1039 - 1095

 APUNTES  BIOGRÁFICOS  

 

Fue el tercer rey de la taifa de Sevilla, de la dinastía de los Abbadíes. Ocupó el reino cuando falleció su progenitor Al Mutadid en el año 1069. Permaneció en el trono hasta el año 1091, fecha en que fue derrocado por los almorávides. 

El mismo se autoproclamó como "el Ayudado por Dios". A lo largo de su reinado logró ocupar Córdoba, tras arrebatársela a al-Mamun de Toledo en 1070. Sus terrenos se expandieron a tierras toledanas y a la taifa de Murcia. 

Debido a las disputas surgidas entre los reinos taifas, Sevilla pagaba una paria a Alfonso VI de Castilla. Al Mutamid

Asimismo mantuvo la relación de vasallaje con los monarcas castellanos, lo que le obligó a pagar elevadas cantidades en concepto de parias. La costosa protección de Castilla se convirtió en amenaza cuando Alfonso VI conquistó Toledo (1085), lo que decidió a al-Mu'tamid a solicitar la ayuda de Yusuf ibn Tasfin, emir de los almorávides. 

Yusuf derrotó a Alfonso VI (1086), pero cinco años después, el emir almorávide ocupó Sevilla y al-Mu'tamid fue desterrado al Magreb, donde falleció en 1095. 

Fue un destacado poeta además de un importante mecenas de la cultura islámica, bajo cuyo reinado la ciudad de Sevilla se convirtió en uno de los principales núcleos intelectuales y artísticos de su tiempo.

Se rodeó de grandes literatos y otorgó a la corte sevillana un esplendor cultural y desconocido que la sitúan como una de las más importantes urbes de su época. Murió cuatro años después de ser destronado y desterrado al Atlas marroquí.Al-Mutamid

 Al-Mutamid escribió, refiriéndose a su paje, 'Lo hice mi esclavo, pero la humildad de su mirada me convirtió en su prisionero, de tal modo somos ambos y al mismo tiempo esclavo y señor uno de otro', expresaba un sentimiento con el que sus súbditos podían simpatizar y probablemente ellos mismos habrían compuesto o recitado versos similares."

"Al-Mutamid se enamoró también del poeta Ibn Ammar, de quien no soportaba estar separado, 'ni siquiera una hora, ni de día ni de noche', y a quien convirtió en uno de los hombres más poderosos de España. Un poco antes, en ese mismo siglo [el XI], el reino de Valencia había sido gobernado por una pareja de ex-esclavos que se habían enamorado y habían ascendido juntos en las filas del servicio civil hasta colocarse en una situación tal como para gobernar por sí mismos. Los historiadores musulmanes, llenos de admiración, caracterizaron su gobierno conjunto como una relación de plena confianza y mutua devoción, sin un indicio siquiera de competencia o de celos, y su amor fue celebrado en verso por poetas atraídos a su corte desde toda España.

Una familia envuelta en sangre

Se convirtió en heredero cuando su padre ordenó matar al primogénito. Fracasó en la toma de Málaga, porque su ejército estaba borracho. Cuando los almorávides tomaron Sevilla se vio obligado a partir al destierro.

 Su abuelo Mohammad ben Qasim, fundador de la dinastía, llegó al poder en 1035 instalando en el trono a un doble del califa Hisem II, muerto o asesinado. El seudo-Hisem era cierto hijo de un esterero que se le parecía mucho y que sólo aparecía en público para refrendar cuanto dijera Al Qasim. 

Muchos se lo creyeron y otros tuvieron que fingirlo para conservar su cuello. El hijo, Al Mutadid, que lo sucedió en 1042, continuó algún tiempo con el embuste, hasta que una vez seguro de su poder tras haber conquistado, traicionado, envenenado y seducido a mansalva, se coronó sin mayores ceremonias. Fue un político terrible y un caudillo militar formidable, que convirtió la taifa de Sevilla en la más importante de Al Andalus.

Tenía varios hijos pero el segundo, conocido como Mutamid, era el más apuesto, sensible, valeroso, delicado y feroz. Habría sido uno de tantos príncipes guerreros en la España de los reinos de taifas si a su hermano mayor no lo hubiera mandado ejecutar su propio padre por supuesta traición o simple cobardía en una operación militar de conquista. Mutamid quedó automáticamente convertido en heredero y como tal había sido quizá designado secretamente por su padre.

En la senda del amor poético

Sin embargo, cuando el muchacho tenia 12 años cometió éste el error de enviarlo a Silves, en el Algarve, para que lo educara un personaje singularísimo, sacado por el propio Mutadid del arroyo gracias a un poema elogioso que le había dedicado poco antes. Aquel rey tenía la debilidad de la poesía, con predilección maniática por el tema floral, y encontró en Abu Bakr Ben Ammar a un talento excepcional en todos los órdenes de la vida, excepto el moral. Pero eso no lo sabía cuando le confió a su hijo, que quedó marcado para siempre por esa compañía.

Pocos años mayor que Mutamid, Ben Ammar, llamado de Silves por el señorío que le otorgó Mutadid, lo introdujo en todos los placeres de la carne, pero también del espíritu. 

Con toda probabilidad lo sedujo y a él se refería Mutamid cuando escribía: «Nuestro compañero amado combatió con ojos, espada y lanza/ A veces caza mujeres, bellas gacelas; a veces hombres, valientes leones». Pero se trataba de una dependencia afectiva y psicológica más que propiamente sexual.

Cuando, ya separado de Ben Ammar, su padre le envió a tomar Málaga y fracasó -entre otros detalles, porque su ejército estaba borracho-, su comportamiento en el campo de batalla fue tan valeroso que no lo mandó decapitar como a su primogénito, sino que lo readmitió en aquella corte sevillana donde todo, hasta el crimen, parecía tocado por la estética. 

No en balde su primer ministro era el formidable poeta Ben Zaydun, autor acaso del mejor poema hispanoárabe, la qasida en nun. Ben Zaydun dejó Córdoba amargado por las intrigas políticas y las penas amorosas y sirvió eficazmente a Mutadid hasta su muerte, en 1071.

El año 1058 fue clave en la vida del entonces príncipe Mutamid. Su padre lo hizo venir de Silves para encargarle sus primeras tareas militares y alejarle de la molicie y la influencia de Ben Ammar. Ese mismo año, Mutadid había decidido jubilar para siempre al falso califa y asumir el trono, con lo que el príncipe tuvo un poder sólo menor que su afán de gloria. Pero además le aguardaba un encuentro de muy distinta índole. Paseando un día a orillas del Guadalquivir con un amigo -Ben Ammar, si no había sido aún expulsado de la Corte-, jugaban a completar poemas, entretenimiento inconcebiblemente popular en la sociedad andalusí de la época. Al levantarse una ligera brisa sobre el río, dijo Mutamid: «El viento teje lorigas en las aguas».

Esperaba la respuesta de su compañero, cuando ambos oyeron:

«¡Qué coraza si se helaran!».

Era una voz oculta en los juncos. Tras ellos descubrieron a una joven bellísima llamada Rummaykiya, que resultó ser esclava de un arriero. Mutamid la llamó a palacio, enloqueció de amor y la hizo su esposa, tomando el nombre de Itimad, aunque en palacio la llamaran, cómo no, La Señora

No tenía suerte en sus amores Mutamid, acaso porque le cegaban la belleza y la poesía. Itimad era de mucho cuidado, aunque no tenía tanto peligro como Ben Ammar. Se había refugiado en la Corte zaragozana de los Banu Hud, y a la espera de que su amigo alcanzara el trono y lo llamara a su lado, como fatalmente había de suceder, se convirtió en estadista de alquiler.

En aquella España del siglo XI, la del Cid, el rey castellano Alfonso VI era la figura central. Poco a poco, jugando con las debilidades y las intrigas de los taifas, Alfonso se iba haciendo dueño de la Península. Toledo cayó en sus manos sin tirar una flecha. Y así habría sucedido con Granada y acaso con el reino sevillano heredado por Mutamid en 1069, si éste no hubiera roto con Ben Ammar porque se atrevió a entregar a uno de los hijos de Mutamid como rehén de Ramón Berenguer II, en una complicada intriga para conquistar Murcia. Sus hijos eran la pasión pura del rey sevillano que juró matar a su íntimo enemigo. Atrapado éste por unos mercenarios en una de sus muchas aventuras rocambolescas, fue comprado a sus captores por Mutamid.

Cuando lo llevaron ante él, tomó un hacha, y la levantó sobre la cabeza de quien había sido su mejor amigo. Entonces, por un momento, vaciló. Acaso Ben Ammar dijo algo para disculparse o quizá, llevado de su turbio genio, para provocarlo, Mutamid lo mató de un hachazo.

Pero entonces la tragedia lo anegó. Perdió a sus dos hijos mayores en la guerra. Llamó a los almorávides para que le ayudasen a combatir a Alfonso VI y así lo hicieron en la batalla de Zalaca, pero luego Yusuf, su caudillo, volvió y tomó todos los reinos de taifas, empezando por el de Sevilla. La variopinta y riquísima España musulmana cayó bajo el velo negro de los morabitos. 

Cuando a Yusuf le preguntaban por el significado de unos versos contestó: «Sé que piden dinero». Ahí se resume la derrota de Mutamid. 

Encadenado junto a su familia, tuvo que embarcar en el Guadalquivir, camino del destierro en Africa. Con Rummaykiya andrajosa, su hija vendida como esclava y sus familiares en la calle, Mutamid escribió sus mejores poemas al tiempo ido, a la belleza gozada y perdida, a sus cadenas y a los cuervos de Agmat. Allí murió, un día de otoño de 1095. Vive en sus versos. Su historia es su leyenda.


El amor y la belleza

El deseo de disfrutar de la presencia de la amada / el amado es un tema que se repite en la poesía arábigo-andaluza. En estos poemas que siguen encontrarás cómo el poeta sufre por no contar con la persona amada, por no tenerla más que en sueños...

Te he visto

Te he visto en sueños en mi lecho,
Y era como si tu brazo mullido fuese mi almohada;
Era como si me abrazases, y sintieses
El amor y el desvelo que yo siento;
Era como si te besase los labios, la nuca,
Las mejillas y lograse mi deseo.
¡Por tu amor! Si no me visitase tu imagen,
en sueños, a intervalos, no dormiría más.


En sueños

En sueños tu imagen presentó a la mía, mejilla y pecho;
Recogí la rosa y mordí la manzana;
Me ofreció los rojos labios y aspiré su aliento:
Me pareció que sentía el olor a sándalo.
¡Ojalá quisiera visitarme cuando estoy despierto...!
Pero entre nosotros pende el velo de la separación:
¿Por qué la tristeza no se aparta de nosotros,
por qué no se aleja la desgracia?


En la poesía árabe la mujer, igual que sucede en la literatura occidental, funciona como símbolo de belleza. Esa mujer aparecerá descrita mediante una serie de metáforas a través de las cuales se la compara con diferentes elementos de la naturaleza. La peculiaridad de la poesía arábigo-andaluza reside en que esos elementos de la naturaleza no son propios de nuestra geografía, sino que son característicos de las tierras africanas o asiáticas, de donde procede la cultura árabe.

Es un antílope por su cuello,
Una gacela por sus ojos,
Un jardín de arriates por su fragancia,
Una rama de sauce por su talle.

En otras ocasiones se compara a la mujer con la luz...

El relámpago la asustó, cuando en su mano
El relámpago del vino resplandecía.
¡Ojalá supiera cómo, si ella es el sol de la mañana,
se asusta de la luz!



El vino

La religión musulmana prohíbe el consumo de bebidas alcohólicas, pero entre los poetas de Al Ándalus, el canto al vino, a su color, a su sabor, a sus efectos y a las reuniones en las que se consumía se convirtió en tema literario repetido por diferentes poetas.


El copero, la copa y el vino

Apareció, exhalando aromas de sándalo,
Al doblar la cintura por el esbelto talle,
¡Cuántas veces me sirvió, aquella oscura noche,
en agua cristalizada, rosas líquidas!

El reflejo

El reflejo del vino atravesado por la luz
Colorea de rojo los dedos del copero,
Como el enebro deja teñido el hocico del antílope.

La guerra

Estamos en la Edad Media, no lo olvidemos. La guerra, la violencia, es una realidad constante de la época que, como es lógico, se refleja también en la literatura. Igual que en la poesía de los reinos cristianos aparecen héroes, batallas, victorias y derrotas, en la poesía árabe también tendrán cabida esas actividades. En el siguiente poema Al Mutamid nos habla de sí mismo y de la conquista del reino taifa de Córdoba al que presenta personificado como una mujer. Su intención es autoengrandecerse como guerrero:

¿Quién entre los reyes ha llegado a los extremos de este rey valiente?
¡Largo! ¡Ha llegado a vosotros el reino del Mahdí!
Pedí en matrimonio a Córdoba, la bella, cuando había
Rechazado a los que la pretendían con espadas y lanzas.
¡Cuánto tiempo estuvo desnuda!, más me presenté yo
y se cubrió de bellas túnicas y joyas.
¡Boda real! Celebraremos nupcias en su palacio,
mientras los otros reyes estarán en el cortejo del miedo.
¡Mirad, hijos de puta, que se acerca el ataque de un león
envuelto en una armadura de valor!

Pero en el mundo andalusí los guerreros y gobernantes tan pronto triunfaban como fracasaban... Al Mutamid, rey de Sevilla, rey de uno de los taifas más poderosos de su época, acabó perdiendo su reino y teniendo que salir de Al Ándalus. En el siguiente poema se recuerda a sí mismo en los buenos tiempos y se nos presenta al final de su vida, en sus malos tiempos:

Yo era amigo del rocío, señor de la indulgencia,
Amado de las almas y de los espíritus;
Mi diestra regalaba el día de los dones,
Y mataba, el día del combate;
Mi izquierda sujetaba todas las riendas que dominaban
A los corceles en los campos de batalla.
Hoy soy rehén, de la cadena y de la pobreza
Apresado, con las alas rotas.


 

A SU CADENA, PRISIONERO EN AGMAT

Cadena mía, ¿no sabes que me he entregado a ti?
¿por qué, entonces, no te enterneces ni te apiadas?

Mi sangre fue tu bebida y ya te comiste mi carne.
No aprietes los huesos.

Mi hijo Abu Hasim, al verme rodeado de ti,
se aparta con el corazón lastimado.

Ten piedad de un niñito inocente que nunca temió
tener que venir a implorarte.

Ten piedad de sus hermanitas, parecidas a él y a
las que has hecho tragar veneno y coliquíntida.

Hay entre ellas algunas que ya se dan cuenta,
y temo que el llanto las ciegue.

Pero las demás aún no comprenden nada y no
abren la boca sino para mamar.


 

En sueños viniste a mi pecho de amor
y me pareció que tu dulce brazo
me servía de almohada.

Sentí que me abrazabas,
que disfrutábamos del amor
y la vigilia de los amantes.

Creí besar tus labios,
tu cuello, tu nuca y tus mejillas
y que alcanzaba la meta de tu amor.

Si no me visitara de noche tu imagen,
jamás podría conocer
el dulce sabor de los sueños.

 



 

 


 

ISLA  TERNURA PLAYA NO ERES EL ÚNICO