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LA MUERTE EN VIDA
por Anton Arrufat
Llegado el último de los
contertulios, cerrada la puerta que daba a la calle, puesta la olla en el
fogón, decía Virgilio, alzando un dedo en el aire de la sala: Por fin
estamos en la realidad.
Una
noche de ese año (1974), Abelardo Estorino nos invitó a una lectura en su
casa. Acababa de concluir su nueva obra de teatro y quería que la
conociéramos. Para nosotros, un grupo de amigos dramaturgos y gente de
teatro, estas lecturas eran ya habituales. La casa de Estorino se había
convertido en el lugar de las tertulias teatrales. Cuentos y poemas se
leían en un lugar diferente, en la sala de Olga Andreu, otro de nuestros
refugios. Ambas tertulias duraron varios años, hasta el fallecimiento de
Piñera y cuando comenzamos a ser rehabilitados como
escritores.
En los años del setenta,
calificados por Piñera de muerte civil, la burocracia de la década nos
había configurado en esa "extraña latitud" del ser: la muerte en vida. Nos
impuso que muriéramos como escritores y continuáramos viviendo como
disciplinados ciudadanos. Dar muerte al ser que nos otorgaba la escritura
y existir con el que nos otorgaba el Estado, exigencia casi metafísica en
una sociedad que se proponía el materialismo, era imposible de cumplir.
Tras la orden, la burocracia, dando por hecho esta imposibilidad, tomo las
necesarias medidas estatales para llevarla a la práctica. Nuestros libros
dejaron de publicarse, los publicados fueron recogidos de las librerías y
subrepticiamente retirados de los estantes de las bibliotecas publicas.
Las piezas teatrales que habíamos escrito desaparecieron de los
escenarios. Nuestros nombres dejaron de pronunciarse en conferencias y
clases universitarias, se borraron de las antologías y de las historias de
la literatura cubanas compuestas en esa década funesta. No sólo estábamos
muertos en vida: parecíamos no haber nacido ni haber escrito nunca. Las
nuevas generaciones fueron educadas en el desprecio a cuanto habíamos
hecho o en su ignorancia. Fuimos sacados de nuestros empleos y enviados a
trabajar donde nadie nos conociera, en bibliotecas alejadas de la ciudad,
imprentas de textos escolares y fundiciones de acero. Piñera se convirtió,
por decisión de un funcionario, en un traductor de literatura africana de
lengua francesa.
Donde toda actividad cultural es
una actividad del Estado, ser marginado por el propio Estado constituye
casi un destino. Sin duda cuando terminara la coyuntura política, en
cualquier momento —Virgilio y nosotros creímos siempre que ese momento
llegaría—, la orden contra nosotros podía ser revocada, pero mientras
tanto, tenia, por absoluta, los signos de la inflexibilidad del
fatum... Si a esto se une la edad de Virgilio, con mas de sesenta
años en el inicio de la marginación, para él resultaba el cuadro mas atroz
que para nosotros, con menos edad y mayores posibilidades para la espera.
Además, como no creía en la reparación de la posteridad, aspiraba a tener
las cosas en vida. ¿Qué cosas podían ser estas? Simplemente, la
posibilidad del reconocimiento de los demás. En su artículo "Opciones de
Lezama", que más bien parecen opciones de Piñera, entre humorístico y
dramático, manifiesta esta aspiración a tener las cosas en vida y la
necesidad del reconocimiento, de una manera acuciante. (...)
Nuestras tertulias empezaban a las siete de la noche. Esa vez,
Virgilio extremó su puntualidad. Ser puntual era uno de sus timbres de
orgullo. Apenas el reloj de la casa termino de dar la última campanada,
oímos un toque en la puerta. Uno solo, pero inconfundible. "Ahí esta
Virgilio", dijo Estorino. Caminé hasta la puerta y la abrí. En efecto, era
Piñera. Traía dos paquetes de spaghettis y su paraguas colgado del brazo.
Me dijo sonriente: "La puntualidad es la cortesía de los reyes". Con esa
sonrisa que ponía, entre él y su interlocutor, una distancia irónica. O
entre él y la máxima de Stendhal. Era su saludo predilecto. La pronunciaba
ufano de haber podido cumplir con ella, pese a las dificultades de
transporte que ya padecía La Habana. Yo había llegado a la casa, con una
botella de aceite, pocos minutos antes de la siete. Dentro del concepto de
la estricta puntualidad de los reyes, llegar antes de la hora señalada era
tanta impuntualidad como llegar después. Así me lo hacia saber Piñera cada
vez que ocurría.
La puntualidad figuraba entre
sus pasiones menores. Con frecuencia lo sorprendía parado ante la puerta,
esperando que su reloj marcara la hora exacta en que debía tocar. Otras
veces lo vi darle vueltas a la manzana, reloj en mano, para hacer tiempo y
llegar a la reunión en el minuto justo, cumpliendo así el dictamen de la
cortesía regia. Tras él, al poco rato llego Olga Andreu. Ella participaba
siempre, tanto de sus reuniones como de las que se celebraban en lo de
Estorino. Traía puré de tomates, unas cebollas, ajíes y un pedazo de queso
amarillo. Entró dando sus eternales excusas, insistentes y cómicamente
remilgadas, por "la pequeña contribución". El último en acudir fue José
Triana. Su falta total de puntualidad escandalizaba a Virgilio. Pero esa
noche, al aportar el picadillo de carne, fue en el acto dispensado por su
tardanza.
Nuestras tertulias se componían
de tres partes. En la primera, leía el propio autor su obra en voz alta, y
en la segunda, se comía. La conversación acerca de lo leído,
frecuentemente exaltados debates, cerraba la reunión. Durante los
entreactos se daban vueltas por la cocina para atender la comida. Era
siempre la misma y siempre el mismo cocinero: spaghettis con carne, hechos
por Virgilio Piñera. El era un especialista en este plato y hacerlo un
ceremonial. Compraba la misma cantidad y la misma marca. Ponía a hervir el
agua con la sal, unas gotas de aceite y una hoja de laurel, y la vigilaba
en los entreactos. Terminada la lectura, levantaba la tapa de la olla y
dejaba caer los spaghettis en el agua hirviendo, como el que repite los
gestos de un rito sagrado. El postre corría por cuenta del anfitrión.
Estorino confeccionaba excelentes dulces. Los flanes eran su especialidad.
Los hacía con sabor a frutas, piña, coco. Sin duda resultaban el delicioso
punto final de nuestras frugales comidas.
Como la casa de Estorino, en un
primer piso, es una antigua casa del Vedado, recorrida por un largo
pasillo al que dan las diversas piezas, a cada parte de la tertulia
correspondía una parte diferente de la casa. Se leía en la sala, bajo la
luz de una lámpara de cristales art nouveau, colgada muy bajo del
techo, en medio de las columnas que dividían la sala de la saleta. Nos
sentábamos cerca de quien leía, formando una especie de medio circulo. La
sala guardaba para mí un encanto singular: las copas de los arboles de la
calle alcanzaban su altura y podían verse por las puertas abiertas. Posaba
la vista de cuando en cuando en su negro verdor. El viento nocturno movía
a veces las ramas, y otras, muy quietas parecían el telón pintado de un
escenario. Terminada la lectura nos poníamos de pie y caminábamos por el
largo pasillo hasta el fondo donde se encontraban el comedor y la cocina.
Comíamos en una mesa redonda de mármol, sentados en viejas sillas de
Viena. Nos rodeaban helechos y canastas, un aparador de madera oscura con
su espejo opacado. Al final de la comida volvíamos al comienzo de la casa,
para hablar de la obra en la saleta.
Situados por la burocracia y la dirigencia política del país en esa
"extraña latitud" de la muerte en vida, estas tertulias poseían un valor
único: nos devolvían—momentáneamente— el ser. Al reunirnos como lo que
realmente éramos, al reconocernos entre nosotros, la "extraña latitud"
impuesta desaparecía por unas horas. Estas reuniones nos proporcionaban,
además, la felicidad de estar juntos, conversar, leernos en nosotros
mismos y en los demás. Lo que podría llamar "la felicidad de la
expansión". Llegado el último de los contertulios, cerrada la puerta que
daba a la calle, puesta la olla en el fogón, dispuestos spaghettis, ajíes,
cebollas, sobre la meseta de la cocina, decía Virgilio, alzando un dedo en
el aire de la sala: "Por fin estamos en la realidad". Y era como la señal
para empezar la lectura. Estorino encendía la lámpara, cada uno ocupaba su
asiento. Finalizaban las humoradas, el comentario inteligente o los
chistes banales: la realidad, ordenada en palabras, comenzaba a reinar
sobre nosotros. Y era otra dicha comprobar que, pese a la marginación
social del momento, la energía creadora no había sido extinguida. Durante
estas lecturas estábamos justificados ante nosotros mismos, en virtud del
reconocimiento de los demás. Fluía nuestra única y verdadera vida,
centrada en la creación literaria. Bastaba con que el resto de los
asistentes a la tertulia nos escuchara, para que se mantuviera activo y
real nuestro ser. A todos nos gustaba "horrores", al decir de Piñera, leer
nuestras obras en voz alta. Oírnos a nosotros mismos. Reconocer nuestra
voz, una de las manifestaciones posibles del ser. Los muertos en vida
podían oír su voz. Y esta voz configuraba un mundo. En esos años aciagos,
que pertenecen ya al pasado y a la historia en parte, escribíamos pensando
en esas noches de tertulia, escribíamos para ser escuchados. Hecho que a
esta significación unía otra, a la que me he referido al comienzo de estas
páginas: quienes nos escuchaban eran además escritores amigos. No sólo
estaban en la misma latitud, tenían el mismo destino y pertenecían a
idéntica estirpe. Citando el verso de Heredia, podría decirse que "islas
de paz y gloria semejaban" estas noches compartidas. En algún intermedio,
entre una palabra y otra, solía Piñera de pronto alzar los brazos y
exclamar admirado: "¡Qué armonía!"
El ocupaba siempre el mismo
asiento. Al poco rato parecía empotrado en él, una silla Bertoya con el
respaldo semejante a dos alas de mariposa. En un mutismo atento, fumaba
cigarro tras cigarro. Mientras avanzaba la lectura se iba encogiendo en la
silla. Todo su cuerpo semejaba escuchar. Mirarlo casi enroscado, la cabeza
en busca de los pies, en una posición parecida a la del feto en el vientre
materno me recordaba el protagonista de su cuento "Un parto insospechado".
O el verso final de su poema "Si ya tan sólo esperamos" que dice: "como
niños que salen del vientre de su madre". Pero en estas ocasiones. Piñera
se iba más bien metiendo en el vientre de su madre, que era en
rigor entrar en sí mismo. Su mente profundamente reactiva respondía al
estímulo de la lectura, buscando una rivalidad que lo vitalizara.
Recuerdo, aunque han transcurrido veinte años, que Piñera estuvo bastante
callado durante la discusión de la pieza de Estorino, obra extensa y de
extenso título: "La dolorosa historia del amor secreto de Don José Jacinto
Milanés" (...)
A
escasos días de la lectura, anunció a bombo y platillo, como era su
costumbre, que había comenzado a escribir una pieza sobre la vida de
Milanés. Aunque lo intentó varias veces, no consiguió hacerlo. En su
papelería póstuma aparecieron tres bocetos de este proyecto sin consumar.
Apenas tienen valor literario, salvo el poema "A José Jacinto Milanés",
que inicia uno de estos bocetos, y fuera recogido en Una broma colosal.
Poema excelente, de inusual carga emotiva, en una poética donde la
frialdad precisamente constituye uno de los impulsos líricos. Poema único,
por su equilibrio formal y su ternura. Los fragmentos de la pieza tienen
sin embargo el valor de una demostración: lo continuada y profunda que fue
su preocupación por Milanés, poeta que había sido dado de baja de la lista
de los poetas en activo del siglo XIX por el propio Piñera en su artículo
de 1960. En un artista todo implica elección, incluso sus páginas
inconclusas. Imaginar una pieza sobre Milanés, trazar unos apuntes, dos o
tres escenas, sin llegar a escribirla del todo, constituye otra
manifestación significativa del destino de Virgilio Piñera.
Excepcional testimonio sobre
los últimos años de Virgilio Piñera en Cuba, escrito por el talentoso
poeta y dramaturgo Antón Arrufat (Santiago de Cuba, 1935) y recogido en su
libro Virgilio Piñera: entre él y yo, Ediciones Unión, La Habana,
1994.
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