Wystan Hugh Auden (1907-1974), británico nacionalizado
estadounidense, es uno de los mayores poetas del siglo pasado en
lengua inglesa. Esta entrevista fue realizada pocos meses antes de
su muerte.
 Estaba sentado bajo las luces blancas que despedía un portal,
tomando una gran taza de café solo de desayuno. Fumando un
cigarrillo detrás de otro, hacía el crucigrama de la página diaria
de reseñas del «New York Times» que por casualidad aquel día
publicaba, junto a su fotografía, un comentario sobre su último
volumen de poemas. Cuando terminó el crucigrama dobló el
periódico, echó un vistazo a las esquelas y fue a tostar el pan.
Sobre la pregunta de que si había leído la reseña, Auden respondió:
«No; naturalmente. Está claro que este tipo de cosas no está hecho
para que yo las lea...». Sus visiones singulares, sus
prioridades y sus gustos estaban fuertemente expresados en la
decoración del apartamento de Nueva York que habitaba durante el
invierno. Las tres grandes habitaciones principales de techo alto
estaban pintadas en gris oscuro, verde pálido y púrpura. De las
paredes colgaban dibujos de amigos -Elizabeth Bishop, E. M. Forter ,
Paul Valery, Chester Kallman- enmarcados simplemente en oro. Había
también una acuarela original de Blake, El Acto de la
creación, en el comedor junto a muchos dibujos de desnudo
masculino. En el suelo del dormitorio yacía un retrato suyo sin
marco y con la cara frente a la pared. El lúgubre salón que daba
sobre la fachada, con grandes pilas de libros, estaba a oscuras,
excepto cuando hacía una excursión a las cajas de manuscritos para
consultar el Oxford English Dictionary. La cocina de Auden
era larga y estrecha, con muchas ollas y sartenes colgadas. Prefería
ese tipo de glotonerías como la lengua, los callos, los sesos y las
salchichas polacas, y consideraba que comer filetes era de orden
inferior (es terriblemente no chic). Bebía martini con
Smirnoff, vino tinto y coñac, evitaba la marihuana y confesaba haber
probado, bajo control médico, el LSD. «No he sentido mucho, pero
tengo la impresión precisa de que los pájaros estaban tratando de
comunicarse conmigo». Su conversación era humorística, ceremoniosa e
inteligente. Una especie de cotilleo humanista global, sin interés
por las maquinaciones de la ambición ni por la poesía creta, y con
la absoluta exclusión de cualquier influencia electrónica. Como
había dicho una vez: «Acabo de regresar de Canadá, donde he tenido
una pelea con Mac Luhan. Yo he ganado».
-¿Por qué ha insistido tanto en que esta conversación se
celebre sin magnetófono? -Porque si hay alguna cosa que
valga la pena retener, el periodista debe ser capaz de recordarlo.
Truman Capote contaba la historia del entrevistador al que se le
había roto el cassette en medio de la charla. Truman esperó mientras
el otro trataba en vano de arreglarlo. Finalmente le preguntó si
podía continuar. El periodista contestó que no se tomara la
molestia. ¡No estaba acostumbrado a escuchar lo que decían sus
personajes!
-Creía que la objeción residía en el instrumento en sí.
Usted ha escrito un poema que condena la máquina fotográfica como
una máquina infernal. -Sí, produce dolor. Normalmente,
cuando uno va por la calle y se encuentra a alguien que sufre, trata
de ayudarlo, o bien mira hacia otra parte. Con la fotografía no
existe la decisión humana. No se está allí, uno no puede volverse
hacia otra parte. Simplemente se queda mirando con la boca abierta.
Es una forma de «voyeurismo». Creo que los primeros planos son
inciviles.
-¿ Existía alguna cosa en particular a la que tuviera miedo
de niño... la oscuridad, las arañas o cosas de este tipo?
-No, no era muy miedoso. Las arañas me asustaban. Es una fobia
personal que dura toda la vida. Arañas y pulpos. Pero nunca he
tenido miedo de la oscuridad.
-¿Era un niño parlanchín? Recuerdo que en alguna parte ha
descrito el carácter autista de su mundo privado. -Sí,
era locuaz. Naturalmente había cosas en mi mundo privado que no
podía compartir con los demás. Pero siempre he tenido un pequeño
número de buenos amigos.
Los inicios
-¿Cuándo empezó a escribir poesía? -Creo que mi
caso particular es un tanto extraño. Tenía que ser ingeniero de
minas o geólogo. Entre los siete y los doce años pasé muchas horas
construyendo un mundo propio, altamente elaborado y basado sobre
todo en el paisaje calcáreo de la cuenca minera y en una industria:
la extracción del plomo. Creía que en esta actividad debía
concederme ciertas reglas. Podía escoger entre dos máquinas
necesarias para realizar este trabajo, pero tenían que ser
verdaderas máquinas que encontrara en los catálogos. Podía decidir
entre dos formas de secar una mina pero no me concedía la
posibilidad de usar medios mágicos. Después llegó un día que, cuando
lo recuerdo ahora, me parece muy importante. Estaba proyectando mi
idea de refinería; la idea platónica de aquello que hubiera debido
ser. Había dos ti- pos de maquinaria para la separación de la turba,
uno me parecía más hermoso que el otro, pero lo consideraba más
eficiente. Me encontré frente a algo que sólo puedo llamar una
elección moral. Era mi deber escoger el segundo, el más eficiente.
Más tarde me he dado cuenta de que en la construcción de este mundo
habitado sólo por mí ya estaba empezando a aprender cómo se escribe
la poesía. Después, la decisión final que en su momento me pareció
fortuita, tuvo lugar en 1922, en marzo, cuando caminaba campo a
través con un compañero de escuela que después fue pintor. «¿Nunca
escribes poesía?», y yo dije: «No», nunca había pensado hacerlo.
«¿Por qué no lo haces?» y en aquel momento decidí que aquello era
justamente lo que tenía que hacer. Mirando atrás me doy cuenta de
que el terreno ya estaba preparado.
-¿ Cree que sus lecturas tuvieron influencia en su
decisión? -Bien, hasta aquel momento la única poesía que
había leído eran algunos libros como los Cautionary Tales de
Belloc, Struwwelpeter de Hoffman y Ruthless Rhymes For
Heartless Homes. Mi poema preferido decía así: «Into the
drinking well/ The plumber built her/ Aunt Maria fell;/ We must buy
a filter». Naturalmente leía muchas cosas de geología y sobre la
extracción del plomo. Uno era A Visit lo Alston Moore de
Sopwith, Underground Lile era otro. Leía todos los libros de
Beatrix Potter y también de Lewis Carroll. Me gustaba La reina de
nieve de Andersen y también Las Minas del Rey Salomón de
Haggard. Comencé a leer relatos policiales con Sherlock Holmes
-¿A Cristopher Isherwood lo conoció en la escuela?
-Sí, cuando nos conocimos yo tenía ocho años y él diez. Ibamos
juntos al colegio, el St. Edmund's School de Hindhead, en Surrey.
Siempre recuerdo lo que le oí decir en cierta ocasión. Caminaba con
Mr. Isherwood durante un paseo dominical por Surrey y Cristopher
dijo: «Creo que Dios debía estar cansado cuando creó esta región».
Aquella era la primera vez que oía un comentario que me pareció
gracioso.
Los buenos maestros
-¿Tuvo buenos maestros? -Excepto en
matemáticas, tuve la suerte de tener unos profesores excelentes,
sobre todo en ciencias. Cuando fui al examen oral, Julian Huxley me
enseñó un hueso y me pidió que le dijera qué era: «La pelvis de un
pájaro», dije, y daba la casualidad de que era la respuesta justa.
El me respondió: «Algunos han dicho que era el cráneo de un reptil
extinguido».
-¿Alguna vez le ha enseñado a escribir a alguien?
-No, nunca. Si tuviera que enseñar poesía, cosa que gracias a
Dios no hago, me concentraría en la prosodia, la retórica, la
filología y en aprender poemas de memoria. Puedo estar completamente
equivocado pero no veo qué se puede aprender a excepción de algunas
técnicas; qué es un soneto, o algo de prosodia. Si existiera una
academia poética, las materias tendrían que ser totalmente
diferentes: historia natural, historia, teología, otras cosas.
Cuando he estado en los colleges he insistido en dar cursos
académicos normales sobre el siglo XVIII o sobre el Romanticismo.
Pero a los artistas les convendría no tener nada que ver con la
literatura contemporánea. Si tienen puestos académicos tienen que
hacer trabajo académico y cuanto más lejos estén del tipo de cosas
concernientes a aquello que escriben, mejor. Tendrían que enseñar el
siglo XVIII, algo que no interfiera con su trabajo y que, sin
embargo, les dé para vivir. Enseñar «escritura creativa» creo que es
peligroso. La única posibilidad que puedo concebir es un sistema de
aprendizaje como el del Renacimiento en el que si un poeta estaba
muy ocupado cogía algunos estudiantes para que le acabasen los
poemas. Entonces se enseñaba «verdaderamente» y, naturalmente, había
responsabilidad, dado que los resultados aparecían bajo la firma del
poeta.
-He notado que en sus primeros trabajos se observa cierta
dureza contra Inglaterra. Da la sensación de que esta en guerra con
su país y esto no se da en los poemas que ha escrito aquí en los
Estados Unidos: parece más en su casa. -Sí, es cierto.
Estoy convencido de que en parte es una cuestión de edad. Todos
cambiamos. Es terriblemente importante para un escritor tener la
propia edad, no ser más joven o más viejo de lo que realmente es. Se
puede uno preguntar: ¿qué tendré que escribir a los sesenta y cuatro
años?, pero nunca lo que debiera haber escrito en 1940. Creo que es
siempre un problema.
-¿Existe alguna edad en que el escritor esté en el máximo
de sus fuerzas? -Algunos poetas como Wordsworth se
agotan bastante temprano. Otros como Yeats han hecho su mejor
trabajo a una edad avanzada. Nada es calculable. Envejecer trae
problemas pero se tienen que aceptar sin escándalo.
-¿Qué le ha hecho elegir EEUU como su
país? -Bien, el problema con Inglaterra es la vida
cultural; era absolutamente gris y sospecho que todavía lo sea. En
cierto modo es la dificultad que se encuentra en cierto tipo de vida
familiar. Yo amo muchísimo a mi familia pero no quiero vivir junto a
ella.
-¿Ve alguna transformación entre la lengua que empleaba
Inglaterra y la que emplea que está en América? -No.
Obviamente, alguna menudencia, sobre todo escribiendo en prosa. Hay
algunas rima que no podrían ser aceptadas en Inglaterra. Aquí se
puede hacer clerk con work, cosa que no puede en
Inglaterra. Pero son pocas cosas; decir twenty of en vez
de twenty to o aside from en vez de apart from.
-¿Desde cuándo vive la ¿Dónde vivía antes de conseguir este
apartamento? -Vivo aquí desde el 52. Vi América en el
39. He vivido en Brooklyn Heights. Luego di clases en Ann Arbor, y
posteriormente en Swarthmore. Tuve una casa en el ejército con el
U.S. Strategic Bombing Survey. Al ejército no le gustaban en
absoluto nuestros informes porque sentían que, a pesar de todos
nuestros bombardeos sobre Alemania, su producción de armas no
disminuyó hasta que perdieron la guerra. Lo mismo Vietnam del Norte.
Los bombardeos no valen para nada. Pero sabe cómo es la gente del
ejército. No les gusta oír cosas que contradigan lo que piensan.
Políticos y escritores
-¿Ha tenido muchos contacto con hombres de la política y de
gobierno? -He tenido poquísimos con tactos con este tipo de
gente. Conocí a estudiantes cuando estaba en Oxford que luego lo han
sido -Hugh Gaitskell, Crossman y alguno más-. Creo que nos arregla.
Creo que nos arreglaríamos bastante bien sin los políticos. Nuestros
líderes deberían ser elegidos por sorteo. La gente podría votar
según su conciencia y las computadoras ocuparse de lo demás.
-¿Qué piensa de los escritores como líderes? Yeats, por
ejemplo, tenía cierto interés? -¡Y era terrible!
Raramente los escritores son buenos líderes. Son empleados de sí
mismos y tienen escasos contactos con sus clientes. Para un escritor
es fácil no ser realista. No he perdido mi interés por la política,
pero he llegado a darme cuenta de que en casos de injusticia social
o política solamente funcionan dos cosas: la acción política y los
reportajes periodísticos creíbles acerca de los hechos. Las artes no
pueden hacer nada. La historia política y social de Europa sería la
misma, aunque Dante, Shakespeare, Michelangelo, Mozart, etc. no
hubieran vivido. Un poeta en cuanto tal tiene un solo deber
político: dar un ejemplo con su escritura del uso correcto de su
lengua materna, continuamente corrompida. Cuando las palabras
pierden su significado, se impone la fuerza física. Es cierto que un
poeta si lo desea puede escribir lo que llaman poesía engagée
pero tiene ante todo que darse cuenta de que es él mismo el que
obtendrá el beneficio. Aumentará su reputación entre aquellos que
piensan como él.
-El actual deterioro y corrupción del lenguaje, la
imprecisión del pensamiento y demás, ¿le da miedo o es solamente una
fase de decadencia? -Me aterroriza. Busco con mi ejemplo
personal combatirla. Repito que el papel del poeta es mantener la
sacralidad del lenguaje.
-¿Piensa que el presente de nuestra civilización será visto
en el futuro, si es que existe un futuro, como una decadencia de
anteguerra? -No, creo que no tiene nada que ver con otra
guerra. Pero en el pasado la gente sabía lo que querían decir las
palabras, independientemente de la amplitud de su vocabulario. Ahora
la gente oye y repite un vocabulario radiotelevisivo, un treinta por
ciento mas amplio que el que conoce por su significado. El uso de
palabras más ultrajantes de las que haya tenido experiencia fue en
una ocasión que me invitaron al programa televisivo de David
Suskind. Durante el intermedio debía hacer la publicidad de una
sociedad de inversión y anunció que aquellos señores estaban
«obsesionados por la integridad». ¡No podía creer lo que estaba
oyendo!
-Usted ha dicho que el arte malo es malo de forma muy
contemporánea. -Sí. Naturalmente, uno se puede equivocar
sobre aquello que es bueno o malo. El gusto y criterio pueden
diferir. Pero es necesario ser fiel a uno mismo y tener confianza en
el propio gusto. Por ejemplo, yo puedo disfrutar de una buena
película lacrimosa en la que, por ejemplo, una vieja madre ha sido
enviada al asilo: aunque sepa que es horrorosa, seguiré derramando
lágrimas. No creo que un buen trabajo haga siempre llorar. Housman
decía que con la buena poesía tenía una curiosa sensación física; yo
no la he sentido nunca. Si se ve el Rey Lear no se llora. No
se está obligado.
-Usted ha dicho que la historia de su patrón, San Wystan,
es más bien hamletiana. ¿Es usted un poeta hamletiano?
-No, no podría serlo. En lo que a mí concierne, la mayor
influencia de Shakespeare ha sido el uso de un vasto vocabulario.
Una cosa que hace al inglés tan maravilloso para la poesía es su
gran amplitud de gamas y el hecho de que no es una lengua flexiva.
Los verbos se pueden transformar en nombres y al contrario, como
hacía Shakespeare. Esto no se puede hacer con lenguas flexivas como
el alemán, el francés o el italiano.
-En los inicios de los años treinta escribía para un
público que quería provocar y concienciar. -No; yo trato
de mostrar las cosas y espero que alguien lo lea. Alguien pregunta:
¿para quién escribe?, y yo respondo: ¿Usted me lee? Si dice que sí
yo le digo: ¿Le gusta?; si responde que no, yo le replico: Entonces
no escribo para usted.
Verso y disciplina
-¿Entonces piensa en un público concreto cuando escribe
poesía? -Es imposible decirlo. Si se tiene alguien en la
mente... la mayoría probablemente estén muertos. Uno se pregunta si
lo aprobarían o no y después incluso si alguien te leerá después de
haber muerto.
-Usted ha sido siempre un formalista. Los poetas actuales
parecen preferir el verso libre. ¿Cree que esto último libera de la
disciplina? -Aquí, desafortunadamente, ocurre muy a
menudo. Pero desde un punto de vista estrictamente hedonista no
logro comprender cómo se puede obtener placer en escribir sin
ninguna forma. Si se juega, se tiene necesidad de reglas; de otro
modo no existe el gusto. La poesía más desenfrenada tiene que tener
una sólida base en el sentido común y esto creo que es la ventaja
del verso formal. Además de las ventajas correctivas, el verso
formal libera de las cadenas del propio yo. Aquí me gusta citar a
Valery, que decía que uno es poeta si su imaginación es estimulada
por las dificultades inherentes a su arte y no si la imaginación
está por ello ofuscada. Pienso que poquísimos pueden tratar el verso
libre, es preciso un oído infalible como D. H. Lawrence para
determinar dónde acaba el verso.
-¿Hay poetas que haya leído que le parecieran espíritus
afines? Pienso en Campion con el que comparte esa gran fascinación
por la métrica. -Tengo varios favoritos y Campion es uno
de ellos. También George Herbert y William Barnes; todos tienen en
común, en efecto, cierto gusto por la métrica. Estos serían los
poetas que me hubiera gustado tener como amigos. A Dante no me
hubiera gustado conocerlo personalmente. Era una terrible «prima
donna».
-¿Puede decir algo sobre la génesis de la poesía? ¿Qué es
lo que acude primero? -Cuando llega el momento siempre
tengo dos cosas en la cabeza: un tema que me interesa y un problema
de forma verbal, metro, dicción, etc. El tema busca la forma
adecuada: la forma busca el tema apropiado. Cuando los dos se
encuentran estoy preparado para empezar a escribir.
-¿Empieza sus poemas por el principio?
-Normalmente, como es natural, se empieza por el principio y se
trabaja hasta alcanzar el final. A veces, sin embargo, se empieza
con un verso en la cabeza, tal vez el último. Se comienza, creo,
con cierta idea sobre la organización temática aunque normalmente,
se cambia durante el proceso de escritura.
-¿Utiliza algún estimulante para la inspiración?
-Nunca escribo cuando estoy borracho. ¿Por qué se debe tener
necesidad de estimulantes? La Musa es una noble doncella a la que no
le gusta ser cortejada de un modo brutal o grosero. Y tampoco tiene
vocación de esclavo; en cualquier otro caso, miente.
-Y muestra «lo absurdo con la cara de luna, aquel erudito
falsario», como dice en una de sus Bucólicas.
-Exactamente. La poesía no es expresión de sí. Cada uno
de nosotros tiene visiones únicas que espera comunicar. Esperamos
que leyendo alguien dirá: cierto, lo he sabido siempre, pero nunca
antes me había dado cuenta. En general sobre este punto estoy de
acuerdo con Chesterton cuando decía que el temperamento artístico es
una enfermedad que afecta a los dilettantes.
-Muchos poetas trabajan por la noche, tienen manías,
hábitos irregulares. -Lo siento, querido amigo, pero no
es necesario ser bohemien.
-¿Por qué no está de acuerdo con la reciente publicación de
las primeras pruebas de La tierra baldía, de Eliot?
-Porque ninguno de los versos que ha dejado fuera te hace desear
que lo haya mantenido. Creo que este tipo de cosas hace pensar a los
dilettantes: ¡Mira, lo podría haber hecho yo también!
Considero vergonzoso que la gente pase más tiempo sobre una primera
versión que sobre una poesía completa. Valerie Eliot no deseaba
tener que publicar las primeras pruebas, pero una vez descubiertas
sabía que al final serían dadas a conocer; así que lo ha hecho él
mismo para asegurarse que fuera de la mejor manera posible.
-En su Commonplace Book Vd. ha escrito: «El comportamiento
funciona y también la tortura». -Y efectivamente
funciona. Pero estoy seguro que si me dieran al profesor B. F.
Skinner y me proporcionasen las medicinas y material adecuado
conseguiría hacerle resucitar en una semana y ante el público el
Credo Atanasiano. El problema con los conductistas es que hacen todo
para excluirse a sí mismos de sus teorías. Si todas nuestras
acciones son comportamientos condicionados, sin duda lo son también
nuestras teorías.
-¿Pero es que no se puede ex traer alguna razón por saber
que un poeta comienza literalmente en la «sucia tienda de
chamarilero del corazón»? -Puede ser que para él sea
necesario comenzar desde este punto, pero no hay razón para que los
otros puedan verlo. Me gusta citar a Valery, quién dice que, cuando
la gente no sabe hacer otra cosa, se quita los vestidos.
-¿ Ve alguna espiritualidad en todos aquellos «hippies» en
St. Mark's Place? Vive en medio de ellos desde hace algún tiempo.
-No conozco a ninguno, no le puedo decir. Lo que me
gusta de ellos es que han tratado de revivir el espíritu del
Carnaval, algo que ha estado vistosamente ausente de nuestra
cultura. Pero tengo el temor de que cuando renuncian totalmente al
trabajo su diversión se convierte en escuálida.
-Su nueva poesía Circe trata particularmente este tema: «No
brutaliza a sus víctimas -unas bestias podrán morder o huir-. Los
simplifica en flores, fatalistas sentados, que no se preocupan de
nada y se hablan sólo a sí mismos». Evidentemente usted conoce esta
generación más de cuanto admite. -Tengo que decir que
admiro a aquellos que no entran en la competición, en la carrera de
ratones, que renuncian al dinero ya los bienes mundanos. Yo no sería
capaz, soy con mucho demasiado mundano.
Tendencias y gustos
-¿Tiene tarjetas de crédito? -Una. No la uso si
puedo prescindir de ella. La he utilizado una sola vez en Israel
para pagar la cuenta de un hotel. He crecido en la tendencia de que
no se puede comprar nada que no se pueda pagar en metálico. La idea
de la deuda me molesta. Supongo que la economía caería si todos
hubieran crecido como yo.
-¿Es un buen hombre de negocios? ¿Consigue hacer
buenos contratos? -No, no me tomo ni siquiera el tiempo
de pensarlo.
-Pero trata de obtener lo posible por SU poesía.
El otro día me ha sorprendido ver un poema suyo en «Poetry» que paga
sólo cincuenta centavos por verso. -Obviamente cojo
aquello que puedo, ¿quién no lo haría? Creo que me han enviado su
cheque el otro día y lo he gastado antes de tenerlo.
-¿Es un «gourmet»? -Me gusta mucho comer. Me
encanta estar en Austria porque mi amigo Mr. Kallman es un
chef experto, así que durante el verano me aficiono. Aquí vivo
yo solo y es distinto. Cuando se cocina para uno mismo se cogen
manías por cualquier cosa. Comiendo solo no se tiene ganas de pasar
mucho tiempo y se mastica de prisa. Me gusta el buen vino, pero
tampoco hago un drama. Hay un vino tinto de mesa, el Valpolicella,
que tomo con placer tanto aquí como en Austria. Sabe mucho mejor que
el Chianti que, cuando lo bebo aquí, sabe a tinta roja.
-¿Se olvida de comer cuando está escribiendo?
-No. Yo vivo pegado al reloj. No podría tener hambre si
no tuviera reloj en la muñeca.
-¿ Cuáles son los peores versos que conoce de un gran
poeta? -Creo que están en The Dynasts de Thomas Hardy,
cuando Napoleón trata de huir de Elba; es bastante insufrible.
-¿Y qué dice de Yeats?: «Si De Valera hubiera comido el
corazón de Pamell?, o de Eliot: «Por qué tendría el viejo aguila que
desplegar sus alas?» -Esos en realidad no son malos,
sólo inintencionadamente cómicos. Serían magníficas didascalias para
las viñetas de Thurber. Cuando era estudiante en Oxford encontré
una: «Isobel con los senos saltantes/me persiguió verano...».
-¿Cuál es la poesía de Aude que le gusta menos?
-«Semptember 1939». y tengo miedo de que haya ido a parar un
montón de antologías.
-¿De qué poema se siente más orgulloso? -Está
en mi comentario a Tempestad de Shakespeare, una poesía escrita en
prosa, un pastiche del último Henry James, de Calibán al
público.
-¿Ha terminado de leer alguna vez un libro que odiaba?
-No; perdón, una vez lo hecho. He leído todo el Mein
Kampf porque era necesario para saber qué pensaba. Pero no ha
sido un placer.
-¿Ha hecho alguna vez reseña de un libro que od¡aba?
-Muy raramente. A menos que uno sea crítico de profesión
o reseñe un libro de consulta en el que los hechos estén
equivocados; entonces es un verdadero deber informar al público,
como se le advertiría de que la leche está agria. Escribir reseñas
malignas puede ser divertido, pero no creo que sea un ejercicio
saludable para el carácter.
— «Tenía que ser ingeniero de
minas o geólogó. Más tarde me he dado cuenta de que en la
construcción de aquel mundo minero estaba aprendiendo cómo se
escribe la poesía».
-¿ Cuál es el piropo poético, bonito que ha
recibido? -Fue de una forma inusual. Una amiga, Dorothy
Day, había sido encarcelada entre el ángulo de la Sexta Avenida y la
Octava Calle por participar en una manifestación. Pues bien, una vez
por semana, el sábado, las chicas eran obligadas a desfilar hacia
las duchas. Estaban ya introduciendo a un grupo cuando una de ellas,
que era prostituta, proclamó en alta voz: "Centenares han vivido sin
amor/pero ninguno sin agua...", un verso de un poema mío que había
sido publicado en el New Yorker. Cuando me lo contaron supe
no había escrito en vano.
-¿Ha leído alguna vez libros sobre la liberación de la
mujer? -Estoy un tanto desconcertado. Ciertamente
podrían quejarse por la historia de la publicidad, como la lencería
femenina y ese tipo de cosas.
-¿Existen diferencias esenciales entre la poesía de los
hombres y la de las mujeres? -Hombres y mujeres tienen
dificultades opuestas que afrontar. La dificultad para el hombre es
evitar ser un esteta, evitar decir las cosas no porque sean verdad
sino porque son poéticamente eficaces. La dificultad para la mujer
es distanciarse suficientemente de las emociones. Ninguna mujer es
una esteta. Ninguna mujer ha escrito jamás versos absurdos. Los
hombres son «play-boys», las mujeres realistas. Si se cuenta una
historia grotesca sólo una mujer pregunta: ¿ha sucedido en serio?
Creo que si los hombres supieran las cosas que dicen las mujeres de
ellos, la raza humana se extinguiría.
-¿ Cree que nos iría mejor si las mujeres dirigieran la
humanidad? -Creo que la política exterior debería ser
totalmente arrancada de las manos de los hombres. Los hombres
deberían continuar haciendo máquinas, pero las mujeres deberían
decidir qué máquinas tendrían que fabricarse. Las mujeres tienen
mucho más sentido común. No hubieran inventado nunca el motor de
combustión interna o ninguna de las máquinas. La mayor parte de las
máquinas de cocina son buenas, no impiden desarrollo de otras
capacidades. Con nuestros líderes el caso es, demasiado a menudo, el
de uno niño que dice a otro: Mi padre puede pegar al tuyo. En este
punto los juguetes han sido transformados en algo demasiado
peligroso.
-¿Ha conocido a los locos? -Naturalmente he
conocido a personas que se han ido de la cabeza. Todos las hemos
conocido. Gente que está un poco dentro, un poco fuera. He conocido
a varias personas maniaco-depresivas. He pensado a veces que se les
podía hacer bien si quisieran organizar una sociedad anónima de
maníacos-depresivos. Podrían vivir juntos y hacerse bien unos a
otros.
-No creo que funcionara. -¡Todos tienen sus
altos y bajos!
-Si tuviera que enloquer, ¿cuál cree que sería su
locura? -No puedo imaginarme enloquecer. Es simplemente
algo que mi imaginación no puede soportar. Puedo verme tocado, pero
es distinto. Hay un libro muy divertido titulado Los tres Cristos
de Ypsilanti, sobre un hospital en el que hay tres señores, cada
uno de cuales cree que es el Señor, lo que es bastante común a
excepción un caso que encontró en realidad un discípulo.
-¿Y la colaboración? ¿Ha examinado alguna vez sus poemas
con T. S. Eliot? -No, no se puede esperar de los demás
este tipo de cosas. El ha sido muy bueno conmigo, me ha animado. No
se sentía celoso de los otros escritores. Lo había encontrado poco
antes de dejar Oxford. Le envié algunos poemas y me pidió que fuese
a verlo. Fue quien publicó mi primera cosa, era Paid on Both
Sides y vio la luz en The Criterion en el 28 ó 29.
-¿Isherwood le ayudó por aquellos tiempos? -Sí,
enormemente. En verdad a esa edad se depende de los amigos, se lee
el propio trabajo y ellos lo critican. Es lo mismo para cada
generación.
-¿ Colaboró en algún momento con él en Oxford?
-La primera vez que colaboré con Isherwood debió ser en
el 33 ó 34 -The Dog Beneath the Skin-. Siempre me ha gustado
colaborar. Es estimulante. Verdaderamente no se puede colaborar
sobre una poesía en particular. Se puede colaborar en una
traducción, en un librito o en un drama y me gusta trabajar de ese
modo, aunque solamente se puede hacer con gente con la que se
comparten ideas fundamentales. Cuando una colaboración funciona, las
dos personas interesadas se transforman en una tercera persona que
es distinta de cada uno de ellos tomados individualmente.
Naturalmente cada trabajo llevado al escenario es una colaboración
porque hay que contar con actores y productores y Dios sabe qué más.
Poesía y música
-¿La poesía contiene la música? -Se puede
hablar de música verbal en la medida en que se recuerda que el
sonido de las palabras es inseparable de su significado. Las notas
musicales no denotan nada.
-¿Hay una diferencia de método cuando escribe versos que
deben ser transformados en música? -Escribiendo palabras
que después serán musicalizadas, hay que tener presente que sólo una
de cada tres será percibida. Entonces conviene evitar imágenes
complicadas. Están bien los verbos de movimiento, interjecciones,
listas y nombres como Luna, Mar, Amor o Muerte.
-Usted ha escrito el himno de las Naciones Unidas para ser
musicalizado por Pau Casals. ¿Cuáles eran sus fines? -El
problema al escribir este himno, en el que no se debe ofender a
ningún hombre, a la naturaleza o al mundo, era cómo evitar los
clichés más tristes. Decidí que la clave estaba en crear imágenes
musicales, porque la música, a diferencia del lenguaje, es
internacional. Casals y yo nos escribimos y él fue extremadamente
generoso en alterar su partitura cuando, como ocurrió un par de
veces, me parecía que acentuaba las sílabas de forma errónea.
-¿De dónde viene su interés por las sagas
irlandesas? -Mi padre ha contribuido en ello. Su familia
provenía de una zona que sirvió de cuartel general al ejército
vikingo. El nombre Auden escrito Audun es bastante frecuente en las
sagas. Mi madre provenía de Normandía. Tengo una antepasada de
nombre Birch que se casó con un Constable; sé que la familia estaba
orgullosa porque se casó con un pintor. He visto algunos retratos
suyos realizados por él. Debió ser muy hermosa. Tengo otra pariente
que se caso con un hindú. Esto se identifica mejor con la línea
familiar que dice que o se casa con un inglés o un brahman.
-¿Y su padre era médico? -Sí, pero en la época
que se casó con mi madre la medicina no estaba considerada como una
profesión respetable. Una de las tías dijo poco antes de la boda:
cásate si tienes que hacerlo, pero nadie irá a visitarte.
-¿Usted cree en las diferencia de clase entre las formas y
entramados sociales? -Hasta cierto punto sí. Se habla
con gente a la que tiene algo que decírsele. Creo que el primer
requisito de una civilización es que sea capaz de producir una
conversación civil.
-Muchos escritores y artistas bajan en los mass-media o
utilizan sus técnicas para componer o enfocar su trabajo.
-Nunca he tenido esa tentación. Supongo que la cosa funciona
bien con gente como Norman Mailer. Personalmente no veo cómo una
persona civilizada pueda mirar la televisión y mucho menos tener un
aparato. Prefiero los relatos policiales, especialmente los del
padre Brown. Ni siquiera tengo mucho interés por la ciencia ficción.
He leído un poco a Verne cuando era pequeño pero no me siento
fascinado por otros planetas. Me gustan donde están, en el cielo.
Otros escritores
-¿Existen medios de comunicación que son tabú para usted?
-Sí, la televisión, todas las películas, excepto
aquellas cómicas -Chaplin y los hermanos Marx eran más bien
divertidos- y el rock and roll son para mí tabús.
-¿Los periódicos? -Para mí son penosos, pero
hay que leerlos para saber lo que ocurre. Trato de despacharlos lo
antes posible. No es nunca demasiado agradable por la mañana abrir
el New York Times.
-¿Ha leído o tratado de leer Finnegans Wake?
-No soy muy experto en Joyce. Naturalmente es un gran genio,
pero su trabajo es simplemente demasiado largo. Joyce mismo decía
que quería que la gente pasara la vida en su trabajo. Para mí la
vida es demasiado breve y preciosa. El Ulises me da la misma
impresión. Además Finnegans Wake no se puede leer como se lee
normalmente. Se puede hojear, pero no creo que haya nadie capaz de
leerlo de un tirón y recordar lo que ha sucedido. En pequeñas dosis
es distinto. Recuerdo que cuando se publicó Anna Livia
Plurabelle, conseguí leerlo entero y apreciarlo. En general, me
gusta que las novelas sean cortas y divertidas. Hay excepciones,
naturalmente; con Proust, por ejemplo, uno se da cuenta de que no ha
podido ser más corto. Creo que los novelistas modernos preferidos
son Ronald Firbank y P. G. Wodehouse porque los dos hablan del Edén.
-A propósito, ¿sabe que se le menciona en Finnegans
Wake? -Lo sé, no sabría decir el número de página, pero
he visto la nota.
-¿Le disgustaría comentar algo sobre Yeats?
-Encuentro muy difícil ser imparcial con Yeats porque tuvo sobre
mí una mala influencia. Me ha llevado a una retórica que para mí
estaba sobresimplificada. No es necesario decir que la culpa no fue
suya, sino mía. Era un grandísimo poeta. Pero él y Rilke han tenido
un mal efecto sobre mí, así que me es difícil juzgarles de forma
imparcial.
Eliot y los demás
-¿Y la influencia de Eliot? -En realidad, Eliot
puede tener muy poca influencia estilística directa sobre otros
poetas. Quiero decir que es raro encontrar una poesía y poder decir:
estaba leyendo a Eliot. Se puede hacer con Yeats y Rilke pero no con
Eliot. Es un poeta muy idiosincrático y nada imitable. Mi trabajo es
mucho más fácil de usar como modelo estilístico. No digo esto con
sentido peyorativo. Es lo mismo con Gerald Manley Hopkins; ambos son
muy personales y no pueden ser fácilmente adaptables a la propia
sensibilidad. Cuando se intenta se tiene simplemente a un Hopkins
ahogado.
-¿Cree que Gerontion es la poesía más grande de
Eliot? -De nuevo esta idea de elegir; ¿a qué se deberá?
En realidad se desea preferir muchas.
-¿Entonces cree que Gerontion es un poema muy
místico? -No estoy seguro de que místico sea la palabra
adecuada. En realidad, una parte de su trabajo se basa en su forma
de percibir, tan peculiar. Por eso es muy idiosincrático. En este
sentido creo que es muy revelador un comentario que hizo sobre la
Beatriz de Dante. Aunque si Dante declaraba haberla conocido a los
nueve años, Eliot estaba convencido de que se habían encontrado
incluso antes. Creo que esto es muy revelador de Eliot. Y todos esos
niños que se columpian en los manzanos... se debe referir a
cualquier visión precoz muy fuerte. Pero no era un poeta
confesional, así que no sabemos cómo fue.
-Eliot hizo entender que estaba influido por San Juan de la
Cruz, alguien a quien sí podemos llamar místico. ¿Usted lo lee
mucho? -Su poesía es notabilísima, pero no en lo que
tiene que ver conmigo. Esencialmente porque la experiencia mística
no puede ser verbalizada. Cuando desaparece el yo desaparece también
el dominio sobre el lenguaje. Tengo que decir que era extremadamente
audaz, usa las metáforas más audaces del orgasmo. Esto guarda
relación, ya que en ambos casos, el orgasmo y la unión mística, el
yo desaparece.
-¿Dedica mucho tiempo a actividades eclesiales?
-No, aparte de ir a la iglesia los domingos.
-Pero usted tiene cierta reputación en los ambientes
teológicos; ha mantenido relación con la Guild of Episcopal
Scholars. -Querían solamente algún consejo sobre la
revisión de los salmos. Efectivamente soy un apasionado contrario a
la reforma litúrgica, y me hubiese gustado que el Book of Common
Prayer hubiera permanecido en latín. El rito es el anillo de
unión entre los muertos y los no nacidos y tiene necesidad de una
lengua sin tiempo que en la práctica quiere decir una lengua muerta.
Siento curiosidad por saber los problemas que existen en Israel
actualmente, donde hablan una lengua que por mucho tiempo no ha sido
hablada.
-¿Habla hebreo? -No. Me gustaría. Es una lengua
maravillosa. Otra cosa que me gustaría en la Iglesia es el
Seder. He estado una o dos veces y me he quedado
impresionado. Nosotros no tenemos nada parecido. La Ultima Cena es
una cosa dirigida a la comunidad pero no a la familia.
-¿Y los ritos matrimoniales? -La idea de la
boda me parece genial, pero sin embargo considero que lo que arruina
tantos matrimonios es la idea romántica del enamoramiento. Creo que
le ocurre a la gente que posee una mente inusualmente fértil. Sin
duda es una experiencia mística que sucede. Pero creo que, con la
mayoría de la gente que cree estar enamorada, la situación puede ser
descrita más simple y me temo que más brutalmente. El problema con
todo este asunto de amor es que uno u otro acaba por sentirse mal y
culpable porque ve cómo las cosas no van como ha leído. Me temo que
los matrimonios funcionaban más felizmente cuando estaban
organizados por los padres. Creo que es esencial que la pareja
comparta el sentido del humor y la visión de la vida. Lo mismo que
Goethe, creo que los matrimonios deberían celebrarse de una forma
más humilde y sencilla porque son el inicio de algo.
-¿Qué es aquel libro tan gordo? -Es la
autobiografía de Goethe. Es sorprendente. Si me pidieran hacer una
biografía de mis primeros veintiséis años no creo que llegara a las
sesenta páginas. Goethe llena ochocientas. A mí me interesa la
historia, pero no el pasado. Me interesan el presente y las próximas
veinticuatro horas.
-¿Cree en el diablo? -Sí.
-En Austria vive en Audens trasse. ¿Sus vecinos saben quién
es? -Mis vecinos saben que soy poeta. En el pueblo en el
que vivo había un famoso poeta austriaco Joseph Weinheber, así que
están habituados. Se suicidó en el 45.
-¿Y sus vecinos de aquí? -No lo sé. Sólo que
mis dividendos han crecido en el último año. Apareció un artículo
sobre mí en Daily News, que al parecer lo leen todos aquí.
Después de aquello pensaron que debía ser alguien. Fue muy gracioso
recibir todas aquellas atenciones.
-¿Encuentra que en el extranjero los escritores son más
respetados que aquí? -No podría afirmarlo. Cuando me
preguntan qué hago, a la gente le respondo que soy historiador
medieval. Congela la conversación. Si uno dice que es poeta recibe
extrañas miradas que quieren decir: sí, pero de qué vive. Hace
tiempo se estaba orgulloso de tener en el pasaporte, profesión:
gentilhombre. El pasaporte de Lord Antrim decía simplemente
Ocupación: Par, lo que encuentro justo. He llevado una vida
afortunada. He tenido una familia feliz y mis padres me han dado una
buena educación. Mi padre era médico y también una persona culta,
así que nunca tuve la idea de que arte y ciencia fueran opuestos
ambos se practicaban en mi casa. Nunca he tenido que hacer nada que
me disgustara. En verdad he tenido que hacer trabajos que no haría
si hubiese tenido dinero, pero siempre me he considerado un
trabajador, no un luchador. Hay mucha gente que realiza trabajos que
no le gustan en absoluto. Nunca ha sido mi caso y estoy contento.
© «París Review», 1974.
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