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| 356 - 324 a. C. | ||
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Nunca le gustaron las mujeres, se casó con dos, pero por motivos políticos, conseguir un heredero para su inmenso imperio. La primera vez con Roxana, una princesa sogdiana, y la segunda con Estateira, la hija de su enemigo Darío III, a la vez que casaba a su gran amor Hefestión con la hermana de ésta. Conoció a Hefestión, hijo de un príncipe macedonio, en la academia que Aristóteles creó cerca de Pella por orden del rey Filipo. Ambos tenían quince años, y parece ser que, según relata Plutarco, el flechazo fue instantáneo. Fue su único y gran amor, su Patroclo (el que fuera amante de Aquiles), su camarada, amigo, confidente, le siguió en el destierro y hasta los últimos desiertos de Mesopotamia. Hefestión era alto, guapo, rubio, fuerte, un gran estratega, irresistible para las mujeres, pero solo consintió casarse cuando Alejandro se lo ordenó. Quería que los hijos de su amado fueran sobrinos suyos para hacer aún más fuertes los lazos que les unían.
Según
Plutarco, cuando Alejandro llegó al sitio de la antigua Troya, dejó un
tributo en la tumba de Aquiles, y Hefestion dejó otro en la de Patroclo, como símbolo de su relación, ya que en la antigüedad se
suponía que éstos habían sido amantes (leer La Ilíada). Apenas un año
después el propio Alejandro murió en Babilonia sin haberse
recuperado nunca de la perdida de su amado. Tenía 32
años. “Bello, sabio, audaz, intrépido, afortunado y glorioso. Destinado a morir joven y a que el mundo hable de él para siempre”, Así describía Quinto Arrio, uno de sus numerosos biógrafos, a Alejandro Magno, el hombre que en sus 32 años de vida más cambió la faz de la tierra, difundió la lengua y la cultura griega por todo Oriente y aún hoy sigue siendo adorado como dios por miles de personas en todo el mundo, y admirado por los colectivos gays, no sin razón. Nunca un gay llegó más alto. |
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