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LICOR
Dulcísimas
cerezas en el ritual de octubre.
Se yo te mordiese los cilios y gimiese de
espanto diría que el amor es una invención del sueño, que
el
cuerpo con que ejerzo esta danza secreta no tiene definición mas
es daño y pena, lasca de uñas, mancha de sangre en un pañuelo.
Reiríamos
del amor de tal forma alumbrados
que el sueño pasaría y yo vería la verdad
que naufraga cuando todo es placer triturado.
placer?
yo sondaría milímetros de nervios
y pesaría los gestos las mínimas torsiones
concluyendo con la nada de una nube trazada
en una hoja vacía. (Ni siquiera una nube
distante y verdadera.)
Se
quisieses oírme yo contaría la historia
de una imagen que quise robar de lo que es real
una gota de miel.
Diría
que este hurto sin dimensión exacta
seria toda la gloria de esta imagen sin voz.
Se quisieses oírme yo te prometería
luego, después dispensar llevando a mi historia.
Y
yo te desearía el puerto da locura
para que sólo hablases de esta opaca memoria.
Dulcísimas
cerezas. Octubre, la nueva, nada
reconstruí lo perdido cuando es mito referido
de improbable delicia.
Dulcísimas
cerezas, imponderable gesto
suspenso entre el remozo y la frustrada caricia.
JAPÓN
El
otoño es el príncipe heredero mueven un pincel
de aire y abermellan los árboles de la porta
del sol.
Silencio
y ausencia pintan la grama, hubiera allí un canto anunciador. El
jardín es un lago de oro o caida de pájaro
esponsal. Los dioses invisibles tejen
rebaños de lana.
El otoño es menos que un murmullo.
RÁ
Dios
es el Incriado es el todo y la nada el presente y el ausente el
respirado y el expirado, es la primera imagen y la última imagen tocándose
en un tiempo sin tiempo; es anterior a todas
las
imágenes, es el que no tuvo espejo es el que no se vistió y
se
vistió de todo de agua de aire de polvo, es el que manipuló el
polvo y la brasa ardiendo ciclo perfecto, el anel.
Es
el brillo, la materia el símbolo del anel
es el invisible dedo de la alianza, el espíritu
del vino, violeta violáceo rá.
Dios
es el que es sin haber sido, no en tanto
inacabado siendo el que no evolucionó, es el santo el
címbalo el humo la absinta el abismo el proyecto del
amor mas que perfecto. Es el último
tramo del inimaginable. Es la algema, el asa libre: es
la
imagen.
Apago
la luz y pienso: mas una vez apago a luz,
y respiro para sentirme respirando con cautela y pasmo.
Hoy
vi retratos de mis muertos, sonríen en plazas y paisajes innaturales.
Y
yo aquí, aun vivo, como? por que? hasta cuando? Cada trilla me inspira la
despedida, y yo me veo al lado de los muertos y ellos no me ven en
la niebla de los retratos.
Quien
me olvidó en este lado?
un
día el inventó el Bien Supremo: un castillo en una ciudad santa
y poblada de tempestades, rayos y señales da Grande
Noche.
En esa
ciudad el Bien Supremo transitaba con sus ejércitos y magos con
su zoológico de fieras y pastores, sus bailarines, panderos
y cristales.
De
todo él era el poeta, el oficiante, el subyugado, el
invitado.
El corazón de la Gran Noche fue su último refugio.
Vivir,
un breve espanto, una alegría
instantánea, una centella, un átomo, vivir,
estar viviendo, ni trincar el rubi de la romana y ya no haber noción
de la fruta, percibir en el rostro la brisa y al gesto de
intentar
retener el pétalo,
perder la flor, vivir, vivir? crispada
la piel el hielo de la parada del corazón,
perder la brecha de la visión, y el gozo
tenue, percibir el invisible temblor como
lamento de un sueño en fuga, desprender,
vivir y desprenderse, y escurrir en las paredes del pozo
uñas, gemido, terror de la oscura y demorada muerte. Ah, dice tu nombre
e innominada, dice y posas en mi dorso el veludo
de tu eterna voz, suspendida en las proas
naufragadas, en las oscuras virginidades de los bosques, muerte, ardil de seda no
morado acceso,
atrás del repostero vigilante, espía de secretos, torturada densa
del rito excuso. muerte, yo te nombro como el tañir de
una uña por el sonido de una cuerda tensa, yo te nombro perdiendo
el sopor, andante de ahogado
que se integró en el mar. Eternidad.
BALADA
Toqué
la frente de la muerte. Era fría. Tenía los labios diseñados de ironía. La
mirada retenía una estrella que lucía. La mirada de
la
muerte,
entre vértebras, casi cerraba - era día -
la muerte toda de noche se vestía.
Vi
las flores de la
muerte, un jardín que fenecía. Intenté respirar
la muerte,
anochecía.
Poco a poco andamos cerca
la muerte y yo, me complacía en sentir su vestido que
una araña infinitamente seria. Era
mendiga, la muerte y lentamente se desnudaba. Desnuda,
la moldura de la mirada me consumía, e invisible me
dejaba la
merced del que moría. Y ya no era entonces, la muerte,
la
fantasía de mi dolor, ni intérprete el cicerone. Barría
a mis pies a
basura de
donde vino y para donde iba. El
Campo Santo era
una patria sin valía.
mis
amigos, mis conocidos, mis afectos y desafectos,
mis lectores y detractores, oigan y atiendan:
cuando llegue la hora de mi último reposo,
busquen mi cuerpo donde estuviera, en el basural do Río o
en la
nieve huérfana, en algún Japón antípoda, o aquí mismo, en la
calle Dr. Luiz Januário, una calle que
posiblemente ya haya perdido los bellos paralelepípedos
en nombre delo dudoso progreso.
busquen
mi cuerpo de carro o autocar, de carrito de mano o en un
simple pañuelo usado, y depositen allí, atrás de la Iglesia
de la madre de Nazarét,
en aquella tierra que la hierba insiste en invadir, y donde no hay
señal de diferencia de clases en el sueño,
tan sencillas son las lápidas.
Acuéstenme
allí, con toda posible memoria que tengan de mi, recuerden e inventen
sobre mi vida, pero déjenme allí.
Quiero enfrentar
la vida eterna
con placer, el viento y el azul del cielo haciendo un toldo móvil
sobre mi lecho.
yo
y el silencio oyendo eternamente el mar.
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