Juana Inés de la
Cruz
por
Xavier Villaurrutia
ESTA tarde, voy a tratar de captar la atención de
ustedes, hablando de un tema que me es particularmente grato. No es otro
que el de la poesía de Sor Juana Inés de la Cruz. (1). Me propongo darles
una pequeña conferencia sin fechas. Pero como debe tener como toda regla
su excepción, daré una: la de su nacimiento y muerte (1651-1695).
Sor Juana Inés de la Cruz es un clásico mexicano.
¿Qué queremos decir con esto? Que es un ejemplo, que es un autor ya
suficientemente conocido y estudiado. Yo preferiría contestar esta
pregunta, diciendo que Sor Juana es un trasunto nuestro, proque es un
autor con el cual, con la cual es posible aún convivir, vivir con ella,
con su obra, que es un retrato fiel de ella, puesto que con Sor Juana y su
obra, tenemos un ejemplo de esa correspondencia perfecta entre el ser y su
expresión íntima.
Sor Juana es en este sentido de la convivencia un
autor vivo, clásico, clásico quiere decir vivo. Esta es la forma en que yo
prefiero definir el autor clásico. No marmóreo, estatuario y correcto, ya
definitivamente en un nicho, sino un autor que pueda circular en torno
nuestro con el cual podamos acompasar nuestra respiración. Los placeres
que produce el tono, la obra de su igual con sus semejantes, sobre todo
cuando se conoce la obra de Sor Juana en su amplitud, son maravillosos.
Porque con este clásico mexicano, ha sucedido que se le conoce sobre todo
por las antologías; es decir, por selecciones parciales.
A la vista de esta selección parcial, limitada,
pequeña, la obra de Sor Juana, tan difícil de encontrar en las ediciones
antiguas, se crea en los escritores mexicanos de este siglo, la necesidad
no sólo de gozar ellos personalmente, que tienen a su alcance sus obras,
sino el deseo de participar este placer a los demás, a las mayorías. El
placer que no se comparte, no es placer. El placer es siempre, o casi
siempre, entre dos o entre muchos. La necesidad de contar con ediciones
modernas de Sor Juana, se hace sentir desde fines del Siglo XIX. Menéndez
y Pelayo, el gran crítico español que tiene tanta influencia en la
Literatura Mexicana, fué el primero en pedir, en expresar su deseo de que
la obra de Sor Juana, fuera publicada en ediciones modernas al alcance de
todos.
Su obra ofrece dificultades. Sor Juana es un autor
conceptista, un autor barroco. Sus ediciones antiguas, están plagadas de
errores, y hubo necesidad de establecer textos sobre aquellos puntos
exóticos. Esto era lo que pedía Menéndez y Pelayo y que al fin se ha
logrado en una moderna edición que apareció hace poco en Buenos Aires.
¿Quiénes la han estudiado en México modernamente?
Desde luego Henríquez Ureña, después Manuel Toussaint, Ermilo Abreu Gómez,
y otro crítico contemporáneo nuestro, que ha dedicado gran parte de su
vida al trabajo y a la reproducción fiel de los textos de Sor Juana,
pretendiendo poner al alcance del gran público lector versiones depuradas.
Las ediciones críticas modernas de los sonetos y de
las endechas, las cuales he visto con fervor, no pretenden ser las
ediciones que han hecho Toussaint, Abreu Gómez y yo las últimas de la
monja, pero son ya, desde luego, las primeras que se pueden leer con
facilidad. Hemos modernizado la ortografía; hemos revisado la puntuación;
hemos establecido los textos, comparando las diversas ediciones que han
salido llenas de errores.
Recientemente ha encontrado Sor Juana un gran
crítico moderno en la personalidad de Karl Vossler, el gran maestro de
Filología Románica, que ha traducido hasta el poema más oscuro y más
complejoPrimero Sueño.
La obra de ella, no es muy vasta, no muy numerosa,
tiene la virtud de la concentración. Escribió prosa y verso. De prosa, ha
llegado hasta nosotros la Carta Athenagórica, la crítica al sermón
de un jesuíta, Antonio Vieyra. Revela en este escrito toda su fuerza
teorética, fuerza inexplicable, puesto que se trataba de una mujer que
vivía dentro del margen raquítico de sus tiempos. Después de esta carta,
tenemos la dirigida a Sor Filotea. He aquí un escrito en
prosa de particular importancia para el conocimiento de la psicología de
Sor Juana. Fué escrita en respuesta a la que el Obispo de Puebla, Manuel
Fernández de Santa Cruz, le dirigió con el objeto de reducirla al orden.
Le pareció que una mujer de esa época, no debería tocar ni tratar temas
filosóficos, con la valentía y la seguridad con que Sor Juana lo hizo, y
mucho menos tocar ciertos temas que a la Iglesia le parecían peligrosos.
Esta carta es además un documento autobiográfico de primer orden.
Se han escrito algunas vidas sobre ella, pero éstas
han tenido siempre la debilidad de ser vidas no apoyadas en la realidad,
sino fantásticas. El mismo Amado Nervo, que escribió un libro sobre la
monja, cayó en este error, no obstante que al alcance de todos está esa
carta en donde Sor Juana hace un estudio delicado y agudo sobre su vida y
la ofrece como si estuviera grabada en una placa de metal. La misma carta
es una confesión de primer orden y un documento de valor inapreciable para
el estudio de su figura. Además escribió en prosa otras obras de menor
importancia: ofrecimientos, ejercicios, oraciones, explicaciones y
protestas de fe.
Se le debe igualmente teatro: Los empeños de una
Casa; Amor es más Laberinto, título precioso de una obra que no
está escrita toda de su mano, puesto que el segundo acto fué redactado,
compuesto por un contemporáneo suyo, llamado Juan de Guevara. Sobre teatro
religioso nos legó tres autos sacramentales: El Divino Narciso,
El Mártir del Sacramento y El Cetro de San José. No es Sor
Juana Inés de la Cruz un autor de teatro de primer orden, pero sí muy
interesante para su época. La influencia de Calderón se dió en su teatro
religioso. Además de estas dos obras de teatro profano y tres de
religioso, escribió tres loas, nueve letras sagradas, cuatro letras
profanas para cantar, porque Sor Juana tiene además de escritura, música;
algunos villancicos en forma dramática, que llegaron a once y tres
villancicos deliciosos, fuera del teatro, encantadores, llenos de una
música extraordinaria, de rimas finísimas; el ya mencionado Primero
Sueño, poema largo de imitación deliberada, conciente, confesado por
ella misma, de las Soledades de Góngora, sólo que en una atmósfera y en un
clima que no es de Góngora, sino particular de la poetisa: la noche y el
sueño; dentro de este ambiente se desarrolla el poema complejo y difícil
de Sor Juana. Pero tal vez lo más importante, y digo tal vez, aun cuando
debí decir seguramente, resulta en sus poesías líricas. En ellas toca casi
todas las formas de la expresión, las formas clásicas, ideales. Tiene
sesenta y tres sonetos, cincuenta y nueve romanzas, nueve glosas, un
ovillejo, diecisiete redondillas, treinta y cuatro décimas, diez endechas
y tres liras. Toda su obra está comprendida en las ediciones antiguas en
tres tomos. Los títulos de los poemas que aparecen en estas ediciones no
están redactados por la misma Sor Juana, sino por sus antiguos editores, y
debo decir a ustedes, que se han conservado por mera tradición, no están
de acuerdo con el espíritu de la composición.
No voy hablar de todos los aspectos de la poesía de
Sor Juana, ni de todo aquello que esta poesía me despierta. Mi plática la
voy a abordar desde un plan nuevo, aunque ya así lo han hecho Menéndez y
Pelayo y otros. Voy a hablar a ustedes de la curiosidad de Sor Juana.
La curiosidad, ha sido casi siempre apreciada desde
un punto de vista muy especial; se le ha considerado como una debilidad;
también se dice que la curiosidad, así tomada superficialmente, es algo
propio únicamente de la mujer. Yo distingo dos clases de curiosidad: la
curiosidad de tipo masculino y la curiosidad de tipo femenino. Un hombre
puede tener curiosidad femenina y una mujer curiosidad masculina. Este es
el caso de Sor Juana.
La curiosidad como una pasión que no acrecienta el
poder del espíritu, la podemos personificar en Eva, que mordió por
curiosidad el fruto prohibido. En Pandora, que movida también por ese
pensamiento, abrió la caja que le habían prohibido. Esta es una curiosidad
de tipo accidental; pero hay otro tipo de curiosidad, una curiosidad más
seria, más profunda, que es un producto del espíritu y que también es una
fuente en el conocimiento. Esta curiosidad como pasión, no como capricho
--la curiosidad de Pandora es un capricho--, es la curiosidad de Sor
Juana.
¿Qué es una curiosidad por pasión? Yo la defino
así: es una especie de avidez del espíritu y de los sentidos que deteriora
el gusto del presente en provecho de la aventura; es una especie de riesgo
que se hace más agudo a medida que el confort en que se vive es más largo.
Este tipo de curiosidad, ¿por quién está representado? Como ejemplo puedo
dar a ustedes un personaje. La fábula, la novela, la poesía que encarnará
esta belleza del espíritu que deja la comodidad del espíritu para lanzarse
a la aventura, para interezarse en ella, nos dá a Simbad el Marino. Simbad
el Marino, dueño de riquezas; no se conforma con su comodidad, con su
holgura.http
La comodidad y la holgura, engendran el tedio, el
aburrimiento. Ya Voltaire decía que el tedio es el fruto de triste falta
de curiosidad. Una persona curiosa, con esa curiosidad masculina, no se
aburrirá jamás, porque la curiosidad es uno de los grandes motores que ha
tenido el mundo.
Simbad el Marino, rico y pobre en su riqueza, en
cuanto el tedio lo amenaza, abandona riquezas y bienes y se lanza a la
aventura. Naufraga, porque Simbad es un náufrago incorregible. Pero este
naufragio, no le impide, una vez que ha vuelto a sentirse holgado y rico,
lanzarse a un segundo, a un tercero, hasta un séptimo viaje. Es el tipo de
curiosidad que ahora nos interesa.
Otro ejemplo de personaje conmovido, espoleado por
esta pasión del espíritu, es Ulises. Sus aventuras revelan una curiosidad
de tipo científico. No era su viaje una simple aventura, sino que
perseguía un fin. Pues bien, Sor Juana, es para mí un representante de
esta forma de curiosidad masculina. Lo prueba su avidez de conocimiento;
su valor para alejarse de la comodidad, de abandonar todo aquello que le
servía de marco dorado y esplendoroso en la Corte de los Virreyes, y
cuando llegó a ser una figura prominente, la vemos abandonar su situación
de privilegio para recluírse en un convento, no porque tuviera una
vocación religiosa muy pronunciada, ni muy profunda, sino porque la vida
de la Corte le robaba la intimidad que ella buscaba para hacer cada día
más profundo su espíritu.
Este deseo de saber, se inició desde su tierna
edad. En su documento autobiográfico nos lo dice: "Digo que no había
cumplido los tres años de mi edad, cuando enviando mi madre a una hermana
mía; mayor que yo, a que se enseñase a leer en una de las que llaman
amigas, me llevó a mí tras ella el cariño y la travesura; y viendo que le
daban lección, me encendí yo de tal manera en el deseo de saber leer, que
engañando a mi parecer a la maestra, le dije: que mi madre
ordenaba me diese lección. Ella no lo creyó, porque no era
creíble; pero por complacer al donaire, me la dió. Proseguí yo en ir y
ella prosiguió en enseñarme, ya no de burlas, porque la desengañó la
experiencia, y supe leer en tan breve tiempo, que ya sabía cuando lo supo
mi madre, a quien la maestra lo ocultó para darle el gusto por entero y
recibir el galardón por junto."
Desde una edad tempranísima, pues, despierta esta
pasión por saber. Más tarde, muy poco más tarde, porque Sor Juana fué
siempre precoz, oyó decir que en la Unversidad de México se estudiaba la
ciencia. "Y apenas lo oí, cuando empecé a matar a mi madre con instantes e
importunos ruegos, sobre que, mudándome el traje, me enviase a México, en
casa de unos deudos que tenía, para estudiar y cursar la Universidad; ella
no lo quiso hacer (e hizo muy bien), pero yo desplegué el deseo en leer
muchos libros, muchos libros varios que tenía mi abuelo, sin que bastasen
castigos ni reprensiones a estorbarme: de manera que cuando vine a México,
se admiraban no tanto del ingenio, cuanto de la memoria y noticias que
tenía en edad que parecía que apenas había tenido tiempo para aprender a
hablar." Sigue el motor de la curiosidad. Va dejando de ser la niña
ocupada en las tareas de casa y preocupada en cambio en el afán de
conocimiento. Empezó a aprender la gramática en veinte lecciones, y
además, se imponía sacrificios para lograr el objeto de su aspiración en
materia de conocimientos. Era entonces cuando se cortaba el cabello, que
era un adorno natural y que sigue siendo lo más apreciado por las mujeres,
y poniéndose algún plazo para aprender alguna disciplina; mientras no la
aprendía, se dejaba el cabello corto y no permitía que le creciera, sino
hasta cuando lograba alcanzar su fin.
Sor Juana no pudo vivir recluida en aquel pueblo y
entonces a base de ruegos e insistencias, logró pasar a la capital de
Nueva España. Después, por su talento natural, por la fama que empezó a
correr en México de su habilidad para escribir, para hacer versos, se le
llevó a la Corte, donde figuró. Todos conocen la anécdota de que una vez,
fué sometida a un examen por los hombres más ingeniosos y sabios de Nueva
España y que ella supo contestar todas las preguntas sobre temas diversos:
filosofía, ciencias naturales etc.
Sor Juana era, además de muy curiosa sensiblemente
dinámica. Era muy bella. En la Corte de los Virreyes tuvo como era
natural, proposiciones de matrimonio y aún lances de tipo amoroso. Pero
alderredor de esto, sus biógrafos han hecho leyendas; se ha inventado que
el Virrey estaba enamorado de ella, y una serie de inexactitudes. Ella
misma nos dice en su carta autobiográfica que abandonó la Corte para
retirarse al convento por su incapacidad para el matrimonio, por la poca
inclinación que sentía, ya mujer mayor, para trabajos domésticos y la vida
hogareña. Lo que quería era que la dejaran sola para poder seguir
cultivándose, para poder seguir escribiendo.
Cuando Sor Juana creyó que ya en el convento no iba
a ser perseguida por el mundo, aun ahí, dentro del convento, las críticas
en contra de una mujer excepcional de su tiempo, la persiguieron. Ella
parece contestar a estas críticas en un soneto suyo que dice:
-
En perseguirme, Mundo, ¿qué
interesas? ¿En qué te ofendo, cuando sólo intento poner
bellezas en mi entendimiento y no mi entendimiento en las
bellezas? Yo no estimo tesoros ni riquezas; y así, siempre
me causa más contento poner riquezas en mi pensamiento que
no mi pensamiento en las riquezas. Y no estimo hermosura que,
vencida, es despojo civil de las edades, ni riqueza me
agrada fementida, teniendo por mejor, en mis
verdades, consumir vanidades de la vida que consumir la vida
en vanidades.
Sor Juana Inés, se recluyó en el convento y tuvo la
fortuna de tener; hasta antes de la carta que el Obispo de Puebla le
dirigió, tuvo la fortuna, repito, de poder vivir dentro del claustro
rodeada de libros, de aparatos científicos, de instrumentos musicales.
Sólo más tarde cuando fué reprochada tan acremente por el Obispo de
Puebla, tuvo que deshacerse de sus libros. Fué cuando ya se retiró de las
letras, de la ciencia, de las artes en general, para entrar en otra vida.
Y esto nos lleva a otro aspecto de la vida y de la obra de la monja. No
faltan textos de literatura, en los que se habla de su misticismo. No hay
tal misticismo. No hay elementos misteriosos en la obra de Sor Juana. No
fué tampoco una religiosa de un celo extremado, de un ardor exagerado.
Simplemente cumplía con las reglas. ¿Para qué cumplía con estas reglas?
Para tener tiempo de seguir en sus nuevas inquietudes, en su afán de
saber.
Decía que para ella el estudio no era el deseo de
saber más, sino de ignorar menos. Esta es su actitud con relación al
saber. Si nosotros examinamos por ejemplo, su colección de sonetos, nos
encontramos que los de tema religioso son apenas unos cuantos. Claro está
que escribió preciosas obras de teatro religioso, pero fueron
composiciones de circunstancia. Lo más íntimo, lo más profundamente
sorjuanístico no es de tipo religioso, menos aún de tipo místico. Esto
último hay que descartarlo para siempre. Sor Juana, es más bien (¡y qué
bien!), una poetisa de la inteligencia. Es la emoción de la inteligencia
aguda la que se desprende de la mayor parte de sus poesías. Colocada en un
tiempo, en un momento literario en que el conceptismo, que es una de las
dos grandes formas del barroco, predominaba, era la moda. Pero dentro de
ella, ¡cómo pudo desarrollar su talento de mujer inteligentísima que logró
despertar la emoción de la inteligencia!
La poesía de Sor Juana es a un tiempo plástica por
su forma, pero también tiene ese adorno barroco tan característico del
espíritu mexicano.
Es pues, un poeta de la inteligencia, un poeta del
concepto, una poetisa de la razón. Si examinan por ejemplo la serie de sus
sonetos sobre el amor, encontrarán una clave sobre este tema. Estos
sonetos pueden parecer fríos, si es que la inteligencia, que a mí no me
parece admite este término. Pero Sor Juana no es sólo una poetisa de la
razón; es también un poeta del sentimiento puede en ella predominar lo que
llamaba yo en la conferencia pasada el poder lógico de la palabra. Pero a
veces también el poder mágico se enlaza, se conjuga, se casa en un
matrimonio de celo e infortunio lo mágico con lo lógico en la poesía de
Sor Juana. Es entonces cuando alcanza las notas más finas del lirismo más
alto y a la vez más emotivo. Si una serie de sus poemas puede ser
considerada como un pequeño tratado de amor, al modo de los tratados sobre
el amor tan renacentistas, otras son verdaderas expresiones de íntimo
sentimiento. El amor, los celos, la ausencia, la esperanza, son los temas
de Sor Juana en la mayoría de sus poemas; no son temas muy vastos, pero sí
fundamentales. He aquí un poema sobre la esperanza:
-
Diuturna enfermedad de la
Esperanza, que así entretienes mis cansados años y en el
fiel de los bienes y los daños tienes en equilibrio la
balanza; que siempre suspendida, en la tardanza de
inclinarse, no dejan tus engaños que lleguen a excederse en los
tamaños la desesperación o confïanza: ¿quién te ha quitado
el nombre de homicida? Pues lo eres m´s severa, si se
advierte que suspendes el alma entretenida; y entre la
infausta o la felice suerte, no lo haces tú por conservar la
vida sino por dar m´s dilatada
muerte.
Hay que distinguir en la poesía de Sor Juana tres
tipos de composiciones: las poesías que podríamos llamar cortesanas,
poesías de circunstancias; por otra parte las poesías de ingenio, de mero
ingenio (ejercicios retóricos) de gran laboriosidad que revelan una
extraordinaria habilidad y una facultad de que siempre fué dueña:
improvisar con una rapidez asombrosa. A Sor Juana le daban en la Corte las
rimas con que debía hacer un soneto y enseguida con esas mismas rimas
presentaba trabajos de una descripción de partes perfectamente lógica.
Esto no es lo más importante de su obra, pero sí es de peso.
Las poesías de Corte son aquellas que seguramente
llegaron a fastidiar, a llenar de tedio su corazón. Ella tiene que hacer
compsiciones [sic] para los acontecimientos más destacados de la vida
cortesana. Lo hace con mucha habilidad y con mucha gracia y donaire. Pero
la tercera en que yo distribuyo su obra poética, es la más importante: la
lírica propiamente dicha. Por esta parte está considerada como el mejor
poeta de habla española de su tiempo. Es verdad que ya había sobrevenido
la decadencia de la lírica española, después de ese momento de esplendor
que tuvo en los llamados Siglos de Oro. Pero ella es la última resonancia
de esta gran época de la poesía lírica de habla española. Voy a dar a
ustedes una muestra de esa poesía lírica de Sor Juana, propiamente lírica,
íntima, intensa, en donde no hay circunstancias: me refiero a un soneto
(he escogido los sonetos porque es más fácil dar a conocer cosas completas
de Sor Juana Inés de la Cruz en éstos y no en sus magníficas liras o sus
delicadas endechas). El sujeto de la poesía de Sor Juana, se encuentra
frente a su amado; el amado está desdeñoso con ella; ella quisiera
ablandar el corazón de su amado, pero no lo logra; ella quisiera que el
amado tocara su corazón para que se diera cuenta de que vive ahí, sólo
para él. Pero esto le parece imposible. Y Sor Juana va a encontrar una
manera de que el amado vea y aún toque su corazón. Dice así el soneto:
-
Esta tarde, mi bien, cuando te
hablaba, como en tu rostro y tus acciones vía que con
palabras no te persuadía, que el corazón me vieses
deseaba; y Amor, que mis intentos ayudaba, venció lo que
imposible parecía: pues entre el llanto, que el dolor
vertía, el corazón deshecho destilaba. Baste ya de rigores,
mi bien, baste; no te atormenten m´s celos tiranos, ni el
vil recelo tu quietud contraste con sombras necias, con
indicios vanos, pues ya en líquido humor viste y tocaste mi
corazón deshecho entre tus
manos.
Este soneto es tan excelente como los mejores
sonetos de la lengua española. Las liras de Sor Juana tienen este alcance,
esta profundidad; son verdaderas selecciones de las cosas íntimas de una
mujer que se expresa en toda su amplitud y reconditez.
Recientemente un escritor español, Pedro Salinas,
publicó un ensayo sobre la monja, sobre Sor Juana. Se intitula el ensayo
En Busca de Juana de Asbaje. Después de leerlo nos damos
cuenta de que Salinas se lanzó a buscarla con el propósito de no
encontrarla. Esto es asombroso y no valdría la pena detenerse a hablar de
ello, si no se tratara de un poeta como Pedro Salinas, tan fino y tan
delicado, y que además ha recorrido los caminos de la crítica con cierto
donaire y aún con cierto acierto. Salinas en la última crítica, la más
reciente que se ha hecho a la obra de Sor Juana, llega a conclusiones que
nos parecen exageradas e inexplicables. Dice que Sor Juana no tuvo un
temperamento religioso muy grande y tomó el camino de la religión para
apartarse del mundo como a un postrer viaje. Al mismo tiempo que Salinas
acierta en esto, dice que Sor Juana no nació para poeta. Esto es
sospechoso. Hay en esto un deseo de disminuir ciertos valores o una
incomprensión fatal. Basta leer los sonetos propiamente líricos de Sor
Juana, no los satíricos, no los de circunstancias; basta leer las endechas
o las liras para que la sóla [sic] poesía de Sor Juana responda a esta
afirmación un tanto apresurada. No quiero terminar sin dar a conocer a
ustedes una composición, de un gusto exquisito que nos lleva a los mejores
momentos de la poesía lírica de habla española. Es un poema en que expresa
el sentimiento de la ausencia.
Si lo oyen con atención, el resultado que se opere
en ustedes será la mejor respuesta a aquellos críticos que como Salinas,
han pretendido disminuir el valor todo de la monja.
Dice así:
-
Amado dueño mío: escucha un rato mis
cansadas quejas, pues del viento las fío, que breve las
conduzca a tus orejas, si no se desvanece el triste
acento como mis esperanzas en el viento.
Oyeme con los ojos, ya que están tan
distantes los oídos, y de ausentes enojos en ecos de mi
pluma mis gemidos; y ya que a tí no llega mi voz ruda, óyeme
sordo pues me quejo muda.
Si del campo te agradas, goza de sus
frescuras venturosas, sin que aquestas cansadas lágrimas te
detengan enfandosas; que en él verás, si atento te
entretienes, ejemplo de mis males y mis bienes.
Si al arroyo parlero ves galán de las
flores en el prado, que amante y lisonjero a cuantas mira
intima su cuidado, en su corriente mi dolor te avisa que a
costa de mi llanto tienes risa.
Si ves que triste llora su esperanza
marchita, en ramo verde tórtola gemidora, en él y en ella mi
dolor te acuerde, que imitan con verdor y con lamento, él mi
esperanza y ella mi tormento.
Si la flor delicada, si la peña, que
altiva no consiente del tiempo ser hollada, amabas me
imitan, aunque variamente, ya con fragilidad, ya con
dureza, mi dicha aquélla, y ésta mi firmeza.
Si ves el ciervo herido que baja por el
monte acelerado, buscando, dolorido, alivio al mal en un
arroyo helado, y sediento al cristal se precipita, no en el
alivio, en el dolor me imita.
Si la liebre encogida huye medrosa de
los galgos fieros, y por salvar la vida no deja estampa de
los pies ligeros, tal mi esperanza en dudas y recelos se ve
acusada de villanos celos.
Si ves el cielo claro, tal es la
sencillez del alma mía; y sí, de luz avaro, de tinieblas
emboza el claro día, es con su oscuridad y su
inclemencia imagen de mi vida en esta ausencia.
Así que, Fabio amado, saber puedes mis
males sin costarte la noticia cuidado, pues puedes de los
campos informarte, y pues yo a todo mi dolor ajusto, saber
mi pena sin dejar tu gusto.
Mas ¿cuándo (¡ay, gloria mía!) mereceré
gozar tu luz serena? ¿Cuándo llegará el día que pongas dulce
fin a tanta pena? ¿Cuándo veré tus ojos, dulce encanto, y de
los míos quitarás el llanto?
¿Cuándo tu voz sonora herirá mis oídos,
delicada, y el alma, que te adora, de inundación de gozos
anegada, a recibirte con amante prisa saldrá a los ojos
desatada en risa?
¿Cuándo tu luz hermosa revestirá de
gloria mis sentidos? ¿Y cuándo yo dichosa mis suspiros daré
por bien perdidos, teniendo en poco el precio de mi
llanto? ¡Qué tanto ha de pensar quien goza tanto!
¿Cuándo de tu apacible rostro alegre
veré el semblante afable, y aquel bien indecible, a toda
humana pluma inexplicable? Que mal se ceñirá a lo
definido lo que no cabe en todo lo sentido.
Ven, pues, mi prenda amada; que ya
fallece mi cansada vida de esta ausencia pesada; ven, pues,
que mientras tarda tu venida, aunque me cueste su verdor
enojos, regaré mi esperanza con mis
ojos.
Universidad Michoacana, no. 28
(Marzo-Abril de 1952): 41-51
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