1896  -  1971

 

 

UNA INTERPRETACIÓN FINISECULAR

por Beatriz Zamorano

La vida y obra de Manuel Rodríguez Lozano (1896-1971) parecen emerger de nuestro pasado inmediato con un mensaje y discurso revelador al final de un siglo caótico, ausente de valores y plagado de fanatismo y muerte.

Está considerado por la crítica de arte de las últimas décadas como un artista que concibió una forma diferente de hacer pintura en una época en la que predominaban temas sobre escenas revolucionarias, la lucha de clases y la exaltación de las costumbres del pueblo. Fue tal vez debido a su larga permanencia en Europa durante sus años mozos (decisivos en su formación como pintor e individuo), que en 1921 cuando regresó a México deseó integrarse al movimiento cultural (aunque sin ser invitado) auspiciado por José Vasconcelos desde la Secretaría de Educación Pública. Las ideas recibidas del contacto con expresiones plásticas vanguardistas del Viejo Mundo, en las que estaba inmerso, hicieron concebir al joven y autodidacta Manuel Rodríguez Lozano otro tipo de lenguaje plástico.

Contemporáneo de los grandes muralistas, nacido en los últimos años del siglo XIX al igual que Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, resultó por demás significativo que ante el rechazo oficialista pugnara por la práctica de una pintura cosmopolita que reflejara la idiosincracia nacional y una visión universal del individuo.

Ya para 1926, cuatro años después del inicio oficial de la pintura mural, Rodríguez Lozano junto con Antonieta Rivas Mercado (su mecenas en esa época) trabajaban para el Teatro Ulises, de clara tendencia vanguardista dentro de ese género, y simpatizaban con los Contemporáneos. A este grupo de intelectuales y literatos pertenecieron Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta, José Gorostiza,Carlos Pellicer y Salvador Novo entre otros. Ellos fundaron, propusieron, sentaron una analogía singular a la cultura nacionalista mediante oposición a aquellas desviaciones exacerbadas de mexicanismos hábilmente explotados por muchos pintores que vendieron infinidad de cuadros entre los turistas norteamericanos que gustaban de esa clase de folclor nacional. Este es el hilo conductor para comprender la aportación que hizo el artista a la plástica mexicana de este siglo y en donde debemos ahondar para la mejor comprensión de su pintura.

Se ha dicho que la obra de Manuel Rodríguez Lozano se puede dividir en tres etapas: la de los tipos mexicanos, la monumental y la blanca; que para nosotros corresponderían a la necesidad de expresar determinados intereses plásticos así como estados anímicos profundamente marcados por experiencias personales.

Estaríamos en un primer momento de acuerdo con esta división de su obra hecha por la crítica de arte Bertha Taracena, a quien se debe la única monografía seria sobre su producción y podríamos pensar que recibió tal referencia del mismo maestro, siendo una de las últimas especialistas que mantuvo trato con él. Más que guiarnos por la división temática que propone Taracena, nos referiremos en este ensayo a cierta iconografía que no se ha estudiado con la profundidad que lo amerita. Tal es el caso de una serie de tableros que hacen referencia al tema de Santa Ana muerta, y que Alfonso Colorado aborda en el escrito correspondiente. Únicamente diremos al respecto que estos pequeños cuadros (de entre 28 y 38 centímetros cada uno) nos descubren aquella parte mística y filosófica de la personalidad del pintor, que se ha desvanecido ante la imagen del creador bohemio protagonista de sonados escándalos amorosos que puso en entredicho sin importarle demasiado, por cierto- sus preferencias sexuales.

Por otra parte, el hombre y la mujer, siempre presentes en sus cuadros merecen un enfoque y análisis más amplio desde la perspectiva actual, por lo que serán el motivo aquí de especial atención.

Con un amplio bagaje cultural y luego de haber tomado contacto con la producción de los grandes maestros europeos contemporáneos como Pablo Picasso, Manuel Rodríguez Lozano empezó a pintar con la idea preconcebida de expresar la vida y costumbres del pueblo mexicano, por esto procuró amalgamar en sus cuadros dos lenguajes: en un primer momento pintó imágenes costumbristas y posteriormente dejó fluir las influencias recibidas tomando la figura humana como eje prototípico.

 Nacido en un ambiente citadino de holgura económica al igual que los nabis europeos,se vio tentado a expresar plásticamente su entorno primigenio. Rodríguez Lozano encontró que la ciudad también tiene su folclor, eso que nos hace intrínsecamente mexicanos y por lo mismo diferentes a otros pueblos. En un par de obras tempranas el Retrato de Salvador Novo (1924) y El chismoso (1927), apreciamos esta primera preocupación. En la primera Rodríguez Lozano pintó un individuo estilizado con el deseo manifiesto de expresar su calidad de intelectual, de poeta. Aparece de perfil ante el marco de la ventanilla de un automóvil cuyo magnífico y lejano escenario lo constituye el centro de la ciudad de México de aquellos años. Un tranvía de principios de siglo, un taxi, sobrias construcciones coloniales y varios transeúntes acompañan esa atmósfera lúdica que parece ser el lenguaje común de Rodríguez Lozano y de su discípulo favorito de entonces, Abraham Ángel (1905-1924).

Ambos parecen inmersos en esta época en una forma de representación ingenua con marcado colorido de reminiscencias fauves.

La simbiosis entre ellos fue de tal magnitud que no obstante que Rodríguez Lozano hizo el retrato después de fallecido Ángel, parece más bien un autoretrato. Ángel viste una especie de túnica que sólo le cubre medio torso, detrás aparece un follaje de hojas verdes y azules que nos remite a cierta vestimenta de Pierrot o Polichinela, el hermafrodita de los carnavales napolitanos

En el cuadro El chismoso aparece una manifestación más obvia de amaneramiento del personaje. Sentado en una banca de jardín de barrio un hombre regordete, de breve estatura, con sombrero, bigotes bien recortados, ojos pequeños, redondos de mirada morbosa, entrecruza brazos y piernas en pose para ser captado por el artista o fotógrafo de ocasión que cruce por el lugar.

 Afectado sin duda por la trágica muerte de Abraham Ángel, Rodríguez Lozano busca nuevos derroteros hacia donde encaminar su obra. Pablo Picasso en sus facetas llamadas "clásicas", principalmente hacia 1921-1922 es muy posiblemente el artista plástico que más influyó en su pintura. Se dice que durante su estancia en Europa frecuentaba su taller en París. De aquel contacto, Octavio Paz hace la siguiente referencia en la visita que realizó junto con Rodolfo Usigli a Picasso en 1946, en aquella misma ciudad: "Usigli de pronto, aprovechó un momento de silencio para decirle que le traía una carta de Manuel Rodríguez Lozano. ¿Se acuerda usted de él? La respuesta fue un ademán sonriente y un ininteligible murmullo que más o menos quería decir: Umh! no me pregunte de eso, han pasado tantos años" Haya o no sido así, lo cierto es que Rodríguez Lozano conservó un grabado titulado El minotauro y el pintor que Picasso dedicó 'al magnífico dibujante Manuel Rodríguez Lozano"

Así como la pintura y la cultura visual europea se impactaron con el descubrimiento del arte africano y oriental, hecho que fincó el declive de los conceptos clásicos de la belleza, Rodríguez Lozano encontró en nuestra raigambre indígena los rostros de mujeres broncíneas, robustas, de escasa estatura y rostros inexpresivos y lánguidos, una fuente autóctona. Dos mujeres en ocre y rojo (1931),Mujer de camisa rosa (1931). Niña sentada (1929) y Cabeza de mujer (1931) estarían dentro de este marco de referencia.

Rodríguez Lozano pintó también una serie de cuadros con tipos mexicanos. La mayoría de ellos, retratos de hombres jóvenes, pachucos, albañiles y obreros, que aparecen como en estudios antropológicos: distinguibles de su origen racial. Para el maestro autodidacta esto era lo rescatable, lo valioso del ser de nuestra raza; aquellas características de autenticidad que si bien nos diferencian de otras culturas también nos incluían en la infinita gama que formaba un universo cultural más amplio constituido por culturas ancestrales como la china, o egipcia.

Los iconos de nuestro pasado prehispánico plasmado en grandes muros nos situaban ya para entonces en un discurso pictórico revalorativo y los mexicanos del siglo XX somos fruto de aquella raigambre.

Tal vez el intento más audaz y propositivo en todo el discurso plástico de Manuel Rodríguez Lozano es el que corresponde a la llamada etapa monumental (1935-1939), que coincide con una propuesta iconográfica por demás interesante. Rodríguez Lozano pinta una serie de óleos de grandes dimensiones cuyo tema principal son desnudos humanos realizados con una deliberada indefinición sexual. Aunque los títulos de los mismos hacen alusión a La diosa del amor (1935), al Coloso(l936)o al Verdaccio(1935) en realidad se evidencia la dualidad sexual de unos hermosos personajes pintados con pretensiones clasicistas.

Cuerpos sanos, atléticos, con características tan femeninas y tan obvias como los senos, en rostros de marcados rasgos masculinos; los ojos del pintor, sus facciones, el color de su tez y su cabellera aparecen como dueños de estos magníficos cuerpos . Poseedor el propio artista de una belleza singular, delgado, de mediana estatura, tez blanca, facciones finas y grandes ojos de color amielado no dudó en autoretratarse concretando plásticamente un ideal.

Atento y estudioso de lo que ocurría en el mundo del arte europeo y, no se ha dicho muy sensible a la obra neoclásica de Picasso, incursionó en ese estilo pero con un discurso propio. Es en ese momento cuando pinta toda su serie de desnudos andróginos. Un profundo conocimiento de otras culturas y sus mismas prácticas amatorias, de seducir por igual a hombres que a mujeres, debieron llevarlo a expresar plásticamente este ideal estético.Es sabido que las religiones de pueblos tan antiguos como los hindúes o los griegos concebían el origen del mundo a partir de un ser supremo que creaba y engendraba al mismo tiempo, era el Hombre Cósmico, perfecto, porque poseía la dualidad, era hombre y mujer en una sola entidad. En la mitología griega, por ejemplo, había lugar para toda clase de eventos que se escenificaban en las altas esferas del Olimpo y que aludían a constantes metamorfosis de los dioses. Para Platón, en el principio existían dos Afroditas, la vieja y la joven. La primera, Urania, nació de Zeus, sin intervención materna; ella provocaba entre los hombres el amor puro, nacido del alma, el que se entregaba por igual a jóvenes que viejos, a bellos y feos. La otra era Afrodita, la popular; la causante de todos los amoríos pasionales que se suscitaban entre los humanos hermosos y jóvenes.

Para el filósofo ateniense en aquellos tiempos también existían tres sexos, los dos que conocemos y el andrógino, que poseía ambos y era considerado el sexo perfecto. Su poder era tan grande, debido a esa dualidad, que Zeus, celoso de esa perfección, deslindó esa potencia sexuada unívoca para contrarrestar su energía cósmica. Otra referencia mitológica al androginismo entre los dioses griegos aparece en las leyendas sobre Teiresias, una niña que por no corresponder al amor de Apolo fue convertida en un muchacho. Zeus y Hera en una de sus constantes y triviales discusiones convierten a este joven en una hermosa mujer y desde entonces estuvo sujeta a los caprichos supremos de los dioses. Teiresias, eternamente andrógina, disfrutó del amor y el deseo que le inspiraron hombres y mujeres. Hércules, Agdistis, Hipólito, Attis y Orfeo figuran también en la lista de divinidades andróginas.

Manuel Rodríguez Lozano, quien debió admirar y conocer la cultura helénica, recuperó incluso en las obras de su época monumental esa iconografía bisexual que se advierte en la cerámica y la escultura griegas: la dualidad como ideal de perfección humana y estética.

 En El verdaccio, por ejemplo, exalta una escena en la que un hermoso hermafrodita -que bien puede ser alusión a Narciso, el bello y desdeñoso hijo de Cefesios y Leiriope -se contempla en un espejo arreglándose sus rubios cabellos, mientras otro andrógino se esmera con verdadera devoción por secar con un paño aquel cuerpo recién aseado. Una toalla sobre las piernas del monumental personaje cubre púdicamente sus órganos genitales. En la parte inferior derecha de la composición, una concha contiene un collar de perlas que espera ser colocado en el portentoso cuello varonil de quien ha olvidado durante el placentero baño su calidad de ostentador del poder femenino de las perlas.

El coloso representa la imagen de un hombre desnudo de gran musculatura, piernas y espalda magníficas, que orienta su cabeza hacia el horizonte lo cual impide ver su cara; sin embargo, un vientre abultado, poco común en un hombre, remata en un pubis femenino. Dotado de una cualidad sólo reservada a los dioses, este magnifico hombre es según esta iconografía el ser supremo dividido pronunciadamente en su espalda. Es el procreador de la vida y de ese costado, según la tradición judeo-cristiana Dios creó a la mujer.

Uno de los cuadros que parece congregar el ideal estético perseguido por su creador es La diosa del amor. Tal vez una de las obras mejor logradas del pintor no sólo en cuanto a iconografía, sino por la suave pero firme pincelada, la calidez y fuerza de los tonos empleados y la equilibrada composición. Una hierática pareja de personajes colosales se advierte en medio de un desolado paraje de clara reminiscencia ateniense y atmósfera metafísica. Ella-él invade con su majestuosa presencia las tres cuartas partes del óleo. Esta atlética mujer cuyos brazos y piernas muestran una gran corpulencia, sostiene con la manos uno de sus senos en clara alusión a la madre alimentadora que posee el líquido vital. Voltea a ver a un hombre empequeñecido intencionalmente por la perspectiva, que mira distraidamente al horizonte sin percatarse o desdeñando la presencia de la deidad: Afrodita Urania, que casualmente tiene los mismos ojos, cabello, color de piel y facciones del propio Rodríguez Lozano. Tal vez aquel personaje que busca placeres fáciles es Eros, ese dios mediano hijo de la Abundancia y la Pobreza que no se percata de la sacralidad amatoria que ese ser de belleza suprema le está ofreciendo.

Otra obra importante de esta época es La regla (1935). La atmósfera de las construcciones arquitectónicas que nos remite a paisajes atenienses y metafísicos sirve de marco a dos andróginas de pronunciados cuerpos atléticos. La-él de la derecha es una pubér de mirada ansiosa que desea saber y parece inquirir a la mujer de la izquierda (que presumiblemente es su madre) sobre el instrumen to que ésta sostiene en sus manos: la regla. Este objeto opera esencialmente de manera simbólica e implica la futura transformación sexual de la niña (en tanto la palabra "regla" se usa para aludir a la menstruación). pero también se denota como un fetiche fálico. La mujer mayor, de finos rasgos indígenas, posee el conocimiento de la metamorfosis que sufrirá la menor pero también es poseedora del poder y del dominio que le otorga el falo masculino, que representa por lo tanto, un poder andrógino. Dentro de este discurso plástico es evidente el deseo del pintor por alcanzar el ideal estético y filosófico que persiguieron culturas ancestrales, que vieron al andrógino como un ente superior y magnífico al que los humanos debían aspirar para encontrar el equilibrio cósmico.

No obstante, existe también otra serie de obras entre las que figura El pensador (1935), que alude a conceptos filosoficos más bien emparentados con los platónicos protagonistas de "'EI simposio".   En un lejano lugar que nos recuerda la antigua Grecia, un hombre corpulento yace sentado de espalda al espectador mirando al horizonte, dos hombres desnudos parecen conversar mientras avanzan sobre un camino previamente marcado; a lo lejos una escalinata dirigida hacia el infinito parece representar al igual que la pareja, un modo de ser y vivir de este amante del saber. Dentro de la tradición judeo-cristiana también existió la idea del hermafrodita referida como un ser cósmico perfecto. Para el pueblo de Israel, y según la Biblia, Dios creó al hombre a su imagen, es decir como hombre y a su semejanza, como mujer, por lo que Dios poseía ambas manifestaciones sexuales que le otorgaban la cualidad de ser creador y engendrador.

Más aún, "...EI hombre en tanto imagen de Dios, es un compuesto de varón y la mujer, rasgo que también encontramos en las especulaciones teogónicas egipcias -y más concretamente heliopolitanas- donde los dioses principales son cuatro parejas varón y mujer" . Por lo tanto Adán, el primer hombre sobre la faz de la tierra creado a imagen y semejanza de Dios, es andrógino. Sin embargo, Yahvé toma la parte izquierda del cuerpo de Adán y crea a la mujer. De aquí supuestamente se separan las cualidades intrínsecas de cada uno: de la parte izquierda el análisis y la severidad, de la derecha la síntesis y la misericordia.

San Juan El Bautista, según esta tradición, fue andrógino. En Galateos 3:28, San Pablo afirma que después del bautismo no hay diferencia entre el hombre y la mujer.  Existen representaciones de este célebre personaje realizadas por Leonardo Da Vinci en las que el pintor deja de manifiesto la dualidad de El Bautista. Su decapitación, exceso y enorme pecado cometido por capricho de los mortales, tuvo como consecuencia una gran catástrofe para la humanidad, sólo de esa forma se podía reparar el daño causado a un ser superior y perfecto. Decapitar al andrógino equivalía a su castración. En varios cuadros de Manuel Rodríguez Lozano existe esta referencia iconográfica pues representa cuerpos de mujeres y hombres sin cabeza, como en los frisos para Santa Ana muerta.

Hay otras obras del pintor que pueden tomarse como iconos homosexuales, pero más adelante la figura del andrógino deja lugar a parejas de mujeres y hombres o a grupos de unos y otras que sin embargo carecen de la plasticidad, unidad compositiva e iconográfica característica en las obras anteriores.

En casi todo el discurso icónico de Manuel Rodríguez Lozano está ímplicito un ideal reservado a espíritus superiores a quienes les queda corto lo tradicionalmente establecido por lo que la transgresión es una necesidad vital. Aun en las obras de su época blanca cargadas de angustia tristeza y soledad sus mujeres-hombres no abandonan los escenarios. Sufren por el abandono corporal y espiritual del ser amado, por su ausencia, por su muerte; con estas figuras alargadas de un expresionismo desgarrador, representa personajes fantasmales convertidos en madre y mujer amante de rasgos masculinos endurecidos por la pérdida del objeto más preciado de su amor.

Lo que vemos representado en la obra de Manuel Rodríguez Lozano a través de nuestros ojos finiseculares no nos causa extrañeza, ni asombro y mucho menos ahora, cuando las reivindicaciones sexuales de los setenta y ochenta nos han hecho ver las diversidades sexuales como una realidad siempre latente. Lo vemos decenas de veces en las calles de las grandes ciudades, en el arte y en los medios masivos de comunicación. No pensamos sin embargo, que tal situación sea producto de una profunda reflexión existencial o filosófica como la que animó a nuestro artista. No obstante en la época en que pintó aquellos estupendos cuadros, acompañados de sendos escándalos amorosos que lo involucraban sentimentalmente con hombres y mujeres, la obra y el propio pintor fueron rechazados.

El ideal estético de su propia existencia llevado a la práctica fue una postura demasiado compleja, atrevida violenta y cosmopolita para una sociedad que recién despertaba de la vida rural.

Es tiempo de revalorar a Manuel Rodríguez Lozano, de rescatarlo del desconocimiento y mostrar su sugerente obra que nos revela plásticamente la ambivalencia sexual de la que había hablado Freud a principios de siglo dando origen a la repulsa de las buenas conciencias en una sociedad racionalista que se ufanaba, también, de haber impuesto un orden a la vida íntima de los individuos.

No podemos concluir sin citar aquellas palabras que Rodolfo Usigli expresara en 1949 sobre nuestro autor: "Cuando licuada la nube de la pasión contemporánea, se hagan la historia y el balance de la gran pintura mexicana de este siglo, la figura y obra de Manuel Rodríguez Lozano aparecerán visibles en toda su pureza''

 

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Estos y otros materiales relacionados con el pintor mexicano pueden encontrarse en la excelente página:    www.arts-history.mx/rodriguezlozano/home.html

 

ISLA  TERNURA PLAYA NO ERES EL ÚNICO