|
ELECTRA
GARRIGÓ (Fragmento)
Agamenón. (se acerca y se sitúa de espaldas a
Clitemnestra) ¿Quién de nosotros es el destino? (Desde ese
momento hasta el final del Acto los cuatro actores permanecerán
completamente rígidos, con las manos hacia abajo y los puños
cerrados.) Clitemnestra. Yo Electra. ¡Mentira! Agamenón.
¿Quién de nosotros es el Destino? Orestes. ¿Electra es el
Destino? Clitemnestra. ¡Atrás,
perra! Electra. ¡Perra, adelante! Agamenón. ¡Destino, oh Destino! Orestes. Es viscoso. Clitemnestra. ¡Pero tan seguro! Electra. ¡Sí, se acerca! Agamenón. ¡Destino, oh Destino! Orestes. ¿Hacia quién,
Clitemnestra? Ciltemnestra. Hacia
Electra Garrigó. Electra. Portador de la
justicia. Agamenón. ¡Destino, oh
Destino! Orestes.
¿Por qué provocar al
Destino? Clitemnestra. Tu Destino es el
pretendiente. Electra. Tu Destino es la
partida de Orestes. Agamenón. ¡Destino, oh
Destino! Orestes.
Matemos al
Destino. Clitemnestra. Matarías al
pretendiente. Electra.
El pretendiente no
es el Destino. Agamenón. ¡Destino, oh
Destino! Orestes.
¿Soy yo el Destino
acaso? Clitemnestra. ¡No, no, no eres tú el
Destino! Electra. ¡Sí, sí, sí eres tú el
destino! Agamenón. ¡Destino, oh
Destino! Orestes. ¿Quién me haría
partir? Clitemnestra. ¡Nadie! No lo quiere
el Destino. Electra. Entonces morirás tú,
Clitemnestra Plá. Agamenón. ¡Destino, oh
Destino! Orestes. ¿Morirá Clitemnestra
Plá? Clitemnestra. ¿Morirá Agamenón
Garrigó? Electra. ¿Morirá Agamenón
Garrigó? Agamenón. ¡Destino, oh
Destino! Orestes. ¿Morirá Agamenón
Garrigó? Clitemnestra.
¿Morirá Agamenón
Garrigó? Electra. Morirá Agamenón
Garrigó. Agamenón. ¡Destino, oh
Destino! (Rompe a cantar el Coro. Los cuatro personajes se
mantienen rígidos. La luz va desapareciendo gradualmente. Cortina
lenta.) En las olas de la mar, en las aguas del arroyo, en
los bravíos escollos, en el aire del palmar; en el doliente
pinar, en el canto del canario, en el afán temerario se muestra
la pasión loca, que corre de boca en boca con acento
funerario.
Sigue, Electra, sin desmayo, tu obra llena de
acechanzas -mujer, vaso de fragancias, purísima flor de
mayo. Rosa gentil que en un tallo de espinas fieras te
asientas, rompe esa prisión y cuenta al mundo tus
sinsabores: revélanos tus temores Electra de las
tormentas. (Final del Acto Primero)
ACTO SEGUNDO CORO: Ya una ciudad se dispone a presenciar un
ejemplo, a ver derribar el templo en que un tirano se impone.
No lo consienta, y corone de Electra el triunfo la frente,
no lo consienta el potente ánimo de tal doncella: roca en la
que se estrella un egoísmo demente. (El mismo decorado del
acto primero. Aparece Electra vestida de rojo. Luz muy
débil.) Electra. (Saliendo
lentamente por las columnas de la extrema izquierda. Se detiene)
¿Dónde estáis, vosotros, los no-dioses? ¿Dónde estáis, repito, redondas
negaciones de toda divinidad, de toda mitología, de toda reverencia
muerta para siempre? Quiero ver, siquiera sea, a uno de entre Ustedes.
Pido la aparición de un no-Dios, que caiga en medio de este páramo.
(Pausa.) Sí, os conmino, extensas criaturas que no existís; formas
no registradas en libro alguno, o puestas sobre la infamia de la tela
del pintor. Electra os conmina, no-dioses, que nunca naceréis para no
haceros tampoco nunca divinos. ¡Qué inmensa atonía os cubre desde este
pecho que lanza sus cargas de soledad y evita los santuarios y las
prosternaciones! (Pausa.) No, vosotros no tendréis santuarios ni
sacrificios. ¿Ante quién de vosotros se prosternaría un humano? ¡Oh,
ellos no saben que después de la muerte de los dioses, el nuevo panteón
de los no-dioses no confiere ni premio ni castigo! (Se adelanta al
centro de la escena.) No castigaréis a Electra. Tampoco vais a
recompensarla. Sois de tan grandiosa apatía que puede Electra segar una
vida sin el temor de un reproche. Solamente lo tomaríais como el ruido
sordo de un fruto que cae, de un fruto que cae en medio de vosotros,
frutos que giran estallando en la violácea dilatación del
olvido.
Virgilio
Piñera
|