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Dame
la lira de Homero,
pero
sin cuerdas teñidas de sangre;
traedme
las copas,
sobre
las cuales reine la ley del festín;
traédmelas,
mezclaré en ellas el vino,
siguiendo
las reglas consagradas;
quiero
embriagarme, bailar y tontear un rato:
quiero
entonar el canto báquico
sobre
la lira con mi voz mas fuerte.
Dadme
la lira de Homero,
pero
sin sus cuerdas manchadas de sangre.
Los
caballos llevan en sus costados
una
marca
impresa a fuego.
Los
partos son fáciles de reconocer
por su
tiara.
Yo por mi
parte,
se
descubrir enseguida a los amantes.
Llevan,
en el fondo del alma,
una marca
muy leve.
Vamos,
tráenos, muchacho, la copa
que de un
trago la apuro.
Échale
diez cazos de agua y cinco de vino,
para que
sin excesos otra vez
celebre
la fiesta de Dionisio
Ea,
otra vez,
no
sigamos de este modo,
entre
estrépitos y gritos
bebiendo
como los escitas,
sino
entre bellos cantos
bebiendo
con moderación.
Arrojándome
de nuevo su pelota de púrpura
Eros
de cabellera dorada
me
invita a compartir el juego
con
la muchacha de sandalias multicolores.
Pero
ella, que es de la bien trazada Lesbos,
mi
cabellera, por ser blanca, desprecia,
y
mira, embobada, hacia alguna otra.
Oh,
muchacho,
que
tienes una mirada virgen,
te
estoy buscando
y
tu no me haces caso.
Y
es que no eres consciente
de
que
eres al auriga de mi alma.
De
Clébulo estoy enamorado,
por
Clébulo enloquezco,
a
Clébulo mis ojos lo persiguen.
Oh
Soberano, compañero de juegos
de
Eros seductor y de las Ninfas
de
párpados azules y de la purpúrea Afrodita,
tu
que reconoces
las
elevadas cumbres de los montes.
A
ti te imploro, y tú benévolo acúdenos
a
escuchar nuestro ruego agraciado.
Sé
tú de Clebulo un buen consejero,
y
que acepte, Oh Dionisio, mi amor.
Arrojándome
de nuevo
desde
la roca de Léucade (1)
me
sumerjo en la mar canosa,
ebrio
de amor.
Canosas
ya tengo las sienes
y
blanquecina la cabeza,
pasó
ya la graciosa juventud,
y
tengo los dientes viejos;
del
dulce vivir el tiempo
que
me queda ya no es mucho.
Por
eso sollozo a menudo,
estoy
temeroso del Tártaro.
Pues
es espantoso el abismo del Hades,
y
amargo el abismo de bajada.
Seguro
además
que
el que ha descendido no vuelve.
Potrilla
tracia, ¿por qué me miras de
reojo, y sin piedad me huyes, y
piensas que no sé nada sabio? Ten
por seguro que a ti muy bien yo
podría echarte el freno, y
con las riendas en la mano dar
vuelta a las lindes del estadio. Pero
ahora paces en los prados y
juegas con ágiles cabriolas, porque
ni tienes un jinete experto
en yeguas.
De
nuevo amo y no amo y
deliro y no deliro.
¿
Para qué me enseñas las leyes y
argumentos de los retóricos ? ¿Qué
tengo yo que ver con semejantes discursos
que de nada me sirven ? Mejor
enséñame a beber el suave licor. Mejor
enséñame a divertirme con
la adorada Afrodita.
¡Por
los dioses! ¡Déjame beber! ¡Beber
sin interrupción! Quiero enloquecer. ¡Toma
tú las armas, yo bebo...! Muchacho
tráeme la copa. Si
he de yacer por tierra, es
mejor que sea embriagado que no muerto.
Trae
agua, trae vino. ¡Oh,
muchacho, tráeme guirnaldas. ¡Que
sea pronto, que estoy luchando
ya contra Eros.(2)
Alzo
el vuelo al Olimpo con
unas alas tenues., Eros
tiene la culpa: pues
mi chico no quiere pasar
su tiempo a mi vera.
Ten
por seguro que a ti muy bien yo
podría echarte el freno, y
con las riendas en la mano dar
vuelta a las lindes del estadio. Pero
ahora paces en los prados y
juegas con ágiles cabriolas, porque
ni tienes un jinete experto
en yeguas.
(1)
El salto desde la roca de Léucade era la forma de suicidio de
los enamorados.
(2)
Estos
versos fueron encontrados en un mosaico del Siglo II D.C. en donde había
una figura que representaba a Anacreonte
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