor en flor.

Un biombo rojo de seda china
abra sus hojas en una esquina
con grullas de oro volando en cruz,
y en curva mesa de fina laca
ardiente lámpara se destaca
de la que surge rosada luz.

Blanco abanico y azul sombrilla,
con unos guantes del canapé,
mientras en taza de porcelana,
hecha con tintes de la mañana,
humea el alma verde del té.

¿Pero qué piensa la hermosa dama?
¿Es que su príncipe ya no la ama
como en los días de amor feliz,
o que en los cofres del gabinete,
ya no conserva ningún billete
de los que obtuvo por un desliz?


FLOR DE CIENO

Yo soy como una choza solitaria
que el viento huracanado desmorona
y en cuyas piedras húmedas entona
hosco búho su endecha funeraria.

Por fuera sólo es urna cineraria
sin inscripción, ni fecha, ni corona;
mas dentro, donde el cieno se amontona,
abre sus hojas fresca pasionaria.

Huyen los hombres al oír el canto
del búho que en la atmósfera se pierde,
y, sin que sepan reprimir su espanto,

no ven que, como planta siempre verde,
entre el negro raudal de mi amargura
guarda mi corazón su esencia pura.


LA AGONÍA DE PETRONIO

Tendido en la bañera de alabastro
donde serpea el purpurino rastro
de la sangre que corre de sus venas,
yace Petronio, el bardo decadente,
mostrando coronada la ancha frente
de rosas, terebintos y azucenas.

Mientras los magistrados le interrogan,
sus jóvenes discípulos dialogan
o recitan sus dáctilos de oro,
y al ver que aquéllos en tropel se alejan
ante el maestro ensangrentado dejan
caer las gotas de su amargo lloro.

Envueltas en sus peplos vaporosos
y tendidos los cuerpos voluptuosos
en la muelle extensión de los triclinios,
alrededor, sombrías y livianas,
agrúpanse las bellas cortesanas
que habitan del imperio en los dominios.

Desde el baño fragante en que aún respira,
el bardo pensativo las admira,
fija en la más hermosa la mirada
y le demanda, con arrullo tierno,
la postrimera copa de falerno
por sus marmóreas manos escanciada.

Apurando el licor hasta las heces,
enciende las mortales palideces
que oscurecían su viril semblante,
y volviendo los ojos inflamados
a sus fieles discípulos amados
háblales triste en el postrer instante,

hasta que heló su voz mortal gemido,
amarilleó su rostro consumido,
frío sudor humedeció su frente,
amoratáronse sus labios rojos,
densa nube empañó sus claros ojos,
el pensamiento abandonó su mente.

Y como se doblega el mustio nardo,
dobló su cuello el moribundo bardo,
libre por siempre de mortales penas
aspirando en su lánguida postura
del agua perfumada la frescura
y el olor de la sangre de sus venas.


BLANCO Y NEGRO

I

Sonrisas de las vírgenes difuntas
En, ataúd de blanco terciopelo
Recamado de oro; manos juntas
Que os eleváis hacia el azul del cielo
Como lirios de carne; tocas blancas
De pálidas novicias absorbidas
Risas de niños rubios; despedidas

Que envían los ancianos moribundos
A los seres queridos; arreboles
De los finos celajes errabundos
Por las ondas del éter; tornasoles
Que ostentan en sus alas las palomas
Al volar hacia el sol; verdes palmeras
De les desiertos africanos; gomas
Árabes en que duermen las quimeras;

Miradas de los pálidos dementes
Entre las flores del jardín; crespones
Con que se ocultan sus nevadas frentes
Las huérfanas; enjambres de ilusiones
Color de rosa que en su seno encierra
El alma que no hirió la desventura;

Arrebatadme al punto de la tierra,
Que estoy enfermo y solo y fatigado
Y deseo volar hacia la altura,
Porque allí debe estar lo que yo he amado.


II

Oso hambriento que vas por las montañas
Alfombradas de témpanos de hielo,
Ansioso de saciarte en las entrañas
Del viajador; relámpago del cielo
Que amenazas la vida del proscrito
En medio de la mar; hidra de Lerna
Armada de cabezas; infinito
Furor del dios que en líquida caverna

Un día habrá de devorarnos; hachas
Que segasteis los cuellos sonrosados
De las princesas inocentes; rachas
De vientos tempestuosos; afilados
Colmillos de las hienas escondidas
En las malezas; tenebrosos cuervos
Cernidos en los aires; homicidas
Balas que herís a los dormidos ciervos
Al borde de las fuertes pesadillas
Que pobláis el espíritu de espanto;

Fiebre que empalideces las mejillas
Y el cabello blanqueas; desencanto
Profunda de mi alma, despojada
Para siempre de humanas ambiciones;

Despedazad mi ser atormentado
Que cayó de las célicas regiones
Y devolvedme al seno de la nada...
¿Tampoco estará allí lo que yo he amado?


EL PUERTO

Un puerto es un asilo encantador para un alma fatigada de las luchas de la vida. La amplitud del cielo, la arquitectura movible de las nubes, las coloraciones cambiantes de la mar; el centelleo de los faros, son un prisma maravillosamente propio para divertir los ojos sin nunca cansarlos. Las formas salientes de los navíos, de aparejo complicado, a los cuales las olas imprimen oscilaciones armoniosas, sirven para entretener en el alma el gusto del ritmo y de la belleza. Y después, sobre todo, hay una especie de placer misterioso y aristocrático, para el que no tiene curiosidad ni ambición, en contemplar acostado en el mirador o de codos sobre el muelle, los movimientos de los que parten y de los que vuelven, de los que tienen todavía la fuerza de querer, el deseo de viajar o de enriquecerse.

La Habana Elegante, 27 de Marzo de 1887.

 


A UNA HORA DE LA MADRUGADA

¡Al fin, solo! no se oye más que el ruido de algunos coches detenidos y derrengados. Durante algunas horas, poseeré el silencio, ya que no reposo. La tiranía de la faz humana ha desaparecido y no sufriré más que por mí mismo.

Ya me está permitido descansar en un baño de tinieblas. Daré primero una doble vuelta a la cerradura; porque me parece que esa doble vuelta de llave aumentará mi soledad y fortificará las barricadas que me separan actualmente del mundo.

¡Horrible vida! ¡Horrible ciudad! Recapitulemos la jornada: haber visto muchos literatos, de los cuales uno me ha preguntado si podía ir a Rusia por tierra (tomaba sin duda a Rusia por una isla); haber disputado generosamente con el director de una revista, que a cada objeción respondía: "Este es el partido de las gentes honradas", lo cual implica que los demás diarios están redactados por bribones; haber saludado a veinte personas, de las cuales quince me son desconocidas; haber subido para matar el tiempo, durante un chaparrón, a casa de una bailarina que me suplicó que le dibujase un traje de Venustre; haber hecho la corte a un director de teatro, que me dijo despidiéndome: "Haréis bien en dirigiros a X...; es el más pesado, el más tonto y el más célebre de mis autores; con el podríais quizás alcanzar alguna cosa. Vedlo y después nos veremos": haberme preciado ( ¿Por qué? ) de muchas acciones villanas que nunca he cometido y haber negado cobardemente algunas acciones que he cometido con goce, delito de fanfarronada, crimen de respeto humano; haber rehusado a un amigo un servicio fácil y dado una recomendación escrita a un perfecto bellaco; ¿falta algo más?

Descontento de todos y hasta de mí mismo, quisiera redimirme y enorgullecerme un poco en el silencio y la soledad de la noche. Almas de los que he amado, almas de los que he cantado, fortificadme, sostenedme, alejad de mí la mentira y los miasmas corruptores del mundo y vos, ¡Señor mi Dios! Concederme la gracia de producir algunos buenos versos que me prueben a mí mismo que no soy el ultimo de los hombres, que no soy inferior a los que desprecio.

La Habana Elegante, 3 de abril de 1887.


 

ISLA  TERNURA PLAYA NO ERES EL ÚNICO