1840  -  1893

 

 

 De las Memorias de John Addington Symonds

 

Symonds empezó su autobiografía en 1889 y dedicó a eso los siguientes dos años. Tras su muerte en 1893 el manuscrito le fue entregado a su amigo y albacea testamentario Horatio Forbes Brown, con las instrucciones "Salvarlo de la destrucción después de mi muerte, y con todo reservar su publicación hasta que no sea perjudicial para mi familia". A la muerte de Brown en 1926, el manuscrito fue dado por Edmund Gosse a la biblioteca de Londres, con las instrucciones estrictas de que no podían ser divulgado durante cincuenta años. La caja de tela verde que los contenía fue cerrada hasta 1949, cuando a su hija Katharine Furse de Symonds  le fue permitido leerlos; en 1954 la biblioteca concedió el acceso a eruditos; en 1976 la prohibición fue levantado, de conformidad con el mandato judicial original; y en 1984 fueron divulgados definitivamente, en una edición de aproximadamente el 80% del texto completo, por Phyllis Grosskurth. En esa versión se omitieron muchos poemas, su obra descriptiva temprana, transcripciones de cartas recibidas, cartas enviadas por él a su esposa, recomendaciones sobre varios de sus amigos, y otros materiales. El pasaje sobre "Viajeros desconocidos" es de una carta para Catherine datada en Junio de 1867, que fue copiado en el manuscrito. Los pasajes ilustran fases importantes del proceso de aceptación de si mismo como un homosexual.

 


 HARROW


Una cosa   llamó mi atención
muy pronto en Harrow. Fue la moral de la escuela. Cada niño que mostraba inocencia o era mas o menos bello tenía un nombre femenino, y era acreditado como un prostituto público o como la "Bruja" de algún tipo más grande. "Bruja" era la palabra  común que indicaba que un niño pertenecía a un amante. La charla en las residencias de estudiantes y en las aulas de estudios era increíblemente obscena. Aquí y allá uno no podía evitar ver los actos de onanismo, de masturbación mutua, juegos de niños desnudos juntos en la misma cama . No había refinación, ningún sentimiento, ninguna pasión; nada más que lujuria de animal en estos hechos. Esto me llenó de disgusto y aversión. 

No gustaba a dos niños particularmente: un inteligente muchacho irlandés  llamado W J Currey y un payaso brutal llamado Clayton. De Clayton no necesito hablar más. Era demasiado estúpido y pervertido y torpe para merecerse la descripción. Currey, por otro lado, era mejor escolar que yo, y poseía una variedad de habilidades y talentos. Dedicaba gran parte de su tiempo a la música y el dibujo, hacía deportes, y holgazaneaba. Aunque nunca parecía trabajar, lograba un buen puesto siempre. Desafortunadamente era sucio en su vestido y persona, mugroso en su charla, y desvergonzadamente priápico en su conducta. Sufrimos la escuela juntos. Al final descubrí las cualidades intelectuales y emocionales muy finas debajo de su exterior de Sátiro. Imagino que podría haber perjudicado su constitución por sus caprichos juveniles permanentemente; porque su vida adulta Currey no llegó a ser tan distinguida como  se podía haber esperado.

Un tercer niño, llamado Barber, me molestó y divirtió. Era como un simio de buena naturaleza, que farfullando sobre su rama y jugando ostentosamente con un falo prodigiosamente desarrollado. Un cuarto, Cookson, era una ramera con la cara colorada, con mejillas fláccidas y boca sensual - la fosa [el agujero más infame] notable de nuestra casa. Nunca he visto nada más repugnante en mi vida - excepto una vez en el Alhambra en Leicester Square, cuando vi un hombre celoso arrancar los aretes de los lóbulos reventados de las orejas de un prostituto, y todos los hombres en la barra del bar que se enfurecían con él por su brutalidad - 

Digo que nunca he visto nada mas repugnante que la manera inhumana en la que esta pobre criatura  Cookson llegó a ser tratado por sus ex amantes. Nunca supe que hizo para merecerse tal castigo. Pero, después de cierto período - después de que habían rodado sobre el piso con él y habían expuesto a su persona en público, empezaron a pisotearle. Siempre que salía al medio del comedor, sobre esos suelos sucios, en medio del tribunal inmundo que se colocaba a los lados del  camino hacia nuestros barracones, Currey y Clayton y Barber y el resto de la prole le escupían a chorros y tras gritarle desaforadamente su condición de "bruja", lo esposaron y patearon sin piedad, le tiraron libros, y lo condujeron entre maldiciones obscenas a su cubículo. 

Estos cuatro estaba allí en Rendall. 

Un quinto tipo, E Dering, en la casa de Steele, me fascinaba tanto como me repelían. Se parecía a un bandido griego de rostro apuesto. Recuerdo haber notado semejanza en sus características con la fotografía de uno de los verdugos de los perdedores de Maratón. Su cuerpo era fuerte, musculoso, grácil como un tigre. La lujuria feroz y cruel de este animal magnífico provocó mi imaginación. Dering solía entrar en nuestra casa tras de un niño rubio, llamado Ainslie, a quien tildábamos "vagabundo" Bathsheba debido a sus partes posteriores opulentas.

Podría decirse muchas cosas en general sobre la atmósfera en la que estaba cayendo en picado a la edad de trece años . Aparecerá mas adelante toda la fuerte influencia que Harrows ejerció  durante  ciertas fases de mi desarrollo. Pero no debo omitir mencionar que mientras estaba en la escuela, me sentía libre de decir verdad y actuar al margen de esta contaminación. Durante mi primer medio año las "Bestias", como fueron llamados en broma, trataron de seducirme. Pero pronto se dieron cuenta y habían decidido que yo no era "El partido" apropiado, o que no entraba en su juego.


 

La evolución de un muchacho de diecisiete años tiene que ser calculado no por años sino por meses.


Estábamos leyendo la Apología de Platón en el sexto curso. Compré la edición de Cary, y llevé el libro conmigo a Londres unas vacaciones de marzo. Mi anfitriona, la Sra. Bain, que vivía en Regent's Park, me propuso participar en una obrilla teatral una noche en Haymarket. He olvidado de que obra se trataba - excepto que había un carácter gracioso en ella - Pero recuerdo esta oración en mi papel: "Smythers por favor, no Smithers; Smithers son de una obra distinta, y se mueven en una esfera diferente". Cuando regresamos de la representación, me acosté y empecé a leer a Platón.  Ocurrió por eso que di con Fedro. Y lo leí sin descansar, hasta que llegué al final. Entonces comencé el Simposium; y el sol estaba brillando sobre los arbustos fuera de la habitación de planta baja en la que dormí, antes de que cerrara el libro. He relatado estos detalles insignificantes porque esa noche fue una de las noches más importantes de mi vida; y cuando algo grave me ha pasado, he conservado siempre un recuerdo firme de los hechos insignificantes que constituían su contexto .

Aquí en Fredo y El Simposium - en el mito del alma y los discursos de Pausanias Agathon y Diotima - descubrí el verdadero "liber amoris" por fin, la revelación que había estado esperando, la consagración de un idealismo largamente abrigado. Sólo era como si la voz de mi propia alma me llamase a través de Platón, como si en una experiencia prenatal hubiese llevado la vida de un filosófico amante griego. 

Harrows desapareció en la irrealidad. Había tocado tierra firme. Había obtenido la autorización del amor que me había estado gobernando de la infancia. Aquí estaba la poesía, la filosofía de mi propio entusiasmo para la belleza masculina, expresada con toda la magia de un estilo incomparable. Y, lo que era mejor, me puse al tanto de que la raza griega - los griegos históricos reales de la antigüedad - trataban este amor seriamente, invistiéndolo con el encanto moral, dotándolo con una perspectiva actual. Por primera vez vi la posibilidad de resolver las disonancias de mis instintos en una armonía práctica. Percibía que el amor masculino tenía su virtud tanto como su vicio, y establecí los fundamentos con respecto a esto que sobre un apetito sexual normal. Comprendía, o pensaba que comprendía, la relación que esos sueños de la infancia y las brutalidad de la lujuria vulgar en Harrow tenían con mi aspiración más alta persiguiendo una pasión noble. 

 


WILLIE DYER

Cuando mi padre conoció la verdad sobre mi romántico cariño hacia Willie Dyer, entendió correcto recomendar una retirada cautelosa de la intimidad. Los argumentos que usó eran concluyentes. Teniendo en cuenta mi postura delicada con respecto al escándalo de Vaughan, (el Director de estudios, que mantenía relaciones con un alumno)  la posibilidad de que la historia de Vaughan se hiciese pública, y la naturaleza dudosa de mi propia emoción, la prudencia señalaba oportuno una disminución gradual o el enfriamiento de esta amistad con el muchacho.

En ese importante momento  de mi vida, no podía comprender, y nunca he sido capaz  de comprender, por qué personas que pertenecen a los estratos diferentes en la sociedad - si se quieren - no podían llegar a la camaradería. Pero mi padre me hizo ver que, bajo las condiciones sociales de ese momento, una ardiente amistad entre mí (un joven, educado y delicado, formado en Harrow, adelantando  altos honores académicos en Balliol) y Willie (un corista de Bristol, el hijo de un sastre disidente), no solo perjudicaría mis posibilidades sino asimismo su reputación. Los instintos de mi sangre, los convencionalismos en que había sido formado, la compasión que sentí para hermanas y para hermanos - familia política, los lazos que me obligaron como gente de buena familia, me llevaron a  considerarme a mí mismo como un ser aberrante. Además, reconocí que en mi propio cariño por Willie había algo similar a la pasión que había destruido a Vaughan. 

Preveía la posibilidad, si continuaba con mi amor por él, de ser motivo de la ruptura abierta con mi familia, e involucraría a mi amigo con algo así en lo que entorpecería su carrera poniéndole bajo el estigma de la pasión ilícita de nuestras relaciones sexuales. Bajo esta presión de las peleas exteriores, del sentido de la debilidad dentro de, y de las costumbres convencionales que me habían hecho lo que era, cedí. Entregué a Willie Dyer como amigo y compañero de mi corazón declarado. Accedí a la conveniencia de no aceptar y devolver en público el amor al muchacho a quien quise. Llevé nuestra intimidad en las maneras clandestinas y alimenté mi temperamento sobre la emoción melodiosa en secreto. Este engaño, y el estímulo de lo que luego reconocí como un impulso inmoral, me llevaron a un cruel error.

Aquí quiero dejar mi pluma en reposo. ¿Por qué debo pasar a contar la historia de mi vida? El soporte de mi vida estaba roto cuando cedí ante la convención, y aposté por la falsedad del «alma» en cuanto a Willie.

¿Pero qué es la vida humana aparte de estados sucesivos de falsedad y de ajustarse a las costumbres? Somos, todos nosotros seres compuestos, hechos, el cielo sabe cómo, ajenos a los acuerdos que hemos provocado entre nuestros impulsos y los instintos y las leyes sociales que nos  ciñen y redondean.
Si Willie hubiera sido un niño de mi propio rango, nuestra amistad no hubiera necesitado haberse roto; o si las instituciones inglesas hubieran preferido la igualdad como ésas que admiro en Suiza, podría haber sido admitido en la residencia de mi padre. 

Cuando fue negado ese amor, continué manteniendo unas relaciones sexuales difíciles e incómodas para él durante algunos años, nos escribimos algunas cartas, sabiendo de iglesias donde tocaba el órgano y yendo con él de vez en cuando a los conciertos. Pagué al organista de la Catedral de Bristol cincuenta guineas para que le diese una educación musical de primera a Willie, y fui responsable de iniciarlo en una carrera en la que deseaba seguir . . .


 

PASEANTES  DESCONOCIDOS

Un ciudadano de Coutances regaló a sus vecinos un gran jardín sobre la pendiente de una colina. En el se colocaron terrazas y caminos agradables. En una ocasion, paseando con mi esposa, nos cruzamos con dos ancianas  sentadas sobre los peldaños de una iglesia, mirando fijamente al otro lado de los tejados de las casas de mas abajo. Con ellas estaba un muchacho esbelto y garboso, con una expresión triste en sus ojos, como si barriese  el horizonte buscando algo dulce y lejano que todavía no había  descubierto. Charlotte les preguntó dónde estaba el jardín público. Se pusieron de pie inmediatamente para mostrarnos el camino y el joven se irguió a su lado, medio audaz, medio asustadizo, mostrando el amor de su alma  en miradas furtivas enmarcadas por sus sedosas pestañas. Un joven excepcionalmente magnético, con una fuerza en interior que lo impulsaba a "mostrarse" y al tiempo demasiado listo para hacerlo. La sencillez de las viejas damas  en sus gorros blancas peripuestas y trajes de chaqué azul constituía un contraste curioso con la pasión controlada apasionada del muchacho, alerta para las aventuras y aprendiz temprano de los frutos prohibido del amor. Me murmuré a mí mismo ""Non so più coso son, cosa faccio"" ["Más sé qué soy, qué estoy haciendo" - el aria en Le Nozze di Figaro de Cherubino]. El grupo sonreía abiertamente de oreja a oreja, mostrando éxtasis de admiración sobre la catedral y las bellezas del jardín que nos prometieron. Él, su hijo y sobrino [François], como resultó ser, no cesaba de apelarme con sus ojos, y preguntar en silencio si no quería nada más que esto. Era agradable ver tanto disfrute de las cosas más simples por parte de las ancianas, tanta alegría y buen humor, con amables modales ingenuos... 

Y todo el rato las lánguidas miradas elocuentes parecían preguntar: "¿Usted no quiere nada? ¿No hay nada más que desee conseguir?" En mase a ello hice unos apuntes sobre esos encuentros con paseantes o viajeros desconocidos, estos magnetismos entre dos persona desconocidas, están entre las cosas más extrañas en la vida. Recuerdo, por ejemplo, como si hubiera sido ayer, cómo hace los varios años un joven con una camisa blanca y pantalones ajustados, estirado sobre un parapeto debajo del Ponte di Paradiso en Venecia, miró fijamente dentro de mis ojos cuando iba remando por sus cercanías, levantó su cabeza, se apoyó sobre sus codos, y me siguió con la mirada hasta que estuve fuera de su vista con una expresión fija que recordaré si nos conocemos en el próximo mundo.

Charlotte se deleitaba con las amables damas inocentes y hospitalarias que disfrutaban con la inesperada  diversión de pasear junto a dos turistas ingleses. Por otra parte,  el joven y yo, queríamos ser compañeros, aunque fuese solamente en esos dos días de paso; él deseaba oír hablar de mi vida, y yo de la suya suyo; aceptar y cambiar las experiencias; compartir historias y deshacerse de algo añadido, por fin separarse como amigos cada uno por su lado. Y lo mismo que es verdad que las cosas así no pueden ser, no deber ser quizás, también es cierto que no llegar a comprender ver por qué no deben serlo, ni mi alma tampoco. . . .

 


The "Wolf" (El "Lobo")

Cuando empecé estas notas autobiográficas era mi objeto fundamental describir con exactitud y francamente lo que marcó en mí cierto tipo de carácter, que en absoluto creo sea excepcional, pero varias razones comprensibles no han sido analizada apropiadamente aún. Quería proporcionar el material para el psicólogo ético y el estudiante de patología mental, retratando a un hombre de ciertos talentos, de ninguna depravación anormal, cuya vida ha sido perpleja del principio al fin por la pasión - natural, instintiva, sano en su especial caso particular - pero morbosa y abominable desde el punto de vista de la sociedad en la que vive - la pasión persistente hacia el sexo masculino. Éste era mi objeto fundamental.

Me parecía, siendo un hombre de letras, en posesión de un lapiz preparado para escribir y practicando la imparcialidad de una critica valorando el peso de la evidencia, que esto podia ser el handicap para registrar los hechos y fases de esa aberrante inclinacion, si esto se refería a mi mismo. Queria dejar constancia para el analisis de las personas acusadas de enfermedad, como el hombre inocente que yo he sido, tambien acosados como yo habia sido, por un sentido de la culpabilidad y el castigo, hombre injuriado en su caracter y salud, afectado por la influencia de amores ocultos y furtivos, hombre privado de los mejores placeres desde la pasion recíproca, hombre conducido sobre deseos no gratificantes ni gratificados y degradado por la humillación de apetitos ingobernables.. que esos hombres supiesen que no estaban solos, y pudieran descubrir a la vez como los cuidados de alguna distinción. Carrera en la que se ha ido empleando considerable energía y perseverancia, intentando continuar y no doblarse por arrastrar una carga demasiado pasada tal vez.

No solamente esto. Tengo la esperanza que la revelación sincera de mi naturaleza moral, relacionándola con la historia de mi desarrollo intelectual y los detalles de mis trastornos físicos, pudiera aportar elementos científicos de casos similares mas alumbrados en el presente, y pudieran despertar algo de comprensión incluso en las mentes y corazones mas duros, para las victimas nobles de un instinto natural. Nadie que haya leído estas memorias y posea un conocimiento remoto de mis trabajos literarios, podrá aseverar que el autor tenia una sensualidad vulgar y depravada. Podría tal vez mostrarse asqueado, podría incluso sentir aversión del espectáculo. Pero por encima debe reconocer que poseía la dignidad indiscutible del sufrimiento trágico.

En la primavera de 1865 vivíamos en una casa de alquiler  en la calle Albion, cerca de Hyde Park. Había estado una tarde en el Century Club, que se encontraba cerca de St Martin le Grand en habitaciones. Yendo a casa caminando antes de medianoche, tomé un atajo que condujo de Trafalgar a la plaza de Leicester, pasando entre algunos barracones. Este camino ha sido suprimido desde entonces. Yo iba vestido de noche. En la entrada del paseo un joven soldado  se me acercó y me habló. Yo era demasiado inocente, y ajeno al mundo como para adivinar a que se refería con sus insinuaciones. Pero me gustaba la apariencias del joven, me sentía atraído por él, y no rechacé su compañía. Así que caminamos, un joven nervioso mostrando la moda en mis ropa de etiqueta, andando junto con un tipo robusto de uniforme escarlata de granadero, enérgicamente atraído por su magnetismo físico. Tras algunos comentarios coloquiales irrumpió en las propuestas directas repentinamente, mencionó una casa a la que podíamos ir, y establecio muy claramente con que propósitos. Aceleré mi paso, y tras apurarme a través del pasadizo me escapé de él con una mezcla apasionada de repulsión y fascinación.

Lo que se ofrecía en ese encuentro no me brindó lo que yo quería por el momento, pero la idea de eso me conmovió profundamente. La emoción del contacto con aquel hombre me enseñó algo nuevo sobre mí mismo. Puedo recordar el pesar persistente, y el sentido del peligro, con que lo vi replegarse, después de seguir y suplicarme por aproximadamente unas cien yardas. La nostálgia era en parte por buscar la camaradería de una nueva persona desconocida y en parte un deseo animal  semejante que no había antes experimentado. La memoria de este incidente conmigo, a menudo rebrotaba para embrujar mis sentidos. Asimismo agitó mi tranquilidad durante el verano subsiguiente, que pasamos en Clifton y Sutton. Hacia el otoño nos adaptamos a nuestra casa de Londres, en el 47 plaza de Norfolk, en Hyde Park. Aquí ocurrió un segundo acontecimiento aparentemente fortuito que intensificó el recrudecimiento de mi problema. Me fui para una caminata solitaria en una de esas tardes enfermizas húmedas tibias cuando el clima oprime y todo en el entorno molesta nuestra sensibilidad nerviosa. Desde la fecha de mi matrimonio en que había dejado de ser asaltado por lo que llamé el "Lobo" - esa ansiedad de color indeterminado con un antojo vago pero punzante por los hombres. Me calmé con la creencia de que no podría aceptarlo en mí otra vez para destrozar mi felicidad y modificar mis hábitos estudiosos.

 SIn embargo, marcado por aquel día en que me perdí en las callejuelas sórdidas entre mi casa y Regent's Park sentí la carga de un pesado y persistente malestar. Eliminarlo a atemperarlo era imposible. No lo reconocí como un síntoma de la enfermedad moral que yo había decidido apartar absolutamente de mi.  No estaba protegido por la promesa hecha a una mujer noble de espíritu, por mi reciente entrada en los cuidados natural de la vida de casado? Mientras regresaba a una constitución fatal, en cierta esquina, que yo bien recordaba, mis ojos fueron atrapados por un duro graffiti zafio garabateado. Era tan estimulante, concentrado y mostrativo de un carácter - era la voz de la pasión animal en el proletariado -  que se clavó en la médula de mi alma. "Clavar y clavar. Tan dulce" ("Prick to prick, so sweet"); con un enfático diagrama de encuentro fálico, encajados juntos, penetrando. Yo había visto numerosos graffitis en mi época. Pero ninguno me había resultado estimulante. Ahora el lobo había surgido nuevamente. Mi enfermedad momentánea se había convertido en un apetito clarividente y tirano para aquello que había sido rechazado cinco meses antes en las trasera de los barracones. El vago y morboso "animal" (el lobo) que se había insinuado años antes ahora se consolidaba como un hambre precisa de placer sensual. Los instintos naturales deformados por mi voluntad y forzados a un prejuicio contrario a mi extraña naturaleza, se reafirmaron con violencia. No reconocí el fenómeno como una tentación. Me apareció, como lo que era, la resurrección de una tormenta crónica que había estado durante meses en suspenso. Recordando ahora el incidente, sé que aquel obsceno graffiti había sido la señal y el símbolo de un antojo primordial y permanente tatuado en mi naturaleza psíquica y física. Ansia que conectaba con mis ensueños infantiles, con las pasiones varias y la camaradería audaz de mi madurez. No solo mi carne sino también mi corazón, estaban involucrados en la emoción que me revolvió absolutamente como un cataclismo repentinamente descubierto.

 


Una inesperada visión natural

En febrero 1877, di tres conferencias sobre "Florencia y los Medici" en la Royal Institution. Esto me llevó por supuesto a Londres; y, cuando ocurrió, un viejo conocido me pidió que fuera un día con él a un burdel masculino cerca de los barracones de Regent's Park  Consentí por curiosidad. Impelido por algo más fuerte que la curiosidad, hice una cita secreta con un joven soldado musculoso para pasar una tarde en una habitación privada en la misma casa. Nos encontramos a la hora concertada; el joven robusto con sus ojos francos y la sonrisa agradable, y yo, víctima de la pasión sofisticada. Por primera vez en mi vida compartí una cama con alguien tan diferente de mí mismo, tan fervientemente deseado por mí, tan sumamente hermoso a mis ojos, tan atractivo para mis sentidos. Se dio de una manera hermosa - todo se planteó desde la camaradería y de forma natural - tratar del asunto que nos había traído juntos a ese lugar desde un punto de vista serio y razonable. Para él en todo caso no involucraba nada anormal, nada vergonzoso; y su actitud simple, la vanidad no desagradable con la que veía su propia atracción física, y la compasión amistosa con la que conoció la pasión que despertaba, me enseñó algo que había nunca antes concebido sobre las relaciones sexuales ilícitas

En lugar de ceder ante cualquier impulso brutal, disfruté de la proximidad con esa espléndido ejemplar desnudo de una magnificencia totalmente viril ; Luego lo hice vestirse, me senté y fumé y hablé con él, y sentía, al final de la transacción, que por lo menos algunos de los problemas morales mas profundos podrían ser solucionados por la camaradería, la fraternidad entre hombres. No hizo ninguna demandas excesiva sobre mi monedero, y pareció apreciar la manera en la que lo había aceptado - añadiendo el detalle agradable de su propia satisfacción en el placer que sentimos mutuamente en su encanto, y todo eso fue expresado por él en una manera completamente varonil. A mi análisis romántico no le ayudaba el estar imaginando qué podría haber pasado en ocasiones previas dentro de las paredes de esa habitación, y pensando ninguna camaradería debía ser malo y vil , basado en tales cimientos. Nos despedimos mejor que amigos, cambiando direcciones; y mientras estaba en Londres, me encontré varias veces con él joven soldado, en lugares públicos, sin un  sentimiento negativo de vicio.

Esta experiencia ejerció un fuerte efecto  sobre mi vida. Aprendí - o me engañé pensando que había aprendido - que el apetito físico de un hombre por otro puede ser la base de una sólida amistad, cuando el hombre atraído por la pasión presenta un correcto respeto por el hombre que le atrae. También me pareció percibir que existían y se daban, dentro del burdel masculino, incluso en ese sitio ilegal,  relaciones humanas permanentes - el cariño, la tolerancia recíproca, los actos de decencia de la conducta, preguntar y producir, la concesión y la abstención - que podian encontrar su círculo natural: quizás más que en las relaciones sexuales que se consagran por el matrimonio de clase media. 

Así que por lo menos la actitud varonil y de camaradería del soldado joven, que había vendido su cuerpo a un desconocido, un desconocido con el que confraternizó, me lo demostró. ¿Ésta era una ilusión? Aun hoy no lo sé, aunque he tenido similares experiencias, con  resultados similares, centenares, nunca pareció indigna ninguna opinión,  simplemente naturales, que solamente chocaban con el juicio de ley y  de las convenciones sociales.

Me aparté del burdel masculino con una convicción fuerte de que, aunque era un sitio más decente de lo que había esperado encontrar, éste no era el suelo adecuado en que sembrar las semillas de la emoción irresistible. Esto ofreció una dificultad inicial - una posición falsa - que tuvo que ser superada. Planteó la aversión, y dejé agitar el polvo y la degradación del lugar a mis pies. Igualmente sintiendo aversión, no más, no menos, he dejado burdeles de sexo femenino. Pero allí nunca encontré la satisfacción que el soldado me dio. Por él  me enteré de que seres masculinos naturales del mundo entero eran capaces de corresponder mi placer hacia ellos. Una lección peligrosa, no obstante. Mientras tanto estaba dando mis conferencias sobre Florencia en la institución real . Las conferencias eran muy aburridas, pues mi alma no estaba entre ellos; mi alma latía por el soldado; y había escrito las conferencias especialmente para aquellos que la mayoría aborrece, una audiencia de personas cultas. Ésta es una confesión paradójica. No soy nada si no soy culto; o, por lo menos, el mundo solamente espera la cultura de mí. Pero, en mi corazón de corazones, no creo en la cultura excepto como algo adjunto a la vida. La vida es más que literatura, digo. 

Así que no puedo, aunque dedique mi tiempo y energía a la cultura - incluso cuando un carpintero hace puertas, o un artesano esculpe flores sobre madera de nuez -, mirarlo como poco mas que tomándolo como pasatiempo, decoración, el servicio. La pasión, el nervio y el tendón, comer y beber, el estómago y los intestinos, las relaciones sexuales, el movimiento, ni siquiera el conseguir dinero - las formas más toscas de la actividad - vienen, en mi cálculo, antes de la cultura. El hombre, las cosas del hombre. . .

 


 

Angelo Fusato

En la primavera de 1881 estaba pasando varios días en Venecia. Tenía habitaciones en el Casa Alberti sobre el Fondamenta Venier, S Vio, y era el mes de mayo.
Una tarde estaba sentado con mi amigo Horatio Brown en un jardín trasero pequeño en la bodega de Fighetti en S. Elisabetta sobre el Lido. Los gondoleros patrocinan este lugar, porque Fighetti, un gigante musculado, era un héroe entre ellos. Ha ganado no se sabe cuántos premios en sus regatas. Mientras estábamos bebiendo nuestro vino Brown señaló dos hombres con el uniforme blanco de gondoleros, con el sombrero negro enormemente ancho que estaba entonces de moda. Eran criados de un General de Horsey; y uno de ellos era sorprendentemente apuesto. La siguiente descripción de él, escrita unos días después de nuestro primer encuentro, muestra con fidelidad la impresión que hizo sobre mi imaginación.

Era alto y musculoso, pero muy esbelto — estos gondoleros venecianos no son raros en sus fortaleza. Cada parte del hombre esta desarrollada equitativamente por el ejercicio del remo; y sus cuerpos son elásticos, por el vaivén libre de sus caderas y un aplomo Mercurial en los tobillos. Angelo mostraba esas cualidades casi con exageración. Además estaba raramente en reposo, sino moviéndose con una singular y brusca gracia. — Sombrero amplio negro que enmarcaba sus rizos azabache. — Grandes y fieros ojos negros, mirada intensa, con efluvios compulsivos de electricidad — la mirada natural de un dios Triton. — pequeño bigote rubio; dientes deslumbrantes; piel de bronce, pero mostrándose blanca y delicada en el pecho no tapado por la camiseta y bajo las mangas de la camisa lila. — El destello gallardo de este esplendor, que acudió a mi como si las olas y el solo lo hubieran hecho en algunas horas de secreto y éxtasis, fue enfatizado por un curioso hoyuelo en su barbilla cuadrada - una hendidura que ponía en sus labios armonía y una sonrisa de fuego firme en sus ojos -  No sé que efecto tendría para un lector el comparar sus ojos con el ópalo. Porque los ojos de Angelo, cuando lo encontré tenían la llama y la intensidad vítrea del ópalo, la esencia del color de las aguas de Venecia estaba presente en su mirada y al tiempo mostraba la vitalidad  de su pasión interior. — Esta maravilla poseía una voz áspera que, para desarrollar el símil de un dios marino, podía haber sido hábil para vencer una tormenta o susurrar roncos mensajes amorosas desde la cresta de las olas. Esto me encandilaba y fascinaba a la vez. 

Angelo Fusato en esa época no tenía mas de veinticuatro años de edad. Acabó de cumplir sus tres años en el Genio, y regresaba a Venecia.

Este amor a primera vista por Angelo Fusato no era simplemente un asunto de deseo e instinto sino también de la imaginación. Se aferró a mí por cientos de razones sutiles del presentimiento, en que la edad viril contundente y radiante del animal magnífico fue entrelazada con el sentimentalismo por estar en Venecia, un encanto agudo en el paisaje de las lagunas, y algo penetrativo y patético en el hombre.

¡La tan delicada y compleja fascinación que surgió en el momento de ver a Angelo, y que persistió después a través de las luchas morales de nuestra intimidad más temprana, son fáciles de comprender por alguien que lea los sonetos escritos sobre él en mis libros! [Aquí pone en una lista casi 60 poemas de "Vagabunduli Libellus y Animi Figura"]. . . Muchos de estos sonetos fueron mutilados para adaptarlos al sexo femenino. . . .

Ocho años han transcurrido desde ese primer encuentro en el Lido. Una amistad regular ha crecido entre dos hombres accidentalmente juntos bajo las condiciones tan poco favorables. Pero antes de que hable de esto - el resultado feliz  de una sensible y buena naturaleza varonil de su lado y de la fidelidad y el esfuerzo continuo por mi parte - debo volver a esos días de mayo en 1881.

Días en que la imagen de la esencia maravillosa que había visto en ésos pocos minuto sobre el Lido se marcó en mi cerebro y permaneció despierta toda la noche siguiente. No sabía ni siquiera su nombre; pero supe dónde vivía su amo. Por la mañana me levanté de la cama, perseguido por la visión que parecía crecer en la seguridad y a luminosidad del fuego fosforescente. Una insignificancia que ocurrió ese día me hizo sentir que mi destino podía ser resistido, y tampoco permitió que yo sospechara que el hombre mismo no era inaccesible. Otra noche de tormenta y el ansia seguía. Procuré  luchar con la angustia de las cosas indescriptibles, en la oscuridad honda del valle del deseo vano - aliviando mi ardiente sentido de lo imposible con imágenes libres de como sería el compartir la vida con este espíritu excelente de una forma legal y simple. En estos sueños de vigilia en que era en cierto momento una mujer a quien quiso, en otro un compañero en su comercio - siempre alguien y algo completamente diferente de mí mismo; y cuando cada fantasía molesta se destiño en lo vacío del hecho y desierto de la realidad, me retorcía en las garras de la quimera, tenía sed ante la fantasmagoría tentadora. Mi buen sentido se rebeló, y me dijo que era moralmente un loco y legalmente un criminal. 

Pero el amor por lo imposible se eleva victorioso después de cada caída  dada en el sentido común. El hombre debe ser impulsado por la voluntad, Hércules cruzándose en la vida de Antaeus, luchando desde la tierra del instinto y los apetitos que le retorna eternamente en su primigenia naturaleza.

A la mañana siguiente partí para localizar a Angelo, aprender su nombre y propiciar un encuentro con el esa misma noche en la Zattere. Habíamos quedado citados a las nueve en la Iglesia de Gesuati. Llegó a su hora, taconeando con un paso algo militar, la cabeza erguida y joven, amplio pecho, torso fuerte y alto y los miembros con un movimiento flexible, con toda la belleza salvaje de una criatura joven en la flor de la vida. Todo el día me había estado preguntando como podía un hombre joven respondiese a la invitación de un desconocido como yo.  Y este es un puzzle que aun permanece sin resolver. había oído decir por parte de sus amigos que era "alocado", y deducía que era tan pobre como derrochador. Pero esto no era suficiente como para explicar su imprudencia. Con el tiempo he deducido que la clave del enigma venia dada por algunos hechos simples. Era descuidado por naturaleza, pobre por sus circunstancias, determinado a tener dinero e indiferente a la forma en que lo conseguía. Además, según me habían dicho de algunos gondoleros venecianos, estaban acostumbrados a estas demandas para satisfacer el capricho de amantes efímeros, naturalmente con ciertos limites seguramente determinados por un rígido y convencional código de honor en tales asuntos. había ciertas cosas a las que por autorespeto no condescendían y donde era imposible pasar la línea marcada.

Bien: lo devolví a Casa Alberti; y lo que siguió se dice en el soneto siguiente, que es estrictamente exacto - porque fue escrito bajo la primera y fuerte impresión que el encuentro tuvo sobre mí.

 
No estoy soñando. El ha estado aquí sin duda.
Y ha estado a mi lado sobre esta dura cama.
Porque hemos brindado con vino y yo dije:
"Toma oro. La sarga de este lecho es mejor de lo que se dice"
El vestía todo de blanco; era un gondolero;
Pantalones blancos, sombrero de paja blanco sobre su cabeza.
Una camiseta crema de holgados botones, un cordon de seda
caía con encanto sobre su cuello blanco.
Sí, el estaba aqui. Nuestras cuatro manos, riendo, haciendo
leves estragos en su cinturon, camisa, pantalones, zapatos:
el cuerpo desnudo, blanco como los lirios, tendido
allí sobre la colcha, me permitió usarlo.
Incluso cuando llegué a su cuerpo. Pero prohibio el amor.
Con amor gritó "Ni siquiera ante el mejor amor voy a aceptarlo"

A la mañana siguiente, con el sentimiento de que no podría soportar la dualidad de esa atracción y repulsión  — el deseo irrefrenable y el rechazo de la simple satisfacción carnal — abandone Venecia hacia Monte Generoso. Entonces, y luego en Davos (Suiza) durante el verano, pensé y escribí sobre Angelo sin descanso. La serie de sonetos titulados "Las llamadas del Mar" ("The Sea Calls"), y muchos de los indicados mas arriba fueron creados en aquellos tiempos.

En otoño regresé a Venecia habiendo resuelto establecer una base sólida para esa pasión. Me instale en la Casa Barbier. Angelo todavía estaba al servicio del General de Caballería. Pero a menudo nos encontrábamos durante la noche en mis habitaciones. Y gradualmente intente persuadir de que el amor de un hombre no era necesariamente ligero o inconsecuente. y ello sin menoscabo del honor. Le regalé una góndola y mucho dinero. El me decía que yo parecía avaro, pero me mortificaba que gastaba el dinero alocadamente, como ropajes de mal gusto, baratijas y tonterías variadas. Me fue contando algunos detalles de su historia. Cómo había cumplido tres años de servicio militar en el Genio de Venecia, Ferrara y Verona. Librado del ejercito, regreso a su casa para encontrar que su madre había muerto en el manicomio de San Clemente, su hermano mayor Carlo muerto de pena y fiebres tras una enfermedad de tres semanas, su padre postrado por el pesar y arruinado, y el único hermano restante haciendo el trabajo de un adulto en una panadería. Cuanto mas conocía al gondolero mas me gustaba

Todavía  había obstáculos que parecían insuperables. Éstos principalmente surgieron de la posición falsa en que nos encontramos desde el principio . No me encuadró junto a esos otros hombres a cuyos caprichos había vendido su belleza. No podía comprender que quisiera ser su amigo, servir y ayudarlo en todas las formas razonables de acuerdo con mi posición. Viéndome ir y venir en viajes breves, estaba convencido de que un día u otro mi voluntad cambiaría y yo le abandonaría. Su instinto le llevó a deducir que nuestra amistad,  originada en mi apetito ilícito y su acatamiento, no podía esperarse que desarrollase un aumento completo y vigoroso. Estimó que tarde o temprano llegaría la época en que esta planta pálida se secaría y terminase en el olvido. Además estaba siempre entre nosotros el telón de la vergüenza; muchas veces me limité a estar sentado enfrente del hombre y mirar fijamente dentro de sus  feroces ojos de ópalo encendido. Intentando traspasar las fronteras de mi ingles para decirle cosas, que seguramente no llegaba a comprender.  

Descubrí que estaba viviendo con una muchacha con la que tenía dos niños. Eran demasiado pobres para casarse. Le dije que era su deber hacerla una mujer de bien, no estando en ese momento completamente enterado de que implicaban tales consideraciones en Venecia. Sin embargo, la ayuda pecuniaria que le di permitió que la pareja pusiera casa; y poco a poco tuve la satisfacción de percibir que estaba no sólo adquiriendo confianza en mí sino también que empezaba a quererme como un "patrocinador" honrado.

No necesito describir en detalle las diferentes etapas por las que esta relación entre Angelo y yo asumió su forma actual. Por fin entró a mi servicio como gondolero con sueldo fijo, con cierto cupo de comida y combustible. Hizo muchos viajes conmigo, y me visitó en Davos. Propiciamos el comprendernos sin ocultarnos nada. Todo lo que aprendí sobre él me hizo olvidar las sospechas que habían nublado el comienzo de nuestra relación, y cerrado mis ojos a la anomalía de una camaradería que conservaba mucho de la pasión por mi parte y de la complacencia por la suya. Lo encontraba varonil en el sentido más verdadero, con la virilidad de un soldado y el cálido corazón blando de una naturaleza excepcionalmente amable - orgulloso y susceptible, caprichoso como un niño, desinteresado en su servicio, voluntario y de buen humor, también algo indolente al mismo tiempo y sujeto a las explosiones de la pasión. Era sincero y franco, al decirme qué estaba equivocado sobre mi conducta, atento a mis necesidades, perfecto en sus modales y comportamiento - la excepción merecida hecha por su temperamento alocado,  la voz áspera y la salvaje libertad impulsiva . Puedo mirar hacia atrás ahora con satisfacción sobre esa intimidad. Aunque el comienzo tenia algo de locura e ilegalidad, de acuerdo con la constitución de la sociedad, se ha beneficiado y demostrado ser origen de comodidad y de instrucción a mí mismo. Sin mi deseo anormal, nunca podía haber aprendido a saber y apreciar a un ser humano hasta ahora lejos de mí en posición,  educación, calidad nacional y físico.  > 

Por fin, por la estima constante por sus intereses de mi parte, por la lealtad y el cariño en crecimiento de parte hacia mí, el final ha sido conseguido. Su padre y hermano se han beneficiado; para ellos el  ejercer su comercio  de pan ahora en la mayor comodidad, y además el hermano tiene una situación en otros servicios, que conseguí para él, y que permite que también se case. Y todo esto es bueno para tanto Angelo como para mí mismo, tiene compensación en lo que no era nada mejor que un delito menor, sancionable con la ley y repugnante al principio para la  mayoría de los seres humanos.

 


 

Existe una excelente y completa pagina (en inglés) sobre este autor  en la dirección : http://www.infopt.demon.co.uk/symfram1.htm