Décima Muerte
I
¡Qué prueba de la existencia habrá
mayor que la suerte de estar viviendo sin verte y muriendo
en tu presencia! Esta lúcida
conciencia de amar a lo nunca visto y de esperar lo
imprevisto; este caer sin llegar
es la angustia de pensar que puesto que muero, existo.
II
Si en todas partes estás, en el
agua y en la tierra, en el aire que me
encierra y en el incendio voraz; y
si a todas partes vas conmigo en el pensamiento, en el soplo de mi aliento y en mi
sangre confundida ¿no serás, Muerte, en mi
vida, agua, fuego, polvo y viento?
III
Si tienes manos, que sean de un
tacto sutil y blando apenas sensible cuando anestesiado me
crean; y que tus ojos me vean sin
mirarme, de tal suerte que nada me
desconcierte ni tu vista ni tu roce, para no sentir un goce ni un dolor
contigo, Muerte.
IV
Por caminos ignorados, por
hendiduras secretas, por las
misteriosas vetas de troncos recién cortados te ven mis ojos
cerrados entrar en mi alcoba oscura a convertir mi
envoltura opaca, febril, cambiante, luminosa,
eterna y pura, en materia de
diamante.
V
No duermo para que al verte llegar lenta y apagada, para que al oír pausada tu voz que
silencios vierte, para que al tocar la
nada que envuelve tu cuerpo yerto, para que a tu olor desierto pueda,
sin sombra de sueño, saber quede ti me adueño, sentir que muero despierto.
VI
La aguja del instantero recorrerá su cuadrante, todo cabrá en un instante del espacio
verdadero que, ancho, profundo y señero, será clásico a tu paso de modo que el
tiempo cierto prolongará nuestro abrazo y será posible
acaso, vivir después de haber
muerto.
VII
En el roce, en el contacto, en la inefable delicia de la suprema
caricia que desemboca en el acto, hay un misterioso pacto del espasmo
delirante en que un cielo alucinante y un infierno de agonía
se funden cuando eres mía y soy tuyo en un instante.
VIII
Hasta en la ausencia estás viva: porque te encuentro en el hueco de una
forma y en el eco de una nota fugitiva; porque en mi propia saliva fundes tu
sabor sombrío, y a cambio de lo que es
mío me dejas sólo el temor de hallar hasta en el sabor la
presencia del vacío.
IX
Si te llevo en mí prendida y te acaricio y escondo; si te alimento en el fondo de mi más
secreta herida; si mi muerte te da
vida y goce mi frenesí ¡qué
será, Muerte,
de ti cuando al salir yo del mundo, deshecho el nudo profundo, tengas que salir de mí?
X
En vano amenazas, Muerte, cerrar la boca a mi herida y poner fin
a mi vida con una palabra inerte. ¡Qué puedo
pensar al verte, si en mi angustia
verdadera tuve que violar la espera; si en la vista de tu tardanza para
llenar mi esperanza no hay hora en que yo no muera!
|