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Teresa,
viuda de Thropplestance, era la anciana más rica y la más
intratable del condado de Woldshire. Por su manera de relacionarse
con el mundo en general, parecía una mezcla de ama de guardarropa
y perrera mayor, con el vocabulario de ambos. En su círculo doméstico
se comportaba en la forma arbitraria que uno le atribuye, acaso
sin la menor justificación, a un jefe político norteamericano en
el interior de su comité. El difunto Theodore Thropplestance la
había dejado, unos treinta años atrás, en absoluta posesión de
una considerable fortuna, muchos bienes raíces y una galería
repleta de valiosas pinturas. En el transcurso de esos años había
sobrevivido a su hijo y reñido con el nieto mayor, que se había
casado sin su consentimiento o aprobación. Bertie Thropplestance,
su nieto menor, era el heredero designado de sus bienes; y en
calidad de tal era el centro de interés e inquietud de casi medio
centenar de madres ambiciosas con hijas casaderas. Bertie era un
joven amable y despreocupado, muy dispuesto a casarse con
cualquiera que le recomendaran favorablemente, pero no iba a
perder el tiempo enamorándose de ninguna que estuviera vetada por
la abuela. La recomendación favorable tendría que venir de la señora
Thropplestance.
Las
recepciones en casa de Teresa estaban siempre decoradas con un
amplio surtido de jóvenes bonitas y madres muy despiertas y
obsequiosas, pero la vieja dama se mostraba enfáticamente
desalentadora cuandoquiera que alguna de las muchachas invitadas
dejaba ver alguna probabilidad de sobrepujar a las demás como
futura nuera. Sobre el tapete estaba la sucesión de su fortuna y
propiedades, y era claro que estaba dispuesta a ejercer al máximo
su poder de selección o rechazo. Los gustos de Bertie no
importaban mayor cosa; era uno de esos tipos que se contentan sin
chistar con cualquier clase de esposa. Toda la vida se había
soportado de buen grado a su abuela, así que no iba a mostrar
disgusto e impaciencia por lo que le tocara en cuestión de
consorte.
La
compañía reunida en casa de Teresa para la semana de Navidad del
año mil novecientos y pico era más reducida que de costumbre, y
la señora Yonelet, que se contaba entre los invitados, se
inclinaba a deducir buenos augurios de esa circunstancia. Era
obvio que Dora Yonelet y Bertie estaban hechos el uno para el
otro, según le confió a la señora del pastor; y si la vieja
dama se acostumbraba a verlos juntos cantidad de veces, bien podía
formarse la opinión de que conformarían una satisfactoria pareja
de casados.
-
La gente no tarda en acostumbrarse a una idea si a todas horas se
la ponen delante de los ojos - dijo la señora Yonelet, con
optimismo - ; y mientras más frecuentemente Teresa vea juntos a
esos dos jóvenes, felices el uno con el otro, más se va a
interesar a favor de Dora como esposa posible y conveniente para
Bertie.
-
Querida - dijo la señora del pastor con resignación -, a mi
Sybil la juntamos casualmente con Bertie bajo las circunstancias más
románticas (algún día te lo cuento todo), pero eso no surtió
el más mínimo efecto en Teresa. La dama se plantó de la manera
más intransigente y Sybil acabó casándose con un súbdito de la
India.
-
Hizo muy bien - dijo la señora Yonelet, con dudosa aprobación -.
Es lo que cualquier muchacha de carácter hubiera hecho. Sin
embargo, eso fue hace uno o dos años, me parece. Bertie está más
viejo ahora; y Teresa también. Es natural que esté ansiosa por
verlo instalado.
La
mujer del pastor se hizo la reflexión de que Teresa parecía ser
la única persona que no mostraba ninguna urgencia de conseguirle
esposa a Bertie, pero no abrió la boca.
La
señora Yonelet era una mujer llena de iniciativa y don de mando.
Involucraba a los otros invitados, al peso muerto, por decirlo así,
en toda clase de ejercicios y ocupaciones que los separaran de
Bertie y Dora, que de este modo podían ajustarse a sus propios
planes; es decir, a los planes de Dora, con la pasiva aquiescencia
de Bertie. Dora ayudaba en la decoración navideña de la iglesia
parroquial, y Bertie le ayudaba a ayudar. Juntos daban de comer a
los cisnes, hasta que las aves entraron en huelga por dispepsia;
jugaban billar juntos, fotografiaban juntos los orfanatos de la
población y, desde una prudente distancia, el alce domesticado
que pastaba altivo y solitario por el parque. Era
"domesticado" en el sentido de que hacía tiempo había
perdido el último vestigio de temor a la raza humana; pero nada
en su pasado alentaba a los vecinos humanos a sentir una confianza
recíproca.
No
importa qué deporte, ejercicio u ocupación practicaran juntos
Dora y Bertie, era sin falta relatado y ensalzado por la señora
Yonelet para correcta ilustración de la abuela de Bertie.
-
Ese par de inseparables acaban de llegar de un paseo en bicicleta
- anunciaba -. ¡Qué linda imagen forman, frescos y rozagantes
después de dar una vueltecita!
-
Una imagen en busca de palabras - comentaba Teresa en privado.
Y
en lo tocante a Bertie, estaba decidida a que las palabras
siguieran sin decirse.
En
la tarde siguiente al día de Navidad la señora Yonelet irrumpió
en el salón, en donde la anfitriona recibía en la mitad de un círculo
de invitados, tazas de té y platos de repostería, El destino había
puesto lo que parecía ser una carta de triunfo en las manos de la
paciente e intrigante madre. Con ojos que relumbraban de excitación
y una voz fuertemente salpicada de signos de admiración, hizo un
anuncio dramático:
-
¡Bertie salvó a Dora del alce!
En
frases vivas y agitadas, trémulas de emoción maternal, dio
ulterior información sobre cómo el traicionero animal había
acorralado a Dora cuando ésta buscaba una bola de golf
extraviada, y cómo Bertie se había lanzado al rescate armado con
un horcón de establo y había espantado a aquella bestia justo a
tiempo.
-
¡Estuvo a punto de ocurrir! Ella le arrojó el palo de golf, pero
eso no lo detuvo. Otro segundo y la habría aplastado con los
cascos - dijo, acezante, la señora Yonelet.
-
Ese animal no es digno de confianza - dijo Teresa, mientras le
tendía a su agitada huésped una taza de té -. No recuerdo si le
pones azúcar. Supongo que la vida solitaria que lleva aquí le
agrió el carácter. Hay muffins en la parrilla. No es culpa mía;
hace tiempos que trato de encontrarle pareja. No sabrán de
alguien que tenga un alce hembra en venta o cambio, ¿no? -
preguntó en forma general.
Pero
la señora Yonelet no estaba de humor para oír hablar de
matrimonios de alces. El casamiento de dos seres humanos era el
tema predominante en su cabeza, y la oportunidad de promover su
proyecto favorito era demasiado valiosa para dejarla pasar por
alto.
-
¡Teresa - exclamó con grandilocuencia -, ahora que esos dos jóvenes
han sido reunidos en forma tan dramática, nada podrá volver a
ser lo mismo entre ellos! Bertie ha hecho más que salvarle la
vida a Dora: se ha ganado su afecto. No puedo menos que pensar que
el destino los ha consagrado al uno para el otro.
-
Es exactamente lo mismo que dijo la esposa del pastor cuando
Bertie salvó a Sybil del alce hace dos años - comentó Teresa,
en calma -. Y a ella le señalé que había salvado a Mirabel
Hicks del mismo apuro unos meses antes, y que la prioridad en
realidad le tocaba al hijo del jardinero, que había sido salvado
en enero de aquel año. Hay mucha monotonía en la vida rural, ya
ves.
-
El animal parece ser muy peligroso - dijo uno de los huéspedes.
-
Eso dijo la señora del jardinero - observó Teresa -. Quería que
yo me deshiciera de él, pero le hice notar que ella tenía once
niños y yo un solo alce. También le regalé una falda de seda
negra; andaba diciendo que, aunque no había habido un luto en su
familia, se sentía como que sí lo hubiera habido. De todos modos
nos despedimos como amigas. No te puedo ofrecer una falda de seda,
Emily, pero puedes tomarte otra taza de té. Como ya dije, hay
muffins en la parrilla.
Teresa
concluyó la discusión, tras habérselas arreglado hábilmente
para transmitir la impresión de que consideraba que la mujer del
jardinero se había mostrado harto más razonable que las madres
de otras víctimas embestidas por el alce.
-
Teresa no tiene sentimientos - dijo después la señora Yonelet a
la esposa del pastor -. ¡Mira que quedarse ahí sentada, hablando
de muffins, cuando nos acabábamos de librar por un pelo de una
horrible tragedia!
-
Ya sabrás, desde luego, con quién quiere ella que se case Bertie
- dijo la esposa del pastor -. Yo lo noté desde hace días: con
la institutriz alemana de los Bickelby.
-
¡Una institutriz alemana! ¡Qué ocurrencia! - exclamó la señora
Yonelet, boquiabierta.
-
Viene de una familia irreprochable, según entiendo - dijo la
esposa del pastor -, y no es ni sombra de la mosquita muerta que
se supone debe ser una institutriz. De hecho, después de Teresa,
bien puede ser la personalidad más dominante y combativa de la
vecindad. Le ha señalado toda clase de errores a los sermones de
mi marido y le dio a sir Laurence una reprimenda pública sobre cómo
se debe manejar a los perros. Ya sabes lo sensible que es sir
Laurence con las críticas a su cargo de jefe de traílla; y que
una institutriz le hablara en forma autoritaria estuvo a punto de
producirle un ataque. Se ha comportado así con todo el mundo,
excepto, claro, con Teresa; y, por desquite, todo el mundo se ha
mostrado descortés y a la defensiva con ella. Ahora bien, ¿no es
ésa precisamente la clase de mujer que a Teresa le encantaría
entronizar como sucesora? Imagínate el disgusto y la incomodidad
en el condado si descubriéramos que ella iba a ser la futura
anfitriona de la mansión. Lo único que le pesaría a Teresa sería
no vivir para verlo.
-
Pero - objetó la señora Yonelet - seguramente Bertie no ha dado
la menor seña de sentirse atraído en esa dirección.
-
Oh, ella es bonita en cierto modo, se viste bien y es capaz de
jugar un buen partido de tenis. Con frecuencia viene del otro lado
del parque con recados de la mansión de los Bickelby. Y un día
de estos Bertie la va a salvar del alce, cosa que en él se ha
vuelto casi un hábito, y Teresa dirá que el destino los ha
consagrado al uno para el otro. Puede que Bertie no esté muy
dispuesto a prestarle mucha atención a las consagraciones del
destino, pero ni en sueños se opondría a los designios de su
abuela.
La
esposa del pastor había hablado con la tranquila autoridad de
quien posee el don del conocimiento intuitivo; y en lo más recóndito
de su corazón la señora Yonelet sabía que había dicho la
verdad.
Seis
meses más tarde tuvieron que deshacerse del alce. En un ataque de
extremo malhumor había matado a la institutriz alemana de los
Bickelby. La ironía de su suerte fue alcanzar la popularidad en
los últimos momentos de su carrera. Pero de todos modos fue el único
ser vivo que frustró de modo permanente los planes de Teresa
Thropplestance.
Dora
Yonelet rompió su compromiso con un súbdito de la India y se casó
con Bertie tres meses después de fallecer la abuela de éste.
Teresa no sobrevivió mucho tiempo al fiasco de la institutriz
alemana. Cada año por Navidades la joven señora de
Thropplestance cuelga una guirnalda de pinos extra grande en los
cuernos de alce que decoran el vestíbulo.
-
Era una bestia terrible - le dice a Bertie -, pero siempre he creído
que ayudó a juntarnos.
Lo
cual es cierto, desde luego.
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