Calvert Casey fue periodista y novelista. Su padre era norteamericano y su madre cubana. Nació en Baltimore, en 1924, pero creció fundamentalmente en Cuba. Luego vivió en Nuevo México, en Nueva York y finalmente en varias ciudades europeas trabajando como traductor de las Naciones Unidas.
Falleció en Roma en 1966. Fue
un artista - considerado por el establishment
literario como inclasificable, y solamente reconocido por
sus escasos amigos de ese ámbito -
fascinado por
la muerte y que para colmo, tartamudeaba su homosexualidad a
los cuatro vientos. 
Si bien nació en Estados Unidos, pasó buena parte de su infancia y adolescencia en La Habana (Cuba). Previamente a la Revolución Cubana (1959), vivía en Nueva York, desde donde enviaba colaboraciones a la revista Ciclón. En 1957 se estableció en Cuba, realizando viajes periodicos entre la isla y Estados Unidos.
La nostalgia lo asaltó de golpe al ver Nápoles y regresó a Cuba a mediados de los años cincuenta. Así explicó el impulso de su regreso: “A la emoción que me produjo el espejismo —una multitud bajando por una avenida romana— siguió un pánico infinito —recordé el pánico que sienten los elefantes cuando, próximos a la muerte, se sienten muy lejos de donde han nacido. Estaba terriblemente lejos de La Habana. Quizás había perdido para siempre el paraíso (y también el infierno), de la primera visión. Aquella mañana terminó mi exilio voluntario. Debía volver al escenario de los descubrimientos, donde todo viene dado y no es necesario explicar nada”.
Al ser derrocado el dictador Fulgencio Batista, regresó a Cuba, donde desarrolló una intensa labor periodística, realizando crítica teatral, comentarios de libros y traducciones de revistas diversas; en esta época se relaciona con figuras literarias como Antón Arrufat, Virgilio Piñera, Guillermo Cabrera Infante y Miguel Barnet.
En su obra expresó con vehemencia el derecho a salir de los modelos sociales estereotipados.
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1962 El regreso (cuentos). Reeditado en España en 1967, con el título El regreso y otros relatos.
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1964 Memorias de una isla (escritos periodísticos)
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1969 Notas de un simulador
Escribió el poema A un viandante de 2778, que se publicó en 1965 en el
periódico La Gaceta de Cuba.

De la novela Gianni, Gianni, cuyo manuscrito inconcluso el mismo autor lanzó a la corriente del Tíber tras una pelea pasional con Gianni, su atormentado efebo italiano, se conserva un único capítulo (titulado, Piazza Morgana escrito originalmente en inglés). Este fragmento fue rescatado y traducido del inglés por Vicente Molina Foix.
Aceptado a regañadientes que fuera por los hacedores del
canon literario, como no iba a ser demasiado perturbador alguien capaz de
escribir algo como “En San Isidro” (¿cuento, poema en prosa, oratorio?): “En la
última hora, madre mía, padre San Isidro, sublime maricón desdentado, deposítame
tumefacto y podrido en las aguas que te han asignado en la vieja bahía, para
poder lamer mucho tiempo tu viejo costado purulento, con los detritus y con los
peces muertos.”
Los que lo conocieron recuerdan a Casey como un tipo muy
inteligente, tímido, flaco, pálido, medio calvo, con gruesos espejuelos de miope
y varios tics nerviosos. Según Cabrera Infante, algunos de sus amigos lo
apodaban La Gaguita. Gustaba pasear por los cementerios y vivía en la calle
Oficios, en La Habana Vieja, con un amante mulato que lo inició en la santería.
Fue a parar a la Casa de las Américas cuando cerraron "Lunes de
Revolución". La Habana sometida a la purificación revolucionaria era mal sitio
para gente como Calvert Casey. Se fue al exilio a Europa en 1966, aterrado por
la cruzada homofóbica y la instauración de los campamentos de trabajo forzado de
las UMAP.
Su obra fue corta, pero intensa. Nunca se sintió seguro con
los cuentos y ensayos que escribió. Sólo terminó a trancos una novela, “Notas de
un simulador”.
Piazza Margana
(según Antón Arrufat, “uno de los grandes textos que un cubano ha escrito sobre
el amor”) describe el viaje físico de Calvert Casey por el organismo de Gianni:
“Pudiera escribir interminablemente acerca de mi paseo…las más extrañas
criaturas, mitad animal, mitad vegetales, que se abren y se cierran, degeneran y
regeneran, se destripan en suicidios masivos sólo para trocar sus fragmentos y
reunirse segundos más tarde
…Me dejo abrazar por el billón de criaturas que
pululan a través de mí, que se aglomeran en el espeso jugo por el que nado en
silencio. Escogí una al azar, tal vez la más atractiva, tal vez la más horrenda
y dejé que me atrapara y me tragara, como un corpúsculo devorado por un glóbulo
blanco. Qué infinita quietud, que paz…No hay otra palabra. La he encontrado en
lo más hondo. Esto anula y borra años de exhaustiva e inútil búsqueda. Soy
feliz. ¡Al fin!”
Pero Gianni Losito, como Cuba y la revolución de Fidel Castro,
fue otra decepción. Calvert Casey exigía demasiado de la vida. Lo encontraron
muerto por una sobredosis de barbitúricos el sábado 17 de mayo de 1969 en su
apartamento romano de la calle Gesú e María. Sus restos descansan en un osario
de Campo Verano, en las afueras de la capital italiana. No sé si hubiera
preferido lo enterraran en un cementerio habanero, el de Guanabacoa, por
ejemplo.
Calvert Casey, además de sus libros (sólo uno publicado en Cuba
por Ediciones R) y algunos bien escondidos números de "Lunes de Revolución", dejó
sus inquietantes cartas. Algunas de ellas fueron vendidas a la universidad de
Princeton por escritores cubanos porque en los años más duros del Decenio Gris
no tenían dinero para comer. ¿Quién iba a suponer que un día a los represaliados
los rehabilitarían y hasta recibirían el Premio Nacional de Literatura? No
importa, en definitiva las cartas de Calvert Casey eran demasiado tristes,
comprometedoras y removían algunas malas conciencias. En Princeton están mejor
guardadas.
Cuando se suicidó tenía 45 años y de alguna manera pensaba en su muerte como obra igualmente deslumbrante, necesaria y tal vez bella. Obra planeada durante años, según testimonio de sus amigos, y presente en sus libros como larva luminosa, como asco y brillo, extrañamiento y atracción. Era la muerte en sus relatos puerta abierta, y no al vacío, sino al misterio de la vida que no es la vida. Frecuentó con pasión espiritismo y poesía: y era famosa en La Habana su colección de antiguas estatuas africanas obtenidas en los círculos de Candomblé.
En
Lunes, el suplemento li
terario que dirigía
Cabrera Infante durante los primeros años de la
revolución cubana, Calvert Casey publicaba ensayos que
algunas veces eran más bien crónicas y otras relatos. En
todos, una sensibilidad expuesta al viento era la piel
de una inteligencia implacable y de una melancólica
ironía. En 1964 recogió una parte de esos textos en su
libro Memorias de una isla, editado en La Habana.
Entre ellos hay uno que es como el centro imantado del
libro, trata de la muerte en la literatura. En otros,
comenta autores cubanos de cualidades secretas, hace
resaltar la vena modernista de Martí en contra de la
interpretación épica que entonces era dominante en Cuba,
describe escenas de la ciudad, paisajes, paseos. Cuenta
Cabrera Infante que mientras publicaba estos ensayos,
Casey pulía en secreto los cuentos que rehechos hasta la
perfección dio a conocer más tarde. Los reunió en un
volumen, El regreso, editado primero en Cuba y
luego en Barcelona (Seix Barral, 1967). Dos años
después, la misma editorial española publicó, acompañado
de otros cuatro cuentos, su relato largo: “Notas de un
simulador”, historia irónica de un hombre que acecha a
la muerte.
Cuando Italo Calvino, como editor,
hizo traducir sus cuentos al italiano, escribió en su
presentación: “La Habana, para él, no es sólo una matriz
de imágenes y lenguaje, es el objeto de un culto
exclusivo y minucioso: La Habana de los burdeles
españoles y de la brujería negra, ininterrumpido
fermento de sensualidad e ininterrumpido coloquio con
los muertos. (…) Lo que cada página nos devela es un
viaje entre difuntos y entre los que van a morir:
muertos que no se distinguen muy bien de los vivos que
los invocan en las sesiones espiritistas, o bien larvas
humanas de las cuales no se espera sino la revelación
del instante irrepetible que las separa de la muerte.
Sobre cementerios y lupanares del Caribe aletea
inesperada la sombra de Baudelaire, como reverberada en
el calor de los trópicos.”
Entre los relatos de
Calvert Casey hay uno que delata de manera poética la
terrible fuerza trágica que parecía guiar en vida a ese
escritor cubano que se suicidó hace treinta y nueve
años. Se trata de “El regreso”: un cuento que es a la
vez historia de un rito y narración ritual. Que su tema
es ritual, ¿quién puede dudarlo cuando se trata del
regreso largamente diferido al lugar de origen? Y más
aun si el regreso culmina con un sacrificio en el que la
vida paga el precio de volver a la patria (¿o a la
matria?) con los ojos cerrados.
Por otra parte,
“El regreso” tiene en sí mismo, en la forma del relato,
la dimensión de un ritual: la historia comienza como un
verdadero repertorio de disonancias que, poco a poco, se
integran en una voz que vu
elve y vuelve, invocando el
éxtasis anhelado: el regreso del personaje a su tierra
(privilegiada, por lo menos en su mente). Pero la
tensión de las invocaciones es tan fuerte que el
desenlace tiene que rebasar las expectativas
manifiestas: un sacrificio ritual se convierte en la
única justificación de tan intensa antesala.
Por
otra parte, las referencias biográficas que Casey
integró en su cuento no son menos ritualizadas: el
personaje, tartamudo como Calvert Casey, es un viajero
intermitente (casi podría decirse que es un hombre
intermitente) que sólo integra sus ánimos fugaces y
dispersos en la fascinación que ejerce sobre él un
señuelo (la patria, de nuevo habitable); un señuelo que
al desvanecerse bruscamente frente a sus ojos le robará
la vida. “El regreso” es un relato en el que los hilos
sutiles que unen a la literatura con la vida se cargan
de intensidad.
Un número especial de la
revista Quimera (España), de diciembre de 1982, dedicó al
autor cubano un homenaje que incluía, entre otros, un
artículo donde María Zambrano, partiendo de su amistad con
Calvert Casey, analiza la tragedia de un hombre obligado a
pertenecer a un país y a un tiempo determinados, sometido a
los estereotipos acerca de las conductas sexuales. En 1997
apareció en Barcelona una nueva edición de sus textos, Notas de un
simulador, realizada por Mario Merlino, que reúne casi toda su
obra publicada, incluidos algunos de los artículos de Memorias de
una isla.
