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Continuidad
No has muerto. Has vuelto a mí.
Lo que en la tierra —donde una parte de tu ser
reposa— sepultaron los hombres, no te encierra; porque
yo soy tu verdadera fosa.
Dentro de esta inquietud del
alma ansiosa que me diste al nacer, sigues en
guerra contra la insaciedad que nos acosa y que, desde
la cuna, nos destierra.
Vives en lo que pienso, en lo
que digo, y con vida tan honda que no hay centro, hora y
lugar en que no estés conmigo;
pues te clavó la muerte
tan adentro del corazón filial con que te abrigo que,
mientras más me busco, más te
encuentro.
II
Me
toco... y eres tú. Palpo en mi frente la forma de tu
cráneo. Y, en mi boca, es tu palabra aún la que
consiente y es tu voz, en mi voz, la que te
invoca.
Me toco... y eres tú, tú quien me toca. Es
tu memoria en mí la que te siente: ella quien, con
lágrimas, te evoca; tú la que sobrevive; yo, el
ausente.
Me toco... y eres tú. Es tu esqueleto que
yergue todavía el tiempo vano de una presencia que parece
mía.
Y nada queda en mí sino el secreto de este
inmóvil crepúsculo inhumano que al par augura y desintegra
el
día.
III
Todo,
así, te prolonga y te señala; el pensamiento, el llanto, la
delicia y hasta esa mano fiel con que
resbala, ingrávida, sin dedos, tu caricia.
Oculta en
mi dolor eres un ala que para un cielo póstumo se
inicia; norte de estrella, aspiración de escala y
tribunal supremo que me enjuicia.
Como lo eliges,
quiero lo que ordenas; actos, silencios, sitios y
personas. Tu voluntad escoge entre mis penas.
Y, sin
leyes, sin frases, sin cadenas, Eres tú quien, si caigo, me
perdonas, Si me traiciono tú quien te condenas...
Y
quien, si te olvido, me
abandonas.
IV
Aunque
si nada en mi interior te altera, todo, fuera de mí te
transfigura y, en ese tiempo que a ninguno espera, vas
más de prisa que mi desventura.
Del árbol que cubrió tu
sepultura quisiera ser raíz, para que fuera abrazándote
a cada primavera con una vuelta más, lenta y
segura.
Pero en la soledad que nos circunda ella te
enlaza, te defiende, te ama, mientras que yo tan sólo te
recuerdo.
Y al comparar su terquedad fecunda con la
impaciencia en que mi amor te llama, siento por primera vez
que te
pierdo.
V
Porque
no es la muerte orilla clara, margen visible de invisible
río; lo que en estos momentos nos separa es otro
litoral, aun más sombrío.
Litoral de vida. Tierra
avara en cuyo negro polvo, ávido y frío, del naufragio
que en ti me desampara inútilmente busco un resto
mío.
Es tu presencia en mí la que me
impide recurperar la realidad que tuve sólo en tu
corazón, cuando latía.
Por eso la existencia nos
divide tanto más cuanto más tiempo en mi alma sube la
vida en que tu muerte se
confía.
VI
Sí,
cuanto más te imito, más advierto que soy la tenue sombra
proyectada por un cuerpo en que está mi ser más
muerto que el tuyo en la ficción que lo
anonada.
Sombra de tu cadáver inexperto, Sombra de
tu alma aún poco habituada A esa luz ulterior a la que he
abierto Otra ventana en mí, sobre otra nada...
Con
gestos, con palabras, con acciones, creía perpetuarte y lo
que hago es lentamente, en todo, deshacerte.
Pues
para la verdad que me propones el único lenguaje sin
estrago es el silencio intacto de la
muerte.
VII
Y
sin embargo, entre la noche inmensa con que me siñe el luto
en que te imploro, aflora ya una luz en cuyo azoro una
ilusión de aurora se condensa.
No es el olvido. Es una
paz más tensa, una fe de acertar en lo que ignoro; algo
—tal vez— como una voz que piensa y que se aísla en la
unidad de un coro.
Y esa voz es mi voz. No la que
oíste, viva, cuando te hablé, ni la que al fino metal
del eco ajustará en su engaste,
sino la voz de un ser
que aún no existe y al que habré de llegar por el
camino que con morir tan sólo me enseñanste.
VIII
Voz
interior, palabra presentida que, con promesas tácticas,
resume —como en la gota última, el perfume— en su
paciente formación, la vida.
Voz en ajenos labios no
aprendida —¡ni siquiera en los tuyos!—; voz que asume la
realidad del alba estremecida que alcanzaré cuando de ti me
exhume.
Voz de perdón, en la que al fin despunta esa
bondad que me entregaste entera y que yo, a trechos, voy
reconquistando;
voz que afirma tan bien lo que
pregunta y que será la mía verdadera aunque no sé decir
cómo ni
cuándo...
IX
¿Ni cuándo?... Sí, lo sé. Cuando recoja de la
ceniza que en tu hogar remuevo esa indulgencia inmune a la
congoja que, al fuego del dolor, pongo y
atrevo.
Cuando, de la materia que me aloja y cuyo
fardo en las tinieblas llevo, como del fruto que la edad
despoja, anuncie la semilla el fruto nuevo; cuando de
ver y de sentir cansado vuelva hacia mí los ojos y el
sentido y en mí me encuentre gracias a tu
ausencia,
entonces naceré de tu pasado y, por
segunda vez, te habré debido —en una muerte pura— la
existencia.
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AMOR
Para escapar de ti no bastan ya
peldaños, túneles, aviones, teléfonos o barcos. Todo lo que se
va con el hombre que escapa: el silencio, la voz, los trenes y
los años, no sirve para huir de este recinto exacto -sin horas ni
reloj, sin ventanas ni cuadros- que a todas partes va conmigo,
cuando viajo.
Para escapar de ti necesito un cansancio nacido
de ti misma: una duda, un rencor, la vergüenza de un llanto; el
miedo que me dió -por ejemplo- poner sobre tu frágil nombre la
forma impropia y dura y brusca de mis labios...
CANCIÓN DE LAS VOCES
SERENAS
Se nos ha ido la tarde en cantar una canción, en
perseguir una nube y en deshojar una flor.
Se nos ha ido la
noche en decir una oración, en hablar con una estrella y en morir
con una flor.
Y se nos irá la aurora en volver a esa
canción, en perseguir otra nube y en deshojar otra flor.
Y se
nos irá la vida sin sentir otro rumor que el del agua de las
horas que se lleva el corazón...
CARTA
Amada, en las palabras que te
escribo quisiera que encontraras el color de este pálido cielo
pensativo que estoy mirando, al recordar tu amor.
Que sintieras
que ya julio se acerca -el oro está naciendo de la mies-, y
escucharas zumbar ]a mosca terca que oigo volar en el calor del
mes...
Y pensaras: "¡Qué año tan ardiente!", "¡Cuánto sol en las
bardas!"... y, quizás, que un suspiro cerrara blandamente tus
ojos... nada más... ¿Para que más?
CONFIANZA
Esta noche tu amor me
penetra como llanto de lluvia en negrura, o, más bien, ese ritmo sin
letra que de un verso olvidado perdura;
y me torna profundo y
sencillo como el oro del sol tamizado que renueva, en hipnótico
brillo, el barniz de algún cuadro apagado.
FINAL
Vuelves de andar a solas por la orilla de un
río. Estás llena de música, como un árbol al viento. Has dejado
correr tu pensamiento viendo en el agua el paso de una nube de
estío...
Traes tejido al alma el olor de una rosa. En lo blando
del césped te prolonga tu huella... Has vivido ¡has vivido!... Y vas,
como la estrella, a perderte en el mar de un alba
silenciosa.
FUGA
¡Huyes, pero es de
ti!
J. R. Jiménez
Huías... pero era en mí y de
ti quien huías.
¿Cómo? ¿Adónde? ¿Para
qué? Por todo lo que es vial, ascensor, tragaluz, puerto para
fugarse del hombre en el hombre: por la voz, por el pulso, por el
sueño, por los vértigos del cuerpo...
Por todo lo que la vida ha
puesto de catarata -en el alma y en el alba- huías... Pero era en
mí.
INVITACIÓN AL VIAJE
Con las manos
juntas, en la tarde clara, vámonos al bosque de la sien de
plata.
Bajo los pinares, junto a la cañada, hay un agua
limpia que hace limpia el alma.
Bajaremos juntos, juntos a
mirarla y a mirarnos juntos en sus ondas rápidas...
Bajo el
cielo de oro hay en la montaña una encina negra que hace negra el
alma:
Subiremos juntos a tocar sus ramas y oler el
perfume de sus mieles ásperas...
Otoño nos cita con un son de
flautas: vamos a buscarlo por la tarde clara.
LA
DOBLE
Era de noche tan rubia como de día
morena.
Cambiaba, a cada momento de color y de
tristeza, y en jugar a los reflejos se le iba la existencia, como
al niño que, en el mar, quiere pescar una estrella y no la puede
tocar porque su mano la quiebra.
De noche, cuando
cantaba, olía su cabellera a luz, como un despertar de pájaros en
la selva; y si cantaba en el sol se hacía su voz tan lenta, tan
íntima, tan opaca, que apenas iluminaba el sitio que, entre la
hierba, alumbra al amanecer el brillo de una
luciérnaga.
¡Era de noche tan rubia y de día tan
morena!
Suspiraba sin razón en lo mejor de las
fiestas, y puesta frente a la dicha, se equivocaba de
puerta.
No se atrevía a escoger entre el oro de la mies y el
oro de la hoja seca, y -tal vez por eso- no supe jamás
entenderla,
porque de noche era rubia y de mañana
morena...
MUJER
¿Qué palabras dormidas en
páginas de líricos compendios -o al contrario, veloces, azules,
verdes, blancas, recorriendo los tubos de qué eléctricos
letreros- debo resucitar para expresarte, cielo de un corazón que a
nadie aloja, anuncio incomprensible, mujer: adivinanza sin
secreto?
MÚSICA
Amanecía tu voz tan perezosa, tan
blanda, como si el día anterior hubiera llovido sobre tu
alma...
Era, primero, un temblor confuso del corazón, una
duda de poner sobre los hielos del agua el pie desnudo de la
palábra
Después, iba quedando la flor de la emoción,
enredada a los hilos de la voz con esos garfios de escarcha que
el sol desfleca en cintillos de agua.
Y se apagaba y se
iba poniendo blanca, hasta dejar traslucir, como la luna del
alba, la luz tenue de la madrugada.
Y se apagaba y se
iba, ¡ay!, haciendo tan delgada.
PALIMPSESTO
A través de las frases que
dices, adivino las que callas como, bajo los versos de un pergamino
antiguo -mal borradas por la mano del monje que para un jefe gótico
miniara en su blancura el trance de un martirio- aparecen de
pronto, a contraluz de un sueño, las líneas de un colérico
epigrama.
PAZ
No nos diremos nada. Cerraremos
las puertas. Deshojaremos rosas sobre el lecho vacío y besaré, en el
hueco de tus manos abiertas, la dulzura del mundo, que se va, como un
río...
RETRATO
Tu amor es todo de
ausencia. Llegan a mi alma -como el aroma de un
jardín oculto- tus palabras, vagas .
No sabes
durar. Tu esencia como el agua pasa. Como el agua
el alma del cielo que miras es, sólo, tu alma.
Para otros fuera
como arcilla dócil, como yedra blanda. Yo no
logré verte quieta un solo instante en la misma rama...
SITIO
Penetro al fin en ti, mujer
desmantelada. que -al terminar el sitio- ya sólo
custodiaban monótonos tambores y trémulas estatuas.
Penetro
en ti, por fin. Y, entre la luz delgada que filtran, por
momentos, estrellas y palabras, encuentro a cada paso que doy
sobre los fríos peldaños que conducen al centro de tu alma -un
cuerpo junto a otro- cien horas derrotadas.
Me inclino... Una
por una las reconozco, a tientas. Contra una jaula exacta en
ésta, oscuramente, un ruiseñor estuvo rompiéndose las alas. En
ésa... No sé ya lo que en esa existencia moría o
principiaba: esquivas formas truncas, presencias
instantáneas, deseos incompletos, dichas
decapitadas...
SOLEDAD
Si das un paso más te quedas
sola... En el umbral de un tiempo que no es el tuyo aún y no es ya
el mío. sobre el primer peldaño de una escalera rápida que
nadie podrá jamás decir si baja o sube. En el principio de una
primavera que, para tu patético henisferio, nunca resultará sino
el reverso casto de un otoño...
Porque la frágil hora en que
tu pie se apoya en un espejo, si das un paso más te quedas
sola.
TIEMPO
La noche se rompía en nuestras
manos. Nos sitiaba el invierno.
Y tú estabas allí, desde la
almena de unos ojos adversos,
engañándome, irguiéndote,
llamándolo. Sin palabras. Sin gestos.
En tu mirada, un río de
diamante me arrojaba, sin cólera, del tiempo.
TÚNEL
Una antorcha
enemiga alumbra, mientras duermes, el profundo túnel que de mi amor
a tu alma lleva. Con invisibles puños ¿qué guardia la
sustenta? Quiero avanzar... Y me detiene un muro. Pretendo
entonces retroceder y siento que una puerta se cierra tras de mí
siempre que dudo...
En pleno sol me quedo -trémulo, terco,
ciego- imaginando no más el golpe brusco con que, al cortar tu
sueño, me arrojará a la noche, sin antorchas, otro invisible
centinela mudo.
VAGUEDAD
Paisaje lento de mi poesía... ¿Ocaso?
No. Más bien, tras de la lluvia, entre el líquido verde de las
hojas, amanecer sombrío de la luna.
Ambigua luz de incienso en
las volutas de una melodía vagabunda; enrejado sutil de
sicomoros sobre la plata azul de una laguna: paisaje sin
sorpresas y sin aristas bruscas, diluído en matices, hecho todo
de ritmos sin premura, más lento cada vez y realizado al fin en una
rosa taciturna, como se queda el alma sostenida en esa onda
última -alta, vibrante, sólida- de la marea blanda de la
música...
VERANO
Corrí las persianas azules de la
siesta sobre el oasis del jardín.
En la colmena del reloj se
adormeció el enjambre de las horas. Olía a trigo de setiembre el
sol.
Afuera, el ruido fresco de la fuente mojaba la arena del
silencio y el canto sin color de la cigarras.
Como una copa
demasiado llena el corazón se derramó del cuerpo.
Sentí en el
pecho un gran hueco feliz.
Una paloma del jardín se puso a
picotear el tiempo en el oro granado del maíz.
VOLUNTAD
Si yo pudiera acariciarte,
¡oh
fina suavidad de la música del viento!, en las ramas profundas de la
encina... ¡Oh, si tuviera tacto el pensamiento para palpar la
redondez del mundo, el rumor de los cielos transparentes, el pensar
de las frentes y el viaje del suspiro vagabundo!...
¡Si al
corazón llegara en su forma real, el infinito; lo que fué llanto en
la pupila clara, saciedad en el grito; si la verdad me
hiriera con su arista cruel, en tajo rudo; si todo lo que
viera estuviera desnudo!
¿Qué palabra soberbia y
rebosante daría esa expresión apetecida? ¡Pensar que bastaría, así,
un instante para borrar las formas de la vida!
BAJAMAR
Conforme va la vida
descendiendo -bajamar de los últimos ocasos- se distinguen mejor
sombras y pasos sobre esta playa en que a morir aprendo.
Acaba
el sol por declinar. Los rasos de la luz se desgarran sin
estruendo y del azul que ha ido enmudeciendo afloran ruinas de horas
en pedazos.
Ese que toco, desmembrado leño, un día fué timón del
barco erguido. que por piélagos diáfanos conduje.
En aquel
mástil desplegué un ensueño. Y en estas velas, ¡ay!, siento que
cruje todavía la sal de lo vivido.
BAÑO
Mujer mirada en el espejo umbrío del baño que
entre pausas te presenta, con sólo detenerte una tormenta de colores
aplacas en el río...
Sales al fin, con el escalofrío de una piel
recobrada sin afrenta, y gozas de sentirte menos lenta que en el
agua en el aire del estío.
Desde la sien hasta el talón de
plata -única línea de tu cuerpo, dura- tu doncellez en lirios se
desata.
Pero ¡con qué pudor de veste pura, recoges del cristal
que te retrata -al salir de tu sombra- tu figura!
MADRIGAL
Eres, como la luz, un breve pacto que
de colores fragua su blancura; y en iris -como a ella- te figura de
la nieve menor el prisma abstracto.
Dejas, como la luz, un sordo
impacto de sombra en la retina y, por la oscura huella que de su
tránsito perdura, recuerdo el esplendor de tu contacto.
El
cristal te deshace, no el acero; aunque, más que el cristal, la
geometría, pues transparencias sin aristas nunca
lograron
traducir tu ser ligero. Y, por eso tal vez, el alma mía te
descompone cuando no te trunca.
NOCTURNO
1 Cierra, punto final, única
estrella del firmamento claro todavía, la estrofa de silencio de
este día en que tu voz, por tácita, descuella.
Desde el alba lo
azul te prometía, última gota en ignición tan bella que sólo
ardiendo -como el lacre- sella y sólo sella al tiempo que se
enfría.
Ser el adiós ue un cielo sin querella igual que tú mi
espíritu quería y que, como tu luz, la Poesía
cristalizara en
mí, diáfana estrella, más transparente cuanto más sombría fuese la
oscuridad en torno de ella.
2 Principia, pues, aquí, tu obra
futura, Noche, y con lengua libre de falacia explícame la edad, el
sol, la acacia, el río, el viento, el musgo, la escultura...
De
los colores adjetivos cura esta instantánea flor, póstuma gracia de
un idioma que fue -con pertinacia- retórica guirnalda a la
hermosura.
Brújula sin piedad, tiniebla pura, orienta, Noche,
mis sentidos hacia las torres de tu intrépida estructura
y deja
que, en racimos de luz dura, se apague esta inquietud que nada
sacia sino el error de ser tiempo figura.
3 Tiempo y figura
fuí, mientras la esquiva curiosidad de ser distinto en cada minuto
de la frívola jornada arrojaba mi anhelo a la deriva.
Tiempo y
figura: cólera pasiva, impaciencia de luz en llamarada, alma a todos
los cauces derramada y, aunque a ninguno fiel, siempre
cautiva.
Pero de pronto, ¡ay!, conciencia armada, coraza de
amazona pensativa, toco de nuevo, en bronce, tu alborada,
¡y
descubro por fin que la hora ansiada estaba en mí, pretérita y
furtiva, y, al oírla sonar, siento mi nada!
4 Hecho de nada soy, por
nada aliento; nada es mi ser y nada mi sentido y, muerto, no seré
más qúe al oído un roce de hojas muertas en el viento...
A nada
me negué. De nada exento -pasión, fiebre o virtud- he persistido y
de esa misma nada envejecido sombra de sombras es mi
pensamiento.
Pero si nada di, nada he pedido y, si de nada soy,
a nada intento; espectador no más de lo que he sido.
Como
inventé el nacer, la muerte invento y, sin otro epitafio que el
olvido, a la nada me erijo en monumento.
OCTUBRE
Ya empiezas a dorar, octubre mío, con
las cimas del huerto, ésas -distantes- del pensamiento a cuyas frondas
fío la sombra de mis últimos instantes.
Corazón y jardín
tuvieron, antes, cada cual a su modo, su albedrío; pero deseos y
hojas tan brillantes necesitaban, para arder, tu frío.
Aterido
el vergel, desierta el alma, más luz entre los troncos que
despojas a cada instante, envejeciendo, veo.
Y en el cielo
ulterior, de nuevo en calma, cuando terminen de caer las
hojas miraré, al fin, desnudo, mi deseo.
ORQUÍDEA
Flor que promete al tacto una
caricia más que el otoño de un perfume, suave y que, pensada en
flor, termina en ave porque su muerte es vuelo que se
inicia.
Párpado con que el trópico precave de su luz interior la
ardua delicia, música inmóvil, flámula en primicia, aurora vegetal,
estrella grave.
Remordimiento de la primavera, conciencia del
color, pausa del clima, gracia que en desmentirse
persevera,
¿por qué te pido un alma verdadera si la sola
fragancia que te anima es, orquídea, el temor de ser
sincera?
REGRESO
1 Vuelvo sin mí; pero al partir
llevaba en mí no sólo cuanto entonces era sino también, recóndita y
ligera, esa patria interior que en nadie acaba.
Oigo gemir la aurora que te
alaba, músico litoral, viento en palmera, y me asedia la enjuta
primavera que la razón, no el tiempo, presagiaba.
Entre el capullo que dejé y la
impura corola que hoy en cada rama advierto pasaron lustros sin que
abrieran rosas.
Viví sin ser... Y sólo me
asegura, entre tanta abstención, de que no he muerto la fatiga de mí
que hallo en las cosas.
2 ¿Quién habitó esta ausencia? ¿Qué
suspiro interrumpo al hablar? ¿A quién despojo del recobrado cuerpo
en que me alojo? ¿Quién mira con mis ojos lo que miro?
La luz
que palpo, el aire que respiro, el peso del silencio que
recojo, todo me opone un íntimo cerrojo y me declara intruso en mi
retiro.
En vano el pie que avanzo coincide con la huella del pie
que hundió en la arena el invisible igual que substituyo;
pues
lo que el alma, al regresar, me pide no es duplicarse en cuanto me
enajena ¡sin ser otra vez lo que destruyo!
3 ¡Espejo, calla! y tú, que
en el furtivo recuerdo el filo de la voz bisela, eco, responde sin
palabra. Y vela porque en tu ausencia al menos esté vivo...
Del
mármol con que el ocio me encarcela quiero en vano extraer un brazo
esquivo hacia ese blando mundo infinitivo en que todo está aún y
todo vuela.
Estatua soy donde caí torrente, donde canto pasé,
silencio duro y donde llama ardí ceniza esparzo.
Nada me afirma
y nada me desmiente. Sólo tu golpe, corazón oscuro, a fuerza de
latir aprieta el cuarzo.
4 Por esa fina herida silenciosa que
siquiera da paso a la agonía, ¡ay!, entra, muerte, en mí, como la
guía de la hiedra que el sol prende en la losa.
Abre -¡aunque
sea así!- la última rosa en que tu fuerza adulta se extasía, ansia
de ya no ser, llama tan fría que a su lado la luz parece
umbrosa.
Rompe la plenitud, la simetría, el basalto en que acaba
toda cosa que dura más de lo que tarda el día;
y, arrancándome
al tedio que me acosa, envuélveme en tu vértigo,
alegría, ¡afirmación total, muerte dichosa!
VOZ
Tú me llamaste al
íntimo rebaño -única voz que manda cuando implora- mientras la burla
despreciaba el daño y florecía, en el cardal, la aurora.
Era la
intacta juventud del año. Principiaban el mes, el día, la hora... Y
el corazón, intrépido y huraño, te oía sin creerte, como
ahora.
¡Ay!, porque -desde entonces-, ya disperso sobre la
vanidad del universo, a cada paso, infiel, te abandonaba
y con
cada promesa te mentía y con cada recuerdo te olvidaba ¡y con cada
victoria te perdía!
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