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Un acto de venganza
Por Abilio Estévez
Reinaldo
Arenas, El color del verano, Tusquets
Editores, México, 1999.
El
color del verano,
una de las últimas novelas de Reinaldo Arenas, acaba de ser
rescatada por Tusquets Editores. La primera edición, de 1991, corrió
a cargo de Ediciones Universal, una pequeña y descuidada editorial
de Miami. El libro apareció un año después de que Arenas se
suicidara en Nueva York, de modo que el autor no llegó a conocer su
novela en forma de libro. Tampoco la mayoría de sus lectores.
Muy
pocos tuvimos la fortuna de leer entonces El color del
verano. Las razones de que una novela tan maravillosa, tan
divertida (en el amplio sentido de esta palabra), tan desgarrada y
desgarradora pasara inadvertida para la mayoría del público lector,
supongo se debe a la pésima edición de Universal y a la no
menos pésima distribución del libro. Ahora, con la recuperación que
de la novela hace Tusquets, con su aparición en el mundo de la
lengua castellana, asistimos a un trascendental suceso editorial.
Porque
lo cierto es que nos encontramos ante una de las novelas cubanas más
importantes de todos los tiempos (esta última frase la he escrito
sin temor a exagerar, sin asomo de rubor). Su importancia radica en
diversas razones, todas literarias, difíciles de desarrollar en un
espacio tan breve. Se puede mencionar, sin embargo, su
complicadísima y bien planeada estructura; el desenfado de su prosa.
La prodigiosa capacidad de narrador que, casi de forma natural,
poseía Reinaldo Arenas (un ser dotado para la literatura; todos sus
libros tienen la virtud de parecer escritos sin esfuerzo, la
``difícil facilidad'' de que suelen hablar los retóricos); su amargo
sentido del humor, su seriedad llena de gracia, la desmesura tan
cubana, que lo emparenta con José Lezama Lima y con Virgilio Piñera
(sus maestros); la procacidad, la ``vulgaridad'' tan poco vulgar,
tan refinada, tan elevada a rango literario (a diferencia de
mediocres acólitos, aquellos -o aquellas- que se quedan al nivel de
la grosería, que no saben o no pueden trascenderla).
Pero,
claro está, las virtudes de El color del verano no son
únicamente formales. Porque también sucede que esta es una novela
que cautiva y que, al mismo tiempo, sabe y obliga a reflexionar. La
ingenuidad del autor es sólo aparente, y él no es nunca un
naif. Apenas hace una consideración sobre Cuba y su historia,
tal como él las vio y las vivió. Su idea de la isla como una balsa
resulta un acierto que convierte al libro en una patética metáfora.
Se podrá estar de acuerdo o no con su terrible visión de la isla,
pero regularmente todos estamos de acuerdo en el embrujo de esas 455
páginas que parecen escritas con sangre y desde las vísceras, y que
nos dejan perturbados y gozosos, sobresaltados aun después de haber
cerrado libro.
Como
en su autobiografía, Antes que anochezca (Tusquets, 1992)
El color del verano toma como material al propio autor, sólo
que en esta última novela, al fin la historia aparece aún más
procesada, elevada a categoría literaria de grado muy superior. Y
tanto están Arenas y su mundo en esta novela, que la encontramos
cargada de referencias a personas y situaciones propias de Cuba. A
los cubanos que conocemos muchas de esas claves, el libro nos
divierte de modo especial.
Algunos
han dudado de su eficacia fuera de las fronteras cubanas. Las
referencias cubanas de la novela, en mi opinión, en nada entorpecen
su lectura para cualquier otro lector, como no afecta en absoluto,
para leer y gozar de las páginas de Proust, saber que Bertrand de
Salignac-Fanelon fuera la primera encarnación de Saint-Loup. Si
desconocer las referencias extraliterarias de un libro impidiera el
placer de su lectura, hoy nada sabríamos de Dante ni del Decamerón
de Boccaccio, por citar dos ejemplos cimeros.
Por
otra parte, en El color del verano, más que en ningún otro de
sus libros, Reinaldo Arenas convierte la literatura en un acto de
venganza. Hace muchos años declaró en entrevista a Le Monde
que escribía porque el mundo y él estaban en guerra. El color del
verano es un testimonio de esa guerra. Un testimonio inolvidable
de la mayor altura literaria.
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