1890  -  1950

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EL TANGO DE UNA VIDA

por Mempo Giardinelli 

Rodolfo Valentino fue un hombre insignificante y posiblemente un macho de utilería.

Acusado de afeminado y homosexual, consiguió que millones de personas lo erigieran en modelo de su época. Murió el 23 de agosto de 1926, a los 31 años, pero le dio tiempo a casarse tres veces y rodar 25 pelÍculas. Su vida es la metáfora de ciertos prototipos que perduran en la estética de hoy: superficialidad, vértigo, mentira, imagen pura.

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EL TANGO DE UNA VIDA

Como en un sueño, la primera imagen de este hombre que fue sex symbol de la naciente Hollywood hace 80 años es la de un personaje delgado, muy delgado, que baila frente a las cámaras un extraño, exótico ritmo sudamericano. Es un sujeto menudo, casi insignificante, que se mueve como un muñeco medio espasmódico y tiene la cara entalcada, el pelo engominado y los ojos negros exageradamente pintados. Al bailar alza las cejas con una intención que, se supone, debe ser erótica.

Varias décadas después no puedo sino imaginar que en aquel set hay algún canalla que se ríe discretamente de ese mequetrefe; imagino la envidia de otros actores más dotados y hasta la fatiga del director Rex Ingram (uno de los mejores del cine mudo), quien seguramente prefería, a esas horas, estar filmando algo más serio o bebiéndose un trago en un bar de las inmediaciones.

Sin embargo, semanas después de esa toma, en la pantalla cuadrada, pequeña y en blanco y negro de los cinematógrafos de todo el mundo, esas piruetas inconcebibles transforman a aquel sublime mequetrefe en un macho ejemplar, una especie de toro de las pampas, o del desierto, o de dondequiera, cuya única virtud será hacer suspirar a millones de mujeres en todo el planeta, todas fantaseando –en universal coro– que son ellas las que están en brazos de ese flaquito de rostro fino y delicado que les quiebra la cintura como un payaso de resorte que sale de la caja.

Su nombre verdadero fue, según algunos biógrafos, Rodolfo Pietro Filiberto Raffaello Guglielmi di Valentina. Según otros, se llamaba Rodolfo Alfonso Rafael Filiberto Guglielmi d’Antoguolla. Lo que se sabe de él no es mucho ni todo cierto, pero nació en 1895 en la provincia de Tarento, en el taco de la bota que parece Italia y en una villa de nombre Castellaneta, o Castellorieta. Sus padres se llamaron Giovanni y Beatrice, y él fue el segundo de tres hermanos, entre Alberto y María. Al parecer, desde niño manifestó un carácter rebelde y fue un pésimo alumno, consentido por su madre. Expulsado de varios colegios, a los 15 años la marina italiana lo rechazó por su evidente debilidad para las exigencias de la navegación.

Típico joven emigrante de la pobreza del sur de Italia, su biografía dice que vivió unos años en París, donde se enredó en amoríos homosexuales y aprendió a bailar el tango, ritmo que algunos argentinos ricos habían impuesto en Francia y que hacía furor en los años de la preguerra. 

Poco después de cumplir los 18 años, en septiembre de 1913 y ya con el nombre sintetizado que lo perpetuaría, Rodolfo Valentino cruzó el Atlántico en la tercera clase de un trasatlántico y se instaló en Nueva York. 

Allí, coinciden sus biógrafos, fue camarero, lavaplatos, empleado en Wall Street, bailarín en salones de fiestas y gigoló bisexual, además de trabajar como jardinero de un millonario de Manhattan llamado Cornelius Bliss.

El tango se puso de moda en Nueva York y en California después de la Primera Guerra Mundial y ésa fue la gran oportunidad para Ruddy, como lo llamaban sus amigos. Así se largó a probar fortuna en el ya por entonces fascinante mundillo cinematográfico de Hollywood, donde apareció en algunas películas como malvado latino y, tras varias actuaciones insignificantes, consiguió su primer papel importante gracias a la mediación de June Mathis en un filme que adaptaba la novela de Vicente Blasco Ibáñez: Los cuatro jinetes del apocalipsis (1921) y que fue dirigida por Ingram.

En esa novela hay un personaje que es un estanciero (hacendado) argentino llamado Julio, y ése fue el papel que le asignaron. Disfrazado de gaucho de las pampas, pero con sombrero andaluz, el papel le iba a la perfección como modelo latino de agresividad y pasión. El talentoso Ingram lo dejó exhibir ante las cámaras las habilidades tangueras aprendidas en su adolescencia parisina. Y ese baile exótico, de música novedosa y picante que se prestaba perfectamente a los impulsos del hombre que arrastrando los pies hace girar a la mujer a su antojo, le abrió el camino a una fama descomunal. Se convirtió enseguida en el objeto de deseo de millones de mujeres (y también de algunos hombres, todo sea dicho), quizá porque hasta entonces los héroes del cine se caracterizaban por ser bellos, pero recatados a la hora de la conquista. En cambio, él se mostró audaz: sin ser el principal protagonista de Los cuatro jinetes… bailó un tango tan sensual con la más bien fría Alice Terry que de inmediato superó la fama del protagonista, Wallace Beery.

Pero lo curioso es que, en realidad y visto hoy, bailaba un tango decididamente estrafalario: sacudía más que llevaba a sus parejas, de un lado a otro; deslizaba los pies moviendo cuello y caderas; y sobreactuaba todo con repentinas detenciones que dramatizaba con una mirada de apariencia lujuriosa. Claro que en Hollywood las reglas del éxito son otras y se miden en fama y dinero: Valentino bailaba un tango heterodoxo y cuestionable, sí, pero el éxito del filme fue fabuloso y a partir de entonces se convirtió en el mito masculino por antonomasia de esos primeros tiempos de Hollywood, a pesar de que precisamente era su masculinidad lo que más se ponía en duda. 

Valentino reunía varias características que Osvaldo Gallone (autor de La vuelta al mundo al compás del tango) sintetizó con brillantez: “Era histéricamente seductor, y aquí la histeria no pasaba simplemente por el goce de verlo pero la imposibilidad de tocarlo, sino por algo mucho más profundo, una histeria de carácter intrínseco: era atractivo, pero sexualmente irrealizable; se proponía como el prototipo del macho seductor aunque desde una posición de insinuado afeminamiento; narcisista, lo desvelaba el cuidado físico, se cargaba de joyas, usaba carmín en los labios y sombra delineadora en las pestañas”.

Deseo y lujuria. 

Su virilidad siempre era puesta en duda, pero las mujeres del mundo se unían para idolatrarlo. Jóvenes y maduras, solteras y casadas acudían a los cinematógrafos para ver cómo seducía a sus coprotagonistas con su estilo entre salvaje y exótico. Es posible que él se convirtiera en la fantasía erótica de millones de mujeres porque en esa década se superaban, y para siempre, todos los vestigios de la estricta y prejuiciosa moral victoriana imperante hasta entonces. Y también es probable que hayan sido los constantes ataques de muchos críticos de cine (que lo juzgaban “inepto”, “actor sin recursos” o lisa y llanamente “un bluff”) los que contribuyeron al crecimiento del mito. Un columnista del diario Chicago Tribune lo acusó incluso de ser culpable de la declinación de la masculinidad norteamericana, acaso porque Valentino era de tez oscura, pasional y agresivo, todo eso que el varón promedio norteamericano no es. 

Lo cierto es que él se plantaba ante el público como un agresivo macho feminizado, una especie de andrógino enigmático que, supuestamente, tenía los atributos de los dos sexos y eso le garantizaba que lo erigieran en modelo de su época. Y modelo que sólo igualaba, por esos años, el popular cantante de tangos Carlos Gardel, quien desde la lejana Buenos Aires llegaba con idéntica fama de latin lover, pero con la ventaja de que tenía una voz privilegiada y se había acunado en los ambientes tangueros de las orillas porteñas.

Aunque su filmografía completa abarca unas 25 películas, su estrellato cinematográfico duró sólo cinco años. Y fue apenas por sus últimos filmes que alcanzó la gloria efímera que brinda ese mundo frívolo y superficial. En 1921 filmó El Sheik, de George Nelford, película en la que rapta a una inglesa en Arabia y la enamora locamente. Eso agrandó su fama y lo proyectó a la categoría de mito mundial. La mayoría de las actrices de entonces soñaba con actuar a su lado y las mujeres de todo el mundo soñaban ser parte de las aventureras y románticas películas en que participaba este italiano de pelo engominado que bailaba tangos o danzas que pretendían serlo, como en Sangre y arena (1922) de Fred Niblo, donde fue acompañado por Nita Naldi.

Aficionado al espiritismo, amante del lujo y coleccionista de objetos tanáticos (lanzas, espadas, dagas y puñales) y estatuas de marfil, jade y ónix, revolucionó los estándares estéticos de Hollywood. En una época de galanes rubios, fríos y distantes, su magnetismo de macho latino un tanto ambiguo sedujo multitudes. Se dijo que era un tipo sensible porque escribía poesías, pero su poemario Sueños de día (Daydreams), plagado de flores y crepúsculos, pareció condenado desde el vamos a no formar parte de la gran literatura universal. No obstante lo cual, en la biblioteca de su mansión, Falcon Lair, había muchos libros y en diferentes lenguas: italiano y latín, pero también francés, alemán, español, inglés antiguo e incluso en griego.

Sólo tres mujeres. 

Luego de una extensa gira por Europa y los Estados Unidos, se reintegró al cine con los filmes Monsieur Beaucaire (1924), El águila (1925), dirigida por Clarence Brown, y El hijo del Sheik (1926), su última película que fue también su más rotundo éxito comercial: la presentación se realizó en Nueva York y en los carteles su nombre figuraba dos veces más grande que el título de la película. Aunque símbolo amoroso universal, sólo tuvo tres relaciones formales, todas inestables. Se casó por primera vez con Jean Acker, joven actriz a quien había conocido en 1919 en una fiesta. Pero ese matrimonio sólo duró un mes, según algunos cronistas, y apenas seis horas según otros. Su segunda mujer fue la coreógrafa Natasha Rambova, a quien conoció durante el rodaje de Camille (1921) y quien inmediatamente se enamoró de él y lo llevó a una veloz huida a México para casarse, lo que luego condujo al actor a los tribunales acusado de bigamia. Su matrimonio con Rambova, quien tenía fama de bisexual y manipuladora, fue bastante escandaloso y era fama que Ruddy mantenía romances con célebres actrices como Marion Davies, Pola Negri y Gloria Swanson, además de incontables amoríos con personajes anónimos de ambos sexos. Pero fue el carácter ambicioso y dominante de Natasha lo que forzó a la United Artists a imponerle una cláusula que vedaba la intervención de ella en su carrera. Este punto final fue también el del matrimonio. Y entonces irrumpió en su vida la impactante Pola Negri, quien lo acompañó los últimos años y asumió el papel de viuda desgarrada en su sepelio.

Acusado de afeminado y de homosexual a lo largo de toda su vida, en su biografía de Valentino (Dream of Desire), David Bret sostiene que a Ruddy sólo le interesaban los hombres, que vivió comprobados romances homosexuales en París y Manhattan y que frecuentaba bares y cabarés de homosexuales de la industria del cine en Hollywood. Bret afirma también que Valentino mantuvo relaciones con el periodista francés Andrè Daveen y con el actor Ramón Navarro, y asegura que la mayor frustración de su vida fue no haber podido conquistar a Carlos Gardel.

Todo ambigüedad. 

Confusión e intensidad fueron todo uno en su vida: ningún guión le satisfizo; discutió con todos sus productores; transmitió ambigüedad y vivió perseguido por chismes y rumores. 

Si su sexualidad siempre estuvo en entredicho, su vida cotidiana fue un dechado de superficialidad. Fue también protagonista –aunque fugaz– del gran cambio que significó para la industria el paso del cine mudo al sonoro, pero el inocultable acento italiano de sus parlamentos se constituyó enseguida en una insalvable limitación que iba a restringir su carrera, condenada a un declive que sólo podría salvar una muerte prematura, como en efecto sucedió. Valentino murió en Nueva York el 23 de agosto de 1926 a la temprana edad de 31 años, víctima de una septicemia derivada de una operación de peritonitis. Hubo versiones de toda especie y se habló de envenenamiento y de venganzas, como si su muerte no pudiese ser convencional.

Su cadáver fue trasladado a Los Ángeles y recibió sepultura en el Hollywood Memorial Park gracias a June Mathis, su amiga y verdadera responsable de su fama. A sus funerales concurrieron más de 80.000 mujeres y hubo disturbios e incluso se reportaron decenas de suicidios en todo el mundo. Durante décadas una misteriosa mujer vestida de negro y con el rostro oculto visitó su tumba cada 23 de agosto. Nunca se supo su identidad, aunque muchos creyeron que era Jean Acker y otros fabulaban que se trataba de la célebre Pola Negri. Pero esa extraña dama permaneció desconocida y sólo alimentó la leyenda hasta que ya no fue al cementerio.

Para este aniversario número 75 quizá quede alguna centenaria viejecita capaz de ir a ponerle alguna flor. Después de todo, también los iconos tienen quien los evoque. Yo prefiero reservar mi nostalgia para Rex Ingram, ese hoy olvidado director del cine mudo que alcanzó dos prodigios memorables: hizo que ese actor italiano bailara un tango como un gaucho, ignorando que los gauchos jamás bailaron nada ni conocieron tango alguno. Y logró que la ambigüedad se constituyera en símbolo sexual por primera vez en los tiempos modernos.

Sí, seguramente el espíritu chocarrero de Ingram ha de estar bebiéndose un trago en un bar de las inmediaciones. Cierro los ojos y hasta me parece escuchar su risa.

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ISLA  TERNURA PLAYA NO ERES EL ÚNICO