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ALGUNOS
COMENTARIOS SOBRE JULIÁN DEL CASAL
Julián del
Casal por
José Martí
Aquel nombre tan bello que al pie de los versos tristes y
joyantes parecía invención romántica más que realidad, no es ya el
nombre de un vivo. Aquel fino espíritu, aquel cariño medroso y tierno,
aquella ideal peregrinación, aquel melancólico amor a la hermosura
ausente de su tierra nativa, porque las letras sólo pueden ser enlutadas
o hetairas en un país sin libertad, ya no son más que un puñado de
versos, impresos en papel infeliz, como dicen que fue la vida del poeta.
De la beldad vivía prendida su alma; del cristal tallado y de la levedad
japonesa; del color del ajenjo y de las rosas del jardín; de mujeres de
perla, con ornamentos de plata labrada; y él, como Cellini, ponía en un
salero a Júpiter. Aborrecía lo falso y pomposo. Murió, de su cuerpo
endeble, o del pesar de vivir, con la fantasía elegante y enamorada, en
un pueblo servil y deforme. De él se puede decir que, pagado del arte,
por gustar del de Francia tan de cerca, le tomó la poesía nula, y de
desgano falso e innecesario, con que los orífices del verso parisiense
entretuvieron estos años últimos el vacío ideal de su época
transitoria. En el mundo, si se le lleva con dignidad, hay aún poesía
para mucho; todo es el valor moral con que se encare y dome la injusticia
aparente de la vida; mientras haya un bien que hacer, un derecho que
defender, un libro sano y fuerte que leer, un rincón de monte, una mujer
buena, un verdadero amigo, tendrá vigor el corazón sensible para amar y
loar lo bello y ordenado de la vida, odiosa a veces por la brutal maldad
con que suelen afearla la venganza y la codicia. El sello de la grandeza
es ese triunfo. De Antonio Pérez es esta verdad: «Sólo los grandes estómagos
digieren venenos».
Por toda nuestra América era Julián del Casal muy conocido y amado, y ya
se oirán los elogios y las tristezas. Y es que en América está ya en
flor la gente nueva, que pide peso a la prosa y condición al verso, y
quiere trabajo y realidad en la política y en la literatura. Lo hinchado
cansó, y la política hueca y rudimentaria, y aquella falsa lozanía de
las letras que recuerda los perros aventados del loco de Cervantes. Es
como una familia en América esta generación literaria, que principió
por el rebusco imitado, y está ya en la elegancia suelta y concisa, y en
la expresión artística y sincera, breve y tallada, del sentimiento
personal y del juicio criollo y directo. El verso, para estos
trabajadores, ha de ir sonando y volando. El verso, hijo de la emoción,
ha de ser fino y profundo, como una nota de arpa. No se ha de decir lo
raro, sino el instante raro de la emoción noble o graciosa.-Y ese verso,
con aplauso y cariño de los americanos, era el que trabajaba Julián del
Casal. Y luego, había otra razón para que lo amasen; y fue la poesía
doliente y caprichosa que le vino de Francia con la rima excelsa, paró
por ser en él la expresión natural del poco apego que artista tan
delicado había de sentir por aquel país de sus entrañas, donde la
conciencia oculta o confesa de la general humillación trae a todo el
mundo como acorralado, o como antifaz, sin gusto ni poder para la
franqueza y las gracias del alma. La poesía vive de honra.
Murió el pobre poeta, y no lo llegamos a conocer. ¡Así vamos todos, en
esa pobre tierra nuestra, partidos en dos, con nuestras energías regadas
por el mundo, viviendo sin persona en los pueblos ajenos, y con la persona
extraña sentada en los sillones de nuestro pueblo propio !Nos agriamos en
vez de amarnos. Nos encelamos en vez de abrir vía juntos. Nos queremos
como por entre las rejas de una prisión. ¡En verdad que es tiempo de
acabar! Ya Julián del Casal acabó, joven y triste. Quedan sus versos. La
América lo quiere, por fino y por sincero. Las mujeres lo lloran.
José Martí publicó
esta
crónica en el diario Patria en Nueva York
en 1893.
Tú sabes quién fue
nuestro amigo; tú sabes que en el nuevo mundo desupués del alma de Edgar
Allan Poe, la suya es la que ha volado más maravillosamente a la montaña
del arte.........
En cuanto al poeta, al artista, hay que recoger, que compilar su
producción, hacer la edición definitva de su obra, dar a conocer el
excelso mártir de su propio genio. Si no lo hace hoy Cuba, la generación
del mañana lo hará. O se hará en otro país de América. Porque, en verda
te digo, un viento nuevo se siente venir sobre el alma de estas naciones, y
los hijos de nuestros hijos se regocijarán en la luz ( ... )
Los que lo amaron, que me amen; los que lo envidiaron, que me odien;
porque puedo alardear de que Julián del Casal yace en dos tumbas: en la de
mármol que encierra sus despojos, y en mi corazón, que gurada la esencia
sutil de su alma pura, sus más recónditos secretos, como en urna
sagrada.
Gutierrez Nájera es
también como una estatua de mármol rosado; José Asunción Silva lo es
como de mármol negro: Julián del Casal se todo albura. Nájera es amor;
Silva el dolor: Casal el la pureza ( ... )
La entrada de Casal en
nuestra vida fue algo así como la entrada de un ancho rayo de luna en una
estancia desierta que estuviese, en sus cuatro paredes, revestida de
espejos. Aquellos espejos, desnudos en su vida silenciosa, recibieron el
beso azul de aquella aparición; pero sólo uno, el más hondo y pulido de
todos, captó, entero, el fulgor de aquella luz. Vino el bardo a nuestra
casa traído de la mano por el mismo padre que cuidaba nuestros corazones
con un celo angustiado y expectante. Vino el bardo a nuestra casa con las
turquesas de sus ojos errantes bañadas de ese brillo que parece plata del
rocío, y que es sólo de un llanto no vertido, pero que está en reposo en
la hondas cisternas del alma; vino con esa luz de perla y nardo , que no
llega a ser luz, sin más bien sudario que arropa dulcemente a los tristes.
Vino, repito, con las turquesas líquidas de sus ojos serenos, y el mármol
se su frente circuido por una corona hirsuta de oro muerto, y con su
continente de dios que va pisando la tierra sin amor, como quien va en el
fondo de una ausencia.
Algunas fotos del siglo XIX
son veladas, deslustradas, opalescentes; indican, como frente a un espejo,
el hábito de la depresión. Existe una de Casal todavía inédita, situada según parece entre las dos últimas crisis de su enfermedad, el mismo año
en que muere. Cierto demonismo rebosa los bordes, el rostro se abre: su
laxitud es la fiebre. Algo inclinado, la mandíbula es más descendida, con
la mirada fija en un ángulo ausente. La pupila izquierda está llena de luz
y tiesa, como rezagada ante los efectos de la cámara. El maxilar superior y
los arcos superciliares son duros, prognáticos; la nariz apenas se ve..A
mí me recuerda aquellas caras de un muestrario que Fernando Ortiz presentó
para una revista de Medicina Legal, de Turin, que seguía la línea de
Lombroso. Homicidas cubanos de fines de siglo (...) Según se mire, será el
clásico erotómano con sus colgajos, a la manera del psiquiatra de
Clarembault, o un poeta con sus rótulos demasiado erosionados por el
afecto, desafiando la general pobreza.
Pedro Marqués de
Armas
Si preguntamos por qué
recuperar a Casal escuchamos su réplica a la sentencia de Enrique José
Varona. Con sus trajes y sus habitaciones, con sus páginas -no llamó a un
poema ¿Páginas de vida?-- y sus paseos dentro de la ciudad, con su espejar
frente a los otros marcando la memoria lo mismo que un emblema, demostró
que entre nosotros puede no solamente hacerse poesía, puede también vivirse
( este es el verbo adecuado, este posesivo ) como poeta. Ambicionó, como
nosotros, que todo fuera signo erguido.
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