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XAVIER
VILLAURRUTIA: La presencia de una ausencia
Por
Ramón Xirau
…esa
realidad poética que podemos llamar la presencia de una
ausencia. Textos y pretextos; Xavier Villaurrutia.
La
influencia de la poesía simbolista, confesada por Xavier Villaurrutia 1, su contacto con la obra de López Velarde,2
dejan una clara huella en su obra. Más de un verso en los Primeros poemas
y aun en Reflejos (1926) respira frutos de provincia (Tarde, En el
agua dormida), más de un poema se destiñe bajo la luz parisina que el poeta
evoca al hilo de sus lecturas (Bajo el siglo de la luna, Canción
apasionada). Sin embargo, la provincia y París, mundos leídos, no vividos,
le son ajenos a este poeta de aristocráticos matices, dueño siempre de una
inteligente y lúcida sensibilidad. No es Villaurrutia poeta de mayorías. No
quería serlo. En sus breves anotaciones a la pintura de Lazo afirmaba
claramente: "pintura para todos, a condición de que todos sean unos cuantos."3 Tampoco es Villaurrutia poeta de intenciones cosmopolitas
aunque sí poeta ciudadano. Su ciudad le basta. Pero no es esta una ciudad
externa, no una ciudad que muestre su fuerza autónoma como el Chicago de
Sandburg. Su ciudad es su espíritu. Su poesía trata de alejarse de todo mensaje
dirigido al exterior y se va haciendo más subjetiva a medida que el tiempo mella
su obra. En este proceso de introyección, del cual Nostalgia de la muerte
(1939) es el momento culminante, el poeta se busca a sí mismo. Habrá de acabar
por no encontrarse.
1. Renuncia al
mundo
Todo
poeta opera una desrealización de los datos que le entrega la experiencia. Las
cosas pierden la realidad sustancial, práctica y tangible que les confiere, al
nombrarlas, el sentido común, para pasar a ser formas de la conciencia. Un árbol
es una idea, un paisaje, un sentimiento. Este proceso se opera de múltiples
maneras cuyas formas extremas pueden reducirse a dos. En algunos poetas la
configuración de constelaciones poéticas sigue teniendo sustancia real, algunas
veces pictórica, otras puramente plástica, otras con apariencia de realidad
carnal y sensible. La desrealización es sólo aparente, pues a un mundo se
sustituye otro mundo y el universo que el poeta crea es tan real, tangible y
sensible como la naturaleza de la cual lo ha derivado a través de los sentidos.
No es este el caso de una serie de poetas cuyo origen podría trazarse desde el
romanticismo alemán. Para Novalis el mundo del espíritu es tan real como el de
los sentidos. Hölderlin, próximo a la locura, escribe a Schiller: "el asco hacia
mí mismo y hacia cuanto me rodea me ha lanzado a la especulación." Poetas, todos
ellos, para los cuales el vacío es nostalgia, nostalgia y atracción de vacío su
propia muerte. Entre ellos cabría situar, extremos de una corriente, a Xavier
Villaurrutia.
En los Nocturnos el poeta ha logrado poner, en el
título mismo del libro, una muralla de sombra entre la realidad y el espíritu.
En la noche las cosas dejan de existir y se siente palpitar la interna
conciencia aislada del mundo. Pero si ya este velo de tiniebla separa al
individuo de las cosas, el sueño, nuevo muro y velo, viene a separar al poeta de
la noche misma. Noche de una noche, la realidad que el poeta desintegra es tan
sólo de las imágenes que empañan su conciencia dormida. Nocturno de la
estatua muestra al poeta que sueña su noche, que sueña su sueño y acaba por
permanecer solo, en la pura imagen de una reflexión y de un
reflejo:
Soñar, soñar la
noche, la calle, la escalera y el grito de la estatua desdoblando la
esquina. Correr hacia la estatua y encontrar sólo el grito, querer tocar
el grito y sólo hallar el eco querer asir el eco y encontrar sólo el
muro y correr hacia el muro y tocar un espejo.
Espejo de un espejo, sucesión y desrealización componen la
esencia de estos versos. De una a otra imagen el poeta se ausenta de las cosas
al huir la conciencia de la sustancia que le es propia. Si el sueño (la calle,
la escalera) no es más que la imagen de una realidad, la estatua se ha vuelto
únicamente grito. De realidades soñadas con cierto contenido onírico material el
poeta pasa a la ingravidez de los sonidos; y el sonido mismo se le convierte en
eco, fantasma desdibujado de sí mismo. En el cuarto verso el eco parece
remitirnos a la realidad soñada (el muro). Pero el muro se desvanece y el poeta
se encuentra solo frente al espejo, frente a su límpida conciencia reflejada. De
la noche al sueño, del sueño al grito, del grito al eco, del eco al espejo, el
poeta cumple un proceso de desrealización radical.
Reiteradamente lleva a cabo Villaurrutia una parecida
renuncia. En Nocturna rosa la flor es símbolo de una ausencia que el
poeta señala mediante la acumulación de negaciones:
Yo también hablo
de la rosa. Pero mi rosa no es la rosa fría ni la de piel de niño, ni
la rosa que gira tan lentamente que su movimiento es una misteriosa
forma de la quietud.
Su rosa no es la de "pétalos desnudos", "ni la llama de
seda", "ni la rosa puntual que da la hora". "No, no es la rosa rosa" dice
Villaurrutia, con lo cual nos muestra que su rosa no es la verdadera flor
concreta. Es la rosa abstracta que ha perdido todos sus atributos sensibles.
Esta rosa increada, sumergida, nocturna, inmaterial, hueca, pasa a ser
objeto de conciencia, sin espacio en la realidad, sin vigencia en el
sueño:
Es la rosa de
carbón diamante que silenciosa horada las tinieblas y no ocupa lugar en
el espacio.
Este procedimiento de definición precedida de partículas
negativas, tan típico de Villaurrutia, aparece también en Nocturno
mar:
Mar sin viento ni
cielo sin olas, desolado, nocturno mar sin espuma en los
labios, nocturno mar sin cólera, conforme con lamer las paredes que lo
mantienen preso…
Y el mar es, como la rosa, la imagen de la conciencia del
poeta, limitada a sí mismo, aislada de cuanto niega, imponderable:
nada, nada
podrá ser más amargo que el mar que llevo dentro, solo y
ciego.
Villaurrutia inventa un mundo para negarlo. Desde su
soledad mágicamente invoca a las cosas que sabe inexistentes. No encuentra más
que su propia conciencia fingidora de mundos. El artista, decía Villaurrutia,
"se ha asomado solamente a su abismo interior" y algunas veces "por miedo de no
resistir al vértigo, ha cerrado los ojos".4 El
poeta cierra los ojos, pero no resiste al vértigo y en su lucha de luces y de
sombras se siente soledad.
2. La
soledad
Desarraigado del mundo que lo circunda, del espacio donde paisajes y
personas lo sitúan y lo precisan, el sujeto queda abandonado a sí
mismo.
La palabra soledad, como toda palabra poética, ha cambiado de
sentido en el curso de la historia. Entre los clásicos latinos -Beatus
ille de Horacio, Geórgicas de Virgilio, O funde noster de
Catulo-, en la poesía de fray Luis de León y en los horacianos españoles,
soledad significa retiro y apartamiento de la turbulencia de las ciudades y
contacto con la paz y la quietud del campo, donde el espíritu reina libre,
reposado, sereno. Durante la Edad Media, los solitarios, ascetas o místicos, se
aíslan espiritual o físicamente para encontrar en el alma un rescoldo de lo
divino, proceso de interiorización que ya anunciaba san Agustín y que se cumple
plenamente en san Juan de la Cruz. A orillas del Renacimiento, Petrarca
introduce una variante en el sentido clásico de la soledad. Ya no se trata de
huir del mundo sino de obtener una felicidad interior que se realiza mediante la
ecuación ocio-libertad. Al miser ocupatus contrapone Petrarca el felix
solitarius. En la lírica española parecen fundirse dos tradiciones: la que
deriva del subjetivismo melancólico de las saudades galaicoportuguesas y
la que en la realista poesía de Castilla solamente descubre la soledad en
contacto con un mundo concreto y objetivo (Quevedo, Unamuno, Machado,
Hernández).5
Si la búsqueda de la soledad proviene en los poetas clásicos
de un claro acto del intelecto, en Villaurrutia nace de una intención más
secreta, escondida y emotiva. La soledad ya no le atrae como atraen la quietud,
el reposo, la contemplación, el ocio o la libertad, sino con la atracción
vertiginosa de los abismos interiores. La experiencia de la soledad es, para él,
experiencia de vacío:
¡Al fin llegó
la noche a inundar mis oídos con una silenciosa marca inesperada, a
poner en mis ojos unos párpados muertos, a dejar en mis manos un mensaje
vacío!
Siente el poeta la atracción del reposo:
Al fin llegó
la noche, la soledad, la espera!
Pero este reposo se transforma inmediatamente en un hondo
sentimiento angustiado:
Porque la
noche arrastra en su baja marea memorias angustiosas, temores
congelados, la sed de algo que, trémulos, apuramos un día, y la amargura
de lo que ya no recordamos.
Nocturno en que nada se oye da un vívido ejemplo del
alma del poeta. Usando la imagen del espejo, característica de su generación y
también de la constante tendencia al encierro dentro de la conciencia propia,
Villaurrutia muestra, en alma viva, el sentido de la sociedad:
Y en el juego
angustioso de un espejo frente a otro cae mi voz y mi voz que
madura y mi voz quemadura y mi bosque madura y mi voz quema
dura como el hielo de vidrio.
No se trata aquí de un puro juego de palabras. Si por una
parte sujeto y conciencia, hombre y mundo se reducen a espejo, a frío
intercambio de luces sin sentido, por otra la conservación de una identidad
sonora no impide que varíe, verso tras verso, el contenido metafórico. La
conciencia de sí ya sólo subsiste como reflejo o como sonido en la apariencia
auditiva de las palabras. Pero la verdadera voz, la autoconciencia, es
desintegración y fugacidad. El espejo refleja únicamente su propio vacío, su
ausencia, su nada y el poeta se encuentra en
el latido del
mar en que no sé nada en el que no se nada porque he dejado pies y
brazos en la orilla siento caer fuera de mí la red de mis nervios …muda
telegrafía a la que nadie responde…
A la desrealización del mundo y de las cosas viene ahora a
añadirse, secuencia lógica de una soledad extremosa, la experiencia de un total
desarraigo de la conciencia misma, de una despersonalización
radical.
3.
Amor-muerte6
La
preocupación constante por el tema de la muerte no ha permitido siempre ver que
Xavier Villaurrutia es un poeta del amor7 y
que, precisamente por ello, llega a ser poeta de la muerte. En su vivencia del
amor vienen a fundirse angustia y amargura. Amor que es tan sólo deseo u olvido,
dejadez, lasitud y ausencia, ¿qué podrá ser sino amor desencarnado, aunque
carnales sean deseo y lasitud? Si el pasado y el futuro son las únicas formas de
este amor, si el presente huye y se rehuye, huyen con él la posesión y el
deleite amoroso. Y es precisamente en este hueco del presente, en este no ser de
la vida erótica, donde se injerta el sentimiento de la muerte, constante eterna
de quien dejando de tener aún no tiene.
No viene aquí el poeta como el Tristán de la noche del
bosque, a interponer su espada entre su cuerpo y el cuerpo de la amada.
Villaurrutia no es el poeta del amor mutuo desgraciado que enseña la leyenda.
Los obstáculos que nacen entre el amante y la persona amada no aparecen en
Villaurrutia como obstáculos secretos que el amante siente interponerse entre él
y su deseo. Si en el desarrollo tradicional del tema del amor y de la muerte
esta queda ligada a la castidad que el héroe se impone con plena y lúcida
intención, Villaurrutia siente el amor como renuncia y deseada pasividad. El
poeta no crea obstáculos objetivos y reales. Se aísla, fabrica sus propias
imposibilidades, se interna así una vez más en la ignorada galería de su
alma donde tiene la certidumbre de no hallar este amor antes proyecto y ahora
ausencia.
En algunos casos el obstáculo está del lado de la persona
amada, imagen de un sueño y de un insomnio:
Y cuando a
solas te invoco, en la oscura piedra toco tu impasible
compañía.
Con más precisión y más insistencia se presenta el poeta
mismo como ausencia frente a la presencia del amado:
y comparo la
fiebre de tus manos con mis manos de hielo y el temblor de tus sienes
con tu pulso perdido y el yeso de mis muslos con la piel de los
tuyos.
En uno y otro caso el poeta permanece en una soledad cerrada,
en un dentro sin fuera, en una intimidad bloqueada por muros,
espejos, realidades de cualidad pétrea y fría, hielo y yeso. El Soneto de la
granada indica con mayor exactitud la cerrazón del amor
imposible:
Es mi amor
como el oscuro panal de sombra encarnada que la hermética
granada labra en su cóncavo muro.
El amor es deseo, "una larga espera interminable", y es el
amor olvido, "el rumor de unos pasos perdidos", y al fin y al cabo sueño donde
también las formas sensibles y tangibles son formas soñadas:
Todo lo que
el sueño hace palpable: la boca de una herida, la forma de una
entraña, la fiebre de una mano que se atreve.
Pérdida del mundo, soledad más soledad que las palabras y
ahora pérdida del presente, ¿qué le queda al hombre sino la desesperación, en la
destrucción del ser propio?
Porque vida
silencio piel y boca y soledad recuerdo cielo y humo nada son sino
sombras de palabras que nos salen al paso de la
noche.
El sentimiento de la muerte surge de la angustia que entraña
el amor: "y más que por el goce y el delirio -amarte por la angustia y por la
duda." El presente es vacío, presente ausencia:
Entonces,
sólo entonces, los dos sabemos que no el dolor sino la oscura muerte se
precipita a vernos cara a cara a los ojos y a unirnos y a estrecharnos, más
que solos y náufragos.
Vacío de mundo, ausente de la persona amada una nueva
plenitud viene a invadir el alma del poeta: plenitud de muerte. Y así llega la
muerte a constituir la esencia de su espíritu. ¿Qué tipo de conciencia? ¿Qué
género de muerte? Sus rasgos resaltarán más claramente si los comparamos con
algunas características de la muerte española.
Como la soledad, la muerte española se concibe bajo aspectos
realistas y objetivos. Aun cuando el español dice que la muerte está siempre
presente, no puede dejar de objetivarla, colocarla fuera de su instancia actual
y considerarla como término natural de la vida. El concepto español de la muerte
es finalista y no inmanentista como el mexicano. De las danzas de la muerte, de
las Coplas de Jorge Manrique hasta Unamuno, García Lorca o Miguel
Hernández el sentimiento español de la muerte da presencia a la vida y se
proyecta hacia un más allá futuro sin olvidarse del mundo que le rodea.8 Bien es verdad que Quevedo dice:
En el Hoy y
Mañana y Ayer junto pañales y mortaja, y he quedado presentes sucesiones
de difunto.
Pero esta muerte que se funde con la vida adquiere su sentido
real cuando el propio Quevedo la sitúa, la precisa, la ordena en el
futuro:
Cargado voy
de mí, veo delante muerte que me amenaza la
jornada.
Muy típicos de este sentimiento realista de la muerte son los
símbolos universales y constantes que pueden hallarse en el camino de toda la
lírica española: mortaja, hueso, calavera, tumba, fosa, sepultura, etcétera.9 Cuando Unamuno escribe Logre morir, y desea que su
cuerpo vuelva a la tierra de España, la tierra toda, España toda es su
sepultura, signo concreto, real y tangible de su propia muerte:
Logre morir
bien abiertos los ojos con tu verdor en el fondo del pecho guarda en mi
carne dorados rastrojos; tu sol doró mi esperanza el lecho consuelo del
ensueño de mi España!
Villaurrutia, excesivamente subjetivo para dar con símbolos
universales de la muerte, vive su muerte, la hace pan de todas las noches aunque
no sin miedo, sin desesperación.10
Y si el amor revelaba la experiencia de la muerte y el amor mismo es muerte. En
el Nocturno de la alcoba dice Villaurrutia:
La muerte
toma siempre la forma de la alcoba que nos
contiene.
Esta alcoba, este encierro que es la conciencia en soledad,
adquiere inmediatamente la blanda sustancia del amor:
Es cóncava y
oscura y tibia y silenciosa se pliega en las cortinas en que anida la
sombra.
Amar es morir:
Amar es
provocar el dulce instante en que tu piel busca mi piel
despierta; saciar a un tiempo la avidez nocturna y morir otra vez la
misma muerte provisiona, desgarradora, oscura.
Una perpetua ansiedad -"inmóviles dormidos o despiertos
sonámbulos- nada podemos contra la secreta ansiedad" -revela al poeta la
presencia de la muerte. Pero lo que le importa de veras no es tanto la muerte en
las cosas -siempre ficciones de pensamiento- sino en su propia carne soñada: "No
hay hora en que yo no muera", dice el poeta. "Hasta en la ausencia estás viva"
repetirá con distinto contenido metafórico pero con distinta voz. En el viaje
del poeta a New Haven, la muerte le sigue como su propia sombra:
…Aquí
estoy Te he seguido como la sombra que no es posible dejar así nomás en
casa…
Y cuando la muerte calla el poeta siente que una fuerza
mágica ha venido a colocarse en su propio ser:
…Las letras
desiguales que escribo ahora, más pequeñas, más trémulas, más
débiles, ya no son de mi mano solamente…
Es cierto que Villaurrutia parece entrever una vaga esperanza
de salvación: "algo me dice que morir es despertar"; "y será posible acaso
-vivir después de haber muerto." Pero la tónica de sus poemas sigue siendo la
misma y el temple de su ánimo no esconde nunca una íntima, intensísima
desesperación. Nunca, nos dice, se consolará de su muerte:
mi muerte de
que no me consolaré jamás.
Atraído por el vacío de espíritu y cuerpo, fuera de sí,
sustituido por la muerte, el poeta expresa constantes negaciones. Y ya excluidos
mundo, amor, persona, vida, quédase Villaurrutia consigo mismo, consigo muerte,
donde ya no valen las palabras. Invocar silencios, cifras apenas audibles de su
presente ausencia, eso es todo, "todo lo que el silencio hace huir de las
cosas". Ausencias silenciosas velan sobre la nada cuando el poeta ha perdido
"toda fe en el milagro". En su renuncia al mundo y a las personas, Xavier
Villaurrutia ha seguido una línea paralela a la de los místicos. Como
Gorostiza,
sin embargo, es incapaz de encontrar dentro de sí una realidad abdicada. Su
proceso de interiorización no tiene por objeto el conocimiento de la verdad.
Todo se ha perdido cuando "ya la esperanza dejó caer la última nota -y resuena
un silencio sin fin, cóncavo y duro".
1
"Yo escribía versos en que los simbolistas franceses, Albert Samain sobre todos,
dejaban su música, su atmósfera y no pocas veces sus palabras", Textos y
pretextos, La Casa de España en México, 1940, pp. 5-6.
2
Ibídem, Ramón López Velarde, pp. 3-36.
3
Fichas sin sobre para Lazo, en Revista Contemporáneos, julio,
1928.
4
Cf. Textos y pretextos, p. 198.
5
Cf. Karl Vossler, La poesía de la soledad en España, pp. 20-80, Editorial
Losada, Buenos Aires, 1946.
6
Por lo que se refiere al tema de la muerte cf. Alí Chumacero, Prólogo a
Poesías y teatro completo de Xavier Villaurrutia, Fondo de Cultura
Económica, México, 1954.
7
Excepción a la regla es el estudio de Tomás Segovia, El mundo de Xavier
Villaurrutia.
8 Es
obvio que en este caso no considero sino un caso límite del sentimiento
de la muerte en la literatura española, como también un caso límite de la poesía
mexicana. Un caso límite es siempre una generalización, válida tan sólo para
ver claro y conducir más tarde a las matizaciones necesarias.
9
Estos símbolos y otros más, que se encuentran en la poesía española, aparecen
también constantemente en la poesía popular mexicana, romances y corridos. Lo
cual indica una señalada diferencia entre los poetas españoles, nunca alejados
del sentimiento popular (romances o canciones populares) y este grupo de poetas
mexicanos, muy alejados, a mi ver, si no de su pueblo por lo menos de las
expresiones literarias de este pueblo.
10
Para el sentido del miedo en Villaurrutia, cf. Tomás Segovia, El mundo de
Xavier Villaurrutia.
Tomado de Antología de Ramón Xirau. Premio Alfonso Reyes 1988.
México, Diana, 1989.
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