570 - 485  A. C.

 Fragmentos de textos de Anacreonte

Dame la lira de Homero, 

pero sin cuerdas teñidas de sangre;

traedme las copas, 

sobre las cuales reine la ley del festín;

traédmelas, mezclaré en ellas el vino,

siguiendo las reglas consagradas; 

quiero embriagarme, bailar y tontear un rato: 

quiero entonar el canto báquico 

sobre la lira con mi voz mas fuerte. 

Dadme la lira de Homero, 

pero sin sus cuerdas manchadas de sangre.

 

 


 

Los caballos llevan en sus costados

una marca impresa a fuego.

Los partos son fáciles de reconocer

por su tiara.

Yo por mi parte,

se descubrir enseguida a los amantes.

Llevan, en el fondo del alma,

una marca muy leve.

 


 

Vamos, tráenos, muchacho, la copa

que de un trago la apuro.

Échale diez cazos de agua y cinco de vino,

para que sin excesos otra vez

celebre la fiesta de Dionisio

 


 

Ea, otra vez,

no sigamos de este modo,

entre estrépitos y gritos

bebiendo como los escitas,

sino entre bellos cantos

bebiendo con moderación.

 


 

Arrojándome de nuevo su pelota de púrpura

Eros de cabellera dorada

me invita a compartir el juego

con la muchacha de sandalias multicolores.

Pero ella, que es de la bien trazada Lesbos,

mi cabellera, por ser blanca, desprecia,

y mira, embobada, hacia alguna otra.

 


 

Oh, muchacho,

que tienes una mirada virgen,

te estoy buscando

y tu no me haces caso.

Y es que no eres consciente

de que eres al auriga de mi alma.

 


 

De Clébulo estoy enamorado,

por Clébulo enloquezco,

a Clébulo mis ojos lo persiguen.

 


 

Oh Soberano, compañero de juegos

de Eros seductor y de las Ninfas

de párpados azules y de la purpúrea Afrodita,

tu que reconoces 

las elevadas cumbres de los montes.

A ti te imploro, y tú benévolo acúdenos 

a escuchar nuestro ruego agraciado.

Sé tú de Clebulo un buen consejero,

y que acepte, Oh Dionisio, mi amor.

 


 

Arrojándome de nuevo

desde la roca de Léucade (1)

me sumerjo en la mar canosa,

ebrio de amor.

 


 

Canosas ya tengo las sienes 

y blanquecina la cabeza,

pasó ya la graciosa juventud,

y tengo los dientes viejos;

del dulce vivir el tiempo

que me queda ya no es mucho.

Por eso sollozo a menudo,

estoy temeroso del Tártaro.

Pues es espantoso el abismo del Hades,

y amargo el abismo de bajada.

Seguro además 

que el que ha descendido no vuelve.

 


 

Potrilla tracia, ¿por qué me miras 

de reojo, y sin piedad me huyes,

y piensas que no sé nada sabio?

Ten por seguro que a ti muy bien

yo podría echarte el freno,

y con las riendas en la mano

dar vuelta a las lindes del estadio.

Pero ahora paces en los prados

y juegas con ágiles cabriolas,

porque ni tienes un jinete

experto en yeguas.

 


 

De nuevo amo y no amo

y deliro y no deliro.

 


 

¿ Para qué me enseñas las leyes

y argumentos de los retóricos ?

¿Qué tengo yo que ver  con semejantes

discursos que de nada me sirven ?

Mejor enséñame a beber el suave licor.

Mejor enséñame a divertirme 

con la adorada Afrodita.

 


 

¡Por los dioses! ¡Déjame beber!

¡Beber sin interrupción! Quiero enloquecer.

¡Toma tú las armas, yo bebo...!

Muchacho tráeme la copa.

Si he de yacer por tierra,

es mejor que sea embriagado que no muerto.

 


 

Trae agua, trae vino.

¡Oh, muchacho, tráeme guirnaldas.

¡Que sea pronto, que estoy

luchando ya contra Eros.(2)

 


Alzo el vuelo al Olimpo

con unas alas tenues.,

Eros tiene la culpa:

pues mi chico no quiere

pasar su tiempo a mi vera.

 


Ten por seguro que a ti muy bien

yo podría echarte el freno,

y con las riendas en la mano

dar vuelta a las lindes del estadio.

Pero ahora paces en los prados

y juegas con ágiles cabriolas,

porque ni tienes un jinete

experto en yeguas.

    

 

(1)  El salto desde la roca de Léucade era la forma de suicidio de los enamorados.

(2) Estos versos fueron encontrados en un mosaico del Siglo II  D.C. en donde había una figura que representaba a Anacreonte


 

 

ISLA  TERNURA PLAYA NO ERES EL ÚNICO