|
Yturri era un apuesto
inmigrante peruano (algunos lo señalan como argentino), criado por
sacerdotes en Lisboa. En 1885, con apenas 17 años, pasó a ser secretario, acompañante y
amante del poeta Conde Robert de Montesquieu, que era un dandy con
muchas aristocráticas amigas femeninas, aunque prefería la compañía
de hombres jóvenes, brillantes y atractivos.
Veinte años después,
Yturri murió por su diabetes, asistido por Montesquieu: está enterrado
junto al poeta en el cementerio de Versalles.
Emigrado a París con
quince años, fue en un primer momento secretario del Barón Doasan,
aunque se "lo robó" rápidamente Montesquieu. Durante veinte
años, Yturri fue el amigo fiel y el factótum del escritor.
Tenia un buen carácter,
amable, y era una persona esencialmente fiel, logrando ser aceptado por
todos: todos le tenían aprecio y le mostraban mucho afecto. En la correspondencia
de Proust se encuentran bastantes cartas dirigidas a Yturri, y cuando
enfermó, la misma madre de Proust se personaba en el lecho del enfermo
para interesarse por la evolución de su enfermedad.
Si Alberto "Cuziat" sirvió de modelo para Jupien en cuanto
vigilante de la casa den citas "El templo del impudor", en el
sincero cariño y lealtad de Jupien por el Sr. Charlus hallamos los
sentimientos que acompañaron siempre a Gabriel Yturri respecto al Conde
de Montesquieu.
El poeta, que a pesar
de todos sus defectos no era ciertamente ni mezquino ni vulgar, quiso
realmente a Yturri. Cuando este falleció en 1905, sintió un sincero y
profundo dolor. Durante la enfermedad le procuró toda la mayor y mejor
asistencia medica posible, y lo asistió personalmente con una
abnegación de la que pocos lo habrían creído capaz.
A los tres años de su muerte hizo colocar una estatua sobre su tumba y
por mucho tiempo no escribió poemas.
Personaje de Proust.
En la vida de
Proust hubo
al menos dos latinoamericanos: Uno de ellos fue el venezolano
Reynaldo
Hahn Reynaldo Hahn, músico que aparece en la novela bajo el nombre de Morel, y un peruano cuya discreta existencia me propongo revelar. No era rico ni latifundista ni nada parecido, porque ni siquiera los peruanos con posibles tenían entonces alguna posibilidad de alternar con la gran nobleza europea.
Antes bien, los señoritos de la oligarquía peruana residentes en París fueron ridiculizados en la Gaîtè Parisienne por el coreógrafo Léonide Massine, quien los pintarrajeó a brochazos. Proust, en cambio, había delineado un personaje a pincel. ¿Cuál es la identidad del engreído y caprichoso peruano retratado en
"En busca del tiempo perdido?
En la correspondencia de Proust y en las biografías de George Painter y Ghislain de Diesbach
se puede hallar la respuesta. Todas y cada una de las criaturas que recorren los siete volúmenes de
"En busca del tiempo perdido" son trasuntos de individuos de carne y hueso. Y así, el pomposo barón de Charlus encarnaba en realidad al
histriónico conde Robert de Montesquieu -aristócrata, diletante y homosexual-, quien por esas casualidades del destino protegía a un peruano llamado Gabriel de
Yturri.
Yturri había nacido en Lima hacia 1864 y desde muy joven emigró a París. Según
G. Painter en su "Marcel Proust, 1871-1922" (Madrid, 1972):
"El Barón Doasan le conoció en los Magasins du Louvre, en donde Gabriel trabajaba como dependiente, tras un mostrador, y le convenció para que aceptara ser su
secretario. Pero el Conde Montesquieu se lo robó, de lo cual nació la eterna enemistad entre el Conde y el Barón".
Yturri sabía con quién se metía cuando aceptó las propuestas del Conde, pues Ghislain de Diesbach en su
"Marcel Proust" (Barcelona, 1996) dedica extensos comentarios a la complicada personalidad de
Montesquieu: "Tal es la pureza de sus costumbres que no duda en contratar como secretario a un antiguo protegido del barón Doäzan, un tal Gabriel Yturri, peruano de origen y de profesión vendedor en el Carnaval de Venecia.
Montesquieu le ha otorgado un "de" para hacerlo más presentable y desde hace unos años Yturri le acompaña a todas partes sin que la cosa suscite demasiadas críticas, pues la admiración del peruano por su amo, su ingenuidad, su amabilidad enternecen hasta a los cancerberos del faubourg Saint-Germain, incluido el tremendo León Daudet, por más que éste profese invencible repugnancia hacia
Montesquieu. Si bien Gabriel de Yturri, en su devoción canina, es capaz de escribir a
Montesquieu: "Me gustaría extender bajo sus queridos pasos fatigados una alfombra de rosas sin espinas", no tarda en percatarse de que no todo es color de rosa en su vida y que "l'iloustre connté", como le llama, le reserva no pocas espinas.
Robert de Montesquieu le llamaba en la intimidad "mi rastaquouère" y le encargó el atrezzo de su alcoba, que Yturri decoró como paisaje nevado, con pieles de osos polares, trineos y mica blanca para imitar la escarcha.
Montesquieu lo introdujo en la sociedad parisina, le presentó a Mallarmé y le encargó a Boldini que pintara sus piernas con calzonas de ciclista. Según George Painter:
Era bajo, bien parecido y de carácter excitable; tenía ojos de color de café, la piel del rostro de mortal palidez
olivaza, con un grano velludo, y padecía una progresiva pérdida de cabello contra la que luchaba desesperadamente, sin éxito. Desprendía un extraño olor a cloroformo y manzanas podridas, que nadie supo identificar como síntoma de diabetes, hasta que fue demasiado tarde. Sus relaciones con
Montesquieu se desarrollaron siempre felizmente, con la sola salvedad de algún que otro pique y
llantera, y de que era imposible saber adónde iba Yturri cuando salía montado en su bicicleta. En una ocasión, Yturri hizo una escapada en tren que dio lugar a una ausencia más prolongada que las anteriores; y cuando un amigo preguntó al Conde por su secretario, el acongojado
Montesquieu sólo pudo contestar: "Gabriel ha ido a Montecarlo con una joven persona que, al parecer, ejerce nefasta influencia en él".
Yturri sirvió al gomoso Montesquieu con lealtad. No sólo vendía con discreción las pertenencias de su señor en tiempos de vacas flacas, sino que se las ingeniaba para comprar valiosas obras de arte. A las religiosas del convento de Versalles les birló una bañera de mármol rosado "a cambio de sus zapatillas viejas, tras convencer a las monjas de que habían pertenecido al Papa". Cuando el conde se batió a duelo con Henri de Regnier, Yturri fue requerido por el otro padrino a responder "¿A qué casa pertenece Ms. de
Montesquieu?", y como Yturri desconocía el protocolo caballeresco respondió: "¡Rue de Boccador, número 6!".
Dice un aforismo tropical que la vida te da sorpresas, y en marzo de 1895 Henri de Regnier fue padrino de Yturri cuando el peruano desafió a duelo al pintor Jacques-Émile Blanche, pero el duelo nunca se realizó porque ambos rivales comprendieron que habían sido víctimas de las murmuraciones de la Condesa Potocka. Después de acompañar al conde durante veinte años, Yturri murió el 5 de julio de 1905, dejando a
Montesquieu desolado y desvalido. El Conde le mandó a exclusivos sanatorios de Italia y Alemania, pero nada pudo hacer contra el mal que lo devoraba. Las últimas palabras de Yturri fueron "Gracias por haberme permitido conocer cosas tan hermosas...".
Un mes más tarde Montesquieu
le dirigió estas líneas a Proust: "La maravillosa dignidad con que salió de mi vida me brindó tan hermoso espectáculo que se ha quedado grabado en mi pensamiento y mi corazón, y los induce a una humildad personal cuando pienso que yo, a quien él llamaba su Maestro, no hubiera alcanzado sin duda ese grado de perfección en la renuncia silenciosa y el sacrificio contenido... Cuando vuelvo a casa, sólo me encuentro su gorrita vacía... su gorrita vacía..."
Proust le expresó así sus condolencias: "Aquellas simples y cotidianas demostraciones de afecto que él le daba, y las de confianza que usted le prodigaba, contempladas en el lejano y dorado resplandor giottesco en que ahora se encuentran, se están convirtiendo para mí en casi sagrados recuerdos". De hecho, la memoria de Yturri en
"En busca del tiempo perdido" va más allá del episodio glosado por Luis Loayza, ya que Gabriel de Yturri no es otro que Jupien, el sufrido secretario del barón Charlus.
Al respecto apuntó George Painter: "Proust siempre sintió afecto por el bondadoso, leal y divertido Yturri, Y ahora le parecía que una parte de su propia vida, lo mismo que gran parte de la del Conde, desaparecía junto con Yturri".
Conmovido por la pérdida casi conyugal de su secretario,
Montesquieu perpetró "el más extraño testimonio que puede inspirar el amor ligado a la vanidad: un pesado, lujoso, grueso libro titulado
"Le Chancelier de fleurs", compuesto por todas las cartas de pésame recibidas o solicitadas por
Montesquieu, pues llegaría al extremo de pedir una al emperador de Alemania".
La muerte de Yturri marcó para siempre al excéntrico
Montesquieu, ya que al fallecer la madre de Proust le dedicó a Marcel estos versos cuando menos chocantes:
Nuestros dos duelos son amigos y
hermanos:
Lloráis Éste que hace mucho tiempo,
Aleja los destinos contrarios
De vuestros pasos y de vuestros instantes;
Yo, lloro un alma profunda
Puesta, un día, sobre mis negros senderos,
Para ayudarme a llevar un mundo
Bajo el asalto de los enemigos.
Mezclad vuestras lágrimas a las nuestras;
Que desconozco, en mi apenada oscuridad,
Si los llantos son míos o son vuestros,
De que nuestros ojos son los manantiales.
|