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Juan de Tassis y
Peralta, 2º. conde de Villamediana, nació en Lisboa, donde se encontraban
ocasionalmente sus padres, para asistir a la coronación del rey Felipe
I de Portugal. Regresaron de inmediato a España.
El Conde de
Villamediana recorrió los reinados de Felipe III y Felipe IV de España.
Estudió con buenos maestros Lingüística, Retórica y Dialéctica. Tuvo
una excelente formación en letras y un profundo conocimiento de los
clásicos.
Fue una personaje muy conocida
en su tiempo, por sus poemas, sátiras y prosas.
Tenemos aquí un
soneto:
Oh cuánto dice en
su favor quien calla!
porque de amar, sufrir es cierto indicio,
y el silencio el más puro sacrificio
y adonde siempre amor mérito halla.
Morir en su pasión sin declaralla
es de quien ama el verdadero oficio,
que un callado llorar por ejercicio
da más razón por sí, no osando dalla.
Quien calla amando, sólo amando muere,
que el que acierta a decirse no es cuidado;
menos dice y más ama quien más quiere.
Porque si mi silencio no os ha hablado,
no sé deciros más que, si muriere,
harto os ha dicho lo que yo he callado.
Cuando Felipe IV recibió
o trono de España, tenía solo 16 anos e era casado con
la princesa francesa Isabel de Borbón, algunos años mayor que el Rey.
El conde de
Villamediana era hombre de confianza del rey y acompañaba a la familia
real.
Tenía extrema habilidad
para seducir a las mujeres y consta que tuve numerosas amantes,
como una joven portuguesa - Francisca de Tavora - que era dama de la
reina y que fue también amante del rey.
Juan de
Tassis, Conde de Villamediana, destacó como
poeta en el siglo de Oro español, cuando las letras hispánicas vivían su
mejor momento. Famoso en su tiempo, compartió batallas, en el mismo o en
distintos bandos, con las más célebres figuras del barroco. De Góngora fue
amigo e imitador; de Quevedo fue enemigo abierto; y despreció a Lope de Vega.
Su vida se reparte entre los reinados de los Austrias Felipe III y Felipe IV, y
por tanto del declive del gran imperio español. De educación humanista fue
hábil con las armas y con las letras, como se esperaba de un buen noble.
Intrigas
y deslices
Sin
embargo, hubo algo en lo que no fue precisamente hábil: la política,
tan competitiva y despiadada en su tiempo. En su día, el extravagante
conde no pasaba desapercivido. Era extremado en todo. Provocador,
ambicioso, audaz... Exagerado en la palabra y gesto, extravagante en el
vestir, endeudado jugador (como su amigo Góngora), y desenfrenado
conquistador de mujeres. Atractivo, se casó a los 19 años, pero no
estaba plenamente satisfecho con sus relaciones maritales, al parecer.
Las infidelidades y las relaciones sexuales con diversas mujeres fueron
no pocas. Sedujo a doncellas casadas y fue cliente habitual de los
burdeles. A pesar de todo, existían rumores de que era homosexual.
Arriesgado con sus sátiras, se
ganó la popularidad. Su ingenio criticó la corrupción del
gobierno de Felipe III y el fanatismo religioso de la Santa
Inquisición.
Fue precisamente con Felipe III
cuando empezó el declive de España. El rey se preocupaba más por
sus distracciones y la caza, dejando las riendas del país en
validos, equivalente a presidente del gobierno o primer ministro,
que se preocupaban más por las intrigas internas que por el
progreso del reino (¿les suena de algo?). Castilla se iba sumiendo
poco a poco en una crisis progresiva, que iba royendo poco a poco el
Imperio de los Austrias.
La corte dedicaba el dinero y el
oro de América, que tanto poder daba a España, en excéntricas
fiestas y caprichos y la Santa Inquisición sembraba por el pais sus
prácticas "piadosas". Juan de Tassis denunció con
ingenio este desalentador panorama.
Tras la muerte de Felipe III
asistió al ascenso al trono de Felipe IV. El nuevo monarca, de 16
años, heredó de su padre la poca predisposición a los asuntos
políticos y el gusto por el placer palaciego. Lo casaron con Isabel
de Borbón, un par de años mayor, y fue adúltero desde el primer
día. Cerca del nuevo rey se encontraba el Conde de Villamediana,
nombrado gentilhombre de cámara, hombre de confianza del rey. Juan
de Tassis se ganó el favor del rey escribiendo sonetos para sus
amores y enalteciendo su figura en representaciones teatrales.
En esos momento, el Conde estaba
el mejor posicionado para el título de Valido y era el noble más
brillante de la Corte. Pero no lo supo aprovechar. Continuó con sus
letras afiladas y su vida licenciosa. Incluso se dice, que llegó a
enamorarse de la misma reina. Esto último es difícil de saber,
pero las anécdotas al respecto sus muchas. Al parecer el conde se
paseó un día de fiesta por la Plaza Mayor de Madrid con un traje
cubierto de monedas (reales de plata) y una divisa: "son mis
amores reales". Toda una temeridad.
Isabel, sin embargo, nuca
correspondió las intenciones de un libertino que con tantas mujeres
estuvo. Se llega a decir, que su pasión por la reina fue tal que
incendió el teatro de Aranjuez, en 1622, el día del cumpleaños
del Rey, para poder rescatar y coger en brazos a la reina.
Cuando el rey Felipe IV,
indeciso, tenía que elegir valido, Tassis estaba convencido de su
nombramiento. La cierto es que a la corte le interesaba, por su fama
de integridad y por acallar sus críticas, siempre mordaces. Pero
Villamediana no estaba preparado para ser estadista y frente a él
se encontraba un rival más astuto y preparado, Gaspar de Guzmán,
Conde de Olivares, futuro conde-duque.
Juan de Tassis recibió muchas
amenazas, de distintos frentes, para que depusiera su actitud
crítica, pero continuó con sus poemas y su tren de vida
desenfrenado. Se labró su propio fin. Para Olivares, Villamediana
apenas era un obstáculo en su carrera, pero sí un incordio.
Persuadió al rey y le sacó un sentencia de muerte.
El conde murió acuchillado por
un mercenario en la Calle Mayor de Madrid. El crimen nunca se investigó,
gracias al rey. Epitafios alababan su figura y el pueblo extendió su mito de
buen amante, cayendo sobre el rey la responsabilidad del crimen.
El conde
estorbaba más muerto que vivo. Olivares se sacó de la manga un motivo para
justificar la muerte. Procesó al conde - ya muerto - por sodomía. Fue declarado
culpable y ya nadie lamentó posteriormente su muerte.
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