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La
Brasa en la
Mano. (Fragmento)
Trato de recordar. Los dos estábamos en un coche y él me
dijo: "No tengo derecho a pedírtelo, pero si sé que te acostás con
otros... "Era su declaración de amor. Lo había perseguido durante meses
y, al fin, se decidía. A su manera..."Tenés que comprender. Es difícil
para mí. Si te dijera que estoy enamorado de vos, mentiría. No es eso."
No; no era eso. Y sin embargo insistía, decía (aunque era la primera
vez) que sufriría si yo me acostaba con otros, que no estaba enamorado
de mí, que: "Soy un egoísta; perdóname". Lo miré; miré sus rodillas
desoladas. Era un niño pidiéndome perdón. El coche dobló la esquina
donde bajó y nos separamos, aún tuve tiempo de decirle el "Hasta
mañana" acostumbrado y de mirarlo alejarse con el portafolios bajo el
brazo. Desapareció en la calle, tal vez en la otra esquina, mientras me
hundía en el asiento.
Yo soy pequeño, esmirriado, un poco triste, con la cara
apretada por esa tristeza. El espejo me devolvió la imagen, cruelmente,
en el momento de achicarme en el asiento (con la fugacidad que tienen
los espejos que reflejan el sol) y en el momento en que el chofer me
miraba para que le dijera adónde me llevaría. Lo dejé esperando, porque
a la fotografía alejándose, su imagen de hombre seguro caminando, el
vaivén de sus portafolios.
El tono de tristeza que puedan tener estas palabras es
de ahora; entonces, yo era feliz. Piensen en que él me había dicho que
me quería, en que él me quería, en que yo no lo sabía. Esta es una
historia de amor (o lo que es lo mismo: una historia de contradicciones)
y debo decirlo desde el comienzo: el que no haya amado no podrá
entenderla. Piensen en el amor y díganme si había o no motivos para
estar alegres.
El coche se alejó velozmente hacia cualquier calle los
árboles eran otras tantas pantallas pasando en la luz. Las caras que
veía al sesgo cuando se detenía, me aparecían opacas, preocupadas. Todas
eran iguales. Mejor ni mirarlas. "Miguel, qué feliz soy". Sin embargo,
ellas miraban, se arremolinaban junto a la ventanilla. "Miguel, sos vos
el que tiene que perdonarme ¡No sabés cuánto te quiero!" Una cara se
detuvo, o me pareció, porque siguió de largo. "No importa que no me
quieras. Lo único que te pido es que estemos juntos". Otra me amenazó...
¿Pero qué había hecho yo? Sí, me había sonreído. Es difícil esconder la
felicidad, pero aún es más difícil mostrarla. Y en eso el coche frenó.
Alcancé a verlas apretadas en la desesperación de haberse salvado (el
temblor animal del abrazo de la mujer), y alcancé a ver la furia del
chofer gritándoles. Vaya a saber en qué felicidad irían pensando.
Esa fue la primera vez que me dijo que sí. La otra es
demasiado vergonzosa y triste para recordarla. Me averguenza porque es
el final del romance vulgar (que también tiene su explicación,
tratándose de él) y me entristece porque tal vez quiso darme lo mejor de
sí y yo no lo entendí. Era un consuelo, de todas maneras; y a la
vergüenza y la tristeza se mezcla en el recuerdo el rencor. El me
confundía con una mujer; nuestras relaciones tenían no sé qué de
parecido con las del hombre y la mujer. Hasta creo que se convertía
cambiándome el sexo en el diminutivo de mi nombre. Hoy pienso que toda
la ternura de que era capaz está en esa despedida. Me dijo: "Pase lo que
pase, no te olvidaré. Hemos sido muy felices". ¡ El final de la pareja
de novios, en que él abandona después de haber conseguido lo que quería!
( Pero no. No fue así. Si debo recordar, debo decirlo.
Es fácil repetir. "Hemos sido muy felices", sin mirar la cara de él que
escucha. Él está junto a la ventanilla de otro coche y habla distraído.
Y como quien encuentra la frase exacta se vuelve y me dice las palabras
con alegría. La cara se le ilumina y siento la presión de su mano en el
brazo. ¡Y es el final! Sólo detrás del resplandor está la tristeza, esa
desesperación que me aprieta el brazo. Pero en mí las palabras hablan de
otra manera. Me dicen: "Todo terminó. Hay que ser fuerte". Está más
joven que nunca. La cara bien afeitada, blanca; el cuerpo laxo en el
descanso, en ese abandono trágico que le dibuja el rictus que amo tanto.
"No seas zonzo. Tenés que vivir tu vida. Olvídate de mí. Al fin de
cuentas, ¿qué pasó entre nosotros?" Por un instante siento que es así,
que tiene razón, y le agradezco que reconozca que hemos sido felices.
Pero inmediatamente lo aborrezco y pienso cómo pude enamorarme de un
hombre como él, y lo compadezco y me compadezco. Entonces sus ojos
insisten en el hallazgo, brillan en la afirmación del "Hemos sido muy
felices", y aceptó, copio el gesto amargo de su boca, sonrío y digo sí).
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La
novela está ambientada en la ciudad de Buenos Aires entre las décadas
del cincuenta y sesenta del siglo pasado. Presenta una descripción de la
vida oculta de los homosexuales, en un tono irónico y no exento de cierta
comicidad, a través de situaciones en apariencia biográficas del propio
narrador. Entre los personajes que lo acompañan, están Beto, Myriam, El
Príncipe entre los Lirios, Adolfo y Andrea, la única mujer de la
historia. También están Baba y sus invitados, mientras que los
personajes secundarios son taxi boys, marineros y soldados.
Los espacios
urbanos donde transcurre la novela remiten a bares, plazas y lugares
secretos. El clima de la obra está inmerso en los prejuicios y en la
condena social deparada a los que se atreven a transgredir la norma y
asumen una sexualidad diferente de la regla heterosexista de la sociedad
patriarcal. La novela muestra la soledad de seres que no forman células
familiares tradicionales.
Según Freda “la primera discriminación que
un integrante de las minorías sexuales enfrenta está en su familia.
Todas las figuras a quienes ama y admira (el padre, la madre, el cura) le
enseñan a despreciarse a sí mismo. El homosexual
aprende que es marica, o sea, un afeminado cobarde”(Freda, 2000);
en lo que hace a la propia visión del sujeto pasible de ser considerado
un estereotipo, encontramos un componente homofóbico que le ha sido
trasmitido desde el seno de su familia y del entorno social. “En el
comienzo está la injuria” plantea Didier Eribon, un historiador del
pensamiento, para quien la identidad homosexual se construye en el momento
en que el insulto queda escrito en la mente del gay y determina un espacio
social, una minoría a la que pertenece, y un miedo precoz al
desenmascaramiento. “Si a mi no me hubieran tratado de sucio marica
desde que tengo doce años puede que no hubiera pensado que entraba dentro
de una definición y me hubiese dicho que ser homosexual es una cuestión
de sensibilidad personal”. (Brecha, 2001, p. 20)
Ya
en las primeras dos páginas, el autor/narrador rememora el final de una
relación sentimental mencionada por Villordo como un romance vulgar. Al
principio de la novela aparece el estereotipo que asimila al varón
homosexual como equivalente femenino:
“El
me confundía con una mujer, nuestras relaciones tenían no sé qué de
parecido con las del hombre y la mujer. Hasta creo que se divertía cambiándome
el sexo en el diminutivo de mi nombre”.
(Villordo, 1983, p. 8)
Esto
recuerda el estudio sobre la masculinidad en la sociedad cabileña de
Bourdieu donde el autor sostiene que el cuerpo tiene una parte delantera,
que es el lugar de la diferencia sexual, y una parte trasera, con una
sexualidad indiferenciada, y potencialmente femenina, es decir, pasiva,
sometida:
“(…)
como lo recuerdan, mediante el gesto
o la palabra, los insultos mediterráneos (especialmente el famoso
“corte de manga”) contra la homosexualidad, sus partes públicas,
cara, frente, ojos, bigote, boca, órganos nobles de presentación de uno
mismo en los que se condensa la identidad social, el pundonor, el nif, que
impone enfrentarse y mirar a los demás a la cara, y sus partes privadas,
ocultas o vergonzosas, que el decoro obliga a disimular.” (Bourdieu, 2000, p. 30)
Esta
idea del gay equivalente de mujer se da desde el interior mismo del
imaginario de sus personajes, que son mostrados como criaturas tristes, en
busca de la felicidad momentánea que sólo parecen hallar en la
promiscuidad; los cuales con frecuencia se tratan con el pronombre
femenino. Distintos elementos materiales del universo femenino aparecen
contenidos en la construcción de algunos personajes, por ejemplo Beto, en
el cual la descripción de su personalidad afeminada, está acompañada
del uso de maquillaje, ruleros y batones.
Remite también a los elementos
que han utilizado los cómicos argentinos a la hora de construir el
estereotipo de homosexuales travestidos en televisión o en películas
como las del binomio integrado por Jorge Porcel y Alberto Olmedo. Beto usa
cremas para prevenir las arrugas, se maquilla y se pone vestidos, aunque
siempre circunscripto al ámbito de su privacidad domiciliaria. En un
momento de la novela, rompe esta regla, debido a la imprevista fuga de su
mascota, un canario, y sale a la calle corriendo, vestido de mujer.
“¡Está
loco!”, aullaba Adolfo. “¡Mirá cómo sale! ¡Lo van a llevar
preso!” Corrí detrás de él, seguido por los otros, pero su batón
floreado iba dos pisos adelante, como una enloquecida mariposa que aparecía
y desaparecía, espantada por nuestros gritos. Cuando ganamos la calle, él
estaba entre un remolino de curiosos, el ómnibus se había detenido y el
chico que le vendía los diarios (que tenía su puesto en la esquina)
capturaba a Aglae, trepado a una ventanilla. Los tres mirábamos la escena
sin atinar a nada, inmóviles ante lo que ocurría. El chico le entregaba
el pajarito y respondía a su beso de agradecimiento con un “¡No, es
nada, señorita!”, y le decía a un vecino, para mayor aclaración:
“Es la señorita del quinto piso”. (Villordo, 1983, p. 21)
Es
interesante analizar los adjetivos que emplea Villordo para describir la
carrera de Beto en persecución de su mascota: “enloquecida mariposa”.
En el lenguaje coloquial del Río de la Plata, el adjetivo mariposa o
mariposón, y también loca, designa despectivamente al hombre gay o
sospechoso de serlo. Por otra parte la descripción del comportamiento de
Beto en el interior de su mundo privado, su casa, donde recibe a sus
clientes, vestido de mujer, está reafirmando
su categoría cuasi femenina desde una visión estereotípica del género:
“…iba
y venía de una crema a la otra, volvía a embadurnarse, con una habilidad
y una ligereza que al menor descuido presentaba al espectador una cara
diferente, sin que pudiera explicarse como había ocurrido el cambio.
Sobre los anteojos se alargaba las cejas, sobrecargaba de rimel los párpados,
se sombreaba las ojeras. (…) Para los labios tenía el rápido
movimiento de cilindro de las mujeres (…) Jamás salía pintado a la
calle, ni se lo hubiese permitido, sino con la cara borrada, refregada
para sacarse los afeites. Unicamente para el incrédulo diariero (un chico
que le alcanzaba los diarios por la puerta entreabierta) contaban los
atuendos y las cremas. Para los transeúntes, sólo la cara inexpresiva de
ese señor constantemente apurado e imprudente, ese hombre de edad
indefinida, que se parecía a cualquiera de ellos”. (Villordo, 1983, p.
16-17)
Beto,
según narra Villordo, había heredado
la costumbre de usar batones de unas tías provincianas; tenía una
colección. Si hacía calor los llevaba desprendidos, flotando
vaporosamente por toda la casa, y si hacía frío, se ponía varios, unos
encimas de otros, de maneras que sólo podía caminar, contoneándose.
Beto se presenta como Betina, usa el pronombre femenino para presentarse
ante otros homosexuales, como el propio Pajarito, protagonista biográfico
de la novela.
Además del estereotipo de la loca, aparece a través de las
propias palabras de Beto, el del chongo, ampliamente descrito por Sebrelli
(1997). Se advierte el trasvasamiento de la figura del chongo, de un
mundo al otro, en la construcción del estereotipo, desde el interior y el
exterior del gueto homosexual, por categorizar rápidamente una zona de
espacio vinculante entre personas con los mismos intereses sexuales,
aunque no siempre coincidan espacial o ideológicamente. Pajarito está
enamorado de Esteban, uno de estos personajes, camuflados en una falsa
masculinidad puesta en venta para los hombres homosexuales que fantasean
con conquistar el amor de un heterosexual. Esteban se acuesta con él por
dinero, y a su vez tiene relaciones con mujeres.
En
una ocasión cuando Pajarito está triste por la ruptura sentimental con
Esteban, recibe de Beto la siguiente reflexión:
“Pajarito,
vales mucho más que ese chongo atorrante que se acostaba por plata”. (Villordo, 1983, p. 13)
El
chongo en la mitología popular se percibe a sí mismo como un varón
heterosexual, que en ocasiones, mantiene sexo con otros hombres pero
siempre desempeñando un rol activo –aceptando la convención de que rol
activo está designando al sujeto que penetra o es felado en una relación
sexual- por algún tipo de intercambio económico. En realidad no se
diferenciaría de un individuo que ejerce la prostitución (taxi boy,
chapero, hustler, etc.).
Sobre este tema resulta esclarecedor el estudio
realizado por Perlongher (1993) en el ámbito de la ciudad de San Pablo.
La
novela brinda también una descripción de las costumbres urbanas de
algunos homosexuales de la década del cincuenta y sesenta, y los diversos
códigos de conquista (cruissing, levante) imperantes en la Buenos Aires
del siglo XX.
“Adolfo
dijo que era temprano; él dijo que era tarde. El otro dijo que era la
hora de los maricas, Beto que era la hora de los marineros”. (Villordo,
1983, p. 24)
“Los
soldados se sentaron en un banco, Beto dudó, miró una y otra vez, sin
soltarme el brazo, y siguió hablando como si me dijera algo importante
(…) Su conversación era una alocada sucesión de gestos, una
disparatada exhibición destinada a los dos
espectadores, cuyas reacciones vigilaba sobre mi hombro, con
miradas que tenían una sola dirección y que acabaron en poner sobre
aviso a los muchachos”. (Villordo, 1983, p. 32)
Finalmente,
Beto se marcha con uno de los conscriptos y Pajarito, con el otro. El
conscripto estaría ocupando el estereotipo del chongo;
el muchacho que se asume como estrictamente heterosexual, pero que acepta
brindar servicios al homosexual en un rol activo, a cambio de una invitación
a comer, o de una suma de dinero. A través de la conversación que
mantienen, es evidente que el soldado demuestra superioridad sobre
Pajarito, un sujeto pasivo, un equivalente de mujer.
“Después,
mirando a los conscriptos que estaban apoyados en la victrola, quiso oír
un disco, acercarse a ellos, que evidentemente habían tenido menos suerte
que él. Lo acompañé para que se mostrara, para que tuviera ese momento
de alegría infantil, que es el creerse superiores a los otros, y porque
una vez en el juego las leyes de la pareja son iguales a los del hombre y
la mujer.” (Villordo, 1983, p.39)
Desde
el punto de vista histórico, Villordo, está legitimando un modelo de
pareja patriarcal, donde el poder está, en manos del hombre. Al mismo
tiempo, describe la existencia de una cultura gay, que para la época,
permanecía oculta, funcional en sus propios códigos y espacios.
En la
acción de la novela, ya había transcurrido más de una década de lo que
fue conocido como el “escándalo de los cadetes del colegio militar”:
En 1942 un grupo de homosexuales relacionado con el joven propietario de
un lujoso departamento céntrico ideó un particular sistema para
conseguir compañía sexual. Gracias a la ayuda de una bella modelo que
alternaba en un bar donde concurrían cadetes del Colegio Militar,
los jovencitos eran engañados y llevados al departamento donde se
suponían disfrutarían de los favores de la mujer; pero una vez allí,
ella desaparecía y los dejaba con un hombre que les revelaba la verdad. Muchos se retiraban, pero los que quedaban eran fotografiados desnudos,
aunque con elementos del uniforme militar; desconociendo los ocultos propósitos
de futuras extorsiones. La denuncia de un cadete que no aceptó la
propuesta desató la investigación y el escándalo, que motivó cárcel e
incluso dos suicidios de los involucrados, todos hombres pertenecientes a
distintas clases sociales.
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