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“Yo parecía un hombre creado para encender conchas pero hago arder pijas
como antorchas”
(conchas = vaginas / pijas = penes en
lenguaje coloquial argentino)
Nació en Buenos
Aires, el 14 de mayo de 1912.
Enorme, con su
elegante traje gris, con la corbata y el pañuelo al tono, Tulio Carella
fue lo que se conoció en el siglo XX como un porteño de ley. Tanguero,
apasionado por Buenos Aires, bohemio, fatigador de piringundines del Bajo
y de salones del Centro, un tipazo, buen mozo, pícaro intelectual, agudo
observador.
Estudió Ciencias
Químicas pero debe haber sido nada más que para cumplir con algún mandato
paterno, porque lo de Tulio venía por otro lado.
Si a los 22 ya
andaba por los arrabales del mundo del espectáculo: logró que
representaran su obrita en un acto en un circo de Barraca. Estudió Bellas
Artes y Música y se dedicó a escribir.
En ese mismo año de
su primer estreno, 1934, consiguió un trabajo que lo aria inmensamente
feliz, en donde podía aplicar todo lo aprendido: ingresó al diario
“Crítica” donde fueron famosas sus crónicas y comentarios sobre temas
cinematográficos.
En el 59 ganó la
Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores por “Cuadernos del
delirio”. Ya había publicado varios libros de poesía: “Ceniza heroica”
(1937), “Los mendigos” (1953), “Intermedio” (1955), y se había iniciado
como autor teatral en 1940 con “Don Basilio mal casado”.
Al año siguiente
estrenó “Doña Clorinda la descontenta”. Vendrían después “Coralina” (1959)
y “Juan Basura” (1965.
Contó Carlos
Gorostiza que cuando preguntó a Armando Discépolo “su opinión acerca de la
difundida creencia (así decía yo en 1962) de que el problema del teatro
argentino era la falta de autores”. Discépolo le contestó: “Hay autores
nacionales. Gorostiza es un valor para siempre, al igual es un valor para
siempre, al igual que Omar del Carlo y Lizárraga y Tulio Carella y Dragún
y Cuzzani y Aroldi”.
También participó
como guionista en dos películas: “El gran secreto” (1942), de Jacques
Remy, con Mecha Ortiz y “Mi divina pobreza” (1951), de Alberto D’Aversa,
con Elina Colomer y Armando Bo. Hoy puede estar un poco olvidado, pero
Carella recibió el reconocimiento de sus contemporáneos. Así como fue
celebrado como poeta, dramaturgo y crítico periodístico, también lo fue
muy bien como ensayista. Hay tres trabajos de Tulio que quien quiera
recorrer la va cotidiana porteña de mediados del siglo XX debe consultar,
necesariamente. Ya hemos paseado por “Tango, mito y esencia”, ese estudio
donde explica: “La violenta afirmación que denota el tango era quizás
necesaria, a fines del siglo pasado, para nuestra falta de seguridad”, el
que cuenta que “el carácter de la pugna no era musical, sino social” y que
“el tango declara una época, la explica”. Y también recurrimos a
“Picaresca porteña”, en donde da cuenta de los cambios que, según él,
produjo el cierre de los prostíbulos en Argentina. El tercer ensayo de
Carella es “El sainete criollo”.
Pero hay una obra
que no aparece en ninguna reseña sobre Tulio Carella en la Argentina.
Tampoco se habla de las circunstancias que rodearon ese libro. Se trata de
una novela que se publicó en Brasil en 1968, en portugués, y es
absolutamente inhallable en la ciudad de Carella.
Se llamó Orgia.
En
Orgía, Tulio escribió con precisión quirúrgica el proceso por el
cual se fue transformando en un frecuentador del lado oscuro de Recife, de
los paseos pecaminosos por las márgenes del río Capibare, en los que
conoció, entre otros, a King Kong, un muchacho de 22 años que lo llevó al
delirio sexual, al que describió como “un monstruo obcecado, poseído por
un furor erótico exaltado, implacable (que) perdió el control de sus
reacciones”.
Transformado, Tulio
usaría un cruelísimo lenguaje para describir lo que hasta ese momento no
tenia nombre. “El violentísimo deseo de King Kong me contagia plenamente.
Olvido el pudor, las precauciones de la prudencia y las restricciones
morales. Me siento compelido a entregarme, ansío sentir y disfrutar de ese
instrumento gigantesco. Me relajo, ayudo al macho que, con movimientos que
duelen y no duelen, va penetrando en mis entrañas”. Finalmente, después de
una detallada descripción de sus sensaciones en la relación sexual,
Carella escribió: “Nos lavamos en la pileta, nos vestimos. Una sonrisa
agradable ilumina el rostro de King Kong, que se siente y vuelve a tomar
el lápiz. Me pregunta si estoy contento. Respondo, omitiendo la mitad de
la verdad: “Dolió mucho”. El otro escribe, con una expresión orgullosa
“Dolió pero gustó”.
¿Cómo llegaría el
porteño Carella a enloquecer de sexo homosexual en Brasil, cumpliendo la
fantasía argentina de que el país del norte era patria liberada, como ya
imaginaban en la época en que dibujaban la bandera de Brasil con la frase
“Ojete en peligro” (“Culo en peligro”).
El proceso fue
contado por su amigo, anfitrión y traductor Hermilo Borba Filho y lo
estudio largamente el historiador y ensayista brasileño Joan Silverio
Trevisan en su fundamental “Devasso no paraiso. A homossexualidade no
Brasil, da colonia a atualidade”.
La presencia de
Tulio y las extrañas circunstancias en las que se vio envuelto impactaron
en Brasil pero prácticamente son desconocidas en Argentina. El profesor,
como lo conocieron en Brasil, había dejado esposa en Buenos Aires. Llegó a
Recife en 1962 para cumplir un contrato como profesor de dirección y
escenografía en la Escuela de Teatro de la Universidad local. “Los hechos
e impresiones del viaje fueron escrupulosamente anotados por él en un
diario (más tarde publicado) que se constituyó en uno de los más
perturbadores documentos sobre el súbito proceso de transformación (o
locura) de un extranjero en los trópicos.
Alto, con ropas
extrañas para el norte brasileño, hablando español tardó nada en ser
considerado toda una originalidad en las calles de Recife. Rápidamente lo
fascinaron los negros con sus “cráneos espejados, color del acero
lustroso, son lascivos y crueles. El aire afrodisíaco que llega del mar
los hace tiernos y sanguinarios. Constituyen para mí una inagotable fuente
de asombro. Tener uno cerna me produce una especia de felicidad, y en el
momento, no pido nada mas. Esto es África en América”, escribió en su
diario.
La descripción de
cómo va subiendo la apuesta erótica hasta conocer a King Kong suena
honesta y se lo nota sorprendido a Carella. Con la misma precisión que
describía el asco de la nenita a la que había manchado en un colectivo en
Buenos Aires, como hizo en Picaresca porteña, Tulio ahora es el
protagonista de esas andanzas: “Ómnibus. Durante todo el trayecto, un
moreno apoya su sexo en mi mano. Por mi parte, apoyo mi mano en un
marinero cuya cola sobresale en una curva armoniosa (…) Sentirme rodeado
por este deseo incesante me hace feliz (…) Gane mucho al venir a esta
ciudad. Me siento liberado (…) Me desprendo de mi país, de mis costumbres,
como la cáscara de un fruto que acaba de madurar. Creo que está naciendo
otro yo (…) Yo parecía un hombre creado para encender conchas pero hago
arder las pijas como antorchas”. Quizás en Recife se haya podido
contestar a la pregunta que se hacia en Picaresca porteña: “Por alguna
razón no estudiada aun, y que se mantiene en reserva, los sitios de mala
fama atraían a los desviados sexuales”.
Mirando la novedad
de los televisores en las vidrieras notó imprevistamente que los muchachos
se juntaban y se palpaban. Lo palpaban. No tardo en descubrir sitios de
mala fama que atraían a jóvenes y adultos, un circuito de masturbaciones
mutuas, sexo oral subrepticio y toqueteos varios. En todos sus textos se
repite obsesivamente la palabra negro: “Si la repito constantemente es
porque la siento como una nota musical, una canción arrulladora, algo
envolvente (…) creo que por las venas de los negros no corre sangre sino
luz del sol, la sustancia vital de los trópicos. Aquí ellos tienen el aire
del cisne y usan sus harapos con una majestuosidad indescriptible”
Según Trevisan:
“Carella está fascinado también por los negros rubios, típicos del
Nordeste brasileño y allí llamados sararás que tienen la misma
complexión física que los negros, excepto que su piel es clara y sus
cabellos rubios, debido a una anomalía congénita caracterizada por la
falta de pigmentación”. Justamente el famoso King Kong es un sarará de 22
años por quien rápidamente Tulio se siente atraído. En la primera
conversación que tienen no buscan subterfugios ni disimulos. King Kong le
cuenta cual es su orgullo “23 por 4 de diámetro”, le dice. Tulio decide
entonces llevarlo inmediatamente a su cuarto.
Sin importarle que
sea Viernes Santo y en las calles avance una procesión cantando músicas
religiosas, Trevisan anota refiriéndose a la descripción del encuentro
entre Tulio y King Kong: “En su diario, Carella escribe alguna de las más
bellas páginas de erotismo homosexual que conocemos; tal vez por vana
precaución, habla en tercera persona y se llama a sí mismo con el
seudónimo de Lucio Ginarte.
La historia con el
sarará King Kong parece no haber terminado como a Tulio le hubiera
gustado. Es que el muchacho estaba de novio y tenía pensado casarse.
Convirtiéndose en el “ministro” que le paga a su “antropófago”, Tulio pagó
a King Kong dinero que el sarará usó para irse con unas prostitutas que le
transmitieron una enfermedad infectocontagiosa. Es por eso que durante un
tiempo no pudieron tener sexo. Tulio desistió de una relación más estable
como hubiera deseado. Sin embargo los hombres lo continuaron cercando. Lo
contó en su diario.
“Así como las
grandes colas siguen a las novias, aquí se forma una gran cola de jóvenes
y hombres que me siguen. No es posible sacarlos de encima mío, parecen
sanguijuelas (…) Hay operarios, mulatos, changarines, negros, malvestidos,
descalzos, que me inspiran deseo y soy deseado por ellos”
Son los primeros
años de la década de 1960 que Tulio pasará en Recife, cambiando
radicalmente su vida. Recién a su vuelta a la Argentina escribirá
“Picaresca porteña”, es por eso que llama la atención que en ese libro
hable despectivamente de “parafilias” con el bagaje que traía a cuestas.
Algo que sí hace en Picaresca es nombrar, casi a cuento de nada, a su
anfitrión en Recife, Hermilo Borba Filho. Le debía grandes favores,
Hermilo sería quien estaría con él en el peor momento, el de la expulsión.
Los años que Tulio
vivió en Brasil no fueron tiempos fáciles para ese país ni para el mundo.
Dos acontecimientos que poco parecen tener que ver con las andanzas de
Tulio, pero que serian vitales para la tragedia que se desataría,
ocurrieron en enero de 1961.
El día 8, Estados
Unidos rompió relaciones con Cuba. El 31 de junio Quadros asumió la
presidencia de Brasil.
Solo una semana
después, en esa misma ciudad que Tulio recorrió de punta a punta,
deteniéndose especialmente en los puentes pecaminosos del rio Capibaribe,
en los mercados y en los baños públicos, vería pasar con asombre, no ya la
corte de varones que perseguía a Tulio, sino una manifestación de
campesinos descalzos, con rifles y machetes, exigiendo derechos mínimos,
un pedazo de tierra. Más de uno, seguramente, habrían sido de esos
sararás que tanto entusiasmaron al tanguero trasplantado. Encabezaba la
marcha.
Francisco Julio,
hijo de una acaudalada familia de terratenientes que desde hacía seis años
venía impulsando los sindicatos rurales conocidos como Liga Camponesas de
Pernambuco. Los militares brasileños buscaban desesperadamente desentrañar
que relación había – en el caso de que la hubiera y ellos no tenían duda
de que así era – entre la Revolución Cubana y las Ligas Campesinas. En ese
estado de sospecha, un presidente como Quadros, que el 3 de agosto
condecoró al astronauta ruso Yuri Gagarin y el 19 repitió la acción nada
menos que con Ernesto “Che” Guevara, tenia los días contados. Fueron solo
seis. Debió renunciar una semana después, el 25 de agosto, y partir
urgentemente para Londres. Cuando el 7 de septiembre el vicepresidente
Joao Goulart, asumió la presidencia, hubo movilizaciones urbanas y
rurales, simpatizantes de la Revolución Cubana y las Ligas Campesinas.
Los militares
brasileños decidieron que las cosas habían llegado demasiado lejos y se
impusieron rastrillar todo Recife, todo Pernambuco si era necesario, para
encontrar el punto de unión entre los revolucionarios cubanos y los “sin
tierra” pernambucanos.
Encontraron
rápidamente al responsable de esa unión. Era un argentino alto, grandote,
que no se sabía bien que estaba haciendo en Recife pero al que era común
ver rodeado de gente que no pertenecía a su clase social, en lugares
extraños. Era el contacto que seguramente vendía armas cubanas a los de
las ligas campesinas en exóticos encuentros en el muelle, en baños
públicos, en los puentes.
La historia de la
detención de Tulio está contada por su amigo Hermilo Borba Filho, en el
libro Deus no pasto, editado en 1972 y jamás reeditado. Hay, sin
embargo, una versión contada por Álvaro Machado en la revista electrónica
Opera Prima.
“Un buen día, cuenta
Borba Filho, el profesor argentino dejó de ir a la escuela. Algunos días
más tarde, tres alumnos suyos fueron a buscarlo a su apartamento, al no
encontrarlo, siguieron
La búsqueda por
hospitales, en la Policía y en la morgue. Nada. Desaparición completa. La
tierra de Recife se abrió y engulló al extranjero, pensaron. Hablaron con
el rector y con el cónsul argentino. Quedaba solamente esperar que
apareciese el cuerpo. Finalmente un hombre de aquel tamaño tendría que ser
visto por los cuervos. Sería imposible que escapase. Quince días después,
el rector mando a llamar a Borba Filho para anunciarle:
- Ese hombre
es un pederasta
- ¿Qué hombre?
- ¿Qué hombre
(…) Adiós amigos, compañeros de mi vida.. Está en su apartamento... Cancelé el
contrato y voy a mandarlo de regreso a su país. No puedo permitir que la Escuela
Analítica de Geometría y Artes pasa por esta desmoralización.
-
Pero, ¿Dónde
ha estado todo este tiempo?
-
Vaya al
apartamento si quiere saber
En el apartamento
Carella preparaba su equipaje: valijas, cajas, paquetes...
-
Mirá
mis manos...
Las miré. Los nudos
de los dedos estaban despellejados y como la cascara todavía no se había
formado, se veían las heridas de un castaño rojizo. Levanté los ojos
interrogantes y él explicó:
-
Me pegaron
mucho en las manos para dar la impresión de que yo había reaccionado.
-
Se
sacó los zapatos y también pude ver las marcas en las plantas de los pies.
Cuando se saco la camisa constaté grandes rayas que cruzaban su espalda
enorme, flagelada por latigazos de cuero.
-
Me
agarraron saliendo de acá del departamento.
-
¿Quiénes?
-
Ellos
-
¿Tus
amigos?
-
No,
los otros – hizo una pausa y continuó – estaba saliendo justamente para ir
al Departamento de Extranjeros a revalidad la visa de mi pasaporte, cuando
paró un jeep con dos sujetos en el frente y uno atrás.
Borba Filho detalla
entonces en su libro como Carella fue secuestrado por la Policía, preso en
un cubículo y torturado para que confesase que entregaba furtivamente, en
los puertos y en los baños públicos, mensajes de revolucionarios cubanos
para receptores de armas. Vendado, llegó a ser colocado en un avión y
transferido a la celda de una fortaleza, en una isla.
Solamente después,
cuando revisaron su departamento y encontraron el diario, fue liberado. El
jefe de los torturadores le comunicó:
-
Todos pueden cometer un error (dijo con una sonrisa). Pero por las dudas
(me previno) sacamos copias de su diario. Si cuenta esta historia,
publicaremos los fragmentos escabrosos que escribió y entonces será
completamente denigrado.
-
Impotente para
reaccionar, antes de partir el argentino le dijo a Borba Filho:
-
Ya
te mandaré algunas páginas del diario – dijo de repente, levantando la
cabeza – el diario de un contrabandista cubano – reafirmó con una sonrisa
amarga.
Deportado inmediatamente, chantajeado por funcionarios del Estado, Tulio volverá
a la Argentina y no dirá una palabra sobre su experiencia brasileña, tampoco
volverá más al país en donde fue otro. Se separó de su esposa y editó “Picaresca
porteña”.
Murió de un paro cardíaco en 1979.
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