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El más auténtico de los actuales poetas
españoles. Pertenece a la llamada generación del 27 6 del 25,
generación de Góngora o, como otros dicen, de los «poetas
profesores» (Torrente Ballester).
Nació en Sevilla, el 26 abr.
1898, pasando su infancia en Málaga.
Desde los 11 años reside en Madrid, donde
estudió las carreras de Derecho y Comercio.
Fue profesor de
Economía, durante algunos años, en la Escuela de Comercio.
Personalidad recoleta, prácticamente no ha abandonado nunca su
retiro solitario que inició en 1925 cuando una grave enfermedad
(tuberculosis nefrítica) le
obligó a abandonar su trabajo.
En 1934 recibió el Premio Nacional de
Literatura por el libro de poemas La destrucción o el amor.
Ingresó en la Real Academia Española en 1950. Comenzó a publicar
en Málaga. Ámbito, su primer libro, apareció en 1929. Obtuvo
la consagración poética con su segunda obra Espadas como labios
(1932). Otras obras: Pasión de la tierra (1935), La
destrucción o el amor (1935), Sombras del Paraíso (1944), En la
muerte de Miguel Hernández, artículo publicado en «Cuaderno de
las Horas Situadas» (1948). Mundo a solas (1952), aunque fue
escrito de 1934 a 1936. Nacimiento último, publicado en 1953,
recoge poemas desde 1927: Historia del corazón (1954), con
poemas de nueve años antes. De 1936 data un libro en prosa: Mis
cuentos, al que siguieron Nuevos encuentros (1959-67),
Antigua casa madrileña (1961), En un vasto dominio
(1962), Presencias (1965), y Retratos con nombre (1965),
Poemas de la consumición(1968).
En 1977 recibió el Premio
Nobel de Literatura.
Es el más puro poeta de la generación del 27, y tal
vez el único al que no cabe aplicar el apelativo de «profesor».
Hasta la prosa pura de sus Encuentros tiene calidades
poéticas, dada su sensibilidad, el trazo exquisito y cuidado, el
dominio sobre la tersura gramatical del lenguaje.
Su mejor biógrafo
y conocedor de su obra, Carlos Bousoño, señala que, al nacer en
1898, Aleixandre tuvo oportunidad de llevar a plenitud todas sus facultades
y de constituirse en hito final de dos procesos paralelos en la
poesía española: el irracionalismo y el individualismo.
La solitaria
figura de Aleixandre impone un tema múltiple, abierto a la meditación:
¿puede el poeta encerrarse en su poesía?, ¿puede desentenderse de
cualquier clase de compromiso? Esto es lo que sugiere el perenne
enclaustramiento de Aleixandre Un enclaustramiento roto sólo por amigos o
por tertulias de carácter íntimo entre amantes de la poesía. Su
encierro ha sido, no obstante, operativo, fecundo, pues ha dado un
mensaje. No ha habido en su tránsito espacio para la luz artificial,
para el oropel, sino sólo para la poesía meditativa. En el prólogo a
Pasión de la tierra nos da la clave de su obra poética. Para
él, el poeta es «iluminador», asentado de luz, poseedor de un sésamo
que es, en cierto modo, «destino».
Se inició en el surrealismo, y ello lo atestiguan
sus primeros libros. Ese surrealismo adquiere dimensiones propias y
personales, una cierta raíz telúrica que poco a poco va ganando
intimidad. Ámbito es el libro introductorio, sobre el cual un
crítico como Valbuena Prat dice «poeta conceptual, puro, que siempre
guarda un tenue temblor emocional». Nunca dejó de ser un poeta puro.
Y esta pureza puede entenderse en todos los sentidos, pues vivió
como nadie la vocación de poeta. Espadas como labios, La
destrucción o el amor y Sombra del Paraíso marcan un hito de lo
que se ha llamado el panteísmo
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| Aleixandre,
Cernuda y Lorca |
aleixandrino. En efecto, el poeta se
enfrenta a la Naturaleza que aparece como un volcán irreprimible de
palabras que se contradicen, que envuelven una mística lujuriosa de
vida y de expresión en la que de algún modo parece estar sumergido
el escritor. En el prólogo a Mis mejores poemas (1956) Aleixandre
distingue entre dos claras pendientes que dividen su obra poética:
un irracionalismo cósmico y un individualismo solidario. El proceso
de su panteísmo abierto a toda la naturaleza culmina con
Nacimiento último y cambia de dirección con Historia del
corazón, hacia una forma menos épica y más humana. A partir de
este libro, la obra de Aleixandre se transforma y parece más íntima, menos
panteísta y más preocupada por el corazón humano, por lo personal y
lo dramático.
Aleixandre
nunca se ha considerado a sí mismo como un
superrealista, a pesar de las resonancias claramente «istas» de sus
primeras obras. Dámaso Alonso, de cuya mano se sirvió para entrar en
la zona profana de la poesía, ve en él un romántico. También Salinas
califica de románticos sus primeros trabajos y Cernuda dice: «el
superrealismo francés obtiene con Aleixandre en España lo que no
obtiene en su país de origen: un gran poeta».
Pero el poeta nos ha
dado una definición de lo que es la poesía, o, al menos, de lo que
debe ser la suya: «poesía es comunicación». ¿Comunicación de qué?
Porque cuando los labios resultan como espadas, y el amor se hace
destrucción¿>n, lo comunicado parece envuelto más por las sombras
del misterio que por las luces de la claridad. Salinas lo expresa
con propiedad a propósito de una de sus obras: «Y se pasa el tiempo
-matemático calculador de su pena- desarrollándose en líricas
operaciones combinatorias, cuyo resultado es siempre el mismo: amor
más desesperación igual a poesía».
La comunicación de Aleixandre, oscura y violenta, hace de
la solidaridad amorosa con el cosmos y el hombre el centro de su
actividad literaria. Las tinieblas de su esfuerzo brotan de su
imposibilidad de comunicarse a todos. Porque su intención, según
indica Bousoño, es ser «poeta de mayorías». Contra la inmensa
minoría, es un poeta no de lo que «refinadamente diferencia, sino de
lo que esencialmente une».
Resulta así un poeta «totalizador». Por
eso «la universalidad es la nota más sobresaliente de (su) mirada» y
su lenguaje nos habla con voces de «fraterna unidad espiritual». Su
soledad resulta así imprevisible, abierta al cosmos, comunicada,
como quería que fuera su poesía, en una solidaridad con toda
soledad, que será la nota de la última poesía aleixandrina: «si el
poeta antes aspiraba a parecer único y aparte, tenderá ahora a verse
sumido en una colectividad como uno entre los iguales, y a escribir
desde un supuesto de humana condición: el poema se cargará de
resonancias morales».
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