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Fue el tercer rey de la taifa de Sevilla, de la dinastía de los
Abbadíes. Ocupó el reino cuando falleció su progenitor Al Mutadid en el año 1069. Permaneció en el trono hasta el año 1091, fecha en que fue derrocado por los
almorávides.
El mismo se autoproclamó como "el Ayudado por Dios". A lo largo de su reinado logró ocupar Córdoba, tras arrebatársela a
al-Mamun de Toledo en 1070. Sus terrenos se expandieron a tierras toledanas y a la taifa de Murcia.
Debido a las disputas surgidas entre los reinos taifas, Sevilla pagaba una paria a
Alfonso VI de Castilla.
Asimismo mantuvo la relación de vasallaje con los
monarcas castellanos, lo que le obligó a pagar elevadas
cantidades en concepto de parias. La costosa protección de
Castilla se convirtió en amenaza cuando Alfonso VI conquistó
Toledo (1085), lo que decidió a al-Mu'tamid a solicitar la
ayuda de Yusuf ibn Tasfin, emir de los almorávides. Yusuf
derrotó a Alfonso VI (1086), pero cinco años después, el emir
almorávide ocupó Sevilla y al-Mu'tamid fue desterrado al
Magreb, donde falleció en 1095. Fue un destacado poeta además
de un importante mecenas de la cultura islámica, bajo cuyo
reinado la ciudad de Sevilla se convirtió en uno de los
principales núcleos intelectuales y artísticos de su
tiempo.
Se rodeó de grandes literatos y otorgó a la corte sevillana un esplendor cultural y desconocido que la sitúan como una de las más importantes urbes de su época.
Murió cuatro años después de ser destronado y desterrado al Atlas marroquí.
Al-Mutamid
escribió, refiriéndose a su paje, 'Lo hice mi esclavo, pero la
humildad de su mirada me convirtió en su prisionero, de tal modo
somos ambos y al mismo tiempo esclavo y señor uno de otro',
expresaba un sentimiento con el que sus súbditos podían
simpatizar y probablemente ellos mismos habrían compuesto o
recitado versos similares."
"Al-Mutamid se
enamoró también del poeta Ibn Ammar, de quien no soportaba estar
separado, 'ni siquiera una hora, ni de día ni de noche', y a quien
convirtió en uno de los hombres más poderosos de España. Un poco
antes, en ese mismo siglo [el XI], el reino de Valencia había sido
gobernado por una pareja de ex-esclavos que se habían enamorado y habían
ascendido juntos en las filas del servicio civil hasta colocarse en una
situación tal como para gobernar por sí mismos. Los historiadores
musulmanes, llenos de admiración, caracterizaron su gobierno conjunto
como una relación de plena confianza y mutua devoción, sin un indicio
siquiera de competencia o de celos, y su amor fue celebrado en verso por
poetas atraídos a su corte desde toda España.
Una familia envuelta
en sangre
Se convirtió en heredero cuando su padre ordenó matar al
primogénito. Fracasó en la toma de Málaga, porque su ejército estaba
borracho. Cuando los almorávides tomaron Sevilla se vio obligado a partir
al destierro.
Su abuelo Mohammad ben
Qasim, fundador de la dinastía, llegó al
poder en 1035 instalando en el trono a un doble del califa Hisem II,
muerto o asesinado. El seudo-Hisem era cierto hijo de un esterero que se
le parecía mucho y que sólo aparecía en público para refrendar cuanto
dijera Al Qasim.
Muchos se lo creyeron y otros tuvieron que fingirlo para
conservar su cuello. El hijo, Al Mutadid, que lo sucedió
en 1042, continuó algún tiempo con el embuste, hasta que una vez seguro de
su poder tras haber conquistado, traicionado, envenenado y seducido a
mansalva, se coronó sin mayores ceremonias. Fue un político terrible y un
caudillo militar formidable, que convirtió la taifa de Sevilla en la más
importante de Al Andalus.
Tenía varios hijos pero el segundo, conocido como
Mutamid, era el más
apuesto, sensible, valeroso, delicado y feroz. Habría sido uno de tantos
príncipes guerreros en la España de los reinos de taifas si a su hermano
mayor no lo hubiera mandado ejecutar su propio padre por supuesta traición
o simple cobardía en una operación militar de conquista. Mutamid quedó
automáticamente convertido en heredero y como tal había sido quizá
designado secretamente por su padre.
En la senda del amor
poético
Sin embargo, cuando
el muchacho tenia 12 años cometió éste el error de enviarlo a Silves, en
el Algarve, para que lo educara un personaje singularísimo, sacado por el
propio Mutadid del arroyo gracias a un poema elogioso que le había
dedicado poco antes. Aque l rey tenía la debilidad de la poesía,
con predilección maniática por el tema floral, y encontró en Abu Bakr Ben
Ammar a un talento excepcional en todos los órdenes de la vida, excepto el
moral. Pero eso no lo sabía cuando le confió a su hijo, que quedó marcado
para siempre por esa compañía.
Pocos años mayor que
Mutamid, Ben Ammar, llamado de Silves por el
señorío que le otorgó Mutadid, lo introdujo en todos los placeres de la
carne, pero también del espíritu.
Con toda probabilidad lo sedujo y a él
se refería Mutamid cuando escribía: «Nuestro compañero amado combatió con
ojos, espada y lanza/ A veces caza mujeres, bellas gacelas; a veces
hombres, valientes leones». Pero se trataba de una dependencia afectiva y
psicológica más que propiamente sexual.
Cuando, ya separado de Ben
Ammar, su padre le envió a tomar Málaga y
fracasó -entre otros detalles, porque su ejército estaba borracho-, su
comportamiento en el campo de batalla fue tan valeroso que no lo
mandó decapitar como a su primogénito, sino que lo readmitió en aquella
corte sevillana donde todo, hasta el crimen, parecía tocado por la
estética.
No en balde su primer ministro era el formidable poeta Ben
Zaydun, autor acaso del mejor poema hispanoárabe, la qasida en
nun. Ben Zaydun dejó Córdoba amargado por las intrigas políticas y
las penas amorosas y sirvió eficazmente a Mutadid hasta su muerte, en
1071.
El año 1058 fue clave en la vida del entonces príncipe
Mutamid. Su
padre lo hizo venir de Silves para encargarle sus primeras tareas
militares y alejarle de la molicie y la influencia de Ben Ammar. Ese mismo
año, Mutadid había decidido jubilar para siempre al falso califa y asumir
el trono, con lo que el príncipe tuvo un poder sólo menor que su afán de
gloria. Pero además le aguardaba un encuentro de muy distinta índole.
Paseando un día a orillas del Guadalquivir con un amigo -Ben Ammar, si no
había sido aún expulsado de la Corte-, jugaban a completar poemas,
entretenimiento inconcebiblemente popular en la sociedad andalusí de la
época. Al levantarse una ligera brisa sobre el río, dijo Mutamid: «El
viento teje lorigas en las aguas».
Esperaba la respuesta de su compañero, cuando ambos oyeron:
«¡Qué coraza si se helaran!».
Era una voz oculta en los juncos. Tras ellos descubrieron a una joven
bellísima llamada Rummaykiya, que resultó ser esclava de un arriero.
Mutamid la llamó a palacio, enloqueció de amor y la hizo su esposa,
tomando el nombre de Itimad, aunque en palacio la llamaran, cómo
no, La Señora.
No tenía suerte en sus amores Mutamid,
acaso porque le cegaban la belleza y la poesía. Itimad era de mucho
cuidado, aunque no tenía tanto peligro como Ben Ammar. Se había refugiado
en la Corte zaragozana de los Banu Hud, y a la espera de que su amigo
alcanzara el trono y lo llamara a su lado, como fatalmente había de
suceder, se convirtió en estadista de alquiler.
En aquella España del siglo XI, la del Cid, el rey castellano Alfonso
VI era la figura central. Poco a poco, jugando con las debilidades y las
intrigas de los taifas, Alfonso se iba haciendo dueño de la Península.
Toledo cayó en sus manos sin tirar una flecha. Y así habría sucedido con
Granada y acaso con el reino sevillano heredado por Mutamid en 1069, si
éste no hubiera roto con Ben Ammar porque se atrevió a entregar a uno de
los hijos de Mutamid como rehén de Ramón Berenguer II, en una complicada
intriga para conquistar Murcia. Sus hijos eran la pasión pura del rey
sevillano que juró matar a su íntimo enemigo. Atrapado éste por unos
mercenarios en una de sus muchas aventuras rocambolescas, fue comprado a
sus captores por Mutamid.
Cuando lo llevaron ante él, tomó un hacha, y la levantó sobre la cabeza
de quien había sido su mejor amigo. Entonces, por un momento, vaciló.
Acaso Ben Ammar dijo algo para disculparse o quizá, llevado de su turbio
genio, para provocarlo, Mutamid lo mató de un hachazo.
Pero entonces la tragedia lo anegó. Perdió a sus dos hijos mayores en
la guerra. Llamó a los almorávides para que le ayudasen a combatir a
Alfonso VI y así lo hicieron en la batalla de Zalaca, pero luego Yusuf, su
caudillo, volvió y tomó todos los reinos de taifas, empezando por el de
Sevilla. La variopinta y riquísima España musulmana cayó bajo el velo
negro de los morabitos.
Cuando a Yusuf le preguntaban por el significado
de unos versos contestó: «Sé que piden dinero». Ahí se resume la derrota
de Mutamid.
Encadenado junto a su familia, tuvo que embarcar en el
Guadalquivir, camino del destierro en Africa. Con Rummaykiya andrajosa, su
hija vendida como esclava y sus familiares en la calle, Mutamid escribió
sus mejores poemas al tiempo ido, a la belleza gozada y perdida, a sus
cadenas y a los cuervos de Agmat. Allí murió, un día de otoño de 1095.
Vive en sus versos. Su historia es su leyenda.
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