1877  -  1952

 

ALGUNOS POEMAS

 

 

A mi musa

Señora de la mañana victoriosa
Y también del crepúsculo vencido.
Señora de la noche misteriosa,
Por quien ando, en tinieblas, confundido.

¡Perfil de luz! ¡Imagen religiosa!
¡Dolor y amor! ¡Sol, resplandor de luna herido!
Cuerpo, que es alma esclava y dolorosa,
Alma, que es cuerpo libre y redimido.

Mujer perfecta en sueño y realidad.
Divina aparición de la Saudade...
¡Oh Eva, toda en flor y deslumbrada!

Matrimonio de lágrima y sonrisa;
Cielo y tierra, infierno y paraíso,
Beso rezado y oración besada.

III

Y la aurora, que se marchita, va huyendo,
Quedando, tras de ella, con gran pena,
El mar, bíblicos paisajes floreciendo
Bajo bendiciones de sol y besos de agua.

Y la aurora se va, abandonando
Mi cuerpo, envuelto en sombras... Y, en los cielos,
Vuelan muertas penumbras, que recuerdan
El errante fantasma de algún dios...
Divinidades vencidas que pasean
Por la floresta abrasada del ocaso...
Y sombras de Cupidos revolotean,
Y Venus aparece, vagamente, a lo lejos...
Y hay ninfas de resplandor de luna, enterneciendo
La melancólica tarde que se esfuma...
Arcoiris de sombras describiendo
Su bóveda de lágrimas y bruma.
Y el fantasma de Pan, entre los árboles,
Proyecta la luctuosa sombra de la Cruz...
En el silencio, voces... Se alza el miedo
Ante el dramático declive de la luz.
Y, en el triste crepúsculo sombrío,
Vagan sombras de faunos... Los pinares
Sienten un hondo y gélido temblor
Y susurran a los vientos espectrales...
Y, en los bosques, los cirios de las bacantes,
Casi apagados,
Titilantes,
Dejan motas de luto... Y desdeñosas
Nereidas, en las aguas susurrantes,
Bajan la vista, tristes, pensativas...
Y enajenadas, sonámbulas, buscan
Edades de oro, las eras primitivas...

Y, otra vez, la señora de la noche
Se transfigura,
Y su resplandeciente trenza rubia
Tiene ya manchas de tiniebla...
                    Y aquella pura
Y luminosa frente, donde nace
La divina belleza, oscureció.
Y a pernoctar en su rostro se acercaron
El silencio de la tierra y la paz del cielo.

Y la señora de la aurora es ya señora
De la piedad y de la tarde... Y su mirada,
Que era sonrisa y luz, diríase que llora
Y permanece, pensativa, en éxtasis.
Se diría que oteros, valles y pinares
Se transforman en negra soledad...
Pero cualquier páramo no es más
Que un errante y confuso corazón...
Humo sentimental, contemplativo,
Mágico filtro sutil que se insinúa,
En nuestro cuerpo, humanizado y vivo,
Con desfallecimientos íntimos de luna.

Y la tarde avanza, y la soledad
Sigue sus pasos de oro...
                    Y, a su lado,
Piadosa, humilde, marcha mi saudade,
Lo que hay, en mí, de lirio y de doncella...

Esta ternura espiritual que afluye
Tan a flor de mi voz, silencio en flor,
Y me diluye
En penumbra de lágrimas y amor.

Y la señora de la tarde, enamorada,
Se dirige a poniente que, en los cielos,
Recuerda una Babel extraña, ¡encendida
Por los trágicos celos de algún Dios!
Y, sobre las altas cumbres, se amplía
Su imagen, pálida y borrosa.
Y sepulta piedras y fuentes cantarinas
En roja tinta.
Vahídos de neblina y de penumbra
Flotan, en el aire dolorido...
                    Y viene de la sierra,
Ignoto sol oscuro que se alumbra,
La noche, madre de las almas y de la tierra.
Y la indecisión,
En una caótica muestra de locura,
lanza desmayo, síncope, aflicción,
Al paisaje, y las cosas trastorna.

Y la señora de la tarde va solita,
Entre fantasmas lívidos, sin miedo...
Pues es fantasma esta saudade mía
Y este peñasco...

Mis sentidos
Son cueva donde los vientos se adormecen;
Donde flotan espectros, aturdidos,
Que se me aparecen.

Y, por encima de los montes,
El claro sol de todo se escondió.
La luz brilla bajito, suspirando,
Anocheció.

Alondra de la sombra, el búho pía,
Tal vez (¿quién sabe?) alegre y deslumbrado.
El búho es tiniebla, y es sol anunciado
La alondra.

Y la tierra, en su afán creador,
Nota que le besa la frente, de oro ardiente,
Aquel santo espíritu del amor
Y de la tristeza.

 

Canción Final

Ahí viene la noche viejecita,
Yerma sombra tullidita,
Apenas puede andar, de tan cansada...

Ya el día se avecina...

Y la noche, triste y solita,
Tan pálida y fatigada,
Por su extensa jornada,
Se acuesta y duerme.
                    La alborada
Es el buen sueño del anochecer...

Y la noche duerme calentita,
En la cama que le fue asignada...

Duerme, duerme, sosegada,
Noche de Dios, sombra mía,
Que tu sueño es madrugada...

 

El Poeta

Nadie contempla las cosa admirado
Diríase que todo es simple y vulgar
Y si miro al suelo, a la flor, al cielo dorado,
Que infinita conmoción me hace soñar !

Es todo para mi extraordinario!
Una piedra es fantástica! Alto monte,
Tierra viva a sangrar, como un Calvario
El blanco espectro, bajo la luna, mi fuente!

Es todo luz y voz, todo me habla:
Oigo lamentos de almas en la arboleda.
Cuando la tarde tan lívida se calla
Porque adivina la noche y le tiene miedo.

No puedo abrir los ojos sin abrir
Mi corazón al dolor y a la alegría.
Cada cosa nos sabe transmitir
Una extraña y quimérica armonía!

Es bien cierto que tu, mi corazón,
Participas de toda la naturaleza.
Tienes montañas en tu solidez
y crepúsculos negros de tristeza!

Las cosas que me cercan silenciosas
Son almas a llorar que me buscan.
Cuantas vagas palabras misteriosas
En este aire que aspiro, trémulas, murmuran!

Voces de encanto vienen a mis oídos,
Besan mis ojos sombras de misterio.
Siento que pierdo, à veces, los sentidos
y que voy a fluctuar en un río aéreo...

 

Panel

En un cerro de Marão
Extraña luz mis ojos deslumbró;
Y en cuerpo de recuerdos divagué
Mas allá de los horizontes,
Y a la tierra patria recurrí,
Es el mar y el cielo azul,
Donde los ángeles de la vieja Lusitânia
Vuelan como a través de nuestra fantasía.

Veo verdes campos elíseos ,
Sierras azules de infinita suavidad;
Y la sierra del Gerês,
Con sus altos baluartes esculpidos
Las siembras de lluvia y de granizo
Y a golpes de relámpagos.
Veo ríos durmientes,
Misteriosos valles, que se alargan
en cultivados campos;
Ovejitas pastando en místicos oteros
Y pastores tañendo la flauta del dios Pan;
Mantas de paja en las eras,
Viejas chimeneas que humean;
Sobre la quinta, la puerta, una verde ramada ,
Y mas abajo, en un recanto oscuro,
una poza de piedra donde recoger agua fresca
en un cántaro de barro.

Y en lugares siniestros,
Que el miedo despuebla,
Arruinados solares, donde habitan
Fantasmas y brujas, cuando la Luna
Derrama, en la soledad extática de las noches,
No se que frío albor y que tristeza de alma.

Playas de espuma y nieve, incendios de oro, en la tarde,
Entre pinales, huyendo, desgreñados,
en la dirección del viento...

Y ciudades, viviendo protegidas
Por santos tutelares:
Viana y Santa Luzia y Braga y Bom Jesus,
Y Guimarães a los pies de un Pio IX en piedra,
Católica y Romana.

Y el Puerto de Herculano,
Como Lisboa es de Garrett.
Lisboa en yeso blanco, o Porto en piedra oscura,
Sobre los abruptos alcantilados do Douro;
Ese río que viene de lejos, solitario,
Se cubre de asas blancas de navíos
Y de negras chimeneas de vapores.
Pegados a los perros, aguardan una carga férrea .
Otros, van demandando la barra y el farolillo,
Que da una luz - tan triste! - en noches invernales.

Distante, en el poniente, se esfuma una nostalgia
en verdes tonos fluidos que palpitan
en una indecisa nieve, vaga imagen
De la tristeza del mar pintada en nuestros ojos.

 

 

Adamastor

Fui la sombra del miedo;

Ese informe bulto que la luna

Esboza, en la arboleda,

Cuando el perfil del viento es gélido;

Y, en las encrucijadas de los caminos,

Hay demonios y dolidos fantasmas...

Y los hombrees, entre lívidos terrores,

Abrazan negro dolor desconocido,

Dolor mortal y resurgido,

Aquel dolor, fantasma de otros dolores.

Mi  Aparición,

Asustaba a los navegantes,

Cuando, en rumores, insulsos, oscuros,

Siniestro promontorio, las ondas penetraban;

Y  mi ronco bramido retumbaba,

Por toda la neptuniana solidez.

Yo, antes, fui a Treva...

Mi sombra, después, amaneció;

Se tiñó de oro y rosa; y ya se eleva,

En la luz del cielo...

Lloré, desde mis huesos fragorosos,

Reconstruyendo en carne de belleza,

Mis grandes miembros tenebrosos;

Mis facciones de tierra y brutales...

Soy el alma del trágico Gigante;

Ese terror de antiguo navegante,

Revelada en perfecta claridad.

Yo soy el Adamastor en alma de saudade.

 

 

 

 

  UNA FÁBULA (Texto inédito recuperado)

Por Teixeira de Pascoaes

 

        Mas cenas de mi infancia y mocedad. No se trata de confesiones, que nadie se confiesa. Como ha de confesarse un desgraciado, que no tiene de si la menor idea? La sensación que tenemos de nosotros mismos es vaga e indefinible. Y, si la intelectualizamos, es ya un producto artificial. Somos, en nosotros, como los peces en el agua. Que pensará del Atlántico una faneca? No lo distingue de sus escamas.

         La criatura es un abismo de secretos. Si algunos le suben a la boca, la tapa con las manos, pues, del silencio en que ellos yacen, depende su valor. El misterio contenido, en la criatura, es su razón de ser, o la causa de su actividad espiritual, creadora y no repetidora. Repetir es apenas existir.

         Voy cumplir la promesa que le hice, durante su estancia en esta casa, la cual, en realidad, es  permanente. Estamos donde está quien nos ame. Si amo el amor, soy apenas amigo de la amistad; esa acuarela de una llama. Pertenezco al número de los ebrios de nacimiento, los condenados a la hoguera. Para ellos, la vida es un auto de fe perpetuo. Felices, los indiferentes, los de baja temperatura, los sólidos, los casi estatuas ambulantes. Cuando mueren, cierran os ojos como si nunca los tuviesen abiertos a la luz. No extrañan al pasaje de la cama para la cueva. Si, su persona es de esta casa. Solo le es vedada la sala de visitas, esa Gran Bretaña...

         Se trata de una especie de complemento a mi Livro de Memórias... infantiles: una colección de pequeños acontecimientos, los que a mi fantasía prestaron un cierto colorido. De resto, en toda la pequeñez que se muestra, hay una grandeza invisible. Presentir el esbozo de esa grandeza es el don de los Poetas. Apolo no hiere los pies en aquella piedrecilla del suelo, que reluce ensangrentada?.  Y hay noches en que Diana dice al mundo, donde tiembla una gota de agua. Todo es digno de ser contado. E es la señal, en nosotros, del Criador. Lo que soñar en el verbo de la Inspiración participa en el Verbo Original. Y un poeta solo gusta de hablar a otro poeta. Dirigiéndose a extraños, tiene que ser extraño a si mismo,  colocarse en una actitud hostil a su temperamento. Cambia de cara y lenguaje, lo que es incómodo. Hace de tonto y suelta banalidades. Pero escribir DESENHO DE JOSÉ RÉGIO es conversar, de largo, convivir en la solidez. Escribiendo estas memorias, estoy conmigo, mi caro Poeta, no solo en presencia actual, sino como el fantasma de lo que fui. Eludo así la distancia que nos separa, leguas e leguas adormecidas en planicies insondables, o acordadas en un sobresalto montañoso, entre Lisboa y São João de Gatão, a rimar con Marão. Y voy así idealizando  mis horas aldeanas, para que ellas me embellezcan la sensación inefable de vivir. Cuando la sensación de la existencia es privilegio marmóreo de las estatuas.

         Idealizar las horas pasadas es la ambición de las víctimas sacrificadas a esas diosas que bailan, en la vueltas del sol. Si las horas doradas y aligeradas nos producen una especie de embriaguez; las horas muertas de la luz de la luna nos  amortajan en lívido silencio. Imitamos nuestro espectro, esa idea imaginada, o hecha imagen, que, en vida, tenemos de nosotros, en la muerte.

         Si el tiempo principia con nosotros, esto es, en el día en que nacemos, el primer movimiento de nuestras piernas inicia el espacio, que no termina. Ese espacio, para mi, es la aldea de mi infancia, tan diferente de esta aldea da mi vejez, o largo de los setenta y tantos años!   (de: Capítulo I)   

 

 

 

 

 

 

ISLA  TERNURA PLAYA NO ERES EL ÚNICO