Rodolfo
Valentino fue un hombre insignificante y posiblemente un macho de
utilería.
Acusado
de afeminado y homosexual, consiguió que millones de personas lo
erigieran en modelo de su época. Murió el 23 de agosto de 1926,
a los 31 años, pero le dio tiempo a casarse tres veces y rodar 25
pelÍculas. Su vida es la metáfora de ciertos prototipos que
perduran en la estética de hoy: superficialidad, vértigo,
mentira, imagen pura.
********
EL TANGO DE UNA VIDA
Como
en un sueño,
la primera imagen de este hombre que fue sex symbol de la naciente
Hollywood hace 80 años es la de un personaje delgado, muy
delgado, que baila frente a las cámaras un extraño, exótico
ritmo sudamericano. Es un sujeto menudo, casi insignificante, que
se mueve como un muñeco medio espasmódico y tiene la cara
entalcada, el pelo engominado y los ojos negros exageradamente
pintados. Al bailar alza las cejas con una intención que, se
supone, debe ser erótica.
Varias décadas después no puedo sino imaginar que en aquel set
hay algún canalla que se ríe discretamente de ese mequetrefe;
imagino la envidia de otros actores más dotados y hasta la fatiga
del director Rex Ingram (uno de los mejores del cine mudo), quien
seguramente prefería, a esas horas, estar filmando algo más
serio o bebiéndose un trago en un bar de las inmediaciones.
Sin embargo, semanas después de esa toma, en la pantalla
cuadrada, pequeña y en blanco y negro de los cinematógrafos de
todo el mundo, esas piruetas inconcebibles transforman a aquel
sublime mequetrefe en un macho ejemplar, una especie de toro de
las pampas, o del desierto, o de dondequiera, cuya única virtud
será hacer suspirar a millones de mujeres en todo el planeta,
todas fantaseando –en universal coro– que son ellas las que
están en brazos de ese flaquito de rostro fino y delicado que les
quiebra la cintura como un payaso de resorte que sale de la caja.
Su nombre verdadero fue, según algunos biógrafos, Rodolfo Pietro
Filiberto Raffaello Guglielmi di Valentina. Según otros, se
llamaba Rodolfo Alfonso Rafael Filiberto Guglielmi d’Antoguolla.
Lo que se sabe de él no es mucho ni todo cierto, pero nació en
1895 en la provincia de Tarento, en el taco de la bota que parece
Italia y en una villa de nombre Castellaneta, o Castellorieta. Sus
padres se llamaron Giovanni y Beatrice, y él fue el segundo de
tres hermanos, entre Alberto y María. Al parecer, desde niño
manifestó un carácter rebelde y fue un pésimo alumno,
consentido por su madre. Expulsado de varios colegios, a los 15 años
la marina italiana lo rechazó por su evidente debilidad para las
exigencias de la navegación.
Típico joven emigrante de la pobreza del sur de Italia, su
biografía dice que vivió unos años en París, donde se enredó
en amoríos homosexuales y aprendió a bailar el tango, ritmo que
algunos argentinos ricos habían impuesto en Francia y que hacía
furor en los años de la preguerra.
Poco
después de cumplir los 18 años, en septiembre de 1913 y ya con
el nombre sintetizado que lo perpetuaría, Rodolfo Valentino cruzó
el Atlántico en la tercera clase de un trasatlántico y se instaló
en Nueva York.
Allí,
coinciden sus biógrafos, fue camarero, lavaplatos, empleado en
Wall Street, bailarín en salones de fiestas y gigoló bisexual,
además de trabajar como jardinero de un millonario de Manhattan
llamado Cornelius Bliss.
El tango se puso de moda en Nueva York y en California después de
la Primera Guerra Mundial y ésa fue la gran oportunidad para
Ruddy, como lo llamaban sus amigos. Así se largó a probar
fortuna en el ya por entonces fascinante mundillo cinematográfico
de Hollywood, donde apareció en algunas películas como malvado
latino y, tras varias actuaciones insignificantes, consiguió su
primer papel importante gracias a la mediación de June Mathis en
un filme que adaptaba la novela de Vicente Blasco Ibáñez: Los
cuatro jinetes del apocalipsis (1921) y que fue dirigida por
Ingram.

En esa novela hay un personaje que es un estanciero (hacendado)
argentino llamado Julio, y ése fue el papel que le asignaron.
Disfrazado de gaucho de las pampas, pero con sombrero andaluz, el
papel le iba a la perfección como modelo latino de agresividad y
pasión. El talentoso Ingram lo dejó exhibir ante las cámaras
las habilidades tangueras aprendidas en su adolescencia parisina.
Y ese baile exótico, de música novedosa y picante que se
prestaba perfectamente a los impulsos del hombre que arrastrando
los pies hace girar a la mujer a su antojo, le abrió el camino a
una fama descomunal. Se convirtió enseguida en el objeto de deseo
de millones de mujeres (y también de algunos hombres, todo sea
dicho), quizá porque hasta entonces los héroes del cine se
caracterizaban por ser bellos, pero recatados a la hora de la
conquista. En cambio, él se mostró audaz: sin ser el principal
protagonista de Los cuatro jinetes… bailó un tango tan sensual
con la más bien fría Alice Terry que de inmediato superó la
fama del protagonista, Wallace Beery.
Pero lo curioso es que, en realidad y visto hoy, bailaba un tango
decididamente estrafalario: sacudía más que llevaba a sus
parejas, de un lado a otro; deslizaba los pies moviendo cuello y
caderas; y sobreactuaba todo con repentinas detenciones que
dramatizaba con una mirada de apariencia lujuriosa. Claro que en
Hollywood las reglas del éxito son otras y se miden en fama y
dinero: Valentino bailaba un tango heterodoxo y cuestionable, sí,
pero el éxito del filme fue fabuloso y a partir de entonces se
convirtió en el mito masculino por antonomasia
de esos primeros tiempos de Hollywood, a pesar de que precisamente
era su masculinidad lo que más se ponía en duda.
Valentino
reunía varias características que Osvaldo Gallone (autor de La
vuelta al mundo al compás del tango) sintetizó con brillantez:
“Era histéricamente seductor, y aquí la histeria no pasaba
simplemente por el goce de verlo pero la imposibilidad de tocarlo,
sino por algo mucho más profundo, una histeria de carácter intrínseco:
era atractivo, pero sexualmente irrealizable; se proponía como el
prototipo del macho seductor aunque desde una posición de
insinuado afeminamiento; narcisista, lo desvelaba el cuidado físico,
se cargaba de joyas, usaba carmín en los labios y sombra
delineadora en las pestañas”.
Deseo y lujuria.
Su
virilidad siempre era puesta en duda, pero las mujeres del mundo
se unían para idolatrarlo. Jóvenes y maduras, solteras y casadas
acudían a los cinematógrafos para ver cómo seducía a sus
coprotagonistas con su estilo entre salvaje y exótico. Es posible
que él se convirtiera en la fantasía erótica de millones de
mujeres porque en esa década se superaban, y para siempre, todos
los vestigios de la estricta y prejuiciosa moral victoriana
imperante hasta entonces. Y también es probable que hayan sido
los constantes ataques de muchos críticos de cine (que lo
juzgaban “inepto”, “actor sin recursos” o lisa y
llanamente “un bluff”) los que contribuyeron al crecimiento
del mito. Un columnista del diario Chicago Tribune lo acusó
incluso de ser culpable de la declinación de la masculinidad
norteamericana, acaso porque Valentino era de tez oscura, pasional
y agresivo, todo eso que el varón promedio norteamericano no
es.
Lo
cierto es que él se plantaba ante el público como un agresivo
macho feminizado, una especie de andrógino enigmático que,
supuestamente, tenía los atributos de los dos sexos y eso le
garantizaba que lo erigieran en modelo de su época. Y modelo que
sólo igualaba, por esos años, el popular cantante de tangos
Carlos Gardel, quien desde la lejana Buenos Aires llegaba con idéntica
fama de latin lover, pero con la ventaja de que tenía una voz
privilegiada y se había acunado en los ambientes tangueros de las
orillas porteñas.
Aunque su filmografía completa abarca unas 25 películas, su
estrellato cinematográfico duró sólo cinco años. Y fue apenas
por sus últimos filmes que alcanzó la gloria efímera que brinda
ese mundo frívolo y superficial. En 1921 filmó El Sheik, de
George Nelford, película en la que rapta a una inglesa en Arabia
y la enamora locamente. Eso agrandó su fama y lo proyectó a la
categoría de mito mundial. La mayoría de las actrices de
entonces soñaba con actuar a su lado y las mujeres de todo el
mundo soñaban ser parte de las aventureras y románticas películas
en que participaba este italiano de pelo engominado que bailaba
tangos o danzas que pretendían serlo, como en Sangre y arena
(1922) de Fred Niblo, donde fue acompañado por Nita Naldi.
Aficionado al espiritismo, amante del lujo y coleccionista de
objetos tanáticos (lanzas, espadas, dagas y puñales) y estatuas
de marfil, jade y ónix, revolucionó los estándares estéticos
de Hollywood. En una época de galanes rubios, fríos y distantes,
su magnetismo de macho latino un tanto ambiguo sedujo multitudes.
Se dijo que era un tipo sensible porque escribía poesías, pero
su poemario Sueños de día (Daydreams), plagado de flores y crepúsculos,
pareció condenado desde el vamos a no formar parte de la gran
literatura universal. No obstante lo cual, en la biblioteca de su
mansión, Falcon Lair, había muchos libros y en diferentes
lenguas: italiano y latín, pero también francés, alemán, español,
inglés antiguo e incluso en griego.
Sólo tres mujeres.
Luego
de una extensa gira por Europa y los Estados Unidos, se reintegró
al cine con los filmes Monsieur Beaucaire (1924), El águila
(1925), dirigida por Clarence Brown, y El hijo del Sheik
(1926), su última película que fue también su más rotundo éxito
comercial: la presentación se realizó en Nueva York y en los
carteles su nombre figuraba dos veces más grande que el título
de la película. Aunque símbolo amoroso universal, sólo tuvo
tres relaciones formales, todas inestables. Se casó por primera
vez con Jean Acker, joven actriz a quien había conocido en 1919
en una fiesta. Pero ese matrimonio sólo duró un mes, según
algunos cronistas, y apenas seis horas según otros. Su segunda
mujer fue la coreógrafa Natasha Rambova, a quien conoció durante
el rodaje de Camille (1921) y quien inmediatamente se enamoró de
él y lo llevó a una veloz huida a México para casarse, lo que
luego condujo al actor a los tribunales acusado de bigamia. Su
matrimonio con Rambova, quien tenía fama de bisexual y
manipuladora, fue bastante escandaloso y era fama que Ruddy mantenía
romances con célebres actrices como Marion Davies, Pola Negri y
Gloria Swanson, además de incontables amoríos con personajes anónimos
de ambos sexos. Pero fue el carácter ambicioso y dominante de
Natasha lo que forzó a la United Artists a imponerle una cláusula
que vedaba la intervención de ella en su carrera. Este punto
final fue también el del matrimonio. Y entonces irrumpió en su
vida la impactante Pola Negri, quien lo acompañó los últimos años
y asumió el papel de viuda desgarrada en su sepelio.
Acusado de afeminado y de homosexual a lo largo de toda su vida,
en su biografía de Valentino (Dream of Desire), David Bret
sostiene que a Ruddy sólo le interesaban los hombres, que vivió
comprobados romances homosexuales en París y Manhattan y que
frecuentaba bares y cabarés de homosexuales de la industria del
cine en Hollywood. Bret afirma también que Valentino mantuvo
relaciones con el periodista francés Andrè Daveen y con el actor
Ramón Navarro, y asegura que la mayor frustración de su vida fue
no haber podido conquistar a Carlos Gardel.
Todo ambigüedad.
Confusión
e intensidad fueron todo uno en su vida: ningún guión le
satisfizo; discutió con todos sus productores; transmitió ambigüedad
y vivió perseguido por chismes y rumores.
Si
su sexualidad siempre estuvo en entredicho, su vida cotidiana fue
un dechado de superficialidad. Fue también protagonista –aunque
fugaz– del gran cambio que significó para la industria el paso
del cine mudo al sonoro, pero el inocultable acento italiano de
sus parlamentos se constituyó enseguida en una insalvable
limitación que iba a restringir su carrera, condenada a un
declive que sólo podría salvar una muerte prematura, como en
efecto sucedió. Valentino murió en Nueva York el 23 de agosto de
1926 a la temprana edad de 31 años, víctima de una septicemia
derivada de una operación de peritonitis. Hubo versiones de toda
especie y se habló de envenenamiento y de venganzas, como si su
muerte no pudiese ser convencional.
Su cadáver fue trasladado a Los Ángeles y recibió sepultura en
el Hollywood Memorial Park gracias a June Mathis, su amiga y
verdadera responsable de su fama. A sus funerales concurrieron más
de 80.000 mujeres y hubo disturbios e incluso se reportaron
decenas de suicidios en todo el mundo. Durante décadas una
misteriosa mujer vestida de negro y con el rostro oculto visitó
su tumba cada 23 de agosto. Nunca se supo su identidad, aunque
muchos creyeron que era Jean Acker y otros fabulaban que se
trataba de la célebre Pola Negri. Pero esa extraña dama
permaneció desconocida y sólo alimentó la leyenda hasta que ya
no fue al cementerio.
Para este aniversario número 75 quizá quede alguna centenaria
viejecita capaz de ir a ponerle alguna flor. Después de todo,
también los iconos tienen quien los evoque. Yo prefiero reservar
mi nostalgia para Rex Ingram, ese hoy olvidado director del cine
mudo que alcanzó dos prodigios memorables: hizo que ese actor
italiano bailara un tango como un gaucho, ignorando que los
gauchos jamás bailaron nada ni conocieron tango alguno. Y logró
que la ambigüedad se constituyera en símbolo sexual por primera
vez en los tiempos modernos.
Sí, seguramente el espíritu chocarrero de Ingram ha de estar
bebiéndose un trago en un bar de las inmediaciones. Cierro los
ojos y hasta me parece escuchar su risa.
*
* * * * * *
Volver
a BIOGRAFÍA
|