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- Himno a Artemis
Cantemos a Artemis -pues no sin pesadumbre la olvida el que canta-, a
quien placen el arco, y la caza de las liebres, y el coro espacioso y
jugar en las montañas. Diremos, comenzando desde el principio, cómo siendo
aún una criatura muy pequeña, sentándose en las rodillas del padre, le
dice: "Concédeme, papito querido, que pueda conservar la virginidad
eterna, y muchos nombres que para Febo no me aventaje (1). Dame flechas y
arcos. Dámelos, padre, yo no te pido un carcaj ni un gran arco... Los
Cíclopes en un instante fabricarán flechas y un arco flexible para mí.
Dame, en cambio, una antorcha y que pueda ceñirme una túnica adornada
hasta la rodilla (2) para dar caza a los animales salvajes. Dame también
un coro de sesenta oceánidas, todas de nueve años, no núbiles (3). Dame
veinte criadas, ninfas de Amnisos (4), para que cuiden mis sandalias de
caza y, cuando no esté cazando lobos ni ciervos, a mis veloces perros.
Dame todas las montañas y una ciudad, la que tú quieras. Pocas veces
Artemis bajará a la ciudad. Habitaré en las montañas y sólo entraré en las
ciudades de los hombres cuando, atormentadas por los agudos dolores del
parto, las mujeres me llamen en su auxilio: las Moiras (5), en el momento
de nacer yo, me designaron para darles alivio. Porque llevándome mi madre
y engendrándome, no sintió sufrimiento, sino que de su entraña dio a luz
sin esfuerzo (6).
Hablando así, quiso la niña tomar la
barba del padre y extendió varias veces las manos para tocarla, pero en
vano. El padre, riendo, asintió con la cabeza y, acariciándola, dijo:
"Toda vez que las diosas me den semejantes hijos, yo me preocuparé bien
poco de la celosa e irritada Hera. Lleva, hija, lo que voluntariamente
pides; mayores cosas tu padre aún te dará: te proporcionaré treinta
ciudades y no un solo fuerte, treinta ciudades que no tendrán a otra diosa
a quien celebrar sino a ti. Y se llamarán de Artemis. Tendrás muchas
ciudades e islas como parte común (7), y en todas habrá altares y bosques
de Artemis. También serás protectora de caminos y puertos".
Hablando así, reafirmó con un gesto
de cabeza.
Va la niña a
Leucos, la montaña de
Creta que tiene cabellera de bosque; de allí, al Océano. Elige muchas
ninfas, todas de nueve años, todas no núbiles. se alegra el gran río
Cairatos (8) y se alegra Tetis, porque envían a sus hijas como compañeras
de la hija de Leto.
Luego buscó a los Cíclopes. Los
encontró en la isla Lípare -Lípare ahora (9), pero antes se llamaba
Meligunis- junto a los yunques, en torno al horno candente. Un gran
trabajo los oprimía: preparaban el abrevadero de caballos para Poseidón
(10).
Se aterrorizaron las ninfas cuando
vieron a los terribles monstruos, semejantes a las colinas de Osa (11),
todos con un solo ojo bajo las cejas que, como escudo de cuatro piezas,
centelleaba terriblemente. Y se asustaron aún más cuando oyeron el
fragor que incesante retumbaba y el soplido poderoso de las fraguas y el
profundo suspiro de los mismos Cíclopes. Pues el Etna (12) resuena, y
resuena la Trinacria, morada de los sícanos, y resuena la vecina Italia;
Cirnos (13) lanza un clamor cuando aquellos, levantando los martillos por
encima de los hombros, golpeando sucesivamente, ya el bronce incandescente
al salir del horno, ya el hierro, realizan un tremendo
esfuerzo.
Las Océanidas no soportaron sin
temblar ni mirarlos de frente ni escuchar el fragor -que hiere los oídos-
¿Quién no temblará?-. Las hijas de los dioses, ya crecidas, no los miran
sin estremecerse mucho. Cuando alguna de las muchachas la desobedece, la
madre llama a los Cíclopes, Argos o Esterope. Del fondo de la casa llega
Hermes (14), untado de negra ceniza. Y asusta a la niña, que se hunde en
el regazo materno cubriéndose los ojos con las manos.
Pero tú, diosa, cuando sólo tenías
tres años, Leto te llevó en sus brazos hacia Hefestos, al cual había
llamado para que te ofreciera regalos de bienvenida. Bronteo (15) te sentó
en sus fuertes rodillas; tú tomaste el vello espeso de su pecho amplio y
lo arrancaste con fuerza. Desde entonces hasta el presente tiene tonsurada
la mitad del pecho, como sucede cuando la alopecía se instala en la cabeza
y devora la cabellera. Y, sin miedo, les dijiste estas palabras: "Vamos,
Cíclopes, fabricad para mí, al instante, un arco cidonio, y flechas, y
un carcaj corvo que las guarde, pues yo también soy hija de Leto,
como Apolo. Y cuando con mis flechas cace solitaria bestias feroces o
algún enorme animal, esto comerán los Cíclopes".
Dijiste, y ellos lo hicieron. Al
punto diosa, fuiste armada. Te encaminaste en busca de las perras. Fuiste
a la gruta de Pan (16), en Arcadia. Este preparaba carne de lince de
Menalia (17) para alimentar a las perras que tendrían cría. El dios
barbudo te dio dos perras de pelaje blanco y negro, tres de orejas caídas
y una manchada (18), animales excelentes para llevar de regreso a los
leones, apresándolos del cuello, y arrastrarlos aún vivos hasta la
guarida; te dio siete perras de Cinosuria (19), más veloces que el viento,
para perseguir a los ágiles cervatillos y a las liebres que nunca cierran
los ojos, para rastrear la morada del ciervo y las cuevas del puercoespín,
y para conducirte hasta las huellas de las gacelas.
Partiendo de allí, seguida de tus
perras, encontraste sobre la cumbre del monte Parrasio (20), ciervas que
brincaban, escena admirable. Pacían ellas, como siempre, a la orilla de un
torrente lleno de guijarros negros, más fuertes que toros, y les brillaba
el oro de los cuernos. De pronto, asombrada, dijiste a tu alma: "Este
sería un primer botín digno de Artemis". Cinco eran éstas en
total.
Con presteza, y sin la ayuda de las
perras, te apoderaste de cuatro para arrastrar tu rápido carro. A la otra,
que huía por el río Celadón (21), por indicación de Hera, para que fuera
después uno de los trabajos de Heracles (22), la colina Cerunio
acogió.
Artemis
Partenia, Artemis matadora de
Titios (23), de oro son tus armas y tu cinturón, un carro de oro unciste,
y a los cervatillos, diosa, les pusiste frenos de oro.
¿Dónde, por primera vez, tu carro
hecho de cuernos comenzó a llevarte? En el Hemos de Tracia (24), donde se
origina la tempestad del Bóreas que hostiga con su frío huracanado a los
que carecen de manto. ¿Dónde cortaste el pino del que hiciste tu antorcha?
En Olimpo de Misia, y le infundiste el soplo de la luz eterna que los
rayos de tu padre esparcen. ¿Cuántas veces, diosa, probaste tu arco de
plata? La primera vez, contra el olmo; la segunda lo disparaste contra la
encina; la tercera, contra las fieras; la cuarta, no ya contra la encina,
sino contra la ciudad de los malvados que constantemente cometían
impiedades contra los suyos y contra los extranjeros. ¡Los miserables!
Sobre ellos lanzaste tu cólera funesta. La peste les consume los ganados;
la escarcha, los campos; los ancianos se cortan el cabello por los hijos
(25); las parturientas, o bien mueren de un golpe (26) o, si logran
escapar, dan a luz a un ser incapaz de erguirse derecho sobre su pie. En
cambio, para aquellos a los que tú miras benévola y propicia, su campo
produce espigas, cría de animales y la felicidad aumenta. No se acercan a
la tumba sino cuando deben llevar a algún anciano; la discordia no desune
a la familia, la discordia que destruye aun a las familias bien
constituidas. Las esposas de los hermanos, situadas en sus lugares, se
sientan a la mesa con su cuñada.
Señora, de estos que sea mi amigo el
que es sincero. Que sea siempre yo mismo, que sea siempre mi preocupación
el canto. En él estará el casamiento de Leto, y en él tú, la poderosa; y
en él Apolo, y en él todos sus combates, y en él tus perras y tus arcos y
tus carros, que con ligereza te transportan deslumbrantes cuando los guías
a la morada de Zeus. Saliendo a tu encuentro allí, en la entrada, Hermes
Acaquesios (27) te recibe las armas y Apolo la caza que lleves. ¡Adelante,
antes que el fuerte Alcides aparezca! (28) Ahora Febo ya no tiene esta
tarea; el incansable Tirintio (29) se instala esperándote por si llegas
trayendo algún alimento craso. Y todos los dioses ríen incesantemente por
su causa, y en especial su propia suegra, cuando trae, sujetándolo de la
pata trasera, un toro muy grande o un robusto jabalí
tembloroso.
El, diosa, te adula con estas
palabras sutiles: "Arroja tus flechas sobre los animales grandes, para que
los mortales te llamen salvadora, como a mí. Deja a corzos y liebres pacer
en la montaña, pues ¿qué te hicieron corzos y liebres? Los cerdos
destruyen los campos, los cerdos destruyen las plantas. También los bueyes
son un gran mal para los hombres. Contra éstos arroja tus
flechas".
Habló así, y se movió ágil alrededor
de la gran bestia, pues ni aun bajo las encinas de Frigia (30), cuando
endiosó su cuerpo, sació su voracidad. Su hambre era la misma que tenía
cuando, cierto día, encontró al labrador Teiodamas (31).
Las ninfas de Amnisios (32), tras
desatar a los cervatillos, los acarician. Los llevan juntos a pastar, en
abundancia, conduciéndolos desde la pradera de Hera, rica en trébol
fértil; los caballos de Zeus con él también se alimentan. Llenan con agua
las pilas doradas, el agua que sería grata bebida para los
ciervos.
Llegas en persona al palacio de tu
padre; todos los dioses te llaman por igual a su lado; tú te sientas junto
a Apolo.
Cuando las ninfas te rodean en un
coro, cerca de las fuentes de Inopos, que viene de Egipto, o de Pitane
-pues también Pitane es tuya- o en Limnais, o en Ales Arafénida (33),
adonde llegaste, diosa, después de haber vivido entre los escitas y de
haber prohibido las costumbres de Táuride, que mis vacas no corten
entonces, por un salario de cuatro días, el barbecho, a servicio de otro
dueño, pues sin duda avanzarían exhaustas hacia el establo, aunque sean
estinfálidas de nueve años, que tiran del arado con los cuernos, las
mejores para hender el surco profundo (34).
Pues el dios Helios jamás pasó junto
al hermoso coro de tus ninfas sin detener su carro para admirarlo; los
rayos del sol se prolongan entonces.
¿Cuál de las islas, cuál de las
montañas, te agrada más? ¿Qué puerto, qué ciudad? ¿A cuál de las ninfas
amas, y a cuáles heroínas tenías como compañeras? Dímelo, diosa, dínoslo a
nosotros; yo lo contaré a los demás. De las islas te agrada Dolije (35);
de las ciudades, Pergue; de los montes, el Taigeto; de los puertos, el de
Euripos. Más que a ninguna otra amaste a la ninfa de Gortunis,
Britomartis, matadora de cervatillos, certera tiradora.
Cierta vez Minos, encendido por su
amor, atravesó corriendo la montaña de Creta. Pero la ninfa unas veces se
escondió bajo las frondosas encinas, y otras en las praderas cubiertas de
hierbas. El, durante nueve meses, recorrió lugares rocosos y escarpados, y
no suspendió la búsqueda hasta que casi la apresó; pero ella se arrojó al
mar desde un peñasco, cayendo en las redes de unos pescadores, que la
salvaron. Por eso más tarde los cidonios llamaron Dictina (36) a las
ninfas y Dicteion al monte del que se lanzó. Le han erigido altares y le
ofrecen sacrificios. La corona, durante esos días, es de pino o de
lentisco (37). Los ramos de mirto están vedados; en efecto, una rama de
mirto se enredó en el pelo de la muchacha cuando guía. De ahí su cólera
con el mirto.
Upis soberana, la de bellos ojos
luminosos, los cretenses también te llaman con el sobrenombre de aquella
ninfa (38).
Elegiste como compañera a Cirene
(39), a la que cierta vez tú misma le regalaste dos perros de caza, con
los cuales la hija de Hipseo, junto a la tumba de Yolcos, obtuvo el premio
(40); y la rubia esposa de Céfalo (41), el Deionida, fue, señora, tu
compañera de caza. También dicen que a la bella Anticlea (42) amaste como
a la luz de tus ojos. Estas dos fueron las primeras que llevaron rápidos
arcos y aljabas con flechas en torno al hombro; el derecho lo llevan
desnudo, y también desnudo se ve el pecho (43).
Celebraste aún más a Atlante (44), la
de pies veloces, hija de Iasios, hijo de Arcas (45), cazadora del jabalí,
y le enseñaste el arte de cazar con perros y el de disparar
flechas.
Los llamados "cazadores del jabalí"
no la censuran (46) pues los trofeos de victoria llegaron a Arcadia y aún
guarda los dientes de la fiera. No creo que en el Hades ni Ulaios ni el
insensato Roicos (47), tan llenos de odio, censuren a la arquera, pues los
flancos de estos no mentirán más con ellos; con su sangre se tiñe la
cumbre del Ménalo (48).
Salud, señora, diosa de las mil
moradas, diosa de las innúmeras ciudades; Artemis Jitona, quédate en el
Mileto; Neleo (49) te hizo su guía cuando partió de la ciudad de Cécrope
con las naves.
Diosa de
Quesión, diosa de Imbrasos
(50), tú que reinas en primera fila, para ti Agamenón depositó en tu
templo el timón de su nave, hechizo de no poder navegar cuando le
encadenaste los vientos, al tiempo que las naves aqueas, irritadas a causa
de Helena de Ramnunto (51), navegaban para destruir las ciudades de los
troyanos. Preto te elevó dos templos (52): uno en Coria (53), porque le
devolviste sus hijas que erraban por el monte Acenia; otro en Lusos, como
Artemis Hemera, porque dominaste el ánimo salvaje de aquéllas (54). Y las
Amazonas, amigas de la guerra, en Éfeso, junto al mar, te erigieron una
estatua de madera al pie de un tronco de encina, e Hipó (55) ofició el
sacrificio, y las Amazonas bailaron a tu alrededor, reina Upis, la danza
armada; primero, la danza de los escudos, y después, colocadas en círculo,
formaron un amplio coro (56). Delicadamente acompañaron las melodiosas
siringas para que todas bailaran al unísono -aún no estaban perforados los
huesos de los cervatillos, invento de Artemis, daño para el ciervo- y el
eco corrió hasta Sardes (57) y hasta el territorio frigio. A un tiempo
sacudían la tierra con los pies y las aljabas resonaban.
Más tarde construyó un vasto templo
en torno a aquella estatua. Jamás la Aurora verá nada más digno de
admiración ni más opulento que este templo. Fácilmente excedería al de
Pito (58).
Después, el insolente Lygdamis (59),
un loco, se glorió de haberlo saqueado. Le echó encima un glorió de
cimerios, criados con leche de yegua, semejante a un arenal, que habitaba
junto al camino de la Vaca, hija de Inaco (60).
¡Ay, rey miserable! ¡Cuánto pecó! No
sólo él no regresaría a Escitia, sino ninguno de cuantos carros había en
la pradera de Caistro (61). Tus armas siempre defienden a Éfeso.
Salud, reina Artemis
Muniquia,
guardiana de puertos, Artemis de Feres (62). No desprecie nadie a Artemis,
pues por Eneo (63), que ultrajó su altar, los célebres certámenes entraron
en la ciudad. No le dispute la caza del ciervo ni la destreza en el arco,
pues ni el Atrida (64) pudo jactarse sin un gran castigo. No pretenda
nadie a la virgen -pues ni Otos ni Orión (65) desearon una noble unión- ni
rehúse el coro anual, pues ni Hipó se rehusó, sin lágrimas, a bailar en
torno a un altar.
Salud, reina todopoderosa; acoge con
benevolencia mi poema (66).
(1) Artemis era llamada "la diosa de los mil nombres" y Apolo,
por su parte, recibió también muchísimos apodos.
(2) Artemis era también conocida como
Jitona, "la diosa de la
túnica corta".
(3) Literalmente, "sin cinturón".
(4)
Amnisos: río de Creta.
(5) Las
Moiras, como personificación del destino de cada uno.
Eran tres: Cloto tenía una rueca con hilos de distinto valor, según el ser
a que correspondían en jerarquía; Láquesis daba vuelta el huso, y Atropos
cortaba a placer y de improviso el hilo fatal.
(6) En el Himno a Delos también alude al parto sin dolor
de las diosas.
(7) En común para Artemis y Apolo.
(8)
Cairatos: río de Creta. Tetis: hija de Gea y Urano, con el
que tuvo numerosas hijas.
(9)
Lípare: isla próxima a Sicilia donde, según la tradición,
estaban las fraguas de Hefestos.
10) Poseidón era honrado como el dios del mar y de los
caballos.
(11) Osa: montaña de Tesalia
(12)
Etna: volcán de Sicilia. Trinacria: Sicilia, así llamada
por varios autores por tener tres puntas.
(13)
Cirnos: hoy Córcega.
(14) Hermes: Dios del comercio, de la elocuencia y mensajero de
los dioses. Hermes, lo mismo que los Cíclopes, es presentado aquí en
escenas risueñas, originales, como cuco.
(15)
Bronteo: el nombre es un deverbativo de "tronar", y es
además una personificación.
(16) Pan: de origen oscuro, vivía en los valles y grutas de
Arcadia; era el dios protector de los ganados, y como cazador era el que
hacía caer a los animales heridos por los cazadores.
(17)
Menalia: territorio del monte Ménalo, en
Arcadia.
(18) Estas enumeraciones son de difícil comprensión por ciertos
significados discutibles. Los animales consagrados a Artemis siempre eran
hembras.
(19)
Cinosuria: en Laconia, los perros de este lugar eran muy
apreciados en la antigüedad para la caza.
(20)
Parrasio: en Arcadia.
(21) Celadón: afluente del
Alfeo.
(22) El tercer trabajo de Heracles fue cazar a la cierva
Cerinita, más veloz que el viento, la que debía entregar viva a Euristeo,
rey de Micenas. El monte Cerunio estaba en Acaya.
(23)
Partenia: Artemis como diosa virgen, Titios: célebre
gigante que, por instigación de Hera, violó a Leto, madre de Artemis y
Apolo, los cuales se vengaron.
(24) Tracia: región al norte de Grecia.
(25) Cortarse el cabello: en el Heracles de Eurípides
(v. 1320), cortarse el cabello significa estar de duelo.
(26)
Artemis: guardiana de los alumbramientos, podía dar muerte
de un golpe.
(27)
Acaquesios: bienhechor.
(28) Se llamó Alcides a Heracles, nieto de
Alceo. Por otra
parte, la palabra significa en griego "el fuerte". Calímaco sigue la
tradición del Heracles "glotón".
(29) Tirintio: otro sobrenombre de Heracles, por ser oriundo de
esta ciudad de Argólida.
(30) Encinas de Frigia: nombre erudito por "monte
Eta". La pira
fúnebre de Heracles estaba formada por encinas de Frigia, como se lee en
el verso 1195 de Las Traquinias de Sófocles.
(31)
Teiodamas: pastor tratado también por Calímaco en uno de
los Aitia, muy mutilado. En él se refiere la leyenda de cómo Heracles
exterminó el ganado de Teiodamas para satisfacer el hambre de su hijo
Hylas y en castigo por haberse negado el pastor a darle uno de sus
animales.
(32) Véase nota 4.
(33)
Inopos: se creía era afluente del Nilo, aunque se hallaba
en Delos. Pitane: verdadero santuario de Artemis en Esparta. Límnais y
Ales Arafénida rivalizaban por la imagen táurica de Artemis. Límnais era
de Esparta; Ales Arafénida, de Atenas. Calímaco se coloca junto a
Eurípides, dando la razón a Esparta (véase Ifigenia en Táuride,
vv.
1450 y ss.).
(34)
Estinfalia: lugar de Epiro, famoso por sus bueyes.
Fragmento similar por el sentido puede verse en Homero: Odisea,
XVIII, 372 y ss. Todo este fragmento tiene un significado
oscuro.
(35)
Dolije: "isla larga". Pergue: hoy llamada Murtan, en Panfilia; Taigeto: cordillera de Grecia, separaba a Laconia de Mesenia;
Euripos: estrecho entre Eubea y Beocia, famoso por la agitación del
mar.
(36) Dictina: el origen del nombre es "red".
(37) La corona es de pino o de lentisco, y no de mirto, por el
carácter virginal de la ninfa (el mirto estaba consagrado a Afrodita) y
por lo que después se explicará.
(38) Los cidonios -pueblo de Creta- llamaban Dictina a la ninfa
y los cretenses daban a Artemis el nombre de la ninfa. Upis era una
antigua divinidad efesiana. Según la escuela de Calímaco, era la nodriza
de Artemis; Upis fue formada por Orión cuando llevaba el culto de la diosa
a Delos, junto con Ecaergue y Loxó. Apolo y Artemis las honraron y de
ellas tomaron, indistintamente, los nombres. El nombre de Upis no tendría
por qué aparecer aquí, a no ser que Calímaco lo use para dar
pintoresquismo. Pero puede ser que, además, el verso encierre una crítica,
ya que los tracios llamaban a Artemis Bendis; los crteenses, Dictina, y
los lacedemonios, Upis. Probablemente lo que Calímaco intenta es demostrar
que si bien Artemis y Upis se pueden confundir, Dictina es sólo un apodo
dado a la diosa por los cretenses.
(39)
Cirene: Apolo raptó a Cirene en el monte Pelión (Tesalia)
y la llevó a Libia.
(40) Seguramente se refiere a los juegos fúnebres en honor a
Pelias, rey de Yolcos (Tesalia), que fue despedazado y cocinado por sus
hijas. Acasto le vengó y celebró juegos fúnebres en su honor.
(41)
Procris: esposa de Céfalo, rey de Tesalia, quien le dio
muerte, involuntariamente, en una cacería. Después de esto, Céfalo se
suicidó.
(42)
Anticlea: no puede ser la madre de Ulises.
(43) Calímaco va aquí contra la tradición según la cual las
Amazonas eran orientales.
(44) Atalanta: hija de Iasos y de
Climene; virgen cazadora
velocísima. Siendo aún una niña, vencía a los Centauros en la carrera. Su
padre la ofreció en matrimonio a quien pudiera vencerla. Hipomanes lo
logró dejando caer en la carrera, por consejo de Hera, manzanas de oro,
que ella se entretuvo en recoger.
(45) Arcas: hijo de Zeus y de la ninfa Calixto, padre de los
arcadios.
(46) Jabalí de
Calidón: el rey Eneo de Etolia hizo un
sacrificio a los dioses para agradecer la fertilidad de los campos y se
olvidó de Artemis que, en castigo, envió un jabalí que devastó las tierras
de Calidón. Meleagro reunió un grupo de cazadores; según algunos, fue
Atalante la que primero lo hirió; según otros, la que le dio muerte.
Meleagro le regaló los colmillos y la piel de la fiera, que los hijos de
Testios intentaron arrebatarle. Meleagro les dio muerte y los dientes
fueron llevados al templo de Atenea Ales (Arcadia).
(47) Ulaios y
Roicos: centauros de Arcadia, a los que mató
Atalante por haber atentado contra su virginidad.
(48) Ménalo: monte de Arcadia.
(49)
Neleo: hijo de Tiro y Poseidón. Luchó con Heracles, que le
dio muerte junto con toda su familia, excepto Néstor. se le cree fundador
de Mileto-Cecrópida. Hay en estos versos una acentuada marcación métrica
de la sílaba larga y uso de sibilantes que reproducen la sensación de
lentitud y ritmo con que las naves avanzan.
(50) Artemis de
Quesión: promontorio y cabo de Samos; Imbrasos:
río de Samos. Epítetos extraños que dan pintoresquismo y antigüedad. Se
remontan a dos rituales distintos que Calímaco, con su inusitada técnica,
reúne en uno solo.
(51)
Ramnunto: según una leyenda, Helena es hija de Némesis de
Ramnunto (demo del Atica) y diosa de la venganza.
(52)
Petro: rey de Tirinto. Sus tres hijas fueron castigadas
con la locura por haberse jactado de ser más bellas que Hera. Se creían
vacas y recorrían todo el Peloponeso, contagiando con su locura a las
mujeres. Fueron curadas al recibir Melampo un premio del padre y casarse
con una de ellas. Preto, en agradecimiento, erigió dos templos a los
dioses.
(53) Coria, Acenia y Lusos estaban en Arcadia.
(54) Hemera significa en griego "la que amansa".
(55) Hipó: hija de Océano y de Tetis.
(56) Evolución del culto, primitivamente sanguinario, a oro más
apacible. esta evolución está espléndidamente resaltada en griego por
algunas antítesis (coro cíclico-coro en reposo), por la sonoridad de los
versos y especialmente por la métrica, que es un verdadero logro
estilístico. el cuadro está hecho en base a dáctilos que señalan el ritmo
de la danza de los escudos. En el verso siguiente se matiza con un
espondeo, lo que produce una sensación del coro en reposo. En el
siguiente, las siringas acompañan la danza, y la idea del ritmo está dada
por un paralelismo perfecto de dáctilos y espondeos. Cabe destacar que
cada vez que Calímaco alude a Artemis con epítetos, usa versos
dactílicos.
(57) Sardes: capital de Lidia.
(58) Pito:
Delfos.
(59)
Lygdamis: rey que condujo a los cimerios a Lidia y Jonia.
Se ha querido ver en estos versos una indicación sobre la fecha en que el
himno habría sido escrito, pero tampoco aquí los críticos se han puesto de
acuerdo. La historia alude a un hecho ocurrido a comienzos del siglo VII,
el cual, a su vez, aludiría a la invasión céltica que sufrió Jonia en 277.
Cahen no acepta la teoría pues considera que Calímaco cuando quiere decir
algo, lo hace claramente.
(60) Vaca: hija de
Inaco: el Bósforo. Se refiere a Io, que fue
transformada en vaca por Hera para librarla de la persecución de Zeus.
Huyó por el Bósforo, que desde entonces tomó su nombre.
(61)
Caistros: Lidia. Nuevamente se mezclan dos tradiciones; no
fue ante Éfeso donde se exterminaron las tropas de Lygdamis. Además, fue
Apolo quien detuvo, ante Delfos, una invasión gala que aquí pasa por ser
la que condujo Lygdamis. Hay en estos versos un juego de vocablos y
sibilantes, intraducible en castellano, que muestran hasta qué punto podía
Calímaco dominar la poesía.
(62)
Muniquia: puerto de Atenas; Feres: ciudad de Tesalia.
Nuevamente hay epítetos inusitados.
(63)
Eneo: véase nota 46.
(64)
Agamenón: castigado con el sacrificio de su hija Ifigenia
por haber cazado en un bosque consagrado a Artemis.
(65) Otos y Orión: flechados por Artemis por haber atentado
contra su virginidad.
(66) Se reitera que Calímaco no confunde las tradiciones por
falta de conocimientos. Este cuadro es muy significativo al respecto:
parecería que en él intenta unificar a Artemis de Efeso con todas las
figuras de la diosa y con las tradiciones a ella referidas: Muniquia =
Atenas; Feres = Tesalia; Eneo = Etolia; Agamenón = Aulis.
Himnos, Madrid, 1972
Traducción del
griego y notas de María Elena del Río y María Teresa Forero de Asman
FUENTE:
Este contenido está extraído de la excelente pagina
www.ppoesiayprosa.com.ar
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