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A mi musa
Señora de la mañana victoriosa Y también del crepúsculo
vencido. Señora de la noche misteriosa, Por quien ando, en
tinieblas, confundido.
¡Perfil de luz! ¡Imagen religiosa! ¡Dolor y amor! ¡Sol, resplandor
de luna herido! Cuerpo, que es alma esclava y dolorosa, Alma, que es
cuerpo libre y redimido.
Mujer perfecta en sueño y realidad. Divina aparición de la
Saudade... ¡Oh Eva, toda en flor y deslumbrada!
Matrimonio de lágrima y sonrisa; Cielo y tierra, infierno y
paraíso, Beso rezado y oración besada.
III
Y la aurora, que se marchita, va huyendo, Quedando, tras de ella,
con gran pena, El mar, bíblicos paisajes floreciendo Bajo
bendiciones de sol y besos de agua.
Y la aurora se va, abandonando Mi cuerpo, envuelto en sombras... Y,
en los cielos, Vuelan muertas penumbras, que recuerdan El errante
fantasma de algún dios... Divinidades vencidas que pasean Por la
floresta abrasada del ocaso... Y sombras de Cupidos revolotean, Y
Venus aparece, vagamente, a lo lejos... Y hay ninfas de resplandor de
luna, enterneciendo La melancólica tarde que se esfuma... Arcoiris
de sombras describiendo Su bóveda de lágrimas y bruma. Y el fantasma
de Pan, entre los árboles, Proyecta la luctuosa sombra de la
Cruz... En el silencio, voces... Se alza el miedo Ante el dramático
declive de la luz. Y, en el triste crepúsculo sombrío, Vagan sombras
de faunos... Los pinares Sienten un hondo y gélido temblor Y
susurran a los vientos espectrales... Y, en los bosques, los cirios de
las bacantes, Casi apagados, Titilantes, Dejan motas de luto... Y
desdeñosas Nereidas, en las aguas susurrantes, Bajan la vista,
tristes, pensativas... Y enajenadas, sonámbulas, buscan Edades de
oro, las eras primitivas...
Y, otra vez, la señora de la noche Se transfigura, Y su
resplandeciente trenza rubia Tiene ya manchas de
tiniebla... Y
aquella pura Y luminosa frente, donde nace La divina belleza,
oscureció. Y a pernoctar en su rostro se acercaron El silencio de la
tierra y la paz del cielo.
Y la señora de la aurora es ya señora De la piedad y de la tarde...
Y su mirada, Que era sonrisa y luz, diríase que llora Y permanece,
pensativa, en éxtasis. Se diría que oteros, valles y pinares Se
transforman en negra soledad... Pero cualquier páramo no es más Que
un errante y confuso corazón... Humo sentimental,
contemplativo, Mágico filtro sutil que se insinúa, En nuestro
cuerpo, humanizado y vivo, Con desfallecimientos íntimos de luna.
Y la tarde avanza, y la soledad Sigue sus pasos de
oro... Y,
a su lado, Piadosa, humilde, marcha mi saudade, Lo que hay, en mí,
de lirio y de doncella...
Esta ternura espiritual que afluye Tan a flor de mi voz, silencio en
flor, Y me diluye En penumbra de lágrimas y amor.
Y la señora de la tarde, enamorada, Se dirige a poniente que, en los
cielos, Recuerda una Babel extraña, ¡encendida Por los trágicos
celos de algún Dios! Y, sobre las altas cumbres, se amplía Su
imagen, pálida y borrosa. Y sepulta piedras y fuentes cantarinas En
roja tinta. Vahídos de neblina y de penumbra Flotan, en el aire
dolorido... Y
viene de la sierra, Ignoto sol oscuro que se alumbra, La noche,
madre de las almas y de la tierra. Y la indecisión, En una caótica
muestra de locura, lanza desmayo, síncope, aflicción, Al paisaje, y
las cosas trastorna.
Y la señora de la tarde va solita, Entre fantasmas lívidos, sin
miedo... Pues es fantasma esta saudade mía Y este peñasco...
Mis sentidos Son cueva donde los vientos se adormecen; Donde
flotan espectros, aturdidos, Que se me aparecen.
Y, por encima de los montes, El claro sol de todo se escondió. La
luz brilla bajito, suspirando, Anocheció.
Alondra de la sombra, el búho pía, Tal vez (¿quién sabe?) alegre y
deslumbrado. El búho es tiniebla, y es sol anunciado La alondra.
Y la tierra, en su afán creador, Nota que le besa la frente, de oro
ardiente, Aquel santo espíritu del amor Y de la
tristeza.
Canción Final
Ahí viene la noche viejecita, Yerma sombra tullidita, Apenas
puede andar, de tan cansada...
Ya el día se avecina...
Y la noche, triste y solita, Tan pálida y fatigada, Por su
extensa jornada, Se acuesta y
duerme. La
alborada Es el buen sueño del anochecer...
Y la noche duerme
calentita, En la cama que le fue asignada...
Duerme, duerme, sosegada, Noche de Dios, sombra mía, Que tu sueño
es madrugada...
El Poeta
Nadie contempla las cosa
admirado Diríase que todo es simple y vulgar Y si miro al suelo, a la flor,
al cielo dorado,
Que infinita conmoción me hace soñar !
Es todo para mi extraordinario! Una
piedra es fantástica! Alto
monte, Tierra viva a sangrar, como un Calvario El blanco espectro, bajo
la luna, mi fuente!
Es todo luz y voz, todo me habla: Oigo
lamentos de almas en la arboleda. Cuando la tarde tan lívida se calla Porque
adivina la noche y le tiene miedo.
No puedo abrir los ojos sin abrir Mi
corazón al dolor y a la alegría. Cada cosa nos sabe transmitir Una extraña
y quimérica armonía!
Es bien cierto que tu, mi corazón, Participas de toda
la naturaleza. Tienes montañas en tu solidez y crepúsculos
negros de tristeza!
Las cosas que me cercan silenciosas Son almas a
llorar que me buscan. Cuantas vagas palabras misteriosas En este aire que
aspiro, trémulas, murmuran!
Voces de encanto vienen a mis oídos, Besan
mis ojos
sombras de misterio. Siento que pierdo, à veces, los sentidos
y que voy a fluctuar en un río aéreo...
Panel
En un cerro de Marão Extraña
luz mis ojos deslumbró;
Y en cuerpo de recuerdos divagué Mas allá de los horizontes,
Y a la tierra patria recurrí, Es el mar y el cielo azul,
Donde los ángeles de la vieja Lusitânia Vuelan como a través de nuestra fantasía.
Veo verdes campos elíseos , Sierras
azules de infinita suavidad; Y la sierra del Gerês, Con sus altos baluartes
esculpidos Las siembras de lluvia y de granizo Y a golpes de relámpagos. Veo
ríos durmientes, Misteriosos valles, que se alargan en cultivados
campos; Ovejitas
pastando en místicos oteros Y pastores tañendo la flauta del dios Pan;
Mantas de paja en las eras, Viejas chimeneas que humean;
Sobre la quinta, la puerta, una verde ramada , Y mas abajo, en un recanto
oscuro, una poza de piedra donde recoger agua fresca
en un cántaro de barro.
Y en lugares siniestros, Que
el miedo
despuebla,
Arruinados solares, donde habitan Fantasmas y brujas, cuando la Luna Derrama,
en la soledad extática de las noches, No se que frío albor y que tristeza de alma.
Playas de espuma y nieve, incendios
de oro, en la tarde, Entre pinales, huyendo, desgreñados, en la dirección
del viento...
Y ciudades, viviendo protegidas Por santos tutelares:
Viana y Santa Luzia y Braga y Bom Jesus, Y Guimarães a los pies de un
Pio IX en piedra, Católica y Romana.
Y el Puerto de Herculano, Como Lisboa
es de Garrett.
Lisboa en yeso blanco, o Porto en piedra oscura, Sobre los
abruptos alcantilados do Douro; Ese río que viene de lejos, solitario,
Se cubre de asas blancas de navíos Y de negras chimeneas de
vapores. Pegados a los perros, aguardan una carga férrea .
Otros, van demandando la barra y el farolillo, Que da una luz - tan triste! -
en noches invernales.
Distante, en el poniente, se
esfuma
una nostalgia en verdes tonos fluidos que palpitan en una indecisa nieve, vaga
imagen De la tristeza del mar pintada en nuestros ojos.
Adamastor
Fui
la sombra del miedo;
Ese
informe bulto que la luna
Esboza,
en la arboleda,
Cuando
el perfil del viento es gélido;
Y,
en las encrucijadas de los caminos,
Hay
demonios y dolidos fantasmas...
Y
los hombrees, entre lívidos terrores,
Abrazan
negro dolor desconocido,
Dolor
mortal y resurgido,
Aquel
dolor, fantasma de otros dolores.
Mi
Aparición,
Asustaba
a los navegantes,
Cuando,
en rumores, insulsos, oscuros,
Siniestro
promontorio, las ondas penetraban;
Y
mi ronco bramido retumbaba,
Por
toda la neptuniana solidez.
Yo,
antes, fui a Treva...
Mi
sombra, después, amaneció;
Se
tiñó
de oro y rosa; y ya se eleva,
En
la
luz del cielo...
Lloré,
desde mis huesos fragorosos,
Reconstruyendo
en carne de belleza,
Mis
grandes miembros tenebrosos;
Mis
facciones de tierra y brutales...
Soy
el alma del trágico Gigante;
Ese
terror de antiguo navegante,
Revelada
en perfecta claridad.
Yo
soy el Adamastor en alma de saudade.
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UNA FÁBULA (Texto inédito recuperado)
Por Teixeira de Pascoaes
Mas cenas
de
mi infancia y mocedad. No se trata de confesiones, que nadie se confiesa. Como
ha de confesarse un desgraciado, que no tiene de si la
menor idea? La sensación que tenemos de nosotros mismos es vaga e indefinible.
Y, si la
intelectualizamos, es ya un producto artificial. Somos, en nosotros, como los peces
en el agua. Que pensará del Atlántico una faneca? No lo distingue de sus escamas.
La criatura es un abismo de secretos. Si algunos le suben a la boca, la
tapa con las manos, pues, del silencio en que ellos yacen, depende su valor. El misterio contenido,
en la criatura, es su razón de ser, o la causa de su actividad espiritual, creadora
y no repetidora. Repetir es apenas existir.
Voy cumplir la promesa que le hice, durante su estancia en esta casa, la cual,
en realidad, es permanente. Estamos donde está quien nos ame. Si amo el amor, soy apenas amigo
de la amistad; esa acuarela de una llama. Pertenezco al número de los
ebrios de nacimiento, los condenados a la hoguera. Para ellos, la vida es un
auto de fe
perpetuo. Felices, los indiferentes, los de baja temperatura, los
sólidos, los casi estatuas ambulantes. Cuando mueren, cierran os ojos como si
nunca los tuviesen abiertos a la luz. No extrañan al pasaje de la cama para la cueva. Si,
su persona es de esta casa. Solo le es vedada la sala de visitas, esa Gran Bretaña...
Se trata de una especie de complemento
a mi Livro de Memórias...
infantiles: una colección de pequeños acontecimientos, los que a mi fantasía
prestaron un cierto colorido. De resto, en toda la pequeñez que se muestra, hay una
grandeza invisible. Presentir el esbozo de esa grandeza es el don de los Poetas.
Apolo no hiere los pies en aquella piedrecilla del suelo, que reluce ensangrentada?.
Y hay noches en que Diana dice al mundo, donde tiembla una gota de agua. Todo es
digno
de ser contado. E es la señal, en nosotros, del Criador. Lo que soñar en el verbo
de la Inspiración
participa en el Verbo Original. Y un poeta solo gusta de hablar a otro poeta. Dirigiéndose
a
extraños, tiene que ser extraño a si mismo, colocarse en una actitud hostil
a
su temperamento. Cambia de cara y lenguaje, lo que es incómodo. Hace de tonto y
suelta banalidades. Pero escribir es conversar, de largo, convivir en la solidez.
Escribiendo estas memorias, estoy conmigo, mi caro
Poeta, no solo en presencia actual, sino como el fantasma de lo que fui. Eludo así
la distancia
que nos separa, leguas e leguas adormecidas en planicies insondables, o acordadas
en un sobresalto montañoso, entre Lisboa y São João de Gatão, a
rimar con Marão. Y voy así idealizando mis horas aldeanas, para que ellas me
embellezcan la sensación inefable de vivir. Cuando la sensación de la existencia
es privilegio
marmóreo de las estatuas.
Idealizar las horas pasadas es la ambición de
las víctimas
sacrificadas a esas diosas que bailan, en la vueltas del sol. Si las horas doradas
y aligeradas nos
producen una especie de embriaguez; las horas muertas de la luz de la luna
nos amortajan en lívido
silencio. Imitamos nuestro espectro, esa idea imaginada, o hecha imagen, que,
en vida, tenemos de nosotros, en la muerte.
Si el tiempo principia con nosotros, esto es, en el día en que nacemos,
el primer movimiento de nuestras piernas inicia el espacio, que no termina. Ese espacio, para mi,
es la aldea de mi infancia, tan diferente de esta aldea da mi vejez, o largo de
los setenta y tantos años!
(de: Capítulo I)
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