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Poco
tienen qué decir los biógrafos y estudiosos de Wystan Hugh Auden
sobre su relación con Edmund Wilson, salvo la referencia a una nota
más encomiástica que crítica: "W. H. Auden in America" (1956), en la
que se diría que Wilson celebraba a Auden no tanto por lo que era o
había sido sino por lo que, en su opinión, estaba dejando de
ser.
Wilson
creía por entonces que, al nacionalizarse como norteamericano, Auden
renunciaba a ser inglés, a ese tipo insular, casi parroquial, casi
de ghetto, que era el inglés idiosincrásico, oxfordiano,
lleno de tics 100% británicos. Wilson le auguraba una nueva época
ecuménica a su poesía, con menos excentricidades y bromas del Club
Britannia.
Auden ni
siquiera cuenta, hasta donde se sabe, con algún ensayito de
circunstancias sobre Wilson, ni se me ocurre qué podría decir sobre
un escritor que era a tal grado su opuesto: Wilson veneraba las
fuentes históricas y periodísticas de la literatura, así como la
lógica y la estricta documentación de las opiniones, cosas que
incitaban a Auden al horror y al furor. Nada más diferente de los
limpios y exactos ensayos de Wilson que los aleatorios, desbalagados
y chisporroteantes de Auden, que por supuesto hacían que Wilson se
arrancara los pelos de incredulidad e irritación. "¡Otra vez
Michelet!", se quejaría Auden de Wilson. "¡Otra vez Tolkien!", se
quejaría Wilson de Auden.
Aunque
Wilson era 12 años mayor que Auden, ambos autores recorrieron
caminos con paradas semejantes: estación Freud, estación Marx,
estación Horror de Stalin, estación Reconsideración del Liberalismo
Europeo, estación Patriarcas Paradójicos de la Cultura Occidental.
Pero Wilson detestaba a los homosexuales, a los ingleses y a los
vanguardistas, le parecían por igual unos freaks, unos
irresponsables; Auden no soportaba a los ultrarresponsables
paterfamilias judeocristianos, racionalistas, que a todo le buscaban
un sentido lógico, histórico y consecuente.
Aunque
Wilson hizo más que cualquier otro pensador de la lengua inglesa por
entender y propagar las vanguardias europeas (El castillo de
Axel), en realidad su gusto iba en otro sentido, como vemos en
sus poemas y en sus ensayos críticos, donde no hay mucho espacio
para Eliot ni para Pound, por lo menos no tanto como el que concede
a poetas más tradicionalistas como Edna St. Vincent Millay.
Si bien
Auden, como Isherwood, trató de desbritanizar su literatura, e
integrarla a los amplios espacios de su tiempo (Nietzsche, Brecht,
Proust, Valéry, Rilke, Gide, Cocteau, Mann), a la larga terminó como
un consumado British eccentric, según la expresión de Edith
Sitwell. Isherwood se asombraba de cómo aun físicamente, conforme
envejecía, Auden se volvía más y más insular, e incluso las arrugas
de su rostro lo iban haciendo más y más parecido a un malencarado
león del Museo Británico. Auden, por su parte, no supo leer a Dos
Passos, ni a John Reed, ni a Scott Fitzgerald, ni a Faulkner, ni a
Mencken, ni mucho menos al propio Edmund Wilson.
Pero la
edad, Nueva York, los tragos y el humor conspiraron para volverlos
amigos a partir de los años cincuenta ("como siempre", escribe
Wilson en 1966, "llegó el momento —hacia el final de la primer botella
de vino— en que me rindió extravagantes cumplidos, y dijo
que yo era la única persona para la que él escribía —debió haber
querido decir, en los Estados Unidos—, o algo por el estilo, y que
me necesitaba").
Por los
diarios de Wilson sabemos que en sus frecuentes borracheras Auden le
contaba puras inconsecuencias y excentricidades (probablemente
adrede, para hacerlo rabiar), y que Wilson caía siempre en la
trampa, usaba la lógica, los datos, el sentido común; trataba de
volver inteligible la realidad, sólo para lograr que Auden dijera
más y más locuras, como aquella de que todo se explicaba porque,
como era bien sabido, lo único que ya se podía hacer con los pobres
en la postguerra postmarxista era prenderles fuego...
Auden se hacía
el chamaco travieso y siempre terminaba convirtiendo a Wilson en una
especie de maestro y papá, al cual ponerle zancadillas. "Cena con
Auden", escribe Wilson en 1970. "Ha dado, como todos, por encontrar
que en Nueva York ya no se puede vivir. Me contó lo mucho que sus
amigos significan para él: yo he seguido siendo su amigo, puede
contar conmigo, dijo. Creo que estos hombres sin matrimonio
(unmarried men) suelen depender de sus amigos en una forma
que los hombres casados nunca lo hacen...".
¿Auden diría que, a
cierta edad, los hombres casados empiezan a hablar incluso entre
amigos con tal respetabilidad, como si a todas horas los estuvieran
rodeando sus esposas y ex-esposas, hijos y nietos, y el notario de la
familia?
Tal vez
Auden dependiera menos de Wilson de lo que pretendía. Tal vez Wilson
soportara las atrabiliarias tiradas de Auden por algo más que el
culto al dueño del oficio y de la magia poéticas: por amistad a un
viejo camarada.
El caso es que por años buena parte de su vida
afectiva de viejos partía de sus borracheras en restaurantes y bares
de hotel en Nueva York. Auden presumía de nunca sufrir una cruda;
Wilson —la dura carga entera del hombre responsable sobre sus
hombros— todas las sufría doble.
Pero el
bebedor irresponsable tenía un truco infalible contra su viejo
amigo: la mezcla de excentricidad con puntualidad británica: se
permitía casi todo, menos contravenir las órdenes de su reloj.
Wilson lo anota con amargura.
Protegido por su excentricidad, Auden
llegaba al restaurante y sin más pedía una botella de vino, a
cualquier hora; Wilson, más ritual (y mejor gustador del alcohol,
desde luego), pedía aperitivos, luego el vino, y se demoraba en los
coñacs y los digestivos, y no tenía para cuándo parar.
Cerca de las
nueve, Auden decidía que era tiempo de dormir y que ningún hombre
civilizado podía seguir despierto después de las nueve. La escena
concluía con un Wilson más que servido, interrumpido y abandonado en
su alta borrachera, pidiendo un taxi a su hotel, donde abriría —otra
vez, en su alta edad— el servibar y recordaría versos y amores hasta
el amanecer; y un Auden triunfador, que había dosificado y
jugueteado sus copitas de simple vino y todavía podía hacerse el
sobrio.
Rumbo a su casa (por la que jamás pasaba una escoba) Auden
ya iba preparando el somnífero que le cortaría por arte de magia la
borrachera y la cruda (a eso lo llamaba the chemical
life).
Fuentes: Edmund Wilson: The Sixties,
Farrar, Strauss, Giroux, Nueva York, 1993; Monroe K. Spears:
Auden, Prentice Hall, Englewood Cliffs, N. J., 1964, y
las biografías de Auden escritas por Charles Osborne y Humphrey
Carpenter.
José
Joaquín Blanco. Escritor. Entre sus libros recientes: Mátame
y verás (novela, 1995); Garañón de la luna (poesía,
1995); la antología El lector novohispano (publicada en la
colección Los Imprescindibles, Cal y arena, 1996); ensayos:
Crónica literaria (1996) y Pastor y ninfa. Ensayos de
literatura moderna (1998).
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