|
Se codeaba con los
grandes artistas del siglo XX. Claro, él era uno
de ellos. Un bohemio de las calles parisinas, de
andar desenfadado, pocas palabras y pensamientos
cargados de trazos y figuras. El fue el hombre de
la caricatura, Antonio “Toño” Salazar
Ningún
artista salvadoreño goza de tanto reconocimiento
internacional como el caricaturista Antonio Salazar,
quien nació en la ciudad de Nueva San Salvador, en 1897.
Aunque algunas publicaciones difieren en la
fecha y lugar de nacimiento – algunos aseguran que nació
en Guatemala – Toño Salazar siempre ha sido reconocido
como un orgullo tecleño, originario y habitante
de esa vieja ciudad de “las Colinas” , a quien él
solía llamar la Recalada.
Desde muy
pequeño, Toño tuvo inclinaciones por el dibujo y la
caricatura, habilidad que lo impulsó a realizar sus
estudios en México y en Paris, países donde residió
gran parte de su vida.
Pero este
salvadoreño, también vagó por otros países suramericanos
y europeos – como Italia y Argentina - donde se dedicó a
dibujar caricaturas para ganarse la vida.
Como todos los artistas bohemios de aquella
época, a veces tenía sus momentos duros, en los que las
difíciles condiciones diarias le hacían pasar hambre y
frío. Sin embargo, sus caricaturas siempre eran
ampliamente solicitadas. Todos querían una caricatura de
Toño, quien tenía la capacidad de extraer la esencia
del personaje, y plasmarla con maestría en tinta china
sobre papel.
 Las caricaturas y dibujos
de Salazar sirvieron también para ilustrar incontables
obras literarias, desde cuentos infantiles hasta libros
de poesía, de grandes autores latinoamericanos y
europeos, como Luis Cardoza y Aragón, Carlos Perrault y
Jonathan Swift, entre otros.
Siempre fue
considerado como un artista innovador de la caricatura,
y su talento era muy estimado, no sólo por la elite del
arte, sino por importantes personajes de la política,
quienes buscaban inmortalizarse a través de sus
creaciones.
Pero el famoso caricaturista
- amigo de Neruda y Picasso - no sólo se destacó en el
arte del dibujo, sino también en el periodismo y la
oratoria.
 El pensador mexicano Alfonso Reyes,
en uno de sus relatos, describe la simpatía de Toño y su
temperamento conciliador, responsables – quizás – de
convertirlo en uno de los artistas más queridos de
aquella época. Un tipo con genio, así lo
describía.
La trayectoria de este
caricaturista jamás pasó desapercibida. Muchas de las
figuras del arte, la política y la literatura fueron
caricaturizados por Salazar, quien recibió importantes
condecoraciones en Italia, Perú, Francia, México
En El Salvador, también
fue reconocido
con la Orden “José Matías Delgado” y el Premio Nacional
de Cultura, en 1978.
Toño Salazar murió
en 1990 pero su fama como uno de los grandes
sigue recordándose alrededor del mundo. El más reciente
honor póstumo recibido: ser declarado Artista del
Mes, durante el período inaugural del Museo de Arte
de El Salvador, MARTE.
Toño Salazar fue diplomático y
elemento destacado no solo en el dibujo, sino también en el periodismo
y la oratoria. Muchas de las figuras del arte, la política y la
literatura fueron caricaturizados por Salazar.
Recibió condecoraciones en Italia, Perú, Francia, México, y en El
Salvador se le fue otorgada la Orden “José Matías Delgado” y el
Premio Nacional de Cultura en 1978.
Fue amigo íntimo de Alfonso Reyes, José
D. Frías, José María González de Mendoza y
Luis Cardoza y Aragón. También entabló amistad con
los pintores Diego Rivera, Rufino Tamayo, el holandés Kees Van Dongen
y el dibujante japonés Foujita. Luis Cardoza y Aragón recuerda
en sus memorias El Río. Novelas de caballería, que
convivió con Toño Salazar tanto en París como en Nueva York:
De Toño Salazar, Alfonso Reyes afirmaba que tenía
genio. Se conocieron en París, no sé de qué milagros
vivía. Antes residió en México, huyendo de la estrechez
de Santa Tecla, de El Salvador. En México trató a Porfirio
Barba Jacob, a quien recordaba con cierto asombro, en veladas en el antiguo
palacio de la Nunciatura, en donde el poeta colombiano celebraba saturnales
con marihuana.
Supongo recibía beca de su gobierno, que
se la quitaban y conseguía renovarla, por ello lo atormentaron temporadas
de hambre y frío. Nos reuníamos constantemente y sus amigos
fueron en París mis amigos. Con el don de la persuasión y
la simpatía, su temperamento conciliador no se enfrascaba en polémicas
y soslayadamente descubría el meollo del asunto, adelantando al
sesgo, como un alfil, en apariencia tímido peón mágico
que recorre el tablero con todas las regias capacidades.
Dejemos la alegoría ajedrecística
y ocupémonos con la caricatura: en su habitación vi a color
a la condesa de Noailles, al modisto Paul Poiret, a Valle Inclán,
a Unamuno, a Henri de Regnier y, con la tiara pontifical de tres coronas
dibujaba a Picasso. Salazar es superior a sus dibujos; habría sido
gran escritor o gran músico, lo que hubiese querido. Las caricaturas
mejores fueron su caricatura. ¿Cómo recordar a un hombre
de espuma? ¿La espuma perpetua y momentánea? Se ganó
la vida dibujando en Buenos Aires, de donde tuvo que salir apresuradamente
por una caricatura de Perón. Pasó a Montevideo.
Colocó entre paréntesis el dibujo
al entrar al servicio exterior salvadoreño. Había nacido
para vivir en París. Deseo que haya escrito muchas veces a Reyes;
las cartas nos los retratarían mejor que los dibujos. Su talento
no se cumplía sino en lo que se va: en el diálogo, en la
reunión entre amigos. Pienso en su epistolario, con poca certeza.
Lo sé perezoso para epistolero, como diría José Bergamín.
Le preocupaba y ocupaba el instante. Así que muy contados, sabía
descubrir lo escondido y de mayor significación en una línea,
en una obra, en un hombre, en un suceso [p. 312].
Toño Salazar ilustró el primer libro de poesía
de Luis Cardoza y Aragón, Luna Park (1928).
********
|