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El otro Reinaldo
Por René Fuentes Gómez
SOBRE TODAS las cosas,
Reinaldo Arenas fue un narrador de inagotables hallazgos, incluso hasta en
los libros que han sido publicados después de su muerte. También fue
poeta, y en más de una ocasión dijo que su mayor aspiración era ser
recordado por la poesía implícita en sus novelas y relatos. Sin embargo, a
medida que pasan los años, se habla más del Reinaldo disidente, homosexual
y exiliado maldito que de su obra literaria. Los "roles" públicos de su
personalidad y la perpetuidad del régimen castrista son dos cortinas de
humo que demoran el develamiento de su más entrañable política como autor:
mostrarle a sus lectores otra alternativa de libertad, y otro cauce más
lúdico para la sensibilidad y el imaginario de los cubanos. Si uno lee,
por ejemplo, su autobiografía Antes que anochezca o su novela
póstuma El color del verano, puede darse cuenta de que es muy
difícil discernir entre la ficción y el testimonio, porque él ha
hiperbolizado la verdad hasta convertirla en un terreno fértil para el
desacato y las burlas más encarnizadas.
FURIOSAMENTE.
Para
comprender la tragicomedia de este hombre que --por voluntad propia y
ajena-- se convirtió en personaje de las circunstancias históricas y de su
propia obra, quizás uno de los caminos más fiables es la poesía, género
que cultivó con paciencia, sin alardes, como si cada poema fuera otra
página de un diario: espejo y cerradura de su identidad más genuina.
Voluntad de vivir manifestándose reúne los poemas cortos que
escribió durante los últimos veinte años de su vida. En el prólogo, él
mismo dice: "Los textos de este libro son inspiraciones furiosamente
cronometradas de alguien que ha vivido bajo sucesivos envilecimientos. El
envilecimiento de la miseria durante la tiranía de Batista, el
envilecimiento del poder bajo el castrismo, el envilecimiento del dólar en
el capitalismo, y --como si eso fuera poco-- he habitado los últimos nueve
años en la ciudad más populosa del mundo, que ahora sucumbe a la plaga más
descomunal del siglo XX" (el sida, enfermedad que padecía en su fase
terminal). Las cuatro partes de este libro son los rastros depurados de un
período que se extiende desde su radicación en La Habana en 1962 hasta su
suicido el 7 de diciembre de 1990 en Nueva York; día que, por esos ajustes
de cuentas que sólo el destino puede hacer, en Cuba era duelo nacional por
otras razones.
Cuando Reinaldo concibe la
narración dentro de una perspectiva poética, como por ejemplo en la novela
Celestino antes del alba o en el relato "Bestial entre las flores",
simplemente apuesta a un modo directo y febril de decir las cosas.
Permitiéndose hacer innumerables elipses en el argumento, burlar la
censura y mostrar la verdadera esencia de sus personajes (que en éstos y
en otros títulos tan importantes como El mundo alucinante, poco o
nada tienen que ver con la épica revolucionaria). Pero cuando escribe
versos de rima libre o se adecua a una estructura métrica y estrófica,
evita metaforizar demasiado sus ideas; y las palabras llegan puntuales,
como ceñidas a la necesidad de un grito o una confesión.
Los poemas de la primera
parte de Voluntad de vivir manifestándose pertenecen a las décadas
del 60 y del 70, años en que fue confiscada en Cuba la propiedad privada
nacional y extranjera, y quienes se quedaban en el país tenían que hacerse
milicianos o integrarse de algún modo al sistema. En ese contexto escribió
"Desfile", versión abreviada del relato "Comienza el desfile", donde hay
una convocatoria tumultuosa, congestionada además por los recuerdos. En el
poema, por el contrario, sólo se habla de la frustración de dos amantes
separados por una realidad agobiante: "Pero he aquí la ruta 32 no
pasa./ ¡Está desviada por la llegada de Brezhnev! /me grita el adolescente
furioso, patéticamente enjaezado /con los aperos de la época". Como
oposición a la rigidez y la escasez, uno de ellos imagina una posible
dicha lejos allí: "Al anochecer, sin embargo, tomaríamos un tren para
Marruecos /o Amberes /(no ando muy bien en geografía),/ desayunaríamos en
Burdeos o en Quién Sabe Dónde". Y, del mismo modo que en
Celestino... se repite la letanía de un hacha que corta una y otra
vez: aquí "Hay niebla./ Hay niebla./ Y se oye más allá del mar el canto
de una sirena de motor/ tan imposible ya como las homéricas".
Con un sentido del humor más
diabólico, "Aportes" es una divertida comparación entre los sacrificios
pasados por Carlos Marx y los de un cubano común en los tiempos del
socialismo: "Carlos Marx no conoció la retracción obligatoria, /no tuvo
por qué sospechar que su mejor amigo/ podría ser policía, /ni, mucho
menos, tuvo que convertirse en policía. (...) Que yo sepa /no sufrió un
código que lo obligase a pelarse al rape /o a extirpar su antihigiénica
barba. /Su época no lo conminó a esconder sus manuscritos /de la mirada de
Engels. /(Por otra parte, la amistad de estos dos hombres/ nunca fue
preocupación moral para el estado.)". Y los últimos versos terminan de
confirmar que el título del poema no es más que una rotunda ironía:
"Todo eso que Carlos Marx pudo hacer ya pertenece a nuestra
prehistoria./ Sus aportes a la época contemporánea han sido
inmensos".
Estos textos guardan un
vínculo directo con la propuesta estética de Delfín Prats, otro poeta
holguinero que fue muy amigo de Reinaldo, y que desde su primer libro
(Lenguaje de mudos, Premio David, 1968) marcó a la joven poesía
cubana de entonces con un modo muy especial de disentir, de mezclar y
encubrir el aguijonazo crítico con sutilezas ambientalistas y
amaneramientos. Ese modo "fastidioso" de expresarse --que desde mucho
antes-- ya tenía en Virgilio Piñera a un maestro; basta recordar poemas
como "Vida de Flora" (1944) o "Palma negra" (1962).
CUBA Y LA NOCHE.
La
segunda parte de Voluntad de vivir... es un conjunto de sonetos que
fueron escritos entre 1969 y 1980, o sea: desde la publicación de la
segunda novela de Reinaldo hasta su partida al exilio. La comparación
explícita de ese período de su vida con el infierno descrito por Dante no
se fundamenta básicamente en claves alegóricas ni en referencias
circunstanciales, sino por la burla hacia la muerte física y el acoso
progresivo de la muerte cívica que Reinaldo padecía. La luna es invocada
en varios textos como un testigo incólume, a quien el poeta confía sus
cavilaciones. La sátira esperpéntica de Quevedo y la sencilla gravedad de
Manrique y Martí son algunas de las compañías poéticas que sustituyen al
Virgilio de La divina comedia; presencias que no se corporizan pero
que constantemente aparecen mezcladas o parafraseadas y puestas en juego
con un nuevo vigor: "¿Qué es la vida? ¿Un folletín? /¿Una especie de
emblema azucarado? /¿Un estornudo dado en el trajín /de la cola para optar
por un candado?". En otros sonetos hay un epígrafe que funciona además
como pie forzado en el primer cuarteto: "Sólo el afán de un náufrago
podría /remontar este infierno que aborrezco. /Crece mi furia y ante mi
furia crezco /y solo junto al mar espero el día".
"Mi amante el mar" es intenso
y extenso desahogo con un encabezado epistolar, donde la rima libre y la
prosa poética alternan en varias estrofas; también es el único texto de la
tercera parte y un posible embrión de Otra vez el mar, novela que
Reinaldo perdió y reescribió varias veces hasta su publicación en 1982.
Los poemas de la cuarta sección ilustran los últimos años de su vida.
"Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche", dice Martí en uno de sus
más polémicos y citados versos, y Reinaldo lo repite, reconociéndose en un
mismo dolor. Curiosamente, estos escritores tan diferentes, paradigmas
además de posiciones políticas irreconciliables, vivieron con un siglo de
diferencia en Nueva York. Y los dos, por su sentido del deber (moral en
Martí, hedonista en Reinaldo), fijaron en la noche una zona de búsqueda
para los códices de una territorialidad y un compromiso de pertenencia que
sólo son delimitables por la percepción humana de la poesía. Esa búsqueda,
por encima de sus defensores y detractores, a Reinaldo Arenas le permitió
asumir la muerte "como algo cotidiano a lo que apostamos /un cuerpo
espléndido o toda nuestra suerte". *
VOLUNTAD DE VIVIR
MANIFESTÁNDOSE, de Reinaldo Arenas. Adriana Hidalgo editora. Buenos
Aires, 2001. 152 págs.
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