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No bien tuve la edad exigida para
que el pensamiento se traduzca en algo que más que soltar la baba y agitar
los bracitos, me enteré de tres cosas lo bastante sucias como para no
poderme lavar jamás de las mismas. Aprendí que era pobre, que era
homosexual y que me gustaba el Arte.
¿Y a cuál de los dos mecánicos
escogería yo como instrumento de mi liberación? ¿Sólo a uno o a ambos?
Sí, no podíamos ser sino estudiantes
de Filosofía y Letras, adorar de rodillas la Belleza y coleccionar objetos
de arte.
Juzgo ocioso declarar el año de mi
nacimiento. Se cita el año de llegada al mundo cuando se pertenece a un
país donde, en el momento en que se nace, algo ocurre —ya sea en el campo
de lo militar, de lo económico, de lo cultural... En tal caso la fecha
tendría un sentido. Verbigracia: «Cuando nací en mi patria invadía el
Estado tal o era invadida por el Estado más cual; cuando vine al mundo las
teorías económicas de mi compatriota X daban la pauta a muchas otras
naciones; cuando vine al mundo nuestra literatura dejaba sentir su
influencia".
Pero no, ¡qué curioso! cuando en 1912 (ya ven, pongo la fecha
para que no queden con la curiosidad) yo vine al mundo nada de esto
ocurría en Cuba. Acabábamos, como quien dice, de salir del estado de
colonia e iniciábamos ese triste recorrido del país condenado a ser el
enanito irrisorio en el valle de los gigantes... Nosotros nada teníamos
que ver con las cien tremendas realidades del momento. Pondré un ejemplo:
la guerra de 1914 significó para mi padre una divertida pelea entre
franceses y alemanes. Y también un modo de matar el tiempo a falta de otra
cosa que exterminar.
Papá, en compañía de otros papás, pasaba gran parte
del día jurando que los alemanes eran unos vándalos (probablemente nunca
se detuvo a pensar en virtud de qué usaba tal calificativo) y que los
franceses eran unos ángeles; que Foch era un estratega y Ludendorff un
sanguinario. En cuanto a mi madre, a la cabeza de mis tías y de otras
parientes, tomaban tan al pie de la letra la inminente caída de París, que
veía alemanes hasta en la sopa. Un día qué el cañón Bertha tronó más que
de costumbre sobre los techos parisinos se nos prohibió salir a la calle.
¡Temíamos ser bombardeados!
Me había
tocado en suerte vivir en una ciudad provinciana; esto, que no es cosa
grave y hasta positiva si se sabe que allá existe una capital en toda la
acepción de la palabra, significaba, en el caso nuestro, una tal ausencia
de comunicación espiritual y cultural que, a la larga, terminaría por
encartonarnos. Vivía, pues, en una ciudad provinciana, una capital
provinciana, que, a su vez, formaba parte de seis capitales de provincia
provincianas con una capital provinciana de un estado perfectamente
provinciano.
El sentimiento de la Nada por exceso es menos nocivo que el
sentimiento de la Nada por defecto: llegar a la Nada a través de la
Cultura, de la Tradición, de la abundancia, del choque de las pasiones,
etc. supone una postura vital puesto que la gran mancha dejada por tales
actos vitales es indeleble. Así, podría decirse de estos agentes que ellos
son el «activo» de la Nada. Pero esa Nada, surgida de ella misma, tan
física como el nadasol que calentaba a nuestro pueblo de ese entonces,
como las nadacasas, el nadaruido, la nadahistoria... nos llevaba
ineluctablemente hacia la morfología de la vaca o del lagarto. A esto se
llama el «pasivo» de la Nada, y al cual no corresponde «activo» alguno.
Muchas veces me he preguntado por qué
los hombres y mujeres que formaban mi pueblo natal, Cárdenas, no se
llamaban todos por el mismo nombre. Por ejemplo, Arturo. Arturo se
encuentra con Arturo y le cuenta que Arturo llegó con su hijo Arturo y con
su hija Arturo, que su mujer Arturo pronto dará a luz un nuevo Arturo,
pero que ella no quiere ser asistida por la partera Arturo sino por la
otra partera Arturo que es la partera de su cuñado Arturo madre del
precioso niño Arturo cuyo padre Arturo trabaja en la fábrica Arturo... Por
supuesto, mi familia formaba parte del clan Arturo.
La secreta aspiración de papá fue el
cenobio: por qué equivocó esta vocación, por qué se casó, y lo que es
todavía más contradictorio, por qué tuvo seis hijos (aspiraba a tener doce
pero mi madre se enfermó) es cosa que jamás podrá quedar dilucidada.
Quizás la explicación habría que buscarla una vez más en ese "arturismo"‚
de nuestro pueblo: papá sólo pudo seguir la rutina de los días y aceptó el
matrimonio como uno de esos males necesarios; en cuanto a los hijos, los
iba haciendo a falta de otra cosa más importante que realizar. Por otra
parte, y he aquí una nueva contradicción: a medida que la gente es más
mísera se despierta en ellas un furioso deseo de procrearse. En esas
noches en que los matrimonios van a la cama muy temprano porque el
aburrimiento les destroza sólo les queda la rutinaria copulación, sin
belleza, sin lujuria, sin pasión; una cópula practicada, no por ellos sino
por la inercia.
(...) Había llenado la
casa con seis hijos, llegados al mundo un año tras otro; lo que hubiera
sido su mayor ambición: soledad de mi madre y de él, todo esto hubo de
trocarse por la vocinglería de seis muchachos. Su hambre de silencio era
cada día más apremiante; estaba decidido a calmarla costare lo que
costare. Las consecuencias de esta decisión serían pagadas por nosotros.
Dos tipos de silencio deberíamos observar: uno, el silencio porque el
padre estaba callado; otro, porque el padre estaba hablando...
El segundo
era más estricto que el primero. Seríamos castigados severamente si, en
ocasión de estar papá anegado en su silencio, con su cabeza sumergida en
el mar de la Nada, alterábamos este silencio con alguna risa, ruido o
voces. Entonces, saltaría como una furia y seríamos perseguidos y copados
en las faldas de nuestra madre.
No bien tuve la edad exigida para
que el pensamiento se traduzca en algo que más que soltar la baba y agitar
los bracitos, me enteré de tres cosas lo bastante sucias como para no
poderme lavar jamás de las mismas. Aprendí que era pobre, que era
homosexual y que me gustaba el Arte.
Lo primero, porque un buen día nos
dijeron que no «se había podido conseguir nada para el almuerzo».
Lo
segundo, porque también un buen día sentí que una oleada de rubor me
cruzaba el rostro al descubrir palpitante bajo el pantalón el abultado
sexo de uno de mis numerosos tíos.
Lo tercero, porque igualmente un buen
día escuché a una prima mía muy gorda que apretando convulsivamente una
copa en su mano cantaba el brindis de «Traviata». Para no menoscabar la
autoridad de la naturaleza me veo obligado a decir que reaccioné en toda
la línea.
La molesta sensación del hambre la aplaqué saliendo
subrepticiamente a la calle y robándome un plátano de la frutería. En
cuanto al sexo, mi reacción fue más elaborada, lo primero que se me
ocurrió fue buscar un sitio aislado, pero no bastándome la soledad, busqué
el concurso de las tinieblas. Un ciego instinto me avisaba que, habiéndome
apoderado de la imagen de mi tío, debería, so pena de perderla, sumirla en
el rincón más oscuro de mi ser.
Pero como yo era un niño de siete años y
no un psicólogo, hice lo que hacen los niños en estos casos: busqué la
oscuridad física. La encontré en la carbonera; entonces me puse a
revolcarme como un desesperado; desesperado, porque ignorando totalmente
dónde ubicar el sexo de mi tío en mi cuerpo, sólo acertaba a hacerme una
imagen del tío como encimándose pero sin llegar a posarse en algún punto
preciso.
Pero —¡oh poder del centro de gravedad!— ya encontraba el mío
pues la mano fue cayendo hacia el centro de mi cuerpo, en donde mi
diminuto e informe sexo, grotescamente erecto, solicitaba el
acompañamiento de la mano para regalarme la áspera melodía de la
masturbación. A los pocos instantes me sacudió un estremecimiento de
placer y entonces supe que todo pasaba en el cerebro, pues el tío, como la
roja lumbre de un cigarrillo me quemaba y desgarraba la cabeza cual si yo
fuera el hígado de otro Prometeo.
Mi primera hambre artística la calmé
con ese almibarado engaño que el arte pone bajo los ojos de aquél que se
le enfrenta por la primera vez: me refiero al bocado de la imitación. Tal
parece que nos dijese: —Aquí me tienes; sólo tendrás que parecérteme y
entonces tu angustia será calmada pues otros se querrán parecer a tu
demonio...—. Pero ¡ay!, cada nuevo ejercicio de imitación nos va alejando
su rostro y terminamos pisoteados por sus horrendos cascos.
Me encerré en la alcoba de mi madre y
sobre mis ropas de niño eché un peinador; puse una cinta en mi cabeza y
una flor de papel al talle. Entonces agarré un búcaro y elevándolo a la
altura de mi cara canturreé una y diez veces la poca melodía que se me
había pegado del famoso Brindis. El resto del día lo pasé, como se dice,
en religioso silencio. ¿Silencio de los mundos o de
qué...?
Claro que no podía saber a tan
corta edad que el saldo arrojado por esas tres gorgonas: miseria,
homosexualismo y arte, era la pavorosa nada. Como no podía representarla
en imágenes, la representé sensiblemente: tomé un vaso, y simulando que
estaba lleno de líquido, me puse a apurarlo ansiosamente. Mi padre me
sorprendió; muy intrigado preguntóme por qué fingía que estaba bebiendo...
Entonces le respondí: que estaba tomando «aire».
Se explica muy bien que
simbolizara inconscientemente la nada si se tiene presente que la materia
que se oponía a mi materia no se podía combatir en campo abierto, sino que
la lucha se desarrollaba en el angustioso campo de lo prohibido. No
hubiera podido salir a la calle y declarar abiertamente nuestra hambre;
infinitamente menos confesar, y lo que es más importante, practicar, mi
inversión.
En cuanto al problema del arte, no era tan bárbara mi familia
como para prohibírmelo, pero como en la niñez el futuro artista no lo es,
y en cambio, sí es y nada más que pura sensación, sólo atina a abrir una
inmensa boca y sufrir las angustias del éxtasis.
Francamente, sigo considerando a La
Habana como un sepulcro. Un vasto sepulcro dividido a su vez, en sepulcros
más pequeños. Pero aclaro en seguida que tal impresión sepulcral no tiene
nada que ver con esas típicas sensaciones de aplastamiento propias de las
grandes ciudades. (...) No, si yo digo que la ciudad me sigue pareciendo
un vasto sepulcro se debe pura y simplemente a una contingencia privada y
personal: me refiero a la miseria.
Así como el Vía Crucis de la Pasión
tiene sus Estaciones, así también tengo yo por la ciudad señaladas mis
tumbas, partes de ese vasto sepulcro, y en el correr de los años y tras
algunos pasados en el extranjero no he logrado que tal impresión
desaparezca, o, al menos, se atenúe. Y si voy a hablar con mayor
franqueza, aunque tenga que enfrentarme con el ridículo, declararé que
hasta evito cuidadosamente ciertas calles y ciertas casas en las cuales
estas marcas de la miseria me hicieron padecer más de lo acostumbrado.
Pero aclaro también en seguida que si las evito es precisamente porque ni
una pizca de delectación hay en mi alejamiento de ellas. Sencillamente las
veo como puentes cortados, fragmentos de mi existencia que en nada me
religan ni podrían religarme con mi vida presente. ¿Qué tengo yo que ver,
por ejemplo, con el Virgilio del año 38, inquilino de un cuarto en la
calle de Galiano? Y si fatalmente debo pasar por tal lugar lo observo con
la misma indiferencia que todo mi ser asumiría ante el sepulcro de
Tutankamen... No podría tener piedad con cadáveres ajenos. Entre estos
milenarios también se clasifica el mío de ese año '38(...)
Decliné una invitación a bailar esa
noche y me despedí de mis amigos. Desde Camagüey había escrito a una tía
política que viviría en su casa. La había escogido a ella porque a pesar
de su pobreza vivía a dos cuadras de la
Universidad.
Un camión de bultos
postales me transportó a La Habana. No tengo que decir que el viaje era
gratuito, favor que me hacía un amigo de la infancia y que le agradecí
doblemente pues así me ahorraba los cuatro pesos que, con sumo trabajo,
había ahorrado para el ticket del ómnibus. Viajar durante catorce horas en
un camión, echado entre bultos —un bulto más— es algo realmente
pintoresco: una inmensa tela embreada cubre por entero la superficie del
camión y se ve uno obligado a rodar interminablemente con una tienda de
campaña sobre la cabeza.
Mi amigo el camionero me improvisó en la parte
posterior del camión una suerte de cucheta y, con ayuda de dos tablas
suspendió un tanto la lona y así podía ver yo el fugaz paisaje: sabanas o
colinas, árboles o palmas y los eternos verdores de nuestros campos. En
suma, monotonía y monotonía...
Pero
también monotonía dentro de mí. Cumplida ampliamente la mayoría de edad
seguía yo practicando a diestra y siniestra la recitación y la
masturbación: yo lo recitaba todo desde la prosa hasta los versos y me
masturbaba tanto física como mentalmente, esta línea de menor resistencia
era una mullida almohada adonde mi cabeza se reclinaba impúdicamente.
Expresar los pensamientos ajenos y evadir todo contacto real con el sexo
se había convertido para mí en una mecánica cotidiana, matizada por el
tantalismo que ponía yo en todos mis actos, si no llegué a chocar con la
imbecilidad fue debido a una especie de contra yo que analizaba mis
actuaciones, quiero decir que algo me advertía constantemente de la
falsedad de mis reacciones y me pinchaba para que saliera del impasse, he
ahí por que viajaba yo en un camión.
La Habana me curaría del recitador y
del masturbador; aprendería esa técnica impostergable que consiste en
contar el sueño de nuestra existencia y echándome en los brazos del primer
hombre conocería por fin el sexo tal y como yo lo entendía.
Tales
reflexiones me iba haciendo mientras sus ruedas me alejaban de la
provincia, y como quiera que las generalidades llevan a las
particularidades, me encontré, de súbito, totalmente erotizado, con el
audaz pensamiento de que conmigo viajaban dos hermosos y nobles hombres
con los cuales podría poner en práctica mis eróticos
ensueños.
Dicho y hecho, aprovecharía la
próxima parada del camión en uno de esos descampados que los choferes
escogen para escapar un tanto a la angustia del volante y allí sería
Troya...
Me ayudaría la Naturaleza —frescas brisas, árboles copados, si es
posible, hasta murmurante arroyuelo y el tibio calor del sol entre los
ramajes. Y también esa otra Naturaleza, la humanidad, y sobre todo, ésa de
los hombres de los cuales, había leído que son a tal punto sexuales que
desconocen toda discriminación en cuanto a satisfacción sexual se refiere.
Sí; todo se conjugaría y esta vez me tocaría a mí ser arrrojado del
paraíso. Hasta ese momento yo era una triste presa del Señor y, sin duda,
el diablo quería su parte; me abandoné a endiabladas ensoñaciones : ¡oh,
supremo instante en que el ángel me arrojaría hacia el valle de las
lágrimas! ¿Y a cuál de los dos mecánicos escogería yo como instrumento de
mi liberación? ¿Sólo a uno o a ambos? Yo había también leído, como se lee
en las descripciones de viajes famosos, que en casos desesperados la
elección puede ser fatal, que es preciso echar mano a cualquier recurso y
que pararse en pelillos puede significar la muerte del viajero...
Entonces, si no lograba separar a uno del otro, mediante acción rápida,
propondría a los dos desempeñar el papel de Adán, y digo Adán y digo
paraíso y digo ángel, porque en mi obligado papel de recitador ya me había
disparado hacia una suerte de retórica, que, por otra parte, iba
anunciando que todo pararía en vanas palabras.
Y así fue, lo de dicho y hecho fue
dicho y hecho, mas... dentro de mí. A los pocos minutos el camión se había
detenido en un lugar punto por punto igual al descrito por mi imaginación.
Desde ese instante —inicio de una realidad que yo temía— un sudor frío me
inundó todos los miembros: me quedé paralizado, y una pierna que dejaba
ver su carne fue descubierta automáticamente con una punta de la lona.
¡Ahí estaba ya: templo que se opone a que sea rasgado su velo! Sentí que
los mecánicos se acercaban, entonces me tiré totalmente la lona por encima
y me hice el dormido.
Pero ellos, alegres y riendo ruidosamente, me
sacaban del camión y me señalaban un lugar encantador. Tan pálido debí
mostrármeles que me preguntaron si me sentía enfermo. Hice que no con la
cabeza y salté del camión. Nos internamos en el campo y ya comenzaba a
serenarme cuando advertí que mi amigo llevaba en la mano una botella de
ron. Me eché a temblar de nuevo: era que la vista de la botella —argumento
poderoso para convencer al más reacio y despertar al más embotado— me
llenaba de pavor.
Así era yo: cuando las cosas llegaban a un plano de
inmediato cumplimiento iniciaba la vergonzosa retirada. ¿Adónde habían ido
a parar mis audacias de hacía unos minutos? Todo aquel paisaje sensual,
todo aquel erotismo bajo una lona se había diluido y veíame parado como un
corredor al que se le ha interpuesto un obstáculo en plena
carrera.
Topamos con el inevitable
arroyuelo y allí nos detuvimos. El ayudante de mi amigo me miraba de
soslayo y advertí en su mirada que me examinaba con la misma curiosidad
que un animal cualquiera examina a otro de una especie diferente; sentía
que medía su fortaleza por mi debilidad y a tal punto se sintió protector
que me ofreció por asiento la piedra más pulimentada. En seguida me alargó
la botella y me dijo desplegando una irónica risita si no quería tomar un
poco de agua después del trago. Entonces mi amigo comenzó la consabida
charla sobre las mujeres. En menos tiempo del que empleo para contarlo
aquí me describieron unos coitos complicadísimos y, aunque mi
desconocimiento en materia de psicología masculina era bien superficial,
me percaté de que todo obedecía a esa táctica viejísima que consiste en
dejar traslucir lo extranormal mediante alusiones a lo normal. Todo ello
corregido y aumentado con la inevitable excitación que cualquier relato
erótico nos procura. Pero todos sus cálculos fallaron, porque mis
inexorables moiras de la recitación y la masturbación se interpusieron y
me vi, yo también, imbécil y medroso, relatando unas imaginarias hazañas
habidas con docenas de mujeres.
Hablé hasta por los codos y tanta
«masculinidad» desplegué que ellos se vieron constreñidos a ese desdén
calculado que es de rigor entre connotados tenorios. Había fracasado una
vez más y mi residencia en el paraíso se prolongaba. Volvimos al camión
bajo un silencio de muerte y ya no paramos hasta la entrada de la capital.
Mis primeros contactos en el terreno
así dicho del arte los hice con dos tipos de gente en extremo dudosas. Las
primeras formaban fila en las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras;
las segundas eran muchachos inclinados a lo bello, sensibles, amantes de
las bellas artes. Unas y otras eran homosexuales y tras un estudio
detenido de las mismas nunca se podía saber si eran homosexuales porque
aspiraban a ser artistas o si aspiraban a serlo porque eran homosexuales.
Por otra parte resultaba algo muy revelador el hecho de que la mayor
contribución de homosexuales a los cuadros universitarios fuese dada por
la Facultad de Filosofía; ninguna de las restantes Facultades podía
exhibir siquiera la cuarta parte de los de aquélla.
Eran muchachos
pálidos, nerviosos, que no «perdían» un concierto, que hablaban
afectadamente y hacían versos. Me encontré con que todos y cada uno eran
poetas, con libro o sin él, que en los patios buscaban ansiosamente a
nuevos reclutas, se olían y reconociéndose comenzaban por la confesión
lírica para llegar abruptamente a la confidencia homosexual. Naturalmente,
yo había escogido por carrera la de Filosofía y Letras. ¡Cómo podía no ser
así! Entre el corazón anatómico y el poético no podía dudar; me quedaría
siempre con el poético.
Digo esto porque pienso en nuestra brillante
hornada de invertidos líricos estudiando la carrera de Medicina a merced
de fríos profesores de anatomía y deportivos muchachos. No, nosotros, con
verdadero instinto animal, nos habíamos replegado a la sombra de Minerva:
alguno de entre los profesores quizás si nos comprendiese y hasta
compartiese nuestras inquietudes...
Y asimismo para el buen éxito de
nuestros insatisfechos ensueños eróticos nos era imprescindible lo Bello:
podrían revirarse los ojos, caer en éxtasis, suspirar, si leíamos un verso
de Dante o de Keats; la vista de una lámina que mostrara un vaso sagrado
del templo de Amón o el Rapto de Proserpina nos autorizaría a vernos
transmutados en el sacerdote o en la diosa... Sí, no podíamos ser sino
estudiantes de Filosofía y Letras, adorar de rodillas la Belleza y
coleccionar objetos de arte.
Pero
quedaba, en esta sospechosa arqueología intelectual, un «renglón» no menos
importante. Me refiero a las llamadas «antigüedades», sembradas, regadas y
recolectadas por los homosexuales de garçonnière. A poco de haber entrado
a una de tales garçonnières el amigo que nos presentara al dueño de casa
rogaba a éste que nos mostrase su «antigüedad» o «antigüedades».
El
anfitrión, bajando la vista y lleno de rubor se apresuraba a ponernos
delante de los ojos todo lo antiguo de que era poseedor. En el ochenta por
ciento de los casos este homosexual de garçonnière era persona muy
inculta, pero como se había corrido la voz entre los del oficio que las
«antigüedades» eran espirituales, que daba «cachet» el poseerlas, él se
apresuraba a adquirir, por lo menos, una.
Ahora bien, dichos invertidos se
cansaban muy pronto de sus «antigüedades». Se levantaban una buena mañana
diciendo que ya no podían pasar frente a la paloma de plata tal, o al
plato de porcelana o a los candelabros de bronce sin experimentar un
fuerte fastidio. Entonces se llamaban por teléfono y se proponían los
trueques más pintorescos.
Porque resultaba, con arquetípica frivolidad
homosexual, que X se había enamorado de la antigüedad que precisamente
daba ya náuseas a Z, y en esto podríase establecer un ajustado paralelismo
en lo que a elección y posesión de hombres se refería. Antigüedades y
hombres iban y venían por la ciudad, se intercambiaban y a menudo se
tapaba uno con esto: la antigüedad y el hombre de X, vistos en su casa la
semana última los veríamos hoy en la garçonnière de Z, extremo que
procuraba un fuerte desasosiego y confusión puesto que no se encontraba en
el momento una explicación del fenómeno.
Comprobé entonces que tanto el estudiante de filosofía y letras como el
homosexual de garçonnière tenían algo muy en común conmigo. ¡Ellos también
recitaban y se masturbaban según todos los matices y en todas las
acepciones! No bien plantado todavía en la capital y ya estaba fuertemente
metido en el mismo juego. El único cambio radicaba en la variedad; en la
provincia yo me masturbaba y recitaba en soledad; aquí, en La Habana
comenzaba a hacerlo en compañía; en compañía dudosa y lacrimosa, llena de
corbatas chillonas, de frasquitos de perfume, de antigüedades y objetos de
arte...
* * * * *
*
Es posible
que la obra maestra de Virgilio Piñera sea una autobiografía que, hoy por
hoy, constituye un vasto rompecabezas con piezas éditas e inéditas,
repartido entre La Habana, Madrid, París, San Pablo. Algunos de los
fragmentos que siguen fueron originalmente publicados en Lunes de
Revolución Nº100, 27 de marzo de 1961; otros, en la revista Unión
Nº 10, La Habana, 1990; finalmente, los párrafos que se abren con "La
secreta aspiración" y cierran con "nuestra madre", estaban hasta el
presente inéditos (cortesía de Teresa Cristófani Barreto).
Daniel Samoilovich
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