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LA
RICURA
En camino hacia el asilo de ancianos -lugar donde está
recluida su madre- Aida me dijo: - Ya verá, es un
lugar encantador. Imagínese... La casa está situada nada
menos que en la Loma del Mazo. Yo la dejaba hablar y
dejaba que Marta (su hija de unos cinco años) me hablara
a su vez, todo lo cual formaba, con el ruido del motor
del auto, una de esas sinfonías tan cotidianas entre
cubanos. - Le va a gustar mucho el lugar -volvió Aida
a decirme. Además, no vaya a creer, la casa tiene su
historia... En
ese momento, Marta la interrumpió para decirle algo al
oído. Pusieron la roja, dimos un frenazo, yo casi pegué
un grito: por detrás se nos echaba un camión lleno de
cajas de cervezas. Pusieron la verde y desalojamos la
tensión con unas risitas. - Pues tiene su historia.
La casa perteneció a un alemán, que fue el que trajo los
primeros submarinos a Cuba. Allá por el año
veinte... No pude de dejar de pensar en una flota de
submarinos y también no pude dejar de pensar que todo
eso era una exageración, pues por lo sabido, allá por el
año veinte, si es que nuestra marina de Guerra tenía en
su presupuesto la compra de submarinos, sería uno a lo
sumo. Claro está, nada objeté: el cuento era demasiado
delicioso para interrumpirlo, y más, contado por Aida,
que, contra lo creído por cierta gente, tiene la cabeza
rellena con algo más que con estopa... - Estaba
casado con una cubana. Cuando el alemán hizo dinero con
la venta de los submarinos, compró la casa que usted va
a ver. Allí, por años, se dieron fiestones de los que
habló La Habana entera. - ¿ Y cuándo pasó a
convertirse en asilo? - Allá por el año cuarenta y
cinco. La señora del alemán se puso muy enferma y antes
de "guardar el carro" dejó la casa y parte de su dinero
para asilo de ancianos. - Entonces tu madre no paga
un centavo. - ¡Cómo que no paga! Pagamos doscientos
pesos al mes. - ¿Y el dinero dejado por la vieja?
- ¡Yo qué sé! O se lo robaron, o se perdió, o la
vieja nunca dejó un kilo -me contestó Aida tratando de
salir del paso. Y sin transición, evidentemente con el
objeto de que no volviera a hacerle preguntas difíciles,
me dijo: - Como ahora estoy de vacaciones me voy con
Roberto a remontar los ríos de la provincia Pinar del
Río. Se le coló entre dos máquinas, cogió a tiempo la
amarilla-verde, soltó una de sus risas y añadió: -
Usted sabe que Roberto se muere por el campo. A ese
hombre hay que darle mucho campo. Y yo se lo voy a dar.
Alquilaremos un bote y a remontar los ríos... En ese
momento, Marta gritó: - ¡Mami, Mami, ya
llegamos! Y, en efecto, habíamos llegado, o mejor
decir, empezábamos a subir la Loma del Mazo por una
callecita que de sólo embocarla nos puso fuera del
paisaje habitual de la ciudad. De pronto el ruido se
había hecho silencio, tan silencioso, que hasta el motor
del auto pareció cesar. A ambos lados de la callecita
había unas yerbas raras, que yo, en mi afán de
literaturizar califiqué de "jaramagos", especie de
planta que sólo aparece en los cuentos de Hoffmann o en
The Castle of Otranto. Pero es que, a pesar del
ridículo, era éste el nombre que convenía a esos
yerbajos, tensos como lanzas, marchitos como las
ilusiones de aquella prostituta de la calle Animas a la
que llamaban "la muerta viva" y que, tarde tras tarde,
se paraba en la ventana por si acaso aparecía su chulo
desaparecido. - Mire -me dijo Aida-, mire, aquella es
la casa. Y me señalaba, sacando la mano izquierda del
timón, una casa de dos plantas, de arquitectura
inclasificable (¿era una combinación de morisco con
Renacimiento o una simbiosis de gótico con Art nouveau?), fabricada en la
punta misma de la
Loma. Sin darme tiempo a expresar mi admiración o mi
repudio (y ambos sentimientos experimenté), me
dijo: - ¡Qué lastima que el tiempo pase! ¿No le
parece? La miré interrogativamente. - Pues sino
hubiera pasado el tiempo -me contestó-, usted y yo
estaríamos ahora llegando a la casa para uno de esos
fiestones. -¡Y yo también, Mami! -Gritó la niña. Con
toda evidencia un poco ofendida de que la dejáramos
fuera de la colada. - Claro, tú también, Marta -le
dijo Aida. Un fiestón para nosotros tres. Y en ese
momento llegamos frente a la casa. Aida paró el motor y
entonces, en medio de ese silencio opresivo, pude
configurar lo que hacía rato pasaba por mi cabeza sin
poder definirlo. Es decir, estábamos pura y simplemente
en un cementerio. Por supuesto, es tan sólo un modo
de hablar, pero no por ello estábamos menos en un
cementerio, quiero decir en esa clase de camposanto de
los que no estando aún muertos tampoco están vivos. En
el de los muertos hay lápidas, cruces, panteones y
bóvedas, éste de los muertos en vida se señalaba por las
casas, desiertas extrañamente, sin niños ni perros, al
parecer sin gente, y exponiendo una vetustez
desoladora. - ¿Entramos? -Me dijo Aida, cogiendo a
Marta por la mano. - Vamos -le contesté
maquinalmente. Aida había perdido de súbito su buen
humor. Como abrumada por la pena encorvó, como sólo ella
sabe hacerlo, sus hombros y al mismo tiempo desvió la
mirada de algo aparentemente desagradable. - Me quedo
en el portal -le dije. - Pero suba -imploró. No se
pierda una oportunidad. Es una experiencia que le va a
ser útil. - Bueno -le dije. Como quieras... Tan
pronto como empezamos a subir hacia el segundo piso oí a
alguien que hablaba por teléfono. También percibí ruido
de pasos, pero en sordina, como un fondo de conversación
telefónica. - "¿Dónde estás? ¿En Galiano? Pues coge
la ruta 4. Te deja a tres cuadras..." Era una voz
ronca, de mujer dominante o que en su buena época dominó
a mucha gente. Porque, sin duda, se trataba de una
anciana que al borde mismo de la tumba creía proseguir
mandando a los hombres, por ejemplo, a ése con el que
hablaba por teléfono y que según pude comprobar no bien
hube llegado al segundo piso era tan sólo un hombre
creado por su fantasía o por su locura. - "Paco, la
ruta 4. ¿Cómo quieres que te lo diga, con violón o con
guitarra...? Y allí estaba ella, sentada en un enorme
bacín esmaltado, de forma cónica, metido en una armazón
de hierro colado de tres patas. Como una niñita hacía su
caca, pero al mismo tiempo parecía una reina de carnaval
sentada en su trono de oropel. Estos aires se daba, no
tanto por asumir el papel de soberana de un país
inefable cuanto por la majestad que le daba su mano
derecha, que por lo inexistente del teléfono que fingía
aprisionar entre sus dedos parecía sostener un
cetro. - "Paco, la ru-ta cua-tro..." La voz se
había vuelto más imperiosa. Tanto, que imaginé a su
majestad Paco llegando jadeante a la ceremonia de la
coronación. Miré a Aida, que a su vez me miraba. Aunque
el momento no era como para evocar pasados fastuosos,
hubiera deseado que ella volviera a decir: "Los
fiestones que se han dado en casa..." O si no ella, en
cambio la anciana, que así, de pronto, me diría: "¡Qué
fiestones hemos dado aquí, señor!" Pero la vieja,
impasible en su espera de una voz humana que jamás
rozaría sus oídos, proseguía con el imaginario teléfono
en su mano, y sólo la bajó cuando la enfermera, con
fingida solicitud, le dijo: - Mamita, ¿ya hizo la
caca? Yo le daba ochenta años o más. Sin duda había
sido una belleza, de la que sólo quedaba uno de esos
ojazos por los cuales los hombres cometen locuras.
De vuelta a la realidad por la voz de la enfermera,
me lanzó una ojeada de sus buenos tiempos, pero como su
mirada chocó con mi cuerpo de cincuentón que nunca tuvo
quince, en seguida la retrajo hacia sus profundidades
submarinas. A lo Fred Astaire me incliné lo más que
pude y le hice un ceremoniosos saludo. Lo que había
sospechado en el brillo de su mirada no me engañó: la
antigua cocotte le salió por todos los poros; la poca
sangre que había en sus venas afluyó por entero a sus
mejillas, una cierta vivacidad animó su cara, echó el
busto hacia delante y con la misma voz imperiosa de su
imaginaria conversación telefónica, me dijo lanzando una
risita de contubernio: - Su cara me es
conocida... Y a reglón seguido y con el mismo tono de
ordeno y mando le dijo a la enfermera: -
Límpiame - Mami -dijo Marta. ¿Cuándo empieza la
fiestona? - Ya empezó - le contestó Aida. - Mami,
¿por qué esa vieja está sentada en el orinal? -
Marta, no se dice "vieja", se dice "anciana". - ¿Y
qué es "anciana" mami? - Una persona de edad. -
Mami, ¿como tú? - Más que yo, Marta. - ¿Como
abuelita? - Sí. Entretanto la enfermera limpiaba
el trasero de la vieja. La tenía cogida por los sobacos
y hundía sus enormes pechos en su cara. Por el cuidado
que se daba en limpiarla y por lo prolongado de la
operación, juzgué que la defecación debió ser
pastosa. - ¿Hice buena caca? -Le preguntó la
vieja - Buenísima, mamita. Ese laxante es un
tiro. - Figúrese -me dijo Aida- lo que sufro por
tener a mamá en esta casa. Pero estoy convencida de que
es el mejor lugar para ella. No podía tenerla conmigo,
se pasaba el día acostada y ya usted sabe que eso es
mortal para un viejo. Aquí la obligan a salir de la cama
y, además, la casa es tan bonita... Vaya, no es que sea
bonita, pero es grande, ventilada y dan muy buena
comida. La sopa de pollo es riquísima, la he probado y
puedo asegurarle que a mí no me queda tan buena... Y
Aida, lanzada como nave espacial, hubiera proseguido
viajando a velocidad supersónica por el vasto universo
de la excusa si no es porque justo en el momento en que
decía la palabra "buena", se oyó un grito
desgarrador: -¡Mala! Lo había proferido una
viejecita que estaba a dos pasos de nosotros. De momento
pensamos que, desmintiendo a Aida, calificaba de mala la
comida, pero la mala era la enfermera: acababa de
quitarle un abanico de que se había antojado y que era
de otra anciana. - ¡Peor que niños! -Nos dijo la
enfermera. ¡Madre mía, hay que tener una clase de
paciencia...! - No crea-, y Aida volvió al problema
de conciencia- aquí mamá está mejor que en casa. Usted
sabe que los psicólogos afirman que los viejos,
reunidos, duran más. - ¿Quieres decir haciéndose
compañía los unos a los otros? - Eso mismo. En una
revista de Geriatría un profesor francés
asegura... -¡Mami, Mami, esa señora me está sacando
la lengua!, -gritó Marta, agarrando a Aida por un brazo
y obligándola a darse vuelta. De no haber sido por lo
doloroso de la escena nos hubiéramos echado a reír.
Una anciana, de esas que parecen una pacita de
consumidas que están, sentada casi en el borde de la
cama, y mirando fijamente, sacaba la lengua una y otra
vez tratando de humedecerse los labios. - ¡Mami,
Mami, dile que no lo siga haciendo! -Gritó Marta
visiblemente excitada. - Pero no, querida, - le dijo
Aida besándola- ella no te saca la lengua a ti, es que
no se siente bien. - Pues si no se siente bien que se
cure. - Marta, te voy a dar dos nalgadas. Y para
impresionar más a la niña la trató de usted: No sea mal
educada. - ¿Qué dice el profesor francés? - Ya se
me olvidó. Metió, como suele hacerlo, los dedos de su
mano derecha en su pelo, movió el cuello y los hombros
fingiendo una sacudida eléctrica, y me dijo saboreando
la frase: - Roberto... Ese hombre es una ricura. No
lo cambio ni por Jean Paul Belmondo. - ¿Tú
crees...? - ¿Cómo que si lo creo? Ese hombre tiene
las rodillas más perfectas del mundo? Me quedé
boquiabierto. ¿Estaba bromeando? De Roberto se puede
alabar todo menos su físico. No es que pretenda
incluirlo en lo teratológico, pero en la "línea" de
belleza de hombre, nada tiene que hacer. Si de
perfección se trata, habría que conferírsela en el
terreno literario. Es uno de nuestros escritores de más
talento y estoy seguro de que se ruborizaría si oyera la
desatinada afirmación de Aida. Al misma tiempo pensé que
si para ella las rodillas de Roberto eran perfectas, lo
serían en cierta medida, es decir en la medida en que
Aida así las juzgaba. Con todo, como me resistía a
concederle a Roberto cualquier don de la naturaleza por
mínimo que este fuese, le dije a Aida, no sin cierta
brusquedad: - Te pasas el día hablando de Roberto.
Mira que lo vas a perder. Me miró con sus ojos
chiquitos, aún más chiquitos por lo doloroso de su
expresión. Estoy seguro de que experimentó terror ante
la idea de un rompimiento por parte de Roberto. Sin
quererlo, puso una cara de Sara Vaughan en un blue
desgarrado. Por fin dijo: - Ni de juego lo diga.
Usted sabe lo que me ha costado que ese hombre me
quiera. ¿Ya no se acuerda que no hace seis meses ni me
miraba? ¿Se le ha olvidado que me prohibió llamarlo por
teléfono? Y entonces, sin transición, pasando de la
angustia al optimismo, añadió: - ¡No sea bobo!
Roberto me lleva cantidad. Ese hombre es una ricura -
Te espero abajo. - ¿No viene a conocer a mamá? -
Perdóname, prefiero el paisaje. Y bajé. Eran las doce
en punto. Las casa circundantes permanecían
obstinadamente silenciosas. Me fui a la terraza del
fondo. Miré hacia abajo y vi largas hileras de
camisones. No sé por qué al descubrir mi mirada una
fuente andaluza rodeada de bancos, imaginé a Rita
Hayworth filmando una de esas escenas de Sangre y Arena.
Pero en esta casa la sangre era poca y la arena ya había
caído. Volví al portal y me entregué al triste ejercicio
del pensamiento. De él me sacó, después de una buena
media hora, la voz de Aida: - ¿Adónde lo llevo? -
Al Wakamba. Estoy muerto de hambre.
1965.
Cuento inédito
de Virgilio Piñera recuperado por el poeta e
investigador cubano Jesús Jambrina. Sea La ricura
esa gozosa estación de la belleza que dijese Breton: "La
belleza será convulsa o no será".
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