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Miguel
Huezo Mixco
Porfirio Barba Jacob
y los hechizados
¿Mi poesía
es para hechizados?, afirmaba uno de los muchos que fue Porfirio Barba
Jacob. ¿Era amoral como un caballo y se dejaba montar por cualquier espíritu?;
estas escasas pero exactas palabras del guatemalteco Rafael Arévalo
Martínez trazan el agudo retrato de Miguel Ángel Osorio Benítez
?en su primera transfiguración?, nacido en Santa Rosa de Osos, Colombia,
en 1883. El poeta y escritor salvadoreño Miguel Huezo nos entrega
aquí una sonriente y afectuosa remembranza del torturado y excelso
Barba Jacob a propósito de la reedición de su libro El
terremoto de San Salvador en aquellas tierras. Huezo nos perfila la
pequeña y extravagante corte que lo acompañó bajo
un ?clima de frenesí artístico y personal [por el] espeso
clima autoritario que imperaba en la Centroamérica de las primeras
décadas del siglo XX?.
La
personalidad legendaria de Porfirio Barba Jacob, nombre con el que pasó
a la posteridad el antioqueño Miguel Ángel Osorio Benítez,
ha sobrevivido a la desolación de la muerte. Lo prueba la puesta
en circulación en la capital salvadoreña de El terremoto
de San Salvador, una de sus obras menos conocidas, publicada originalmente
por entregas en el Diario del Salvador inmediatamente después
de aquel siniestro que desplomó la ciudad el jueves de Corpus del
año 1917. Con este motivo, su nombre ha vuelto a recordarse en una
ciudad muy diferente a la que él conoció, pero cuya sociedad
quizá sigue siendo tan intolerante y autodestructiva como la de
aquellos años.
Fue la suya una existencia
multiforme en la cual todo pareció marcado por la embriaguez y el
hastío, el exhibicionismo y una singular conciencia de libertad
personal. Homosexual confeso, aficionado al alcohol y la hierba, nació
en Santa Rosa de Osos, Colombia, en el año de 1883. Abandonó
su tierra natal cuando era un adolescente, emprendiendo un largo exilio
del que sólo volvería a Colombia de manera definitiva convertido
en un puñado de cenizas.
Extravagante y extraño,
ángel y demonio a la vez, manipulador de almas, oficiante de cultos
ancestrales, así lo vio el guatemalteco Rafael Arévalo Martínez.
"Yo comprendí ?escribe?, asomándome al pozo del señor
de Aretal, que éste era un mensajero divino. Traía un mensaje
a la humanidad: el mensaje humano, que es el más valioso de todos.
Pero era un mensajero inconsciente. Prodigaba el bien y no lo tenía
consigo" [?] "Era amoral como un caballo y se dejaba montar por cualquier
espíritu." El enigmático señor de Aretal no era otro
más que Barba Jacob.
La publicación de aquel
retrato despertó en Barba Jacob una furiosa respuesta. Años
después, al escribir la biografía de su padre, Teresa Arévalo
recordó: "¡Era fácil de figurar en qué términos
hirientes estaría compuesta! [?] Anunciaba en su escrito con una
prosa afilada y sarcástica, el triple fracaso de mi padre: en el
hogar, en la literatura y en la vida, comparándolo a una vulpeja
con hambre."
Pese a su grosera inconformidad,
aquel retrato publicado bajo el título "El hombre que parecía
un caballo", posiblemente constituye la mejor aproximación a su
alma torturada y excelsa.
Barba Jacob, pues, no era
uno sino dos, o muchos. Así lo capta con singular pulso su paisano
Fernando Vallejo en "El mensajero" (Vallejo es biógrafo también
del poeta José Asunción Silva), quien desde su exilio voluntario
en la Ciudad de México, ha reconstruido el periplo de Barba Jacob
en su travesía más intrincada que una manguera de jardín.
De un jardín, sí, de flores embriagantes y mortíferas:
rosas negras, como tituló uno de sus libros. "Hay que desentrañar
mi poesía en la complejidad de sus emociones y no de sus pensamientos.
Mi poesía es para hechizados", escribió.
Dos hechizados
La publicación de El
terremoto de San Salvador coincide con el centenario del nacimiento
de uno de los artistas salvadoreños más sobresalientes en
el siglo xx, Toño Salazar, quien alguna vez formó parte de
la conspicua corte de los seguidores del bardo colombiano. Y con él,
otro salvadoreño: el poeta Juan Cotto. Los episodios de la amistad
de Barba Jacob y estos dos salvadoreños nos reflejan el clima de
frenesí artístico y personal que se construyó en medio
del espeso clima autoritario que imperaba en la Centroamérica de
las primeras décadas del siglo.
En su autobiografía
Las noches en el Palacio de la Nunciatura, publicada en Guatemala
en 1927, Arévalo Martínez refiere la presencia de un ser
insólito que se hacía llamar José Meruenda, pero cuyo
nombre verdadero era Juan Cotto. Arévalo Martínez lo recibió
en su casa con las atenciones correspondientes a una familia católica
y conservadora. "Poco después supo mi papá, con susto, que
era homosexual y ladronzuelo y, al parecer, poseído por malos espíritus",
cuenta Teresa Arévalo.
El mismo Barba Jacob escribió
que Cotto "vestía con el ropaje de la infantilidad más encantadora
un egoísmo bajo y feroz; no mal proporcionado; blanducho aunque
parecía rollizo, y la boca sin dientes, por donde brotaban latines
eclesiásticos en medio de un loco júbilo animal". El único
libro de poemas de Cotto, Cantos de la tierra prometida, publicado
en San Salvador en 1955 por Ricardo Trigueros de León, apareció
antes en México y fue prologado por José Vasconcelos, el
flamante secretario de Educación posrevolucionario. El dramaturgo
guatemalteco Manuel José Arce y Valladares, si bien no duda de las
trapacerías de Cotto, arguye en su defensa que "la maledicencia
literaria ha pesquisado con sobra de curiosidad en las vidas más
ilustres ?a veces siguiendo pistas falsas? para establecer desniveles hormónicos".
El compañero de habitación
de aquella belleza era Toño Salazar, quien años más
tarde sería expulsado de Argentina por Perón a causa de sus
cartones políticos.
Hay testimonios que asocian
a Barba Jacob y a Salazar en un curioso enredo con el secretario Vasconcelos.
Fernando Vallejo lo ha desenmarañado en una verdadera pesquisa detectivesca.
Barba Jacob, quien por entonces usaba el seudónimo de Ricardo Arenales,
había publicado unos venenosos editoriales contra su benefactor
Vasconcelos. Éste, indignado, en compañía de otros
funcionarios fue a buscarle al cuarto donde se hospedaba para reclamarle.
Le encontró en ropas menores acompañado de un jovencito a
quien Barba Jacob habría dicho: "¡Mira quién viene!
¡El dictador de la cultura en México!" Y dicho esto, sacó
a Vasconcelos en medio de improperios. Aquel muchacho en pelotas era Toño
Salazar. Se habían conocido en el Hotel Nuevo Mundo de San Salvador
cuando Salazar era el jovencito "pechito y endeble" que Arturo Ambrogi
empujó a irse del país. Se reencontraron en México,
donde se hicieron íntimos. Barba Jacob llegó a querer entrañablemente
a Salazar; de acuerdo con los papeles de Vallejo, alguna vez habría
escrito a Salazar: "Adiós amigo; un poco más lejos geográficamente,
pero siempre en el primer puesto en mi corazón entre mis amigos."
Volvieron a separarse cuando el poeta fue expulsado de México a
Guatemala; sus caminos se cruzaron doce años más tarde, en
México otra vez, cuando Salazar volvía a Europa y Estados
Unidos cubierto de gloria. Pero ya estaban distantes. Para apoyar sus pesquisas,
Vallejo vino hasta Santa Tecla a encontrarse con un Toño Salazar
aburguesado y bien casado (con una salvadoreña adinerada nacida
en Londres, y no con una francesa, como se equivoca Vallejo), que seguía
refiriéndose al colombiano como Ricardo. "Yo fui amigo de Ricardo
Arenales, no de Barba Jacob", escribió, en una carta aún
inédita, Salazar a Rafael Heliodoro Valle.
Los cambios de seudónimo
de Barba Jacob no eran caprichosos. Obedecían, si se me permite
la expresión, a una especie de transfiguraciones. En Nicaragua,
a donde llegó sin un centavo, le preguntaron cómo era que
había dejado de ser Ricardo Arenales para convertirse en Porfirio
Barba Jacob. Respondió: "El acero de mi voluntad asesinó
mi propio yo [?[ Lo formé como se forma el protagonista de una novela.
Lo dediqué a nuevas actividades y hasta concebí para él
nuevos vicios. Lo único que no pude dejar de ser fue poeta."
Dejó de serlo, en efecto,
hasta el 14 de enero de 1942, a los cincuenta y nueve años, en la
Ciudad de México, cuando aquejado por la tuberculosis y la pobreza,
la parca lo alcanzó en el último de los cuartuchos donde
celebró sus esponsales de vida, llevándolo a sus abismos
infinitos en un par de alas extrañas.
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