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LA ISLA
EN PESO La maldita circunstancia
del agua por todas partes me obliga a sentarme en la mesa del
café. Si no pensara que el agua me rodea como un cáncer hubiera
podido dormir a pierna suelta. Mientras los muchachos se despojaban de
sus ropas para nadar doce personas morían en un cuarto por
compresión. Cuando a la madrugada la pordiosera resbala en el
agua en el preciso momento en que se lava uno de sus pezones, me
acostumbro al hedor del puerto, me acostumbro a la misma mujer que
invariablemente masturba, noche a noche, al soldado de guardia en medio
del sueño de los peces. Una taza de café no puede alejar mi idea
fija, en otro tiempo yo vivía adánicamente. ¿Qué trajo la
metamorfosis?
La eterna miseria que es
el acto de recordar. Si tú pudieras formar de nuevo aquellas
combinaciones, devolviéndome el país sin el agua, me la bebería toda
para escupir al cielo. Pero he visto la música detenida en las
caderas, he visto a las negras bailando con vasos de ron en sus
cabezas. Hay que saltar del lecho con la firme convicción de que tus
dientes han crecido, de que tu corazón te saldrá por la boca. Aún
flota en los arrecifes el uniforme del marinero ahogado. Hay que saltar
del lecho y buscar la vena mayor del mar para desangrarlo. Me he puesto
a pescar esponjas frenéticamente, esos seres milagrosos que pueden
desalojar hasta la última gota de agua y vivir secamente. Esta noche
he llorado al conocer a una anciana que ha vivido ciento ocho años
rodeada de agua por todas partes. Hay que morder, hay que gritar, hay
que arañar. He dado las últimas instrucciones. El perfume de la piña
puede detener a un pájaro. Los once mulatos se disputaban el
fruto, los once mulatos fálicos murieron en la orilla de la
playa. He dado las últimas instrucciones. Todos nos hemos
desnudado.
Llegué cuando daban un
vaso de aguardiente a la virgen bárbara, cuando regaban ron por el
suelo y los pies parecían lanzas, justamente cuando un cuerpo en el
lecho podría parecer impúdico, justamente en el momento en que nadie
cree en Dios. Los primeros acordes y la antigüedad de este
mundo: hieráticamente una negra y una blanca y el líquido al
saltar. Para ponerme triste me huelo debajo de los brazos. Es en
este país donde no hay animales salvajes. Pienso en los caballos de los
conquistadores cubriendo a las yeguas, pienso en el desconocido son del
areíto desaparecido para toda la eternidad, ciertamente debo
esforzarme a fin de poner en claro el primer contacto carnal en este
país, y el primer muerto. Todos se ponen serios cuando el timbal abre
la danza. Solamente el europeo leía las meditaciones cartesianas. El
baile y la isla rodeada de agua por todas partes: plumas de flamencos,
espinas de pargo, ramos de albahaca, semillas de aguacate. La nueva
solemnidad de esta isla. ¡País mío, tan joven, no sabes
definir!
¿Quién puede reír sobre
esta roca fúnebre de los sacrificios de gallos? Los dulces ñáñigos
bajan sus puñales acompasadamente. Como una guanábana un corazón puede
ser traspasado sin cometer crimen. sin embargo el bello aire se aleja
de los palmares. Una mano en el tres puede traer todo el siniestro
color de los caimitos más lustrosos que un espejo en el relente, sin
embargo el bello aire se aleja de los palmares, si hundieras los dedos
en su pulpa creerías en la música. Mi madre fue picada por un alacrán
cuando estaba embarazada.
¿Quién puede reír sobre
esta roca de los sacrifícios de gallos? ¿Quién se tiene a sí mismo
cuando las claves chocan? ¿Quién desdena ahogarse en la indefinible
llamarada del flamboyán? La sangre adolescente bebemos en las pulidas
jícaras. Ahora no pasa un tigre sino su descripción.
Las blancas dentaduras
perforando la noche, y también los famélicos dientes de los chinos
esperando el desayuno después de la doctrina cristiana. Todavía
puede esta gente salvarse de cielo, pues al compás de los himnos las
doncellas agitan diestramente los falos de los hombres. La impetuosa
ola invade el extenso salón de las genuflexiones. Nadie piensa en
implorar, en dar gracias, en agradecer, en testimoniar. La santidad se
desinfla en una carcajada. Sean los caóticos símbolos del amor los
primeros objetos que palpe, afortunadamente desconocemos la
voluptuosidad y la caricia francesa, desconocemos el perfecto gozador y
la mujer pulpo, desconocemos los espejos estratégicos, no sabemos
llevar la sífilis con la reposada elegancia de un cisne, desconocemos
que muy pronto vamos a practicar estas mortales elegancias.
Los cuerpos en la
misteriosa llovizna tropical, en la llovizna diurna, en la llovizna
nocturna, siempre en la llovizna, los cuerpos abriendo sus millones de
ojos, los cuerpos, dominados por la luz, se repliegan ante el
asesinato de la piel, los cuerpos, devorando oleadas de luz, revientan
como girasoles de fuego encima de las aguas estáticas, los cuerpos,
en las aguas, como carbones apagados derivan hacia el mar.
Es la confusión, es el
terror, es la abundancia, es la virginidad que comienza a
perderse. Los mangos podridos en el lecho del río ofuscan mi
razón, y escalo el árbol más alto para caer como un fruto.
Nada podría detener este
cuerpo destinado a los cascos de los caballos, turbadoramente cogido
entre la poesía y el sol.
Escolto bravamente el
corazón traspasado, clavo el estilete más agudo en la nuca de los
durmientes. El trópico salta y su chorro invade mi cabeza pegada
duramente contra la costra de la noche. La piedad original de las
auríferas arenas ahoga sonoramente las yeguas españolas, la tromba
desordena las crines más oblicuas.
No puedo mirar con estos
ojos dilatados. Nadie sabe mirar, contemplar, desnudar un cuerpo. Es
la espantosa confusión de una mano en lo verde, los estranguladores
viajando en la franja del iris. No sabría poblar de miradas el
solitario curso del amor.
Me detengo en ciertas
palabras tradicionales: el aguacero, la siesta, el cañaveral, el
tabaco, con simple ademán, apenas si onomatopéyicamente, titánicamente paso por encima de su música, y
digo: el agua, el mediodía, el azúcar, el humo.
Yo combino: el
aguacero pega en el lomo de los caballos, la siesta atada a la cola de
un caballo, el cañaveral devorando a los caballos, los caballos
perdiéndose sigilosamente en la tenebrosa emanación del tabaco, el
último gesto de los siboneyes mientras el humo pasa por la
horquilla como la carreta de la muerte, el último ademán de los
siboneyes, y cavo esta tierra para encontrar los ídolos y hacerme una
historia.
Los pueblos y sus
historias en boca de todo el pueblo.
De pronto, el galeón
cargado de oro se mete en la boca de uno de los narradores, y Cadmo,
desdentado, se pone a tocar el bongó. La vieja tristeza de Cadmo y su
perdido prestigio: en una isla tropical los últimos glóbulos rojos de
un dragón tiñen con imperial dignidad el manto de una
decadencia.
Las historias eternas
frente a la historia de una vez del sol, las eternas historias de estas
tierras paridoras de bufones y cotorras, las eternas historias de los
negros que fueron, y de los blancos que no fueron, o al revés o como
os parezca mejor, las eternas historias blancas, negras, amarillas,
rojas, azules, —toda la gama cromática reventando encima de mi cabeza
en llamas—, la eterna historia de la cínica sonrisa del
europeo llegado para apretar las tetas de mi madre.
El horroroso paseo
circular, el tenebroso juego de los pies sobre la arena circular, el
envenado movimiento del talón que rehuye el abanico del erizo, los
siniestros manglares, como un cinturón canceroso, dan la vuelta a la
isla, los manglares y la fétida arena aprietan los riñones de los
moradores de la isla.
Sólo se eleva un
flamenco absolutamente.
¡Nadie puede salir,
nadie puede salir! La vida del embudo y encima la nata de la
rabia. Nadie puede salir: el tiburón más diminuto rehusaría
transportar un cuerpo intacto. Nadie puede salir: una uva caleta cae
en la frente de la criolla que se abanica lánguidamente en una
mecedora, y "nadie puede salir" termina espantosamente en el choque de
las claves.
Cada hombre comiendo
fragmentos de la isla, cada hombre devorando los frutos, las piedras y
el excremento nutridor. Cada hombre mordiendo el sitio dejado por su
sombra, cada hombre lanzando dentelladas en el vacío donde el sol se
acostumbra, cada hombre, abriendo su boca como una cisterna, embalsa el
agua del mar, pero como el caballo del barón de Munchausen, la
arroja patéticamente por su cuarto trasero, cada hombre en el rencoroso
trabajo de recortar los bordes de la isla más bella del mundo, cada
hombre tratando de echar a andar a la bestia cruzada de
cocuyos.
Pero la bestia es
perezosa como un bello macho y terca como una hembra
primitiva. Verdad es que la bestia atraviesa diariamente los cuatro
momentos caóticos, los cuatro momentos en que se la puede
contemplar —con la cabeza metida entre sus patas—escrutando el
horizonte con ojo atroz, los cuatro momentos en que se abre el
cáncer: madrugada, mediodía, crepúsculo y noche.
Las primeras gotas de
una lluvia áspera golpean su espalda hasta que la piel toma la
resonancia de dos maracas pulsadas diestramente. En este momento, como
una sábana o como un pabellón de tregua, podría desplegarse un
agradable misterio, pero la avalancha de verdes lujuriosos ahoga los
mojados sones, y la monotonía invade el envolvente túnel de las
hojas.
El rastro luminoso de un
sueño mal parido, un carnaval que empieza con el canto del gallo, la
neblina cubriendo con su helado disfraz el escándalo de la sabana, cada
palma derramándose insolentemente en un verde juego de aguas, perforan,
con un triángulo incandescente, el pecho de los primeros aguadores, y
la columna de agua lanza sus vapores a la cara del sol cosida por un
gallo. Es la hora terrible. Los devoradores de neblina se
evaporan hacia la parte más baja de la ciénaga, y un caimán los pasa
dulcemente a ojo. Es la hora terrible. La última salida de la luz de
Yara empuja a los caballos contra el fango. Es la hora
terrible. Como un bólido la espantosa gallina cae, y todo el mundo
toma su café.
¿Pero qué puede el sol
en un pueblo tan triste? Las faenas del día se enroscan al cuello de
los hombres mientras la leche cae desesperadamente. ¿Qué puede el
sol en un pueblo tan triste?
Con un lujo mortal los
macheteros abren grandes claros en el monte, la tristísima iguana salta
barrocamente en un caño de sangre, los macheteros, introduciendo cargas
de claridad, se van ensombreciendo hasta adquirir el tinte de un
subterráneo egipcio. ¿Quién puede esperar clemencia en esta
hora?
Confusamente un pueblo
escapa de su propia piel adormeciéndose con la claridad, la
fulminante droga que puede iniciar un sueño mortal en los bellos ojos
de hombres y mujeres, en los inmensos y tenebrosos ojos de estas
gentes por los cuales la piel entra a no sé qué extraños
ritos.
La piel, en esta hora,
se extiende como un arrecife y muerde su propia limitación, la piel
se pone a gritar como una Ioca, como una puerca cebada, la piel trata
de tapar su claridad con pencas de palma, con yaguas traídas
distraídamente por el viento, la piel se tapa furiosamente con cotorras
y pitahayas, absurdamente se tapa con sombrías hojas de tabaco y con
restos de leyendas tenebrosas, y cuando la piel no es sino una bola
oscura, la espantosa gallina pone un huevo blanquísimo.
¡Hay que tapar! ¡Hay que
tapar! Pero la claridad avanzada, invade perversamente,
oblicuamente, perpendicularmente, la claridad es una enorme ventosa que
chupa la sombra, y las manos van lentamente hacia los ojos.
Los secretos más
inconfesables son dichos: la claridad mueve las lenguas, la claridad
mueve los brazos, la claridad se precipita sobre un frutero de
guayabas, la claridad se precipita sobre los negros y los
blancos, la claridad se golpea a sí misma, va de uno a otro lado
convulsivamente, empieza a estallar, a reventar, a rajarse, la
claridad empieza el alumbramiento más horroroso, la claridad empieza a
parir claridad. Son las doce del día.
Todo un pueblo puede
morir de luz como morir de peste. Al mediodía el monte se puebla de
hamacas invisibles, y, echados, los hombres semejan hojas a la deriva
sobre aguas metálicas. En esta hora nadie sabría pronunciar el nombre
más querido, ni levantar una mano para acariciar un seno; en esta
hora del cáncer un extranjero llegado de playas remotas preguntaría
inútilmente qué proyectos tenemos o cuántos hombres mueren de
enfermedades tropicales en esta isla. Nadie lo escucharía: las palmas
de las manos vueltas hacia arriba, los oídos obturados por el tapón de
la somnolencia, los poros tapiados con la cera de un fastidio
elegante y la mortal deglución de las glorias pasadas.
¿Dónde encontrar en este
cielo sin nubes el trueno cuyo estampido raje, de arriba a abajo, el
tímpano de los durmientes? ¿Qué concha paleolítica reventaría con su
bronco cuerno el tímpano de los durmientes? Los hombres-conchas, los
hombres-macaos, los hombres-túneles. ¡Pueblo mío, tan joven, no sabes
ordenar! ¡Pueblo mío, divinamente retórico, no sabes relatar! Como
la luz o la infancia aún no tienes un rostro.
De pronto el mediodía se
pone en marcha, se pone en marcha dentro de sí mismo, el mediodía
estático se mueve, se balancea, el mediodía empieza a elevarse
flatulentamente, sus costuras amenazan reventar, el mediodía sin
cultura, sin gravedad, sin tragedia, el mediodía orinando hacia
arriba, orinando en sentido inverso a la gran orinada de Gargantúa
en las torres de Notre Dame, y todas esas historias, leídas por un
isleño que no sabe lo que es un cosmos resuelto.
Pero el mediodía se
resuelve en crepúsculo y el mundo se perfile. A la luz del crepúsculo
una hoja de yagruma ordena su terciopelo, su color plateado del envés
es el primer espejo. La bestia lo mira con su ojo atroz. En este
trance la pupila se dilata, se extiende como mundo se perfila, hasta
aprehender la hoja. Entonces la bestia recorre con su ojo las formas
sembradas en su lomo y los hombres tirados contra su pecho. Es la
hora única para mirar la realidad en esta tierra.
No una mujer y un hombre
frente a frente, sino el contorno de una mujer y un hombre frente a
frente, entran ingrávidos en el amor, de tal modo que Newton huye
avergonzado.
Una guinea chilla para
indicar el angelus: abrus precatorious, anona myristica, anona
palustris.
Una letanía vegetal sin
trasmundo se eleva frente a los arcos floridos del amor: Eugenia
aromática, eugenia fragrans, eugenia plicatula. El paraíso y el
infierno estallan y sólo queda la tierra: Ficus religiosa, ficus
nitida, ficus suffocans.
La tierra produciendo
por los siglos de los siglos: Panicum colonum, panicum sanguinale,
panicum maximum. El recuerdo de una poesía natural, no codificada, me
viene a los labios: Árbol de poeta, árbol del amor, árbol del
seso.
Una poesía
exclusivamente de la boca como la saliva: Flor de calentura, flor de
cera, flor de la Y.
Una poesía
microscópica: Lágrimas de Job, lágrimas de Júpiter, lágrimas de
amor. Pero la noche se cierra sobre la poesía y las formas se
esfuman. En esta isla lo primero que la noche hace es despertar el
olfato: Todas las aletas de todas las narices azotan el
aire buscando una flor invisible; la noche se pone a moler millares
de pétalos, la noche se cruza de paralelos y meridianos de olor, los
cuerpos se encuentran en el olor, se reconocen en este olor único que
nuestra noche sabe provocar; el olor lleva la batuta de las cosas que
pasan por la noche, el olor entra en el baile, se aprieta contra el
güiro, el olor sale por la boca de los instrumentos musicales, se
posa en el pie de los bailadores, el corro de los presentes devora
cantidades de olor, abre la puerta y las parejas se suman a la
noche.
La noche es un mango, es
una piña, es un jazmín, la noche es un árbol frente a otro árbol sin
mover sus ramas, la noche es un insulto perfumado en la mejilla de la
bestia; una noche esterilizada. una noche sin almas en pena, sin
memoria, sin historia, una noche antillana; una noche interrumpida por
el europeo, el inevitable personaje de paso que deja su cagada
ilustre, a lo sumo, quinientos años, un suspiro en el rodar de la noche
antillana, una excrecencia vencida por el olor de la noche
antillana.
¡No importa que sea una
procesión, una conga, una comparsa, un desfile. La noche invade con
su olor y todos quieren copular. El olor sabe arrancar las máscaras de
la civilización, sabe que el hombre y la mujer se encontrarán sin falta
en el platanal. ¡Musa paradisíaca, ampara a los amantes!
No hay que ganar el
cielo para gozarlo, dos cuerpos en el platanal valen tanto como la
primera pareja, la odiosa pareja que sirvió para marcar la
separación. ¡Musa paradisíaca, ampara a los amantes!
No queremos potencias
celestiales sino presencias terrestres, que la tierra nos ampare, que
nos ampare el deseo, felizmente no llevamos el cielo en la masa de la
sangre, sólo sentimos su realidad física por la comunicación de la
lluvia al golpear nuestras cabezas
Bajo la lluvia, bajo el
olor, bajo todo lo que es una realidad, un pueblo se hace y se deshace
dejando los testimonios: un velorio, un guateque, una mano, un
crimen, revueltos, confundidos, fundidos en la resaca
perpetua, haciendo leves saludos, enseñando los dientes, golpeando sus
riñones, un pueblo desciende resuelto en enormes postas de
abono, sintiendo cómo el agua lo rodea por todas partes, más abajo,
más abajo, y el mar picando en sus. espaldas; un pueblo permanece junto
a su bestia en la hora de partir, aullando en el mar, devorando frutas,
sacrificando animales, siempre más abajo, hasta saber el peso de su
isla, el peso de una isla en el amor de un pueblo.
Virgilio
Piñera /1942
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