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EN HUANCAYO, PERÚ
En Huancayo, Perú, hay una casa.
Y en la casa hay un hombre.
No sé las señas ni sé el nombre
de la casa y el hombre.
Apenas visto, apenas entrevista,
les diré lo que pasa.
En Huancayo, Perú, perdónenme que insista.
Me dijeron, y es cierto,
que en la casa, un viejo restaurant,
cuando se queda el comedor desierto,
los niños de Huancayo comen pan.
Todos los niños pobres, los que tienen
hambre y ensayan ya, como un mendigo
hecho de muchas manos,
El gesto del castigo
de ser la humanidad de donde vienen,
de estar entre los hombres, sus hermanos.
Los he visto parados en la calle
ante la puerta misericordiosa.
Para que el hambre no los halle,
se ocultan en la sombra,
se hacen guiños.
Brilla la oscuridad como una rosa.
El hombre dice: "Entra, si puedes".
Y el hambre no se asombra.
El hambre hermoso de los niños
por la maldad de ustedes.
Entonces entran, comen.
Saltan entre las ollas con el salto
del pajarito en él asfalto,
del pajarito solo en la ciudad.
Los que se asomen,
verán la cara de la caridad.
Yo no he visto otra cara.
No sé las señas ni sé el nombre
de la casa y el hombre.
Tampoco el hombre preguntaba
si el hambre es mucho o poco.
Les digo esto para
que dejen sus corteses modos:
el hambre de los niños es la maldad de todos.
Si quieren más, yo estaba ahí, miraba.
Me comía mis lágrimas, la parte que me toca.
COMO EL AGUA SIN FORMA
Como el agua sin forma, como el agua desnuda,
de rodillas caída -inmortal y secreta-,
así el alma en la tierra, el alma del poeta,
ante la realidad que es terrible y es muda.
En su lengua los muertos miran la luz del día
y hay alguno que vuelve de la nada, hay alguno,
porque todos los hombres en su lengua son uno,
y no hay tiempo, ni edades, y una es la melodía.
La luz sin sombra canta, la luz del Paraíso,
y adora la belleza, que termina en horror...
Pero es su canto sólo la sombra del amor
que cae sobre el mundo, para el que Dios lo hizo.
Entonces, como el agua, como el agua caída,
va buscando su forma, y es el cuerpo su vaso.
Pero nada comprende su mirada, y acaso,
es sólo un resplandor que contempla la vida.
LA POESÍA
Como una
llama te llevé conmigo
sin merecerte. Débil, persistías;
y pasaban los días y los días,
y fui, más que tu amigo, tu enemigo.
Te guardaron
mi alma y el abrigo
de mi mano de tantas agonías.
Yo no sé qué tenías, qué tenías,
que eras mi salvación y mi castigo.
Y ahora tu
fantasma y mi reflejo,
el verso que te doy y no se entrega,
van por el mundo como ciego y ciega.
Todavía en mi
alma te protejo,
todavía tu luz hasta mí llega,
todavía nos copia ese Otro Espejo.
SE HA IDO
TODO
Se ha ido
todo: el mundo que tenía.
Me he quedado vacío, abandonado.
Me he quedado mirando, de este lado,
Lo que se fue de mí, lo que en mí había.
Qué extraño
haber perdido la alegría
y ver estar ahí, a su costado,
lo que se fue de uno, intacto, alzado
en resplandor, bajo la luz del día.
Dios mío, qué
crueldad, qué inútil ciencia
ésta de contemplar lo que uno ha sido
junto a uno mismo, alerta la conciencia.
¡De estar
irremisiblemente herido
de una herida que es luz y en su demencia
alumbra al cuerpo, del que ya se ha ido.
SE DURMIÓ
Y NO DESPIERTA
Se durmió y
no despierta. Alma mía
Que yo tuve una vez: Aquí reposa.
No la guarda el silencio de la rosa
Ni el amor viene a hacerle compañía.
Un silencio
de páramo porfía
En la leve ceniza que se posa
Pausadamente en la pesada losa
Que la guarda, y espera todavía.
Espera que un
milagro la despierte:
la rosa que florece y acompaña,
el amor que se acerca y vela el sueño.
¡Se corona de
sombras en la muerte
-de sombras de palabras-, y se engaña,
engañándome a mí, que soy su dueño!
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